Festividad de la Santísima Trinidad

El tema de estas lecturas, muy en consonancia con la Fiesta, es lo que los Padres Griegos llamaban la Sincatábasis, es decir, la Condescendencia de Dios. El hecho es que el Dios Transcendente, el Dios Temible, el Dios Poderoso; el Dios que con su voz creara el mundo, lo adornara de infinita variedad de plantas, flores y frutos, lo llenara de seres vivos: unos que surcaran las aguas, otros que rasgaran los aires, otros que se moviesen sobre la ancha faz de la tierra; el Dios que hace temblar la creación con su voz potente; ese Dios ha tenido la gran Condescendencia de manifestarse al hombre, de alargarle piadoso la mano y de entablar con él una amistad tan estrecha y duradera que resultara una mutua posesión eterna.

Primera lectura: Ex 34, 4b-6.89.

Podríamos comenzar a leer en el 33, 18. Nos encontramos ante un diálogo precioso entre Dios y Moisés. Son dos buenos amigos. Y esto es precisamente la causa de admiración. Moisés, criatura de Dios, se atreve, nada menos, que a pedir se le otorgue el favor de presenciar Su Gloria, y Dios, Transcendente, accede amigablemente a ello. Dios condesciende a dar gusto a Moisés, manifestándole su Gloria, es decir, manifestándose a sí mismo. Nótense los siguientes particulares.

La gran Condescendencia de Dios: Descendió en forma de nube (34,5 y 33,19). Dígnese mi Señor venir en medio de nosotros… (34, 9).

La Misericordia admirable:… Pues hago gracia a quien hago gracia…(33,19 y 34,6-7).

La Manifestación parcial que Dios hace de sí mismo: en forma de nube, la espalda, no la cara.

La Santidad de Dios: perdona, pero castiga con rigor; el pecado y la presencia amigable de Dios son incompatibles.

Dios, pues, condesciende a vivir con su pueblo, a perdonarle y a poseerlo como cosa propia. Pero un santo temor debe dominarles: castiga con rigor, Moisés debe postrarse ante Él. Dios condesciende a manifestar su Gloria.

Segunda lectura: 2 Co 13, 11-13.

Son abundantes los saludos trinitarios en San Pablo. Nos encontramos ante uno de ellos. La Gracia de Cristo: Por Él nos vino la amistad con Dios, el favor divino. Por su muerte se nos han perdonado los pecados; en Él, por Él y con Él, vivimos en estrecha unión con Dios. El Amor del (Padre) Dios: Es el principio de todo. Por amor han sido creadas las cosas. Al amor de Dios se deben todas las intervenciones y tentativas de salvar al hombre, que culminan con la donación del propio Hijo. La Comunión del Espíritu Santo: Él derrama en nosotros la Caridad y el Amor con que amamos a Dios; Él nos hace clamar a Dios ¡Padre!; Él nos hace sentirnos hijos de Él; Él nos conforma a Cristo; Él habita en nosotros; por Él tenemos la Vida divina en nosotros.

Es digno de notarse: manifestación de Dios equivale a donación de Dios. Dios se manifiesta más -se da más a sí mismo- en el Nuevo que en el Antiguo Testamento. Ya no hay nube, ni sombra. Poseemos la realidad. Sin embargo, vemos como por espejo. San Juan nos dice en su carta primera (3, 2) …ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es. Estamos todavía en camino.

La Santísima Trinidad es un misterio de primer orden. Los misterios no tienen el fin de humillar la mente humana, obligándola a admitir verdades que no puede entender. Los misterios responden a una comunicación amorosa de Dios. Dios manifiesta su vida íntima, sus secretos, a los que ama y porque los ama, con el fin de llevarlos a la posesión de los mismos un día. Nadie revela su intimidad a un desconocido, solamente a los amigos. Dios nos revela su interior como prueba de amor. Dios nos ama y, porque nos ama, nos dice lo que es.

Es de notar también el uso frecuente que hacemos de la Santísima Trinidad. En este nombre sagrado fuimos bautizados; con este nombre sagrado bendijo el sacerdote a nuestros padres; en él se nos ungieron las manos, para que pudiéramos perdonar y celebrar los misterios del Señor; en él esperamos ser ungidos un día a la hora de la muerte. En él se nos perdonan los pecados. En él estamos, pues, sellados. Pertenecemos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Esta es la realidad. Nuestra vida debe ser santa, como Dios es santo. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

Tercera lectura: Jn: 3, 16-18.

El evangelio nos habla también de la Condescendencia de Dios. Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único. Dios no se desentendió de su obra. Dios formó cariñosamente al hombre: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; Él mismo lo modeló con sus manos, le inspiró su propio aliento, lo puso en su propio jardín; le ofreció su amistad. El hombre no la aceptó; fue echado fuera. Pero Dios no lo abandonó a su pecado; le prometió un salvador (Gn 3, 15); intervino directamente en la obra de la salvación, eligiendo a un pueblo (perdonándole cuantas veces se arrepintiera, castigándolo cuantas veces pecara); le envió profetas, para que mantuvieran viva la conciencia de su elección. Por fin envió a su Hijo Único. ¿Se puede dar más? Se dio a sí mismo. Nótese que la aceptación de esta entrega de Dios lleva consigo la convivencia, de por sí eterna. El Dios Todopoderoso se revela Padre, Amigo, Hermano… La repulsa está castigada con la muerte eterna. A una manifestación total equivale una donación total. A un Don total, una responsabilidad total, por nuestra parte, una donación total; por eso, una Vida total o una muerte total. Dios, pues, sin dejar de ser Dios transcendente, condesciende a vivir con el hombre de una forma íntima.