Sagrada Familia

Primera Lectura: Si 3, 3-7.14-17: El que teme al Señor, honra a sus padres.

Libro de un profesional. Obra de un «sabio» de Israel. Instrucciones, exhortaciones, recomendaciones. Todo ello para aprender «sabiduría», el arte del buen vivir. De vivir y de vivir bien. Hay quienes no viven o no viven bien. Deben aprender a vivir. Hay sabidurías falsas o al menos, no tan acertadas. La «sabiduría que ofrece el sabio es auténtica, fruto de largos años de estudio, de acumuladas experiencias, de profundas meditaciones; pero, por encima de todo, fruto de la bondad de Dios. Porque la «sabiduría» viene de arriba. La historia de Israel, la Ley del Señor, ofrecen el material adecuado para aprender a vivir bien, para alcanzar la bendición, para ser y hacer feliz a los demás, para continuar con mano propia la obra creadora de Dios, que quiere la vida y odia la muerte. También la sabiduría de otros pueblos, garantizada por los siglos, encuentra lugar en este libro. El autor, israelita observador y piadoso, es también un hombre abierto. Y aunque opone la «sabiduría» al «conocimiento» pagano da cabida a los aciertos que traen otros vientos. Porque al fondo de todo lo bueno y auténtico se encuentra la sabiduría de Dios. Y la reverencia, el temor de Dios, es principio de toda «sabiduría».

Este capítulo está dedicado a las obligaciones de los hijos para con los padres. Los hijos deben mostrar respeto a los progenitores. La Ley de Dios lo prescribe de forma tajante: «Honra a tu padre y a tu madre para que se prolonguen tus días en el suelo que Yahvé, tu Dios, te da» (Ex 29, 12;Dt5, 16).El honor a los padres lleva consigo la honra de los hijos; la atención y el cuidado de ellos, la bendición de Dios. El respeto ha de ser por igual al padre y a la madre. Es algo sagrado, pertenece a esfera sacral. El respeto a los padres está en la misma linea que el respeto, debido a Dios. El decálogo emplea la misma palabra (kabod). Es expresión de la honra y del servicio a Dios. ¡Ay de aquel que «desprecie» a los padres! ¡Ay de aquel que deshonre a Dios! Los padres representan y continúan, en cierto sentido, la autoridad de Dios. Son continuadores de su obre creadora y salvadora en nosotros. Por ellos venimos a la vida; de ellos recibimos la primera educación, el sentido religioso ; de ellos el cuidado, la alimentación, cuidados, atenciones. No podemos existir en los padres. Suelo vital donde la vida individual puede echar raíces. Un hombre sin padres, sin familia, no tiene raíz, pronto muere. Dios, que obra a través de ellos, enriquece al hijo reverente con su bendición. Es un honor que se le ha tributado a él mismo. No en vano aparecerá Dios como «padre» para expresar su amor por el hombre. Una sociedad que no respeta a los padres, morirá, desaparecerá, el suelo secará sus raíces. Dios respeta la oración de quien respeta a los padres. Y honrar significa respetar, cuidar en la necesidad, atender, venerar. Es una tentación oscura «despreciar» lo que molesta o no ofrece «utilidad» alguna. No suceda esto con los padres. Dios está allí. Y Dios te premiará si los honras y te castigará si los maltratas. El hombre que respeta a los padres gozará de la vida digna y largamente. Es palabra de Dios, es «sabiduría».

Salmo responsorial: Sal 127, 1-5: ¡Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos!

Salmo de aire sapiencial: «Dichoso». Probablemente en el ámbito del culto. Dios bendice. Y bendice desde Sión, lugar de su morada. Y bendice, en medio de su pueblo, a todo aquél que le respeta y teme, que le escucha y sigue. Y lo hace con abundancia. La bendición de Dios lleva, como su palabra, la vida. Por eso «dichoso» aquél que le teme. El estribillo insiste. Y la insistencia parece sugerir una necesidad: el camino para alcanzar la «dicha» es temer al Señor. La «dicha» se mueve, no podía ser menos, en el ámbito familiar: vida sencilla, lejos de las estrecheces agobiantes de la pobreza y de los peligros de una riqueza exorbitante, mujer fecunda y hacendosa, trabajo diario fructuoso. La bendición no puede ser plena al margen de la bendición al pueblo: ver la belleza de Jerusalén, contemplar su prosperidad es ser partícipe de la misma. La familia se ve bendecida en la Familia de Dios, su Pueblo. La bendición de una implica la bendición de otra. Son inseparables. Una familia buena da individuos buenos, y por tanto tiene una sociedad buena. La sociedad es buena si sus individuos, sus familias, se tienen bien. La bendición de una recae sobre la otra.

Segunda Lectura: Col 3, 12-21: Que la paz de Cristo actúe de arbitro en vuestro corazón.

La figura de Cristo domina todo el pasado. Tanto, antes, en la parte doctrinal, como ahora, en la parte parenética. Es natural: Dios se ha comunicado a los hombres en Cristo. En otras palabras: Dios ha creado en Cristo un hombre «nuevo». La novedad es, pues, Cristo: en Cristo, por Cristo, con Cristo. Cristo «conforma» la vida del hombre nuevo toda su amplitud, y duración. El hombre nuevo vive en Cristo de la vida de Cristo. Es ser «cristiano», «crístico». Y esto todo individual como comunitariamente. El pueblo «elegido» ha de vivir la elección. La elección es: participar de los mismos sentimientos de Cristo: misericordia, bondad, humildad. Virtudes y hábitos que constituyen y muestran la pertenencia del cristiano a Dios en Cristo. He ahí, pues, el pueblo vivo que evidencia a Cristo vivo en unas relaciones de comunidad vivas. Descendiendo a detalles: perdón, compasión, comprensión mutuos. Sabemos que, en las condiciones actuales de debilidad y limitación, los miembros han de herirse mutuamente: sabiendo curar la herida con el perdón, la comprensión y la tolerancia. Así lo ha hecho y sigue haciéndolo el Señor. Si el amor ha inspirado toda la obra de Cristo, el amor a su vez ha de ser la virtud base de todo cristiano. El amor «une perfectamente»: la comunidad se realiza en el amor. El hombre viejo no sabe amar: el hombre nuevo, creado a imagen del Hijo, ha de ser la expresión viva de un amor que supera todas las flaquezas y debilidades. La caridad busca la «paz» : que sean ideal supremo y suprema aspiración mantener, en el amor de Cristo, la paz de Cristo entre los muchos miembros del cuerpo. Hemos sido creados para el amor y la paz. Es, como hombres nuevos, toda una obra a realiza. Nos ayudará la «palabra de Dios» escuchada atentamente y la relación constante con ella en la oración. Hemos de ejercitarnos en cantos, himnos, acciones de gracias. Un constante agradecimiento a Dios y una suma atención a los hermanos enseñanza mutua, exhortación recíproca, sencillez, amabilidad. Como centro, en el culto, la Eucaristía, expresión suprema de «acción de gracias», de exhortación, de enseñanza y caridad fraterna. Allí la «oración» con el Señor y la paz con los hermanos.

Detrás de la Familia Cristiana están las familias cristianas. El apóstol se dirige a ellas. Un breve código familiar. Lo encontraremos en Pedro, en Hebreos, en los Padres apostólicos, en toda exhortación a la comunidad cristiana. Todos los miembros del Cuerpo deben expresar su condición cristiana en el desempeño cristiano de las obligaciones de estado: solicitud, amabilidad, comprensión, atención, obediencia. En resumidas cuentas: un amor profundo, total, diferenciado en la expresión tan solo por la condición del miembro que se ama: padres, madres, hijos. Delicadeza y comprensión al padre; solicitud y obediencia a la madre; sensibilidad y dedicación a los hijos. Es lo que pide Pablo como expresión de la novedad en Cristo.

Tercera Lectura: Lc 2, 22-40: El niño iba creciendo y se llenaba de sabiduría.

Lucas al contrario de Mateo presenta una infancia de Jesús, toda luz y gozo. Una verdadera efusión explosiva del Espíritu. Una mano invisible, un aliento divino, mueve y dirige todas las escenas. Comienza a cumplirse la gran «promesa» de Dios: El Señor, el Salvador, el «lleno» y el dador del Espíritu Santo ha venido ya; El Espíritu de Dios acompaña en todo momento. Explosión de gozo: Dios bendice a su pueblo, Dios recuerda las promesas de Antaño, Dios pone en marcha la obra de Salvación. La infancia de Jesús en Lucas es toda luz y alegría.

Lucas, a diferencia de Mateo, no cita expresamente la Escritura. La reflexión sobre el misterio, sin embargo, la evoca constantemente. La Escritura ha servido de punto de referencia para la comprensión de la obra de Dios, alcanzando así -no podía ser menos- su perfecto cumplimiento y su perfecta función de anuncio en acción. La infancia de Jesús, gozosa y luminosa, cumple el plan de Dios. La palabra de Dios por los profetas lo había anunciado. Esa luminosidad, con todo, y esa presencia implícita de la Escritura encuentran una excepción, precisamente en el pasaje que hoy nos presenta la liturgia. Por una parte, se nos recuerda el Levítico de forma explícita, por otra, las palabras de Simeón resaltan el lado sombrío del misterio de Jesús.

Las pequeñas escenas o episodios, como parte del evangelio, son ya Evangelio, Buena Nueva. Permanece necesaria la relación con el resto del «mensaje» de Lucas para ser entendidas en su debido valor. Son ya «misterio», y como tal, exigencia de una meditación y reflexión. Así han nacido y así han de ser comprendidas. Si el «misterio» de Jesús en Lucas «mira» hacia Jerusalén, no dejemos de mirar a esta ciudad para entender los pasos de Jesús ya desde su infancia: pasión muerte, resurrección, ascensión, venida del Espíritu Santo. Así lo ha visto el evangelista; así debemos verlo nosotros.

Lucas ha unido aquí dos escenas « modum unius» que guardan cierta relación entre sí: la purificación de la madre y la presentación del hijo. No necesariamente debían estar unidas. Aquí lo están. La primera aunque obligatoria, según la Ley. La segunda, aunque obligatorio el rescate, no necesaria la presentación en Jerusalén. Así los autores, Dos actos, pues, unidos en uno. Y en verdad con cierto fundamento: ambos de carácter religioso, cumplimiento de la Ley, en el templo, las mismas personas, personas cualificadas en el «misterio»de Dios. Gran profundidad religiosa. Sentimos de cerca, como en toda la infancia, la presencia del Espíritu. En efecto, a las tres sagradas personas -Jesús, María y José- se unen dos más: Simeón y Ana. También en ellas alienta el Espíritu divino. Del primero lo dice expresamente el evangelista; de la segunda parece sugerirlo. Todas ellas personas sencillas y humildes. El «misterio» de Dios sigue un camino uniforme: se manifiesta en y a través de gente sencilla. Pensemos en Isabel respecto a María, en los pastores respecto al nacimiento, y aquí en Simeón y Ana. Todos ellos, movidos por el Espíritu Santo, llegan al conocimiento del «misterio» y son impulsados a dar testimonio de él.

Simeón declara «misterio» del Niño Mesías: un Salvador para todos los pueblos, luz de las naciones, gloria de Israel. El cántico «Nunc dimittis». Pero el buen hombre ha visto más. Simeón se adentra un tanto en el «misterio»: el Mesías será como una bandera discutida: se levantarán unos, caerán otros. Jesús, una figura en la encrucijada de todos los pueblos y de todas las personas, en especial en Israel. Figura central universal: o con él o contra él. El Mesías es el Salvador de hombre; pero también si juez. María va a vivir el «misterio» muy de cerca; va a envolverla la luz y contraluz de su hijo. El evangelio lo irá declarando paso a paso. Simeón lo ha visto de lejos. Estamos al comienzo.

Ana nos cae simpática. Mujer anciana, venerable y devota, habla de Jesús. Sus palabras gozan de gran peso. No son cuentos de «viejas» lo que publica. Son palabras graves y henchidas de sentido, las que pronuncia esa boca sensata, venerable y piadosa. La mujer da gracias a Dios. Lucas se muestra muy atento de las mujeres. También ellas reciben la acción del Espíritu Santo: María, Isabel, Ana. con relación a Jesús: Marta, María, Magdalena.

La familia de Jesús es una familia de Dios. Piadosos, religiosos, cumplidores de la ley. Todos juntos en íntima e intensa relación con Dios: la madre en el templo, Jesús en el templo, José en el templo. No por separado: la familia en el templo, como familia cumpliendo la Ley. Y como tal, después, cumplidora perfecta de la voluntad de Dios. Al fondo, quizás, el pasaje de Ana presentando a Samuel. Jesús es el Consagrado de Dios. María y José consagrantes, como padres, y consagrados con él. El niño crecía, bajo su tutela, en sabiduría y gracia. Es la familia del Señor, la Santa Familia del Señor.

Consideraciones:-

Es una festividad. Festejamos algo. Algo importante y maravilloso. Celebramos con alegría y gozo un misterio. Recordamos, alabamos y recogemos, como perfume precioso, algo que se nos ofrece para continuar nuestro camino adelante. Pues somos familia.

Alabemos a Dios por su disposición misteriosa de hacerse hombre. Hombre, nacido de mujer, bajo la ley: en una familia profundamente religiosa. Nos alegramos de ello, y disfrutamos contemplándolo, aspirando el aroma que desprende, y gustando la miel que destila.

Una familia. La familia. Unidad natural, elemental y fundamental de la sociedad humana. Recordamos su valor, celebramos su importancia. Alimentamos los deseos y hacemos propósitos de admirarla y estimarla en lo que es y significa; de protegerla, de defenderla; de fomentar en paz y bien la vida familiar en toda su extensión y ámbito. Dios Trino viene a ser una familia. Ahí nacen y se hacen las personas, imagen de Dios Creador. Ahí, el niño que crece; ahí la mujer, madre de solicitud y de amor; ahí el hombre, padre responsable y sustentador; ahí unos y otros en lazos de amor y comprensión creadores y forjadores de almas y pueblos que corren a Dios. Maravilla de maravillas. Unos y otros, humanamente obrando para hacerse «hombres» en toda dirección.

Las lecturas nos hablan del amor de los esposos, de la solicitud, del cuidado de unos por otros, de la delicadeza, de la atención: del esposo a la esposa, de la esposa al esposo; de los padres a los hijos, de los hijos a los padres; de la familia por la sociedad, de la sociedad por la familia. El papel del amor familiar en la constitución de las personas, como individuos, como miembros de familias, como elementos de la sociedad, como personas llamadas un día a ver a Dios.

Sagrada. La familia es algo sagrado. Y esto nos invita a recordar el papel de la familia en el desarrollo de la persona, de las personas, de la sociedad, de los pueblos, en sus relaciones con Dios. No se puede hablar del hombre sin tener en cuenta su dimensión religiosa. La piedad de José, la dedicación de María, la sumisión de Jesús, unidos en la adoración a Dios. Unos y otros, todos unidos, en el cumplimiento de la voluntad de Dios. La familia que pierde el sentido religioso de sus miembros, pierde a la larga el sentido «humano» de los mismos. El papel irremplazable de los padres en la educación religiosa de los hijos. Misión sagrada de crear en los miembros la imagen de Dios (una imagen digna de Dios). De las lecturas puede uno espigar algunos aspectos importantes del «misterio» de la familia según el plan de Dios. Pensemos, actuemos, alabemos y celebremos. Somos la familia de Dios, reunión de familias en Dios.