Domingo de Ramos

Primera Lectura: Is 50, 4-7: No oculté el rostro a insultos; y sé que no quedaré avergonzado.

Libro de Isaías. Es el que más suena, de los tres, a «buena nueva», a evangelio.

Dentro de este contexto general, cuatro misteriosos poemas que, por acuerdo más o menos unánime, vienen llamándose del «Siervo»: Cánticos del Siervo de Yahvé. Aquí, en la lectura de hoy, nos encontramos con uno de ellos; con el tercero, en concreto. Y del tercero, con unos versillos, los más significativos. Conviene, no obstante, alargarse, en la lectura privada, a los versillos 8 y 9 por los menos, y con un poco de interés, a los cánticos que le han precedido; pues, en opinión de la mayoría, se iluminan unos a otros: 42, 1-9; 49, 1-13. El cuarto vendrá más tarde y los desbordará a todos: 52, 13-53, 12.

El personaje del canto no lleva nombre, ni siquiera el título de «siervo». Lo que importa es la misión. Y ésta se encuadra en la vocación profética: vocación-llamada para la palabra, sufrimiento en el desempeño de la misión, confianza en el Señor. Detrás del profeta sin nombre se encuentra Dios con todo su poder. Llamada para hablar: lengua de iniciado. El Siervo ha de hablar; ha de hablar bien, ha de hablar en nombre del Señor. En este caso ha de hablar para consolar, al abatido. También el profeta sabrá de abatimiento; es su vocación. Pero para hablar, hay que escuchar. Dios afina el oído de su Siervo, agudiza su sensibilidad y lo capacita para sintonizar con su voluntad. Suponemos en el Siervo una intensa actividad auditiva.

La misión se presenta, además, dolorosa: ultrajes e injurias personales. Un verdadero drama. En el fondo, participación del drama de Dios en la salvación del hombre. La persona del Siervo tiende a confundirse con el mensaje que debe anunciar. Valor y aguante. Y así como no resiste a la palabra que lo envía, así tampoco al ultraje que ella le ocasiona. Dios lo mantendrá inquebrantable en el cumplimiento de su misión.

Misteriosa vocación la del Siervo. Todos los profetas experimentaron algo de lo que aquí se nos narra. Con todo la figura del Siervo los sobrepasa. ¿quién es? ¿Quién llena su imagen? Miremos a Cristo Jesús y encontraremos la respuesta más cumplida. Vivió en propia carne el inefable drama de Dios con el hombre: lengua de iniciado: gran profeta; oído atento: gran hombre de Dios; ultrajes, presencia de Dios… misión cumplida.

Salmo responsorial: Sal 21, 8-9. 17-20.23-24. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Salmo de súplica, salmo de acción de gracias. ¿Psicológicamente incomprensible? Teológicamente, al menos, no: tras la súplica, siempre, la acción de gracias, porque Dios, al fondo, siempre escucha la oración. El salmo vive los dos momentos. Hoy, el primero.

La súplica toca los límites extremos en que puede encontrarse el fiel de Dios. Es el justo; y es el justo perseguido; y es el justo perseguido por ser justo; y la persecución lo ha llevado hasta la s puertas de la muerte; ¡y el Señor no le escucha! El justo sufre sobre sí el abandono de Dios; las imágenes son vivas y reflejan una situación límite. También la confianza es extrema y total.

¿Quién llena el salmo? Situaciones semejantes, pero parciales, las han vivido con frecuencia los siervos de Dios. Como ésta, en profundidad insospechada, solamente uno: El Señor Jesús. Los evangelistas recogen de su boca el estribillo del salmo en el momento de su muerte; también aparecen cumplidos algunos versillos en la ejecución en la cruz. Pensemos, pues, en Jesús; él desborda el salmo, en dolor, abandono y esperanza. Unámonos a él, a todo justo, que en el cumplimiento de la voluntad de Dios pasa por trance semejante.

Dios, el Padre, dejó paradójicamente morir a su Hijo; pero lo resucitó al tercer día. La oración fue escuchada, como comenta la carta a los hebreos, por su« reverencia»

Segunda Lectura: Flp 2, 6-11: Se rebajó a sí mismo; por eso Dios lo levantó sobre todo

En una carta -Pablo a los Filipenses-, una recomendación entrañable; y en al recomendación entrañable- «manteneos unidos»-, la motivación más cordial y personal del apóstol: Cristo Jesús. Es toda nuestra lectura. Y es toda una pieza. Pieza, que, según la crítica más aceptada, se remonta a los albores de la comunidad cristiana, a unos años, quizás, antes de Pablo.

Se le suele caracterizar como himno. Pero hay que advertir que, sin dejar de serlo, el pasaje admite otras denominaciones, secundarias quizás, pero simultáneas, que la colocan en su debido puesto: fórmula de fe, catequesis… Debemos mantener viva la alabanza, recordar piadosamente el misterio y profesar confiados nuestra fe.

Los autores distinguen estrofas. No nos vamos a enzarzar en la polémica de su diferenciación y número. Vamos a seguir tan sólo el pensamiento de tan preciosa profesión de fe, el movimiento de tan justificada alabanza y la estructura básica de tan profundo misterio.

El himno lleva, en el contexto actual de la carta, un movimiento de exhortación. No lo perdamos de vista, pues nos conviene aprender- catequesis- y nos interesa dejarnos mover- parenesis. El ejemplo es Cristo; el cristiano ha de acercarse a él para conocer y vivir su propio misterio

En cuanto al himno mismo, podemos proceder a su inteligencia, apoyándonos en los contrastes. Y el primero que se nos ofrece es el llamado de la «kénosis» o anonadamiento. Jesús, en efecto, siendo de condición divina, no ambicionó conducirse, al venir a este mundo, a la manera que como a ser divino correspondía. Todo lo contrario, se despojó de sí mismo totalmente: respecto a Dios en obediencia absoluta y respecto a los hombres, llevando por amor, la condición de hombre débil, hasta el extremo de morir, como siervo, en una cruz: condenado como malhechor y blasfemo -¡él, que era Hijo de Dios!; por odio y envidia- ¡él, que era la misma misericordia!; por propios y extraños -¡él, que no se avergonzó de llamarnos hermanos!; impotente y entre criminales -¡él, que era poderoso y justo por excelencia!; abandonado de Dios -¡él, que era «Dios con nosotros!» ¿Quién no recuerda, como falsilla teológica inspirada, el canto cuarto del Siervo de Yahvé?

El segundo contraste, que se origina y enraíza en el primero, como carne de su carne, es: Dios lo exaltó y le dio un «Nombre-sobre-todo-nombre». Un Nombre divino: el de ¡Kyrios! Jesús, como hombre, por encima de toda la creación, unido al Padre en poder y majestad. ¿Qué otro Nombre podía ser éste que el de Dios? Por eso todos deben postrarse ante él: en el cielo, en la tierra y en el abismo, y proclamar: «¡Jesucristo es el Señor!» Y ello, como lo señala el himno «por» haberse humillado hasta la muerte en cruz. Pablo nos invita a imitar al Señor; también, a alabarlo, bendecirlo y adorarlo. Es el papel que desempeña el himno en la liturgia. Acerquémonos, pues, piadosamente, y bendigamos, alabemos y adoremos al Señor.

Tercera Lectura: Lc 22,14-23,56: Realmente este hombre era hijo de Dios.

Introducción General

Son relatos y son Evangelio. Como Evangelio, Buena Nueva: proclamación salvífica de la salvífica acción de Dios. Como relatos, composición literaria de características peculiares: una serie de pequeñas escenas-unidades de notable largura y de excepcional trabazón entre sí. Destacan, por cierto, en ambos aspectos, del resto del evangelio. Vienen a ser un relato uno, aun dentro de los respectivos evangelistas, por más que uno deseara encontrar en ellos, o más detalle o más precisión, o ambas cosas a la vez, en algún momento. Quedan así indicados los problemas que pueden surgir, ya dentro de un mismo relato, ya en el cotejo de un evangelista con otro: lagunas, desplazamientos de lugar…

No son, pues, crónica o retrato preciso de un acontecimiento; ni pueden serlo en realidad. Con todo, se parecen mucho a ello. Son el acontecimiento, sí; pero, animados los relatos y coloreados por la reflexión y el afecto: de gran objetividad y de entrañable devoción: devoción, porque son la Pasión del Señor. Y objetivos, por la misma razón. El acontecimiento ha fundado la fe y la fe, devota, se ha volcado sobre el acontecimiento. Sorprenden su extensión y detalle, habida cuenta, en consideración neutra, del acontecimiento que narran: la horrorosa y horrible muerte de Cristo en la Cruz. ¿No hubiera sido mejor olvidarlos, después de la experiencia de la gloriosa resurrección, con la que, al parecer, nos guardan en común? Pues no. Los relatos parten de testigos oculares y se han mantenido y mantienen vivos en el ámbito eclesial, especialmente litúrgico, de todos los tiempos. Es la Pasión del Señor. Y sabemos que la Pasión del Señor no es algo que pueda olvidarse como una pesadilla o pasarse por alto como un escollo, sino que es, nada más y nada menos, el relato de los acontecimientos reveladores de la Salvación de la salvación de Dios: el gran combate de la luz contra las tinieblas y la estrepitosa victoria de Dios sobre el diablo, en su propio terreno, del amor sobre el odio, de la vida sobre la muerte. La muerte. La muerte mordió su propia entraña, el odio quemó sus enconadas iras, el demonio perdió su dominio y las tinieblas huyeron despavoridas. Y las armas singulares en verdad, la muerte en cruz de Jesús.

Con esto queda abierta so inteligencia como Buena Nueva. Estos relatos anuncian, proclaman, revelan la salvación de Dios en su siervo Jesús. Y también lo celebran -aspecto litúrgico- y la presentan como objeto de contemplación y veneración -misterio de Dios y su obra-. En ellos nos acercamos a Dios y Dios se acerca a nosotros. Y el acercamiento es, naturalmente, salvífico: la Pasión del Señor, dispuesta por Dios, para salvarnos a nosotros, pecadores. Es su sentido y verdad fundamental. En torno a ellos, y enriqueciéndolos, múltiples verdades parciales de la gran verdad que desprenden de los relatos como totalidad unitaria y unidad total.

Por eso, tanto la comunidad -acto litúrgico- como el individuo -relación personal con el Señor- han de moverse en dirección teologal: fe, esperanza y caridad. Y es que, al fondo, está Dios: Dios salvador del mundo a través de la muerte de si Hijo. Fe en su amor, esperanza en su perdón y benevolencia, y afecto entrañable a su persona. Su dolor físico y moral, su soledad y abandono; su voluntad de sumisión y su obediencia extrema; su abrumador silencio y sus divinas palabras… Por nuestros pecados; por mis pecados… Las escenas, todas ellas reveladoras del misterio de Dios y de nuestro misterio: la Ultima Cena, la Eucaristía… La traición de Judas -¿nunca lo he traicionado yo?-, la negación de Pedro -¿nunca lo he negado yo?-, la oración en Getsemaní, los falsos acusadores, los gritos del populacho, la envidia de las autoridades, la debilidad de Pilato, las santas mujeres… Y, sobre todo, el mismo acontecimiento: ¿es posible que aquel hombre, Hijo Unigénito de Dios, muriera así? El misterio del pecado enfrentado con el misterio del amor de Dios. Uno tiembla, se conmueve, llora, pide perdón y alaba. Pues temblemos de emoción, lloremos por nuestros pecados y alabemos a Dios por Gracia: es la Pasión y Muerte del Señor.

A pesar de ser uno, en el fondo, el relato de la Pasión, son cuatro, tres para esta celebración, los evangelistas que lo encuadran en sus respectivos evangelios. Por supuesto, que nos ofrecen, al tomarlo de la tradición consagrada de la Iglesia, su propia impronta, su huella, su visión ligeramente eclesial-personal del acontecimiento, que, lejos de desfigurar los hechos, lo enriquecen. A Juan lo relegamos para la celebración del Viernes Santo. Los otros tres quedan para hoy, según la división en ciclos. Las anotaciones, con todo, no eximen de la lectura atenta, personal y afectuosa de todo su relato. Lo mismo, respecto a los otros evangelistas.

Lucas (Ciclo C)

El relato de la pasión según sal Lucas posee un cierto aire «personal» y «parenético». Con «personal» se entiende el discípulo y con «parenético», la invitación a seguir al maestro. Insiste en la inocencia de Jesús, omite los detalles ofensivos al Señor y, como buen escritor, se cuida de relatar sucesivamente los momentos. Lucas escribe con más sentido histórico.

Podemos apreciar algo de esto en el relato del prendimiento. Respecto a la apelación personal, podemos considerar las palabras de Jesús a Judas: «¿con un beso entregas al Hijo del hombre?», son propias de Lucas, y son conmovedoras en verdad. ¿no habrá alguien, entre los lectores u oyentes, que, de alguna manera, se asemeje a Judas? Grandeza moral la de Jesús, tanto con Judas, como con el siervo herido con la espada. Nótese el título «Señor» con que lo nombran los discípulos. Poder divino y divina generosidad. Así es nuestro Señor, así han de ser los discípulos. La pasión, por lo demás, comienza con una alusión al «poder de las tinieblas», remembranza, a su vez, de las tentaciones en el desierto: «lo dejó hasta un tiempo». Aquí, como allí, el Señor saldrá vencedor.

Digno de notar, en el proceso ante los sumos sacerdotes, e la colocación de la negación de Pedro y su arrepentimiento antes de las burlas de los esbirros. Lucas arranca a Pedro de la chusma de siervos que se mofan del Señor. Más todavía, el detalle, propio de Lucas, del encuentro de las miradas de Pedro y del Señor es, sin duda alguna, conmovedor. El «saliendo afuera, lloró amargamente» resulta aleccionador. Antes de seguir adelante con el relato de la pasión el cristiano pecador ha de arrepentirse y llorar su debilidad; seguro que siempre que mire al Maestro ha de hallar su perdón. Por lo demás, Lucas parece no querer insistir especialmente en esta escena; da la impresión de querer dejar la cosa para el encuentro con el poder oficial de Roma.

También notamos en Lucas algunas ausencias en el proceso romano. Su interés se dirige, de todas formas, a poner de manifiesto la inocencia de Jesús. Nótense, por ejemplo, los versillos 4, 14, 22 y el 16 y 20 del cap. 23. La figura de Herodes va, entre otras cosas, en esa dirección: ni siquiera Herodes encuentra motivo de condena. De rechazo, con esta escena, viene a señalarnos el evangelista la falsa admiración por Jesús. Piense, pues, el cristiano que si es alguna vez llevado a los tribunales, por su fe, antes le ha precedido el Señor Jesús.

En esta última parte del relato -Crucifixión y muerte- es donde al parecer, se aparta más Lucas del esquema de Marcos y muestra más su interés por el lector discípulo, «seguidor» de Cristo. Nótese por ejemplo, el caso de Simón de Cirene: «Le cargaron la cruz, para que la llevase por detrás de Jesús». Algo semejante se dice también de las turbas y, en especial, de las «santas mujeres»: «le seguían». Estas últimas aparecen como figuras meditativas, cuya presencia invita al lector a acompañarlas él también. El encuentro con las mujeres que lloran por él es también significativo a este respecto: llamada al arrepentimiento ante la perspectiva del juicio de Dios. ¿No recordamos a Jesús, capítulos atrás, llorando por la suerte de Jerusalén, ciega ante la visita de la paz que le hace su Señor? El final, versillo 48, es aleccionador: el pueblo espectador acaba por dolerse de su acción, dándose golpes de pecho.

Las palabras de Jesús en la cruz son en extremo sublimes: «Perdónales, porque no saben lo que hacen». Esteban las repetirá a su tiempo. La escena del buen «ladrón» es otra de las eternizadas por Lucas: todos se mofan, pero un ladrón, crucificado junto a él, no. Y la mofa iba por aquello de «Rey de los judíos». Pues bien, el buen ladrón lo confiesa como tal y le ruega acogida. La respuesta de Jesús manifiesta y pone en marcha su «realeza» mesiánica: «hoy estarás conmigo en el Paraíso». Uno piensa instintivamente en la parábola de la «oveja perdida»: ¡qué alegría la del Señor al encontrar, a última hora, la hora de las tinieblas, a la oveja descarriada y poder salvarla! La ruptura del velo y la presencia de las tinieblas vienen a ser expresión de un duelo universal por la muerte de su Señor. Lucas manifiesta también, en situación única su condición de hijo de Dios con la frase del Salmo: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Por eso, como un eco humano perspicaz, la constatación del centurión: «este hombre era un justo». Así muere nuestro Señor con una grandeza moral insuperable, Bendito y alabado sea por siempre. Amén.

Consideraciones

Podemos señalar algunos temas teológicos. Comencemos por las palabras de Jesús en respuesta a las del sumo sacerdote «Te conjuro por el Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios»: «Tú lo has dicho; en verdad os digo que desde ahora podréis ver al Hijo del hombre sentado a la derecha del Padre y venir sobre las nubes del cielo». El eco solemne de esta manifestación la encontramos en boca del centurión: «verdaderamente éste era Hijo de Dios». Apuntemos para la primera manifestación -respuesta de Jesús al sacerdote- la conjunción de las tradiciones «mesiánica» y «apocalíptica» en la persona de Jesús: Jesús, el Mesías-Rey descendiente de David, salvador del pueblo, y Jesús, el Hijo del hombre, ser celeste y superior, anunciado por Daniel. El título de Hijo de Dios, que algún evangelista pone en este momento, está a caballo entre las dos: el hijo de David, rey, es el Rey Ungido por Dios, perteneciente a la esfera divina, hijo de Dios en sentido propio. El venir sobre las nubes, en efecto, lo asimila a Dios; ¿quién otro que Dios puede venir sobre las nubes? De esta forma se precisa y explícita también la naturaleza de su trono: a la derecha de Dios en las alturas (Hebreos), en el trono de Dios.

A estas tradiciones debemos añadir otra, la más chocante quizás, avalada por el acontecimiento-cumplimiento en Jesús de las Sagradas Escrituras- y será: Jesús, el Siervo Paciente de Yahvé. Todas ellas redondean el misterio, al mismo tiempo que se integran plenamente entre sí.

Jesús es el Mesías de Dios; pero su mesianismo, sin dejar de ser real, se lleva a cabo mediante el sufrimiento. La carta a los Hebreos comentará que Jesús «fue perfeccionado por el sufrimiento». Jesús es el Siervo de Dios; pero su servicio redundó en beneficio de todos. Fue «disposición de Dios, comenta así mismo otra vez la carta a los hebreos, que gustara la muerte en favor de todos».Un triunfo a través de la pasión - que lo recalca Jesús, en Lucas, a los discípulos de Emaús - y una pasión que llevó adelante el que era «Hijo». Este último término nos descubre la identidad del sujeto que sobrellevaba el peso de las injurias, abandono y muerte, y despertó en la resurrección : Jesús el Hijo de Dios; muerto, pero vivo; juzgado, pero juez, humillado, pero exaltado; siervo, pero Rey. Confesemos, pues, valiente y devotamente, como lo hace la carta a los filipenses, que Jesús es nuestro Señor, Rey e Hijo de Dios, muerto por nosotros, pero glorificado para siempre y constituido causa de eterna salvación.

Otro elemento singular es el tema del «templo». Dos veces aparece la acusación; -en el proceso judío y ya clavado en la cruz- de querer Jesús destruir el templo y levantar otro no hecho de manos humanas. El evangelio la llama acusación falsa. Pero no lo es tanto, si tenemos en cuenta el desarrollo de la Pasión. Jesús acaba, de hecho, con la Economía Antigua y comienza la Nueva. El Templo nuevo será él. Juan lo afirmará expresamente en 2, 20-22 y Pablo lo insinuará suficientemente al decir que «habita en él la plenitud de la divinidad corporalmente». Hespys es el Santuario no hecho con manos humanas: La Tienda más amplia y más perfecta, no hecha por manos humanas, dará a entender la carta a los Hebreos, es su Cuerpo Glorioso (9, 11ss). El detalle de la ruptura del velo al momento de morir Jesús favorece esta interpretación.

El tema del Templo nuevo, aquí brevemente esbozado, abre la perspectiva hacia la Iglesia, Templo de Dios y Cuerpo de Cristo. Es su Reino y su Pueblo. ¿Y no fue de su costado, abierto por la lanza - estamos ya en Juan -, de donde, según los Padres, nació la Iglesia, Esposa del Señor? Iglesia somos, y no podemos menos de vernos integrados en la Pasión y Resurrección del Señor.