adviento i

1985

Con voz tajante anuncian los profetas

la conmoción horrenda de las cosas

cuando reviente en ruina clamorosa

la indignación que ahora las inquieta:

 

el sol se quebrará por las esferas

en curso errátil, y la luna, loca,

desgarrará de un golpe con su boca

el vaporoso tul de las estrellas;

 

abortará la tierra en sangre y fuego

la amarga contención de su coraje,

y el mar vomitará con su oleaje

las iras que se agitan en su seno:

 

han de beber los mundos el brebaje

de ser por Dios creados en el tiempo.

La nada fue su madre pavorosa

y han de sentir su voz todas las cosas.

adviento ii

¿Entregarás, Señor, al sordo olvido

cuanto de vida ungió tu complacencia?

¿No estrechará tu mano, suave y tierna,

lo que es rescoldo aún de amor divino?

 

Tú nos llamaste al ser, oh Dios, en Cristo,

y en Cristo recibimos consistencia:

a él ceñida está nuestra existencia,

por ser de nuestro mundo el eje mismo.

 

Pues carne nuestra es y hermano nuestro,

unido a nuestra suerte sin ruptura;

con él gustamos nubes, sol y viento

y honramos en misterio su figura:

 

somos en él y somos por su Aliento

cristal y luz y voz de las alturas.

En el fragor del caos disolvente

nos gritas Tú, Señor, que luego vienes.

adviento iii

Te fuiste, sí, mas vienes de los cielos

a dar cumplido justo a la esperanza

de verte, transformada tu semblanza,

y compartir la mesa de tu Reino.

 

Pero antes de marchar de nuestro suelo

por siempre hiciste tuya nuestra raza:

una Doncella, fiel a tu embajada,

te ofreció maternal su casto seno.

 

Las dos Venidas quieres recordarnos

como principio y fin de nuestra historia:

con la primera en carne como hermano,

con la segunda Rey de eterna gloria:

 

humilde condición de ser humano

y Señor que lleva a cabo su victoria.

Vienes, Señor, y vamos a tu encuentro,

y el ir a ti, que vienes, es Adviento.

adviento iv

Bendita, Tú, María, fiel Doncella,

que por creer a Dios en su palabra,

en Madre suya fuiste transformada

y ascendiste a Señora desde Sierva.

 

Dios en medio de ti plantó su tienda

como Señor y Rey ¡en tus entrañas!

Y así también de ti nació la Iglesia

para en el mundo ser de Dios morada.

 

En medio de ti también nosotros,

y en nuestro corazón, tu Hijo Bueno,

y con tu Hijo, Rey del universo,

la Santa Trinidad, manjar sabroso;

y el mundo canta y danza jubiloso

pues que por ti en él somos su Pueblo.

 

¡Es Dios en Cristo, por tu fe, María,

quien por amor al hombre se avecina!

adviento i

1995

Ven, Salvador, y pon tus anchas manos

sobre esta humanidad acongojada,

ahíta ya de fabricar espadas

para rasgar el corazón hermano.

 

¿Por qué ha de ser el odio tan humano,

y la sangre con ira derramada

la forma de valer tan celebrada

en los cantos de gesta más lozanos?

 

¿No nos hicieron dueños de la vida,

capaces de gustar en Dios lo hermoso?

¿Cómo, pues, somos muerte desabrida,

hediondo abismo, huero, tenebroso,

que no concede al sano amor cabida,

ni da sentido alguno a lo valioso?

 

¡No más guerras, Señor, no más hazañas,

que nos hagan feroces alimañas!

Moldea en hoces fértiles las lanzas

y el hierro hostil en flores de esperanza.

adviento iii

1995

Ruedan penosamente las edades

por la hirsuta pendiente de los siglos

y en loca ebullición de tempestades

montan la cumbre axial de los abismos.

 

Inmerso en convulsiones siderales,

harto y borracho el cosmos de sí mismo,

se rasga el corazón en ansiedades

de contemplar el triunfo de los hijos.

 

Toda la creación se agobia en trance

de dar a luz la vida entre gemidos:

¿Resurrección gloriosa de la carne:

que el Padre en su poder nos dio en destino!

 

Y allí estás Tú, Señor, Mañana y Tarde

de las anchas elipses y sus giros.

Viento devorador y ardiente Sable,

que hiende en dos el universo en juicio.

 

Pues tienes en tu mano abierto el libro,

donde la historia imprime sus andares,

y a punto estás de separar el trigo

y dar al fuego el heno en los almiares.

 

Perdónanos, Jesús, Flor de bondades,

lo que a tus ojos fue nuestro delito,

¡Que fuiste Tú quien dio toda su sangre,

por vernos del pecado arrepentidos!

adviento iv

1995

La Virgen sueña con rosas,

con romero y albahaca,

con una cuna de nácar

donde su Niño reposa.

 

Y sueña también dichosa

con una luna muy blanca

y con estrellas lejanas,

que sobre el Niño se posan.

 

Y sueña que, presurosa,

a Belén va de camino,

donde nacerá su Niño,

Señor de todas las cosas.

Y vuelve a gustar gozosa

lo que el ángel le anunciara:

¡Contigo Dios, agraciada!

y de gratitud rebosa.

 

¿Sueña también, dolorosa,

que rota verá su entraña

por una cortante espada,

cuando se cumpla la hora?

 

¿Sueña también que entre todas

por más bendita que sea,

ha de encontrarse tan sola

que ni a sollozar se atreva?

 

¡Voy con tus sueños, Señora,

por vergeles y desiertos,

a rendir acatamiento

al Señor que nos otorgas!

adviento ii

1997

Destapa, Iglesia, tus labios

y lanza al mundo tu Nueva,

no temas que el rudo páramo

sin eco te la devuelva.

 

Que no eres tú quien proclama,

ni es en virtud de tus fuerzas:

¡en ti crepita la Llama

que puede fundir las piedras!

 

Desnuda tu cuerpo y grita

-has de gritar con tus gestas-

y el cardo con más espinas

puede que en flor se convierta.

 

Ciñe tus lomos con cuero

y come miel de la estepa,

rechaza ajenos manjares

y al pobre sienta en tu mesa.

 

Que Cristo ¡el que ama a los hombres!

-lo gritan ya las estrellas-

brille glorioso en el porte

que tus andares revelan.

 

Tu corazón, ¡tu tesoro!

tu misma sangre en las venas,

anuncien al mundo todo

que mueres por el que esperas.

adviento iii

1997

Tienes dos manos,

¿por qué no alargas

una a tu hermano?

Ves con dos ojos,

¿por qué no prestas

uno a los otros?

 

Tus dos oídos

¿por qué no escuchan

al deprimido?

Tu rauda lengua

¿Por qué no canta

las cosas buenas?

 

Tus pies ligeros,

¿por qué no enseñan

al buen sendero?

Abre del todo

tu corazón

y en él un pozo

de compasión,

y el Dios del cielo

a tus favores

dará por premio

su Bendición.

adviento iv

1997

Me encontró aplastado

por mis egoísmos

y mis desencantos;

se acercó y me dijo:

yo estoy contigo.

 

Alargó sus brazos

y estrechó mis hombros,

desplegó sus labios

y besó mi rostro;

dijo: soy tu hermano.

 

Retardó sus pasos

al pesado ritmo

de mis pies cansados,

susurró al oído:

mira, soy tu amigo.

 

Me miró solícito,

y en sus ojos grandes,

claros ventanales

del amor divino,

encontré los míos:

¡Me sentí querido!

 

La Virgen María

visita a Isabel

y en santa alegría

le da el parabién.

 

Se encuentran las madres

los hijos también:

la luz y antorcha que arden

para nuestro bien.

 

¡Es nuestro encuentro

con Dios Enmanuel!.

adviento i

¿Ves el Monte

y en el monte

una casa,

y en la casa

la morada

de la Luz?

 

¿Ves las Gentes

cómo vienen,

- desde Oriente

y Occidente,

desde el Norte,

desde el Sur -

con anhelos

de Salud?

 

¡Sin cañones,

sin aviones,

sin espadas

ni metralla,

sin obús!

 

Con canciones

en sus voces,

con azadas

en sus palmas,

- como hermanos,

de la mano -

en acciones

y palabras

dan los pasos

en común.

 

Con los pueblos

que caminan

a la cima,

¿vienes ?

 

Es Adviento:

es el tiempo

de crear:

 

De las lanzas

y torpedos,

de las armas

y los hierros,

haz aperos

de labranza;

torna el vicio

en servicio,

y en canciones

las pasiones:

¡Edifica

la ciudad!

 

¡Es Adviento!

Es el tiempo

de gustar

en justicia

las delicias

de la paz.

 

¡Caminemos!

¡Vamos ya!

adviento ii

Brotó del tronco viejo en ramo verde

el Salvador Jesús,

Dios con los hombres.

 

Llovieron sobre él, del occidente,

oriente, norte y sur,

todos los dones.

 

Y desde el Árbol reina para siempre

- se llama ahora Cruz -

Rey de señores.

Sus frutos son vitales y perennes:

perdón y paz y luz

en flor de amores.

 

Al nuevo Vástago - con Cristo creces -

fuiste injertado tú,

lleno de honores.

 

Mas ¿son tus obras dignas del que quiere

de la nueva salud

brindar amores?

 

Vuelve a brotar, verdea y reflorece,

demuestra en la virtud

tu nuevo nombre.

 

Haz penitencia, al buen camino vuelve,

irradia con tu luz

santos colores.

 

A todos da de corazón tus bienes:

gústalos en común

y vive pobre.

adviento iii

Quiere el Señor abrir las puertas y cerrojos,

que presas y llagadas tienen a las gentes;

y quiere hacerles: Ver al ciego, andar al cojo,

y a los débiles y enfermos sentirse fuertes:

¡Viene nuestro Dios, el Salvador poderoso,

a dar al cielo y a la tierra un nuevo rostro!

 

Y ¿no eres tú el ciego y pobre sin apoyo

que un día vio al Señor en fe de amores

y, honrado con sus dádivas, gritó gozoso:

“Te veo, Señor, y en ti, a mí y a los hombres!”?

Alarga ahora con tus manos a los otros

lo que a su vez te dio sin ejercicios propios.

 

Sostén con tu presencia al que camina solo;

con tu solicitud al hombre de dolores;

da de comer al hambriento, y al que está roto

mantenlo con cariño en vivas ilusiones:

que, aunque seas pobre y vivas de despojos,

quiere el Señor cambiar el mundo con tu poco.

 

Y ten paciencia: mira con brío al futuro

cuando lanzas en puño abierto la semilla;

tu tierra vestirá, tras hinchazón de surcos,

recamado mantón de apretadas gavillas.

no temas la aridez de tu sequizo inculto:

la lluvia de lo alto verterá su fruto.

 

¿No ves que viene tu Señor y pide cuentas?

Y ¿cómo las darás si hueras van tus manos

y las entrañas tuyas de calor desiertas?

¿Quién te asistirá en la causa, quién tu abogado?

¿No temes confundido verte en la sentencia

si tan sólo para ti guardaste las riquezas?

 

¡Ay de ti si con tus voces al Juez invocas

y no sostienen tus brazos las buenas obras!

Adelanta aquí con amores en servicio

una sentencia favorable en aquel juicio,

pues quiere tu Señor que tú, aun siendo polvo,

renueves con su voz al mudo, ciego y sordo.

adviento iv

En una nube,

sedosa y blanca,

bajó del cielo

- oh gran misterio-

la Voz sagrada

del mismo Dios.

 

Y con su sombra

fecunda y blanda,

-oh gran misterio-

en casto seno

de Virgen casta

tornose Flor.

 

Y en cuerpo virgen

formó a su Madre:

en el silencio

-oh gran misterio-

tomó su carne

y corazón.

 

Y fue su nombre

“Dios con nosotros”.

Con su venida

- oh maravilla -

al hombre todo

llenó de sol.

 

Y aquella nube,

vapor sedoso,

sobre María,

- oh maravilla -

llegó a su esposo,

el buen José.

 

Y en su presencia

cubrió su rostro

de luz divina,

y con sus ojos

- oh maravilla -

no pudo ver.

 

Y, desolado,

la nube blanca,

sedosa y blanda,

Sol de lo alto

- oh gran engaño -

quiso dejar.

 

“A dónde vas,

le dijo el cielo,

entre los sueños,

hombre cabal?”

 

No tengas miedo,

José piadoso,

de ser custodio

de Santa Flor;

serás esposo

de Virgen Madre,

serás el padre

de aquella casa,

tutor y guarda

del Niño Dios.

 

Y tú no temas,

mi buen cristiano,

tomar la mano

de tu Señor:

serás hermano

y madre casta,

si de familia

- oh maravilla -

en esperanza

fe y amor santo,

toda tu vida

vives con él.

adviento

1995

I

Con voz tajante anuncian los profetas

la conmoción horrenda de las cosas

cuando reviente en ruina clamorosa

la indignación que ahora las inquieta.

 

El sol se esfumara por las esferas

en curso errátil y la luna loca

desgarrará de un golpe con su boca

el vaporoso tul de las estrellas.

 

Abortará la tierra en sangre y fuego

la amarga contención de su coraje,

y el mar vomitará con su oleaje

las iras que se agitan en su seno:

 

han de beber los mundos el brebaje

de ser por Dios creados en el tiempo.

La nada fue su madre pavorosa

y han de sentir su voz todas las cosas.

II

¿Entregarás, Señor, al sordo olvido

cuanto de vida ungió tu complacencia?

¿No estrechará tu mano suave y tierna

lo que es rescoldo aún de amor divino?

 

Tú nos llamaste al ser, oh Dios, en Cristo,

y en Cristo recibimos consistencia:

a él ceñida está nuestra existencia

por ser de nuestro mundo el eje mismo.

 

Pues carne nuestra es y hermano nuestro,

unido a nuestra suerte sin ruptura;

con él gustamos nubes, sol y viento

y honramos en misterio su figura;

somos en él y somos por su Aliento

cristal y luz y voz de las altura.

 

En el fragor del caos disolvente

nos gritas Tú, Señor, que luego vienes.

III

Te fuiste, sí, mas vienes de los cielos

a dar cumplido justo a la esperanza

de verte, transformada tu semblanza,

y compartir la mesa de tu Reino.

 

Pero antes de marchar de nuestro suelo

por siempre hiciste tuya nuestra raza:

una Doncella, fiel a tu embajada,

te ofreció maternal su casto seno.

 

Las dos Venidas quieres recordarnos

como principio y fin de nuestra historia:

con la primera en carne como hermano,

con la segunda Rey de eterna gloria:

 

humilde condición de ser humano

y Señor que lleva a cabo su victoria.

Vienes, Señor, y vamos a tu encuentro,

y el ir a ti, que vienes, es Adviento.

IV

Bendita, Tú, María, fiel Doncella,

que por creer a Dios en su Palabra

en Madre suya fuiste transformada

y ascendiste a Señora desde Sierva.

 

Dios en medio de ti ¡en tus entrañas!

como Señor y Rey plantó su Tienda,

y así también de ti nació la Iglesia

para en el mundo ser de Dios morada.

 

En medio de ti también nosotros,

y en nuestro corazón, tu Hijo Bueno,

y con tu Hijo, Rey del universo,

la Santa Trinidad, manjar sabroso;

 

y el mundo canta y danza jubiloso

pues que por ti en él somos su Pueblo.

¡Es Dios en Cristo, por tu fe, María,

quien a salvar al mundo se avecina!

adviento

1987

Somos de barro

y, por tus manos,

jarrón de flores.

Las contusiones

- nuestros pecados -

han desconchado

su piel de nácar.

Ven a curarnos

con tu palabra,

pues eres Padre

y somos carne

de tus entrañas.

 

Camino vamos

de ver tu rostro

en luz eterna.

Mantén alerta

nuestra mirada:

que nuestros ojos,

aunque de tierra,

tan sólo vean

que vienes Tú

adviento

Vistió la eterna Luz mundanas sombras

el Verbo Creador, humilde carne;

las auras de los cielos, en Paloma

hicieron de María, Virgen Madre.

 

Un sí fecundo dieron las alturas

al sí modesto de la Virgen Buena.

Y un Dios, Señor, nacido en criatura

se alzó sencillo y fuerte de la tierra.

 

Acoge generoso a la Palabra

y dale con tu sí la vida entera

¡que viene desde el cielo enamorada

a levantar en ti su propia tienda!

adviento

1996

Rm. 8,18 - 22

Desde las cumbres nevadas

hasta el más lóbrego abismo,

desde el bullir de las aguas

al roquedal sin latido,

la creación toda clama:

“Ven pronto, Señor Jesús”.

 

Desde el sudor de la aurora

hasta el tifón en los mares,

de la bonanza más honda

al rugir de los volcanes,

todos los seres te invocan:

“Ven pronto, Señor Jesús”.

 

Del arenal a la selva,

de la noche al día abierto,

de la ciénaga a la estrella

y del sol a pozo negro,

rasgan en gritos sus venas:

“Ven pronto, Señor Jesús”.

 

Y es el átomo y el cuásar

y el Big Bang en estallido,

los ciclones de galaxias

y el caos como peligro,

quienes gimen trepidantes:

“Ven pronto, Señor Jesús”.

 

Y hasta el cuchillo alevoso,

y el puñal de los sicarios,

y el arsenal pavoroso

de artefactos sanguinarios,

vuelcan ante ti su enojo:

“Ven y líbranos, Jesús”.

 

Con el clamor reprimido

y el estruendo de los ayes,

con la muerte sin alivio

y la cruz de atrocidades,

el sollozo del Espíritu:

“Ven pronto, Señor Jesús”.

 

Si, pues, la existencia toda

con dolor de parto llora

porque vengas tú, Señor,

rompa ya en tu luz la Hora

de revelarnos en gloria

que somos Hijos de Dios.

antifonas de la oh

Oh sabiduria

Saliste de la boca del Excelso

y engendras a tu voz las cosas todas

ordenas en belleza el universo

y tejes con amor la humana historia.

 

Levanta en mi interior jardín de flores

con el calor que irradia tu Palabra:

en orden pon el caos de pasiones

que arrastran mi existencia hacia la nada.

 

Concédeme, Señor, gustar tu ciencia

y hallar en mí sabrosa tu presencia.

Oh raíz de Jesé

Volvió a reverdecer el trono antiguo;

de su raíz brotó la flor más bella:

gimieron consternados los Abismos

y el cielo despertó legión de estrellas.

 

Pastor de las naciones y los pueblos

Enseña fulgurante, Vara enhiesta:

dirige poderoso hacia tu Reino

a cuantos ya se alegran con tu vuelta.

 

Estrella tuya soy, lucirte quiero

y ser en ti, jugosa Vid, renuevo.

Oh adonai

La zarza del Horeb, que en luz y fuego

al siervo Moisés de Dios hablara

se muestra imagen fiel de tu misterio:

de ser calor, espíritu y Palabra.

 

Voz eres celestial que a todos llama

y fuerza universal que todo eleva

y fuego abrasador que en viva llama

al mundo entero en torno a ti congrega.

 

Tu voz la nuestra sea, creadora,

y nuestra, la pasión que te devora.

Oh sol naciente

Tú, Luz de Luz y Sol de eterno brillo,

fulgor ardiente que ciegas las Tinieblas

mantén tu curso fiel en el designio

de convertir en luz la obscura tierra.

 

Pues somos noche y hálito de barro,

cuán densas son las sombras en el alma

y cuántas las caídas en los pasos

si Tú no vienes pronto ¡y nos salvas!

 

¡Alumbre el resplandor de tu mirada

las niñas de mis ojos fatigadas!.

Oh llave de david

Oh llave de David, Sagrado Cetro,

en donde Dios ejerce sus poderes:

recibes en herencia los misterios

y entregas sus riquezas al que quieres.

 

Si cierras Tú, cerrados permanecen,

y quedan manifiestos si los abres:

al hombre sin orgullo entrada ofreces

y ocultas su valor al arrogante.

 

Desata al pecador de su pecado

y da tu libertad al que es esclavo.

Oh rey de reyes

Oh Rey de reyes, Fin de las edades;

Sillar fundamental del reino nuevo;

que rompes con tu cetro las ruindades

que hicieron enemigos a los pueblos.

 

Encanto de profetas y de sabios,

Anhelo de las islas más distantes,

que animas con el Soplo de tus labios

al hombre que del barro modelaste:

 

Renueva en tu poder al hombre viejo

y trae a tu redil a los dispersos.

Oh enmanuel

Y dijo nuestro Dios: “iré con ellos:

pondré sobre mis hombros su destino,

seré su Hermano, Padre y compañero

y haré su corazón igual al mío!”

 

Seremos -como esposos- una carne;

en ellos grabaré mi Testamento;

mis venas llevarán la misma sangre:

tendremos en común el aposento.

Yo con vosotros; id, contadlo presto

¡que soy el Enmanuel, hermano vuestro!

 

El cielo dio su Rocío;

la tierra rompió su entraña

la Virgen espera un Niño:

¡nacer lo veréis mañana!.

“Ven, señor, Jesús”

Maranata

1984 (Versos sin domesticar)

“Maranata”, rugen ansioso las mares,

vomitando de su seno,

-abismo tenebroso de fósiles eternos-

esperanzas seculares

que mantienen en tensión los sedimentos

que dejaron como espectro de su ser

los siglos muertos.

 

“Maranata”, responden (en ecos) gigantescos

los montes, techumbre de los cielos:

en las cúspides más altas,

en los barrancos sin lecho,

en los témpanos de hielo,

en las rocas descarnadas

por el azote del viento,

en las gargantas quemadas

por la saliva del fuego;

en la piedra cruda,

en la nieve muda

y en el cristal de tenue filamento.

Y se dilata sonoro

con cascabeles de plata:

en murmullo placentero,

en torrentes y cascadas,

en alegres riachuelos,

entre selvas perfumadas

de vanidosos atuendos.

 

“Maranata”, estalla la estepa

de efímeros pastos,

de agreste silueta,

sostenida y queda,

entre esquilas de carneros

y mugidos de becerras.

 

Para quebrarse en explosión de silencio

-sublimación de susurros y lamentos-

en las arenas desnudas,

en sequedales y dunas

del inmenso desierto.

 

“Maranata”, claman los astros más lejanos,

y el sol, esponja de fuego,

y la luna, capricho del espacio,

y el éter más ligero,

y las nebulosas más obscuras,

y las galaxias, en espiral y ovillo,

los cometas sin destino,

y el universo en expansión de perfil indefinido.

 

“Maranata”, se desgarra en opresión rabioso

el hierro, fundido contra su voluntad

en lengua de espada,

en zumbido del litigo fiero,

en estridente metralla,

en bombardero gigante,

en cañón llameante

y en cerbatana que vomita pavor de sangre.

Y el oro, de raíz noble,

convertido por los hombres

en venta de carne humana

-negocio de blancas

abuso de miembros

del niño más pobre-

grosera palanca

que arroja en el cieno

la gloria más grande del hombre y su imperio.

 

Y el átomo simple

que siente violadas

sus castas entrañas,

clama

en el paroxismo de su indignación

por la destrucción

que se cierne sobre el universo

“Ven, Señor, ven presto”.

“Ven, Señor” gime el enfermo,

y el agobiado y el pobre

y la entraña de todo hombre;

y la viuda,

y el huérfano,

y el niño sin nacer,

y el que muere de droga,

y el mundo entero que siente hollada su honra,

grita: “Ven, Señor, que ya hora”.

 

Y la flor, y el pájaro, y la nube, y el viento;

y la canción más bella rompe sus versos

en gemidos y lamentos:

“Maranata”, Ven, Señor; ven, presto.

 

Y la “y” graciosa

grita, contagiosa,

con los gemidos de parto de la creación,

se rebela contra toda afirmación inexacta,

contra toda ilación degradante,

contra todo progreso inhumano,

contra toda atadura que separa

al hombre de sí mismo y su ser trascendente.

 

Y hasta la Muerte

-aquejada de su suerte

de ser negación opaca-

horrorizada de su propia sombra

despierta de su misma nada

y con incontenibles gemidos

contra su naturaleza y sentido

lanza los gritos: “Ven, Señor Jesús”.

 

De ti salieron los siglos

y el hombre los manchó de barro:

vuélvelos a tu seno y dales su encanto.