Solemnidad de Pentecostés.

Primera lectura: Hch 2, 1-11

Salmo Responsorial: Sal: 103

a) Una petición: renovar la tierra;

b) Himno por la gran maravilla de Pentecostés.

Segunda lectura: 1 Co 12, 3b-7.12-13.

Ven Espíritu Santo, Creador…

Envía, Señor, tu Espíritu y renueva la faz de la tierra…

No es raro encontrar, en la florida liturgia de la Fiesta de Pentecostés, advocaciones como éstas: creador, renovador, repoblador… dirigidas al Es­píritu Santo. Ven, Espíritu Creador, y crea en nosotros un corazón nuevo, un alma nueva, un sentir nuevo. Ya allá en los orígenes del mundo, aparece vi­vificadora la presencia del Espíritu de Dios. Sobre aquel caos inmenso, su­mergido en las tinieblas, sin contornos, confuso, sin orden ni colorido, sin vida y tiempo definido, fijó con paternal cuidado su mirada. El Espíritu di­vino, infundió su aliento y de su cariñosa solicitud surgió el mundo: se hizo luz, hubo claridad; los cielos se vieron poblados del innumerable ejército de estrellas, del sol amigo y paternal, de la luna clara y serena, compañera de la noche; de la tierra árida surgieron al paso de su aliento las plantas, las flores de mil variados colores, los frutos sabrosos. Comenzaron a zigzaguear los insectos y se llenó de movimiento toda la tierra con diminutos seres vivos y gigantescos animales. El océano inmenso sintió agitarse su seno y a tener vida sus entrañas, peces grandes y chicos, de mil figuras y colores; y los cuatro vientos, que agitan la faz de la tierra, vieron con asombro cruzar sus direcciones las aves. Como remate, apareció el hombre: sobre aquel pedazo de tierra descendió el hálito divino y se convirtió en ser viviente. Todo era bello, ordenado, recto. El hombre se movía con agilidad por aquel jardín pre­cioso; veía a Dios, oía sus palabras. Pero el hombre cometió un error; co­menzó a dudar de Dios que le había dado la vida y no juzgó benéfico el espí­ritu divino que habitaba en él; no lo juzgó bueno y se apartó de él. La mal­dad le cerró las fuentes de la amistad divina, se nublaron los ojos para ver la verdad, se entorpecieron los oídos, volvió el rostro y comenzó a alejarse de Dios. Aquella figura ágil y grácil, que se movía libremente por el mundo, comenzó a retroceder; el cuerpo se hizo pesado; los ojos perdieron fuerza para ver la luz; los oídos se entorpecieron para oír la voz de Dios y se entu­meció su sensibilidad. El hombre, abierto a la luz, al orden, a la vida, al amor, a la eternidad, se replegó sobre sí mismo y abandonó a Dios. Se hizo de carne, convertido en piedra, se petrificó y el tiempo lo descascarilló, lo cuarteó. Y así nos encontramos con un hombre que ya no siente, que ya no ve su luz, que ya no oye sus palabras, que respira muerte y destrucción; una humanidad que devora a sus propios hijos; envidias, codicias, odios, gue­rras. Vino la división, desunión, incomprensión, y surgió amenazante la fi­gura de la muerte.

Era necesaria una creación nueva; sonó de nuevo la voz del Señor, llamó a un hombre, a un pueblo, y la palabra, cuyo sonido precediera al aconteci­miento por muchos siglos, se encarnó y vino a nosotros. Cristo Jesús: con él el Don del Espíritu: Espíritu Creador. Lo habían anunciado los profetas: un espíritu nuevo que nos hiciera más dóciles, que hiciera de nuestro corazón de piedra uno de carne; que diera vida a la humanidad muerta (Ezequiel: los huesos). Con Cristo empezó la obra, la nueva Creación. Se comunica de nuevo el don de Dios, el Espíritu Divino, que viene de Cristo. El primer paso es la destrucción del pecado. No basta el perdón de la ofensa, es menester una renovación, una transformación completa del hombre como individuo y como sociedad. El Espíritu comunicado a nuestra alma comienza el retorno: como ungüento suave, oloroso, vivificante, penetra hasta lo más profundo de nuestro ser, lo esponja, lo ahueca, lo sensibiliza, lo hace ágil, lo libera. Así reciben eco las palabras de Dios, los deseos de Dios encuentran resonancia.

Ven, Espíritu Santo, desciende como fuego, da calor a nuestros miembros entumecidos, purifica nuestros sentimientos. Ven como agua fecunda, haz presentes flores y frutos.

En él vemos con la fe; en él sentimos seguridad en la esperanza; en él nos abrimos de nuevo al Amor.

Desentumece nuestras manos para dar, para ayudar; ilumina nuestros ojos, para que veamos a Dios, a Cristo, con claridad, con distinción; que ve­amos su rostro, no el nuestro; abre nuestros oídos, para que su voz llegue in­tacta a nosotros; abre nuestro corazón para amar ampliamente; Huésped dulce, amable.

También la Iglesia: Hechos de los Apóstoles: Una lengua, un corazón y una sola alma. Por la Iglesia: una sola fe, una esperanza, un Amor.

Cristo en la Eucaristía siempre ha sido la fuente de este don.

Cúranos, transfórmanos, sálvanos.

Secuencia:

a) Una petición: transformación completa del individuo.

El Espíritu nos transforma y eleva en cuanto individuos y en cuanto miembros de una sociedad. La nueva humanidad es obra suya, como es obra suya el nuevo hombre. La nueva tierra: un corazón, una sola alma; paz, hermandad, etc.

Alabanza a Dios por las maravillas;

Acción de gracias por los dones recibidos;

Petición fervorosa para una comunicación más intensa y profunda del Espíritu: en el hombre, en la Iglesia, en la humanidad.

Tercera lectura: Jn 20, 19-23.

A) Cristo es el centro de la creación. Según Flp 2, 6-11, Cristo renunció a todo aquello que, por ser Dios, le pertenecía poseer a su Humanidad: non rapinam arbitratus est…, humiliavit semetipsum. Cristo hombre se hizo igual a nosotros, excepto en el pecado. Sufrió necesidades físicas: hambre, sed, dolor, cansancio… Sufrió angustia moral: desprecios, burlas, odios, deshonor… Como perteneciente a una persona divina, esta Humanidad de­biera haber sido adorada con devoción por todos. No fue así. Siendo Señor, se hizo siervo; dio la vida por los demás, cuando los demás, por ser Dios, de­bieran haber dado la vida por Él. Por ello fue exaltado. Cristo hombre está sentado a la diestra de Dios Padre; tiene todo poder en el cielo y en la tierra; todos doblan la rodilla ante Él; Él es el Señor y Él ha de juzgar a las gentes. En cuanto al aspecto físico de la naturaleza humana, Cristo recibió una transformación total; en cuanto al aspecto moral, todo poder. En Él habita corporalmente la divinidad; la plenitud del Espíritu habita en Él. Cristo Re­sucitado es el centro de todo.

B) Cristo Resucitado posee la plenitud del Espíritu. Es precisamente este Espíritu quien ha realizado la transformación de su humanidad, un cuerpo pneumático espiritual, un alma llena de todo don y de todo poder. De Él, Cristo hombre, nos viene toda gracia y todo don.Él es cabeza de la Iglesia; en torno a Él se reúnen los hombres, formando un Cuerpo. Cristo Resucitado ha unido al hombre con Dios y ha dado sentido a la sociedad humana. Todo lo realiza en virtud del Espíritu; a través de Él opera la salvación. Así como el agente que vivifica y habita en la Humanidad de Cristo es el Espíritu, así es este mismo Espíritu, o mejor quizás, es Cristo con el Espíritu quien lleva a cabo su función de Señor.

a) Perdón de los pecados. Cristo hombre puede perdonar los pecados -es Dios, el Espíritu habita en Él-. Resucitado, tiene poder para transmitir y dar este Espíritu, que perdona los pecados. Este Espíritu nos viene de Cristo re­sucitado. Por Él se nos perdonan los pecados, rehaciendo la doble unión, que el pecado destruye, unión con Dios y unión con los hombres. El pecado nos había colocado en un estado de enemistad con Dios y con los hombres -pecados contra el prójimo-. Por el perdón -que es gracia de amistad-, este Espíritu nos une a Dios; ya somos hijos. Nos une a los hombres; ya somos hermanos.

b) La acción del Espíritu opera en esta dirección, haciéndonos más y más hijos de Dios y haciéndonos más y más hermanos unos de otros en Cristo Je­sús. Respecto a este trabajo de unión de los hombres, el Espíritu rompe las barreras que separaban a unos pueblos de los otros: ya no hay griego ni ju­dío, libre o esclavo, todos una misma cosa en Cristo Jesús. Para ello les da el hablar y entender una misma lengua: una misma fe, una misma esperanza y un mismo amor. La caridad de Dios ha sido derramada en nosotros por el Espíritu Santo que habita en nosotros.Él nos habilita para llamar y sentir a Dios Padre. En Él confesamos Jesús es Cristo, es Hijo de Dios.Él nos capa­cita para amarnos unos a otros como el Señor nos amó.Él resucitará nues­tros cuerpos mortales.Ésta es la maravilla que opera el Espíritu en noso­tros.Él edifica la Iglesia en forma múltiple.Él infunde la gracia, Él reparte los carismas.Él mantiene y alimenta la vida de la Iglesia.

Quizás sea esto lo que hoy celebramos. El gran Don del Espíritu que des­ciende de Cristo Resucitado:

a) Espíritu que nos une a Dios (perdón de los pecados) en Cristo (que vive glorificado y tiene poder para perdonar los pecados por la infusión del Espí­ritu);

b) que nos une unos a otros (profesamos la misma fe, don sobrenatural; mantiene en nosotros viva la misma esperanza; alimenta el amor a los de­más);

c) por si fuera poco, ha adornado nuestra alma con los Dones, que facili­tan una acción más profunda, más suave, más divina, más connatural en nosotros, al mismo tiempo que saboreamos el gusto. No queda ahí la cosa. El Espíritu que se derrama como ungüento en el interior, se desborda también con fenómenos especiales al exterior: los carismas, dones para la edificación de la Iglesia: don de lenguas, de profecía, de fe maravillosa, de gobierno, etc. Todo ello lo realiza el Espíritu que nos viene de Cristo Resucitado.

Según esto:

a) Evangelio. Primer paso: Cristo Resucitado nos confiere la Paz y el perdón, mediante el Espíritu.

b) Hechos. Segundo paso: el Espíritu une a los hombres, de una forma maravillosa. Sienten lo mismo, hablan lo mismo. ¡Se entienden!

c) Pablo. Vida de la Iglesia: carismas, fenómenos extraordinarios; sa­cramentos: bautismo que nos configura a Cristo.

Para una visión panorámica de la actividad del Espíritu, véase cualquier Diccionario de Teología Bíblica.

El Prefacio de la Fiesta nos recuerda, en una hermosa Acción de Gra­cias, algunas de las actividades del Espíritu, dentro de la historia de la sal­vación, tanto en la Iglesia como en el individuo.(La acción en la Iglesia llega al individuo y la acción en el individuo llega a la Iglesia). El Espíritu fue (y es), nos dice el Prefacio:

a) El Alma de la Iglesia (1ª Oración: santificas a tu Iglesia…);

b) infundió el conocimiento de Dios a los pueblos (2ª Oración);

c) congregó a los pueblos en una misma fe (1ª Oración, Antífona de En­trada); destruyó en ellos el pecado, causa de división.