Solemnidad de Pentecostés

Fiesta de marcada ascendencia bíblica y de gran raigambre en el pueblo cristiano; impregnada de fragancias múltiples y caldeada al fuego de la devoción más sincera; jubilosa y chispeante como el vino nuevo y cargada de vigor como el añejo; en tiempos atrás, alargada por espacio de una semana; con un material litúrgico precioso, del que sobresale, por melodía y texto, la secuencia de la misa. La llamaron, no sin cierta razón, la «tercera pascua». La fiesta de Pentecostés, en efecto, corona la fiesta de la Resurrección del Señor y cierra litúrgicamente el tiempo pascual. Ya el libro de los Hechos relaciona el acontecimiento de la maravilla con la Maravilla del Acontecimiento de Cristo resucitado. La fiesta señala, hacia adelante, el inicio de la Iglesia, de forma taumatúrgica y solemne; hacia atrás, nos introduce -el Espíritu procede del Padre y del Hijo- en el costado de Cristo glorioso revelador del Padre. Celebramos -y al celebrar, confesamos, proclamamos y suplicamos- la presencia en nosotros del Espíritu Santo como participación de la gloria del Señor. Él nos introduce, con el Hijo, en el corazón del Padre; él nos abre sus entrañas; él nos engarza de tal manera en la misión filial de Cristo en el mundo, que nos confunde con ella; él nos capacita para gustar y manifestar de múltiples maneras a Dios creador y salvador.

Si bien es uno el misterio divino -Dios, Uno y Trino-, y simple y uno también el misterio de Cristo Salvador, nosotros, encarnados en las coordenadas de tiempo y espacio, no sólo nos vemos obligados a estructurarlos mentalmente con esas categorías, sino que, por nuestra condición de carne y sangre, no podemos menos, en cuanto a su recepción atañe, de recibirlos o por lo menos experimentar su presencia en nosotros en momentos y lugares determinados. No es, por tanto, una mera y condescendiente pedagogía lo que mueve a la liturgia a separar en el tiempo la Resurrección del Señor y la venida del Espíritu Santo, sino que responde, en parte, a la naturaleza de las cosas y no carece de fundamento «histórico». No cabe duda de que Cristo recibe la glorificación plena en el momento de su Resurrección. Pero la gloria de Cristo no puede entenderse como tal si, como tal -de Cristo, Verbo encarnado, Esposo de la Iglesia-, no engloba a los que creen en él. Y éstos, naturalmente -así es su constitución-, no pueden recibirla en su simplicidad admirable; requieren tiempos y lugares. El misterio de la Iglesia está en la misma situación. Jesús está desde el primer momento de la resurrección sentado a la derecha de Dios en las alturas, constituido Señor poderoso y dador del Espíritu. Pero no casualmente conversó durante un tiempo con los suyos -cuarenta días, dice San Lucas-, desprendiendo de su gloria el fulgor maravilloso transformante que los discípulos poco a poco debieron encajar. La gloria de Cristo va impregnando progresivamente a todos aquéllos que, en virtud de la misma, son asociados a ella. La humanidad de Cristo ha sido glorificada, y nosotros, que hemos sido introducidos en ella, lo somos también. Por una parte, pues, no podemos apartarnos de Cristo glorioso -estamos celebrando el triunfo del Señor-, y por otra, no podemos menos de situarnos, en la experiencia de los discípulos y de la Iglesia, dentro del tiempo y del espacio. De esta manera podríamos salir al paso de la dificultad que presentan pasajes tan pascuales y, al mismo tiempo, tan separados, como son las lecturas primera y tercera de la fiesta: la idéntica recepción del mismo Espíritu en una realidad humana al modo humano: en los Apóstoles, de inmediato, y en la Iglesia, corporación, de forma taumatúrgica y solemne, en función de signo externo salvador para los pueblos. Experiencias reales, distanciadas en el tiempo, de contenido teológico diferenciado, de la misma realidad fundamental: el don del Espíritu Santo como realidad suprema salvífica de Cristo resucitado. Sirvan estas líneas para acercarnos más a este misterio tan consolador y santo.

Primera Lectura: Hch 2, 1-11

Libro de los Hechos. Segunda parte de la obra de Lucas. Prolongación de la buena nueva. Instauración del Reino en Cristo Jesús por obra del Espíritu Santo. Alargamiento misterioso de la encarnación y resurrección del Verbo, encarnado, en el tiempo y el espacio a escala universal: alumbramiento de la Iglesia como presencia salvadora de Dios.

Jesús, después de resucitado, ha convivido de forma intermitente con sus discípulos durante un tiempo determinado: cuarenta días, señala Lucas. Les ha hablado del Reino y los ha constituido su reino. Tras ello desapareció de sus ojos y quedó para siempre huido de su vista. Permanece «espiritual» entre ellos y se les manifestará glorioso al final de los tiempos. Es seguro que vendrá. Aunque no sabemos cuándo, sí sabemos cómo, dónde y para qué: sobre las nubes, con poder y majestad, a recoger a los suyos, Juez de dominio universal. Los tiempos permanecen enrollados en las manos del Padre, y es él el único que los va desplegando y ordenando hasta llegar al final. El tiempo intermedio, con todo, no queda vacío. Lo llena misteriosamente el Cristo resucitado en la formación de su Cuerpo. La carne y la sangre reciben el impacto de su gloria y transparentan, también en misterio, la presencia salvadora de Dios. Es el tiempo de la Iglesia. Y la Iglesia ha de tomar posesión de él y llenarlo con esplendidez y holgura: ha de constituirlo en «kairós» precioso de salvación. El tiempo, sin la presencia de Cristo y sin referencia a él, se desvanece vacío; con él en sus entrañas, crece y rebasa sus propios límites: toca la eternidad. Esa es la misión de la Iglesia: encarnar, en su contingencia, una realidad -Reino de Dios- que pertenece a la eternidad.

Los discípulos han preguntado momentos antes al Señor por «el tiempo de la implantación del reino de Israel». Jesús los ha desligado, en su respuesta, de las ataduras del tiempo y del espacio para señalar, al mismo tiempo que la naturaleza del reino, la responsabilidad que les compete a ellos en su restauración: No os toca a vosotros saber el tiempo... sino que recibiréis poder del Espíritu Santo... y seréis mis testigos... hasta lo último de la tierra. Sabemos que nadie tiene derecho a exigir de las cosas algo que supere los límites que marca su naturaleza. Antes de exigirlo, hay que transformarlas. Y la transformación no se lleva a cabo si no es dotando las cosas de una virtud que las capacite para producir el efecto que se les exige. A la Iglesia se le encomienda transformar al hombre y sus historia. ¿Cómo llevar a buen término semejante encomienda si nos encontramos en clamorosa desventaja? ¿Cómo levantarnos y levantar a otros al cielo si nos sepulta la tierra? La Iglesia no puede dispararse a la consecución de su fin sin una tensión «señorial» que la mantenga existencialmente alerta. La Iglesia no puede mirar al futuro y disponer de él, como propiedad suya, sin unos ojos que lo alcancen y unos brazos que lo dirijan. La Iglesia no puede mantenerse en pie, como mole gigantesca cuya cima toca los cielos, sin una real y poderosa radical tensión, vertical y horizontal, en todo su ser: con la Cabeza, a quien no ve, y con los miembros, a quienes sensiblemente no percibe. Para ver, esperar y querer, para mantenerse disparado hacia adelante en erección constante hacia arriba, para sobrellevar en el tiempo el desbordamiento del mismo, para cohesionar en sí los elementos más dispares, formando un organismo vivo y vivificante, necesitan los discípulos de un poder que los supere a sí mismos: el Espíritu Santo. Jesús lo ha prometidos y Dios lo concede en su nombre: un bautismo en el Espíritu Santo. El texto, en efecto, habla de «bautismo». La Iglesia comienza a vivir en la gloria y de la gloria de Cristo Resucitado; en el «bautismo» -recordemos el de Cristo- la unción del Espíritu y la misión en su nombre. Es nuestro texto. Debemos alargarlo hasta el último versillo del capítulo; es su contexto inmediato. Abarca, por tanto, la predicación testimonial de Pedro y la «convivencia» carismática de los hermanos. Elementos inseparables entre sí e inseparables de la presencia del Espíritu. La acción del Espíritu salta al mundo, imponente, como testimonio de salvación para todos los pueblos y los reúne -así son a su vez testimonio- en convivencia fraterna. Son las líneas fundamentales del organismo vivo de la Iglesia: voz creativa de Dios que testifica su voluntad operativa de transformar al hombre, individuo y sociedad, en imagen perfecta del Dios Trino y Uno en Cristo Jesús. Pero dejemos hablar al texto.

Llegaban a su término los días de Pentecostés. Era ésta en la tradición judía una fiesta esencialmente agrícola. Fiesta de las siete semanas. Fiesta de la cosecha del cereal: alegría y acción de gracias. El texto añade que todos estaban juntos en el mismo sitio; se supone que los discípulos. Es el grupo de los creyentes como grupo de creyentes. Sobre ellos, de improviso, viene un fragor, como viento impetuoso, que llenó la casa donde estaban, y lenguas, como de fuego, que se posaron sobre cada uno de ellos. A este fenómeno, signo de una realidad interna con proyección al mundo entero, acompaña la presencia del Espíritu Santo que llena, que mueve e impulsa a los discípulos a hablar en lenguas extrañas a todos los habitantes de Jerusalén, visitada entonces por judíos oriundos de todas las naciones conocidas. Sucede en Jerusalén, y en Jerusalén, para todas las naciones del mundo. Un verdadero acontecimiento.

Recordemos, como fondo y en contraste, el relato de la Torre de Babel; se trata del movimiento y efecto contrarios. La Iglesia es la nueva Jerusalén, ensanchada por la fuerza del Espíritu a todas las naciones. La Iglesia ensambla en sí y articula como miembros vivos a todos los pueblos. Se trata de un «fragor», de un sonido portentoso, de un estruendo: carácter llamativo y apelativo de esta nueva realidad dirigida a todas las gentes; por venir de lo alto, nos recuerda, como voz de Dios, su poder creativo y su índole escatológica: ha dado comienzo la nueva y definitiva creación. La presencia del término «viento» nos acerca a la realidad subyacente que lo anima, al viento, al Espíritu Santo. Es «impetuoso», capaz de proveer de alas al barro y de levantar de la sepultura a los muertos. Se nos recuerda cierta «plenitud»; asistencia sincrónica y diferenciada, por los efectos, en todos y a todos los rincones de la «casa». ¿Y quién no piensa, a propósito de «casa», en la Iglesia, como edificación, templo y familia? Rico y profundo el simbolismo de las «lenguas como de fuego»; hablar; y hablar con Dios y de Dios. Comunicación inefable de Dios con los hombres y de los hombres con Dios; comunicación de los hermanos entre sí en Dios, y comunicación de Dios a través de ellos al mundo entero. Celebrar el misterio, proclamarlo, cantarlo, enseñarlo. Alabar a Dios, anunciar su presencia salvadora, expresarla, comunicarla; con vehemencia, con ardor, con ímpetu, con fuerza persuasiva, con arrastre, ¡con éxito inesperado! La palabra que enseña, la palabra que ilumina, la palabra que mueve, la palabra que cura y que salva; en extensión a todos los pueblos y en longitud a todos los tiempos. Una lengua en la que se expresan los pueblos como Pueblo y en la que se entienden los hombres como hermanos. Aúna, sin romper la diversidad; ensambla, sin deteriorar la personalidad; consuma, superando la particularidad. El acontecimiento continúa, sustancialmente, por todos los siglos. Es la Iglesia. Y todo, por la presencia activa y vivificante del Espíritu Santo. Es una maravilla que debemos confesar; un acontecimiento que debemos celebrar; una realidad que deseamos vivir; un compromiso que queremos compartir. Es fe, enseñanza y Buena Nueva.

Segunda Lectura: 1 Co 12, 3-7. 12-13

Primera carta a los corintios. De Pablo. De Pablo, apóstol. De Pablo, testigo de la resurrección de Cristo y pastor del rebaño de Dios. Como testigo y pastor, Pablo da una instrucciones a los fieles de Corinto; referentes, en este momento, a los llamados carismas. Son algo que atañe a la vida de la comunidad y en cierto modo la caracterizan. Por eso, Pablo les habla con detenimiento.

Los carismas, que Pablo ve surgir con más o menos fuerza en todas las iglesias por donde pasa, han brotado tan inesperada y exuberantemente en Corinto, que amenazan, por la deficiente disposición de los fieles, en convertirse de jardín en selva enmarañada y de ordenado crecimiento en desconcierto monstruoso. Los corintios, niños todavía, no han sabido encajar en profundidad la nueva realidad sobrehumana que los ha sacudido. Y esto, al parecer, en múltiples aspectos. Dos se me ocurren de momento: falsa apreciación del carisma como tal y uso incorrecto del mismo. Movido por cierta animosidad de unos contra otros y con un marcado afán de protagonismo y competencia, han comenzado a jugar y juzgar con los carismas. Miden la perfección de la persona por la excelencia del don recibido y la excelencia del don por su espectacularidad. Por otra parte, no parecen estar muy capacitados para distinguir lo carismático de lo que no lo es. Y es que gran parte de los fieles de Corinto no ha pasado de la nada al todo, en lo que a experiencia religiosa se refiere, sino de una experiencia religiosa, el paganismo, a otra, el cristianismo, de signo contrario en muchos aspectos: ha pasado del culto a los ídolos al culto de Dios vivo en Cristo Jesús. Las experiencias de uno y otro ámbito religioso pueden presentarse, en situaciones concretas, muy similares en lo que a lo sensible se refiere: cierto fervor expansivo, cierta holgura placentera, cierta elevación, impresión de palpar y gustar algo divino, exaltación del cuerpo y del espíritu... Todavía débil en la fe y carnal en los sentimientos, el corintio puede detenerse peligrosamente en lo sensible y perderse en ello, con el agravante, además, de creerse, por las mismas experiencias, superior a todos. ¿Cómo lograr distinguir una y otra de las experiencias? ¿Cómo saber separar lo humano de lo divino, lo mundano de lo cristiano, lo carnal de lo espiritual? Sabemos que el demonio -culto a los ídolos- acecha constantemente, ¿cómo soslayar sus trampas? Y, conocida como auténtica la experiencia, ¿cómo valorarla debidamente en su función personal y eclesial? Como puede apreciarse por la serie de interrogantes, la problemática en que se mueve Pablo en esta instrucción a los corintios, señala una situación que puede repetirse en cualquier momento de la historia de la Iglesia. Nos encontramos, nada más y nada menos, con lo que la teología clásica denomina «discreción de espíritus». La doble realidad en que se mueve el cristiano -carne y espíritu-, mientras va camino del Padre, obliga a tomar en seria consideración las directrices que aquí propone San Pablo y que la sucesiva experiencia de la Iglesia irá engrosando. Es de capital importancia.

Situémonos, para entender el pasaje, en el misterio de la Santísima Trinidad. Un solo Dios, tres personas distintas. Tres, sin dejar de ser uno; uno, sin dejar de ser tres. Unidad y pluralidad; comunidad y distinción. Cualquiera de los dos elementos que exageremos, destruirá la realidad inefable de Dios. Nosotros, introducidos por el bautismo en las relaciones trinitarias -llamamos a Dios ¡Padre! en el Hijo por el Espíritu Santo-, participamos, aun aquí, de ese misterio. Y no podemos sustraernos de vivir, aun dentro del tiempo y del espacio, la tensión divinizada que nos constituye uno en la distinción y distintos en la unidad. Unidad y diversidad vitales, existenciales, en todo momento y en toda persona. El espíritu humano -la carne- no puede conquistar semejante maravilla. Los impulsos de la carne van contra el Espíritu y los del Espíritu contra la carne. Nuestra mente no percibe de inmediato lo divino, ni nuestro corazón los latidos del de Dios. Y es que el Espíritu, que nos introduce en las mismísimas entrañas de Dios, se nos comunica a modo de participación; insensible en muchos momentos, aunque presente en todos. Sin embargo, es cierto que su impulso nos agita y dirige en la unidad divina y en la distinción de personas: del Padre al Hijo y del Hijo al Padre; al Padre como origen de todo y al Hijo como imagen perfecta del Padre. Y al Hijo no podemos acercarnos, si no es en el misterio de su encarnación; encarnación que implica, como realidad del misterio, su condición de Esposo de la Iglesia. Los carismas, por venir de Dios y conducir a Dios, por venir del Espíritu de Cristo y conducir a Cristo, llevan por naturaleza una orientación, en unidad y variedad, a la Iglesia, Esposa del Verbo encarnado. ¿No fue concebido el Verbo, y ensamblado, y ungido en plenitud, en cuanto a su naturaleza humana se refiere, en virtud del Espíritu Santo? Así también la Iglesia con la que forma una unidad inseparable -de esposo y esposa- Cristo.

Por eso, no puede estar movido por el Espíritu quien niegue, afee, mutile o deje malparado el santísimo misterio del Verbo encarnado, considerado en toda su real amplitud. Por el contrario, garantiza la presencia del Espíritu quien «confiese» cordialmente a Jesús «Kyrios». Por supuesto que no hay que entender el término «confesar» en sentido material, como una confesión o proclamación meramente formal. La «confesión » de Jesús como Señor implica y expresa, en lo que las circunstancias permitan, un profundo acto de fe, de esperanza y amor: una adhesión personal radical a la persona de Cristo. El Espíritu de Cristo no puede menos de proclamar a Cristo vitalmente; y proclamarlo en todo su misterio.

En esa misma línea, alargándola, debemos notar otra señal: unidad y bien común. El carisma, acción vivificadora del Espíritu, no rompe la unidad, antes bien la crea y la conserva. Las intervenciones del Espíritu en la comunidad llevan un aire comunitario inconfundible, son para la comunidad; no crean, no fomentan, no consienten la anarquía o el desconcierto desmembrador. Todo lo contrario, son fuerzas adherentes, coherentes e inherentes: componen, articulan, edifican. Si vienen de un Espíritu han de formar un cuerpo. Ésa es precisamente la maravilla: levantar, de partes y elementos dispersos y dispares, un edificio bien ensamblado y articulado. La imagen del cuerpo humano y de los miembros que lo integran es iluminadora. Pablo se detiene largamente en ella, aunque de por sí es transparente. Signo evidente de que, a pesar de la claridad de la comparación, nos sentimos reacios a encarnarla. No hay duda alguna de que la realidad misteriosa de la «unidad» y «distinción variada» como realidad viviente -cuerpo y miembros- no siempre es cumplidamente aceptada y vivida en la comunidad de la Iglesia. Las tendencias ocultas, nacidas de la carne, que no siempre conocemos y sujetamos debidamente, se muestran renuentes a admitirla y a encuadrarse en ella. Es menester saberse «uno» en el cuerpo «uno» -Cristo e Iglesia- y tratar de ensamblar todas las aspiraciones, tendencias, movimientos y cualidades en esa «nueva» realidad. Es menester también aceptarse y, en el recto sentido, gloriarse como miembro vivo con una específica función de «miembro», convencido de que quedará garantizada la propia personalidad y desarrollada convenientemente en el enraizamiento y articulación en el Cuerpo y en su comportamiento de miembro como tal. Y en tanto será miembro eficiente, en cuanto contribuya a la unidad vital del conjunto; y creará la unidad en tanto, en cuanto sepa mantenerse «miembro». Hay que conservar vivos y frescos, y en tensión, los dos elementos: unidad en la diversidad y diversidad en la unidad. Exagerar uno de ellos con menoscabo del otro es deteriorar ambos. El equilibrio adecuado y la sana compenetración son algo que tan sólo el Espíritu Santo puede conseguir. No cualquier crecimiento hermosea y agiliza el cuerpo: hay tumores y diviesos que entorpecen, ridiculizan y matan. Ni tampoco gana mucho en figura si atrofiamos la función de los miembros o coartamos su debido crecimiento. En ambos casos no se trataría de la belleza de la «obra de Dios», por muy estupenda que a nosotros, hombres sin gusto adecuado, nos pareciera la cosa. El equilibrio entre los dos pesos o fuerzas dará el resultado apetecido. Los dos elementos, abrazados, crecen; enzarzados, se ahogan y mueren.

Tercera lectura: Jn 20, 19-23

Era al anochecer. Caía de golpe la tarde. Otra tarde más después de aquella por excelencia que había avergonzado al sol, ahuyentado la luz y ennegrecido la tierra. ¡Cuántas tardes con el Maestro! ¡Cuántas y qué llenas, todas ellas, de sabor y de contento! Se acercaba la noche. Cundían las sombras. Y con las sombras, que se espesaban por momentos, se amontonaban, como garfios, los recuerdos del bien pasado, el miedo ante la soledad presente y la inquietud por un porvenir sin contornos. Jesús no estaba con ellos. Ni parecía iba a estar jamás. ¡Jesús había muerto! Y había muerto en la cruz, condenado por el gobierno civil pagano a petición y exigencia de su pueblo. ¡Muerto el Maestro, el presunto Mesías! ¡Condenado por blasfemo el que pasaba por el Santo de Dios! ¡Sin que los cielos hubieran intervenido para rescatarlo! ¿Qué iba a ser de ellos, hechos una misma cosa con él? Solos con su soledad, bebían todo, y todos, el vaso amargo del abandono que el Maestro les dejara al pie de la cruz. Momentos terribles, cuando el valor apagado de la muerte nos ronda y nos aturde, y nos hace degustar, sorbo a sorbo, en plenitud, la soledad y el vacío. Pesado es el dolor, pero insoportable el vacío. Y ese vacío, como el de Jesús en la cruz, había llegado a los discípulos. También ellos debían cargar sobre sus hombros -sin Dios, insoportable,- el peso de la contingencia humana, el fardo de la impotencia y nada de ser criatura. Con todo, permanecen unidos. Una casa, y todos juntos. ¡Qué bonita expresión para designar a la Iglesia! Unas paredes que defienden del viento; una estancia que recoge a los dispersos; un hogar que da calor. Un grupo que, aunque temeroso, comparte la soledad en torno al Maestro desaparecido. La Iglesia en las tinieblas. Aun en las tinieblas tiene la Iglesia el poder de convocar a los discípulos junto al Señor «muerto». La muerte del Señor los ha unido entre sí, como los unió su vida, y los ha separado del resto. Así para siempre. Las tinieblas, y éstas son verdaderamente espesas, quedan fuera.

Entró Jesús y se puso en medio. Es Jesús. Jesús, el crucificado; el muerto y sepultado; el rechazado por el pueblo de Dios. Familiar su figura; familiares sus rasgos; familiar su voz; y familiar, al fin y al cabo, aunque inesperada, su presencia allí. Jesús, el Maestro, de nuevo con sus discípulos. Jesús se presenta entre los que lo tenían presente. Y se coloca en medio, en el centro. Jesús, en el evangelio de San Juan, está siempre en el centro. Recuérdese, por ejemplo, su muerte en la cruz: la cruz estaba en medio. Aquí y ahora, en la casa, en el grupo, Jesús en medio. Así para siempre. En medio de la Casa, Jesús; en medio de los fieles, Jesús; en medio de la historia, Jesús; con una fuerza de cohesión y una irradiación de luz sin límites.

Pero el Jesús que ahora se presenta, tan familiar y conocido, es «otro». Es el mismo y es «otro». Es el Jesús que había vivido con ellos, el que les había lavado los pies, el que les había hablado del Padre y del Espíritu, y había muerto. ¡Y vive! Todo, de repente, tiene sentido. Con Jesús en medio, la vida de los discípulos, como individuos y como grupo, cobra sentido. ¡Jesús ha resucitado! No solamente ha vuelto de la vida y vive, ¡ha resucitado! ¡Ha sido exaltado! La muerte escupió horrorizada a quien le corroía por dentro incoercible la entraña. Lo escupió y, al replegarse impotente sobre sí misma, se diluyó en nada. No hay muerte para el Siervo de Dios y para los que le siguen. Jesús se manifiesta totalmente transformado: ¡es el Hijo de Dios!

Y les dijo: Paz a vosotros. Es Jesús quien habla. Es Jesús quien da la paz: Jesús resucitado, el Señor. Y sus palabras no solamente expresan un deseo sino que establecen una realidad: Jesús da y crea la paz. Tiene poder para ello. La paz es el gran regalo del resucitado. ¿No se había dicho de él ser el Príncipe de la paz? Pues ahí están el Príncipe y su Paz. Y la da a los suyos; a los que en la noche de la turbación habían sabido esperarlo; a los que se reúnen en torno a él; a los que bajo un mismo techo lo confiesan y aclaman Señor. Y su paz llega, en círculos concéntricos cada vez más amplios, a todos los ámbitos: a la persona, a la sociedad y al cosmos universal. A la persona, porque la reconcilia con Dios; a la sociedad, porque ensambla a los individuos en el amor; al cosmos, porque todo es recapitulado en él. Personal porque comunitaria y comunitaria porque personal. Jesús, en medio, abarca todo y transforma todo. Yo, vosotros; vosotros, yo; yo en vosotros y vosotros en mí. Jesús es la paz; Jesús es nuestra paz. No cualquier paz; la paz, la única que merece llevar tal nombre. Paz, que viene, como él, del Padre. Paz que abraza; Paz que envuelve; Paz que eleva; Paz que satisface, que transforma y crea. La Paz de Dios; la Bendición de Dios; la Amistad de Dios; la presencia inefable del incontenible Dios hecho carne: Dios mismo en son de paz. Jesús ha venido a eso. Es su misión. En Jesús resucitado abraza Dios al mundo y el mundo alarga sus precarias manos para abrazar a Dios. Acojamos valientes y agradecidos la paz. Repartámosla fraternalmente, ensanchando y alargando, en los brazos de Cristo resucitado, nuestros brazos amigos al mundo enemistado que suspira por la paz. Bienaventurados los que hacen la paz.

Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Era Jesús el que hablaba, no había duda. El mismo que había muerto crucificado. Allí estaban, visibles todavía, las señales de la lanza y de los clavos. Una prueba más de la realidad de la resurrección del Señor. San Juan se esmera en recordarlas y en presentarlas con devoción. ¿Una atención informativa, obligada ante el peligro doceta? Pero hay algo más. Jesús resucitado muestra a los suyos, y nada más que a los suyos, las manos y el costado con los estigmas del triunfo. Tocamos en este gesto el profundo misterio de la encarnación. El Verbo ha asumido la naturaleza humana y la conserva transformada para siempre. Esta humanidad concreta -alma y cuerpo- ostenta radiante su paso de este mundo al Padre: las llagas. ¡Gloriosas llagas de Cristo! La piedad medieval se detuvo, entre otros, en este pasaje para venerarlas con afecto y ternura. ¡Las llagas benditas del Señor! No veo yo razón teológica alguna que me prohíba detenerme a contemplarlas, a palparlas y a besarlas conmovido. Son las llagas del Señor. Las llagas gloriosas que lo han llevado a la exaltación. Quedarán con él para siempre, radiantes, como señales vivas de su pasión triunfadora. Cristo, aunque transformado, es hombre y nosotros, aunque hombres, hemos sido transformados en él. Negar la humanidad de Cristo resucitado es negar a Cristo sin más; como negar su presencia salvadora en nosotros es destrozar la realidad divina por él conquistada; en resumidas cuentas negarlo también.

Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. No al ver a Jesús, sin más; sino al ver a Jesús Señor. Porque Jesús se presenta como Señor. El Señor es Jesús y Jesús es el Señor. No hay otro Señor que Jesús ni otro Jesús que el Señor. Los discípulos vieron al Señor, a Jesús de Nazaret, al resucitado, Hijo de Dios. Su alegría es la alegría por excelencia, la auténtica, la soberana e indescriptible alegría del discípulo de Cristo para todo lugar y para todo momento. Es la alegría específica de la Iglesia: la seguridad sabrosa de saberse siempre en las manos del Señor; del Señor bueno y poderoso, Esposo, Hermano y Maestro. En esta alegría, que no pasa, nos unimos todos. Ella es consuelo, es dulzura, es impulso, es paz. De hecho, Jesús ofrece de nuevo la paz. La alegría, en cuanto tema, recuerda, por contraste, el «miedo» con que se abre esta lectura. Una y otro, enfrentados, aparecen en el discurso de despedida, en concreto en 16, 20. 22. 24. Ambos elementos son «evangelio», «buena nueva», y, como tales, deben ser considerados con cierta atención. No me detengo en ello; recuerdo tan sólo la existencia de una enemistad profunda, más o menos abierta, en lo que al mundo se refiere, y la presencia de una alegría, inefable e indestructible, en lo que toca a la promesa de Jesús.

Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Uno de los temas preferidos de este evangelio, como Buena Nueva, es el «envío» del Hijo por el Padre. El Padre envía al Hijo; el Hijo procede del Padre. Tocamos las relaciones trinitarias. El Padre, genitor, envía al Hijo; el Hijo, engendrado, acata y ejecuta la misión que recibe del Padre. Personalidad y misión. Misión que revela personalidad; personalidad que capacita y dispone a la misión. Misión como «envío», misión como encomienda. Personalidad y misión coinciden. Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, procede inefablemente del Padre. Señalamos con ello su naturaleza, divina, y su transcendencia, aunque hombre, por encima de todo lo creado. Dentro de lo creado, como «enviado», pone en movimiento y conduce a feliz término el plan salvífico de Dios, la nueva creación. Es con el Padre una misma cosa: en la naturaleza como Hijo y en la misión como Enviado. No podemos apreciar debidamente el misterio de Cristo resucitado, si no lo situamos en la línea del origen misterioso que tiene en el Padre y en la encomienda que recibe de él. Los discípulos entran misteriosamente en la misteriosa misión del Hijo y en su misteriosa relación con el Padre: son hijos y son enviados. Y enviados como hijos y, como hijos, enviados.

La misión de los apóstoles está en la línea de la misión de Jesús; y declarada por Jesús en el momento más apropiado: en virtud de su resurrección. Jesús, hombre, ha recibido todo poder. En su poder, como en su «misión», está el poder, como la misión de investir a los hombres del mismo poder y de «enviarlos» a ejecutar la «misión» que le ha encomendado el Padre. Hijos en el Hijo y enviados en el enviado, recibimos el poder de vivir como hijos y de cumplir la misión sagrada de llevar al hombre a Dios, haciéndolo hijo y enviado. La unión del Hijo con el Padre, inefable de todo punto, aunque real y profunda, fundamenta y engloba la unión de los fieles con Jesús, inefable también, real y profunda. Es efecto admirable de la resurrección del Señor. Los términos comparativos «como...», «así...», van más allá de un parangón: señalan identidad y continuidad, misteriosas por cierto, de los fieles con Jesús y de Jesús con el Padre, y a la inversa en movimiento descendente. Dios se revela en Jesús y Jesús en los suyos; los discípulos manifiestan a Jesús y Jesús al Padre. Es de notar la conciencia tan constante y profunda que ha tenido, y tiene, la Iglesia de su dignidad, misión, poder y encomienda. Los evangelistas rematan sus respectivos evangelios con la misión que recibe la Iglesia de Cristo resucitado. Nos toca a nosotros ahora adentrarnos en la contemplación de este misterio y vivirlo con verdadero entusiasmo.

Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retengáis, les será retenidos». Tras el «envío», el poder que los capacita y la fuerza que los impulsa: el don del Espíritu Santo. ¿Cómo cumplir, en efecto, misión tan «divina» sin una virtud del mismo signo? ¿Cómo establecer relaciones personales e íntimas con el Padre en el Hijo y mantenerlas vivas por siempre, si el Padre y nosotros en el Hijo no somos una misma cosa? ¿Y cómo serlo, si no poseemos una misma vida? Sabemos la vinculación tan estrecha que existe entre «espíritu» y «vida» en toda la revelación bíblica. De tener vida hay que poseer «espíritu»; de recibir la vida de Dios ha de serlo tan sólo en el Espíritu Santo. Para ser hijos de Dios, para permanecer en tan maravillosa condición, para vivirla con intensidad, para poder comunicarla a otros es imprescindible el don del Espíritu Santo. Jesús nos entrega la Paz y nos llena de alegría; nos da como raíz y fundamento, causa y razón de todo, al Espíritu Santo. Tan sólo así podemos entender nuestra incorporación a Cristo y, en ella, nuestra introducción en las relaciones trinitarias. Con el Espíritu la Vida, y la Vida y el Espíritu no se entienden como supremos dones sin Jesús resucitado.

Conviene señalar, a propósito de la última expresión, la estrecha relación que existe entre el don del Espíritu y la resurrección de Jesús. El mismo evangelista muestra interés en subrayarlo en 7, 39: Dijo esto a propósito del Espíritu que recibirían los que creyeran en él; pues todavía no había Espíritu, porque Jesús no había sido aún glorificado. No es, pues, casual que la misión de los discípulos y el don del Espíritu estén íntimamente unidos entre sí y vinculados a Jesús resucitado. Si el evangelista quiere a todas luces poner de manifiesto la realidad de la resurrección, también, y en la misma línea, la real vinculación de la misión de los discípulos y el don del Espíritu con la Exaltación de Jesús. Dentro de este contexto podríamos detenernos en el detalle, tan expresivo, del «soplo» de Jesús: Jesús sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Es el «soplo» físico de la humanidad exaltada de Jesús, signo, al parecer, del Soplo, del Espíritu Santo, que de ella como don dimana. Sin separarnos mucho, podemos retroceder en el tiempo, no en el misterio, al momento de la muerte de Jesús. El evangelista la describe con estas sorprendentes y reveladoras palabras: E inclinando la cabeza, entregó el espíritu. No resulta demasiado audaz atribuir al evangelista un interés especial por relacionar estos dos elementos -muerte de Jesús y entrega del «espíritu»- como reveladores de una realidad misteriosa. El término «pneuma» los encadena en esa dirección: la muerte de Jesús se presenta como «una entrega del espíritu» y la entrega del Espíritu a los discípulos como don y regalo del Jesús resucitado adornado con las señales de la muerte. No es extraño, la Exaltación, en Juan, abarca tanto la muerte como la resurrección del Señor. Nos encontramos en terreno bíblico con un lenguaje marcadamente sacramental. Ya hemos completado, venerado y besado las preciosas llagas con las que ahora se presenta Jesús para dar la paz, la alegría y al Espíritu Santo. Su humanidad gloriosa, impregnada, «ungida», del Espíritu Santo, llena del Espíritu Santo a todo el que se adhiere a él.

El poder, ilimitado de por sí en cuanto a la ejecución de la misión que Jesús les encomienda, recibe aquí una especificación formalmente bien concreta: perdonar y retener los pecados. ¿Se reduce a eso la misión de Jesús y, por tanto, también la de los discípulos? ¿O se trata tan sólo de expresar con un elemento, quizás el más característico y saliente, la total obra salvadora de Jesús? En este último caso habría que entender el texto en sentido más amplio, en extensión y profundidad. El mismo contexto parece sugerirlo por la solemnidad del momento en que ha sido colocado: la aparición de Jesús glorioso a sus discípulos. Intentemos una exposición a partir de Juan, pero sin olvidar momentos y dichos de Jesús transmitidos por los sinópticos.

¿Quién sino Dios puede perdonar los pecados?, comentan escandalizados los fariseos, en el pasaje del paralítico (Mc 2, 8), ante la pretensión de Jesús de poder hacerlo. El comentario, como pregunta y escándalo, queda flotando en el aire por todas las edades. Sólo Dios puede, en verdad, perdonar los pecados. ¡Y Dios ha dado poder a los hombres para liberar al hombre del peso de sus culpas! San Mateo deja escapar a modo de triunfo, en el mismo pasaje de la curación del paralítico, la admiración de los circunstantes por «haber dado Dios tal poder a los hombres» (Mt9, 8). Esa es la gran maravilla, enraizada en la encarnación. Dios se ha hecho hombre; y en su humanidad, gloriosa, encontramos a Dios perdonando; y esa humanidad glorificada se extiende maravillosamente, sin perder su personalidad -es la del Verbo-, a los hombres que, sin perder la propia, forman una cosa con él. Los hombres, introducidos ahora en las relaciones trinitarias -los ha envuelto la gloria del Verbo encarnado-, participan del poder de Dios de perdonar los pecados. En los hombres, Iglesia, se encuentran de nuevo, o continúan enfrentándose, como en Jesús y en la línea de Jesús, el pecado y la gracia, la muerte y la vida; con una fuerza tal de la segunda parte del binomio sobre la primera, por la muerte de Cristo y el don del Espíritu, que ésta, la muerte, queda, sin más, destrozada. La resurrección de Cristo se alarga en nosotros perdonando. El Bautista había llamado a Jesús Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Lo mismo hay que decir de la Iglesia en cuanto al poder que se le ha concedido. En otras palabras, Jesús quita el pecado del mundo a través de la Iglesia. La misma Iglesia -conjunto de hombres adherido íntimamente a Jesús- ha superado la condición de pecado; aunque están en el mundo, no son del mundo y han vencido al Maligno.

El término «pecado» se extiende más allá del término «pecados». La obra de Jesús, por tanto, no hay que entenderla como una mera «absolución» de pecados, de faltas, de deudas. Implica toda una nueva forma de ser: hijos de Dios. Si el mundo se caracteriza por su «apartamiento» de Dios, por su negación de un Dios amoroso y salvador, por su falta de fe en la intervención divina en nuestro favor, la ausencia de pecado se caracteriza por la presencia en el hombre de la fe y del amor. A la Iglesia se le confiere el poder de vivir, y de conceder la vida, en fe salvífica y en amor trinitario. Todo eso, me parece, es perdonar los pecados y el pecado. Por eso, cabe interpretar las palabras de Jesús resucitado a los suyos de forma amplia y profunda.

Uno piensa inmediatamente en el sacramento de la reconciliación, de la penitencia, de la confesión. Y no hay duda de que se habla de él (Conc. Trid.: DS 1703; 1670). Pero como sacramento hay que integrarlo en el gran «sacramento» de la Iglesia que actualiza y «realiza» el sacramento por antonomasia del Verbo encarnado, muerto y resucitado por nosotros. Pensemos en otros sacramentos que guardan relación, ya directa ya indirecta, con el perdón de los pecados; señalemos en concreto el bautismo -¿no perdona los pecados y borra el pecado «original»?-, y la unción de los enfermos, y la eucaristía, y todos los demás. Son momentos conspicuos -somos tiempo y espacio- de la obra salvadora de Cristo. Como en un gigantesco iceberg, cuyo volumen nos esconde el abismo de las aguas, así los sacramentos, en especial el de la penitencia, señalan los momentos más salientes del misterio de Cristo que, como Cordero de Dios y Esposo de la Iglesia, quita el pecado del mundo. Cristo concede en el Espíritu Santo a la Iglesia, representada aquí en los discípulos, el poder ser y hacer hijos de Dios; en otras palabras, la capacidad efectiva de vivir en profunda unión con Cristo, Hijo de Dios. Con otra terminología diríamos que vivir en fe y amor. Jesús concede a la Iglesia participar de su propia vida: ver como él ve, querer como él quiere y obrar como él obra. Por eso, no es un mero «poder» externo de perdonar los pecados el que se le confiere a la Iglesia.. Es además, principalmente, interno; en el sentido de que Cristo les da el poder a los hombres de querer como él quiere y lo que él quiere: ¡somos capaces de querer perdonar! es decir, de perdonar de todo corazón. ¿De qué hubiera servido disponer de una medicina panacea, si hubiéramos sentido tanta repugnancia hacia los enfermos o nos hubiéramos sentido tan faltos de fuerzas que nos hubiera imposibilitado acercarnos a ellos o, tratándose de nosotros mismos, aplicárnosla debidamente? ¿Qué utilidad hubiera tenido «poder perdonar los pecados», si nos vemos incapacitados de superar la envidia, el odio, la ira, en resumidas cuentas todo aquello que se opone a un abrazo cordial reconciliador con el «hermano»? ¿Cómo cambiar en nuevo el corazón de los hombres, si no se nos ha dado el cambiar el nuestro? Con un corazón hecho «fraterno» se nos da el poder de hacer a todos «hermanos». Jesús nos perdona y nos constituye hijos de Dios. Perdonados e hijos, poseemos su Espíritu, y en él se nos concede el poder de perdonar, cordialmente, como él perdona, las injurias que van contra Cristo, contra su Iglesia, contra nosotros mismos. En todo perdón auténtico perdona Dios, perdona Cristo, perdona la Iglesia y perdono yo, que soy de la Iglesia, de Cristo e hijo de Dios. Y si yo perdono de corazón, perdona la Iglesia, perdona Cristo y perdona Dios. Cuando Dios por Cristo en la Iglesia, mediante sus ministros, perdona al pecador, estoy yo, de forma implícita, perdonando, abrazando y aceptando como hermano al que viene a pedir perdón. Es más, con él pido perdón, la Iglesia pide perdón y Cristo mismo pide perdón en aquel misterioso Perdónales, pues no saben lo que hacen dicho desde la cruz. ¿No pedimos por la conversión de los pecadores? ¿No pedimos perdón a Dios delante de los hermanos, para que intercedan por nosotros? ¿Y no va a tener nuestra súplica, que es la súplica de Cristo muriendo en la cruz -Cordero que quita el pecado-, valor y eficiencia? Pedimos y damos, y damos y pedimos, poniéndose en movimiento todo el misterio de Cristo: los fieles, el ministro, la Iglesia, Cristo. Bajo este aspecto no puede decirse que haya una «pura privada» confesión ni una «pura privada» absolución (Urs Von Balthasar, Spiritus Creator.).

¿Es esto, quizás, destruir los sacramentos como tales? De ningún modo; más bien es colocarlos en el contexto del misterio de Cristo, del que todos participamos. Es claro que la Iglesia, por disposición del Señor, realiza la obra de la salvación de modo específico en tiempos y lugares concretos y por ministros habilitados para ello. Pero detrás de todo ello, como base del iceberg, se halla toda la Iglesia, que con su fe y amor vive el misterio del perdón de los pecados: quiere perdonar, y ser perdonada, con sus ministros en nombre de Cristo. Dice San Agustín: Toda la Iglesia ata y desata los pecados... También vosotros, también vosotros (In ev. Joan trac. 124, 5). El perdón es infalible. ¡Qué gran poder ha dado Dios a los hombres!

Los discípulos reciben, con el poder de perdonar los pecados, el poder de retener los pecados. Después del optimismo despertado por la presencia en nosotros de un poder capaz de salvar y salvarnos, suena esta segunda parte del binomio un tanto desconcertante. Sin embargo resulta necesaria para entender la primera y valorar con más precisión el misterio de amor en que nos movemos. Sigamos un desarrollo paralelo al empleado en la primera, pero a la inversa, es decir, con carácter negativo. Me complace señalar como pasajes ambientales los de Juan 3, 14-21 y 9, 39-41, los de Mateo 11, 25 y 18, 15-20 y el de Lucas 2, 34-35.

El perdón de los pecados es un acto, visto desde arriba, divino-humano; desde abajo, humano-divino. Se trata, naturalmente, del perdón salvífico en Cristo, no lo olvidemos. Por ser un acto de tal índole, divino-humano, nos introduce en el misterio, doble, del amor: de Dios y del hombre. Dios ama, el hombre ama. Uno y otro gozan de libertad: de suprema, el primero; por participación, el segundo. Ambos deben caminar unidos. Cualquiera de los dos que falte, trunca el misterio. Obran al unísono. ¿No amamos en el amor que Dios nos tiene? El amor que Dios nos tiene ¿no realiza nuestro amor en él? Eventualmente podríamos usar el término «sinergia». Con todo, la mejor expresión del misterio es Cristo: Dios y hombre. Nuestro amor se presenta en él divino-humano. El amor de Dios no obra mecánicamente, al margen del elemento humano expresado en libertad. Cabe, pues, la posibilidad de que el hombre rehuse la moción o «información» de la presencia amorosa divina. Entonces se rompe la «sinergia» divino-humana y desaparece el misterio como realidad actual operante de salvación. Recordemos a este propósito la parábola del «siervo cruel»: fue perdonado, pero no perdonó. Al no alargar él, a su vez, el amor ofrecido, se desprendió de él: quedó sin perdón; retuvo la deuda del hermano, y fue la suya también retenida. No es esto precisamente de lo que habla Jesús en San Juan, pero nos viene bien como fondo. No es, por tanto, expresión de un capricho o antojo, mucho menos de odio, el acto de «retener los pecados». Todo lo contrario: el retener, como el conceder, ha de ser un acto de amor. Visto desde el pecador que merece la «retención», supone un acto de repulsa al amor, y visto desde la Iglesia que «retiene», una declaración viva y eficaz de condenación de tal postura. El amor no puede menos de condenar -amorosamente- la falta de amor. Y ahí, creo yo, se centra el poder de la Iglesia. En primer lugar, tiene la capacidad de discernir el pecado; después, de condenarlo y desecharlo existencialmente.

Los textos de Jn 3, 14-21 y 9, 39-41 hablan de un juicio, de un juicio existencial. La presencia de Jesús en el mundo desata un juicio que pone en evidencia, salvífica o condenatoria, las actitudes de los hombres: la luz desenmascara las tinieblas. La Luz se desparrama y hace transparentes y luminosos a los que la reciben de corazón; las sombras, en cambio, se repliegan sobre sí mismas y se hunden en la oscuridad. La Iglesia cumple la misión de Cristo. El Espíritu Santo mantiene vivas las relaciones filiales con Dios y fraternales con los hermanos -aquí entroncábamos el poder de perdonar los pecados: hacer hijos y hermanos- y pone de manifiesto, mediante la vida de la Iglesia en sus diversas formas, el pecado, el juicio y la condena del mundo (Jn 16, 8-11). La misma vida de la Iglesia es una condena de la falta de amor. Y la Iglesia ejerce ese poder amoroso de condenar como lo ejerció Cristo: condenando todo lo que aparta de Dios y de los hermanos. ¿Quién no piensa también en Mt 18, 15-20? Es teológicamente un paralelo. El ejercicio concreto de este poder revestirá seguramente diversas formas: será la excomunión; será la negación de los sacramentos, del bautismo, de la absolución; será la acusación vital del pecado del mundo. La Iglesia -Cristo mediante sus ministros, según los casos- retiene de todo corazón todo aquello que de todo corazón es negación del amor de Dios. Dentro de la real situación del hombre en este mundo, del misterio de la libre elección o colaboración del hombre a la gracia divina que toma la iniciativa, los discípulos, al recibir el poder de retener los pecados, continúan en toda su amplitud, ya con sus miembros propios, ya con los del mundo, la misión «salvadora» de Cristo. Todo miembro recibe, por poseer el Espíritu Santo, ese poder, en la medida y expresión concreta de su posición en el organismo vivo de la Iglesia. Cuando el ministro retiene, retiene la Iglesia, retiene Cristo, retenemos todos. Hablo, naturalmente, de una retención debida. De una retención indebida deberá dar cuanta a Dios quien temerariamente abuse de su ministerio. La Iglesia, que recibe el poder de amar perdonando, recibe también la facultad y el poder de rechazar, negando el perdón, al que de corazón no desea tenerlo. Y es la Iglesia entera la que retiene, como es la Iglesia entera la que suelta los pecados. Y no podemos restringir el poder de retener los pecados a la negación de la absolución a un pecador que no reniega de su pecado. El poder de retener va más allá, como se ha apuntado más arriba. Y conviene recordar en este contexto que la función de retener lleva consigo una participación en el dolor de Cristo, así como el misterio del perdón nos introduce en su gozoso corazón de salvador. La espada que atravesó el alma de su bendita Madre, atraviesa constantemente las sensibles entrañas de la Iglesia madre. El retener duele, como llena de gozo el soltar. El Espíritu Santo que nos otorga el resucitado nos introduce en el drama de Dios «apasionado»: en la ira y en el amor, en su expresión concreta de la cruz. La sombra salvadora y condenadora de la cruz, condenadora porque salvadora y salvadora porque condenadora, se alarga a toda acción salvífica de Cristo y de la Iglesia. El Espíritu Santo nos ha hecho de Dios y, como tales, corremos su suerte. ¡Bendita la suerte de que nos ha hecho partícipes el Santo Espíritu de Dios!