Navidad. Misa de la noche

Primera Lectura: Is 9, 2-7: Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado.

Esta composición de Isaías es, por su tenor, un canto. Un canto jubiloso, de alegría. No está lejos la acción de gracias. Ha precedido una intervención admirable de Dios. Una intervención en favor de su pueblo: Dios ha obrado la salvación. Parece, un efecto, que la amenaza asiria ha retrocedido. Los pueblos comienzan a respirar. Han pasado de la noche al día, del duelo a la alegría. Alegría desbordante, gozo incontenible, contagioso. La imagen de la cosecha y del reparto del botín quiere darnos una idea de ello. Se ha alejado el invasor, que devoraba las cosechas y se daba al pillaje; vuelven la libertad y la paz. Los pueblos, libres del yugo extranjero, gozan de la vida luminosa y sonriente. Dios lo ha hecho.

Hay algo más. El profeta menciona un acontecimiento que empalma con el anterior. Existe entre ellos una relación real, aunque misteriosa. «Nos ha nacido un niño». El niño es un «don»: «se nos ha dado». Es un descendimiento del rey. La casa de Judá no tiene por qué temer: Dios le ha proporcionado un sucesor. Así muestra - garantiza - Dios su cuidado y providencia por el rey y su reino. Pues no es un niño cualquiera: es un niño «rey». Y no un rey cualquiera, sino hechas a David: Dios ha concedido a su pueblo un «mesías», un «ungido», un «rey». El nacimiento del niño garantiza la continuidad del reino y de la benevolencia de Dios. La retirada del poder asirio en el norte lo corrobora. El rey y la casa de Judá pueden descansar y cantar. Dios ha operado la maravilla.

El profeta idealiza el cuadro, en la luz recibida de lo alto: ruina del opresor, de todo opresor, - vendrá un día -, paz perfecta para el pueblo oprimido; Rey maravilloso en un Reino eterno. El acontecimiento material significa y promete que en lo que realmente es su materialidad, pues el «niño recién nacido» es un «signo» real. Más allá del acontecimiento material, la realidad de la edad mesiánica con su Príncipe al frente. Obra de Dios que verán con toda seguridad los siglos venideros, en los que por encima del júbilo y la alegría, se alza la figura excelsa del «Ungido». Todo será real y perfecto. La obra salvífica de Dios se impondrá al poder del enemigo: «Maravilla de Consejero, Dios guerrero. Príncipe de la Paz.»Se ensanchará el reino de David y se consolidará para siempre. El amor de Dios lo realizará. Signo y acción de ello, el niño que «nos ha nacido».

Salmo responsorial: Sal 95, 2-3.11-13: Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor.

Himno a Dios Rey. Un canto a Dios rey poderoso, Señor de toda la tierra. Dios ha mostrado, en sus intervenciones, ser rey poderoso y único. Las intervenciones pasadas anuncian la intervención definitiva; su reinado actual, el eterno futuro. El salmo lleva una gran carga escatológica. Anuncian y proclaman en acción la «acción» venidera. Invitación al júbilo, al gozo, al canto: «Cantad un cántico nuevo… ya llega a regir la tierra». El mundo entero lo aclama con entusiasmo: es un Rey y Señor.

El estribillo «cristianiza» el salmo: Dios Rey interviene como tal en el acontecimiento maravilloso del Gran Rey. Es este Rey su Mesías, su Hijo. La aparición del Rey da sentido a la historia pasada y fundamenta la futura. Es el Salvador Rey y Dios. Ese nombre, «Señor», que aparece en el salmo, sin perder su primitiva referencia a Dios, se dirige con igual valor al Mesías. Pues el Mesías es Dios Rey. Dios Rey nos da al Rey Dios. Maravillosa obra de dios. Todo exulta, todo explota de gozo. La naturaleza entera se conmueve al ver llegar a su Dios Rey.

Segunda Lectura: Tt 2, 11-14: Ha aparecido la gracia de Dios para todos los hombres.

Cartas pastorales. En las recomendaciones pastorales, de gobierno, aflora, y no es extraño la gran verdad-acontecimiento que da base, sentido y consistencia a toda la vida cristiana: Cristo. Pablo exhorta a una vida cristiana justa: deberes cristianos. Cada uno, en su puesto, debe reflejar la bondad del Señor que les llamó a una vida auténtica. De fondo, como realidad futura, operante ya en el presente, la venida gloriosa del Señor: la Parusía. El cristiano debe prepararse para aquel magno acontecimiento. Pero esta realidad que se espera tiene ya su raíz en el pasado: Jesús que se entregó por nosotros. La moral cristiana arranca de un acontecimiento histórico que supera la historia.

El acontecimiento es gracia de Dios Salvador: Jesús, Verbo de Dios hecho hombre. Gracia de Dios en Cristo que salva. Salvación que consiste en un abandono de los deseos mundanos -vida sin religión- y en una vida de amistad con él, sobria y honrada. Se extiende a todas la gentes. La muerte de Cristo señala la causa más próxima. La entrega de Jesús ha tenido por resultado la creación de un pueblo nuevo purificado y dedicado a las obras buenas. Nos ha rescatado de la impiedad. Ahora vivimos en amistad con Dios. Pero esta amistad, no consumada, vive en tensión. Esperamos y deseamos. Y en la espera y deseo nos preparamos con una vida honesta, religiosa y sobria. Es toda una «dicha» la que nos viene encima.

No se puede hablar de la primera venida de Cristo sin pensar de alguna forma en la segunda, y no se puede pensar en la segunda sin tener en cuenta la obra de la primera. La venida del Señor caracteriza y configura toda la vida cristiana. El cristiano es y se comporta como cristiano porque tiene una esperanza viva puesta en Dios: vendrá el Salvador y Dios Jesús. Y en la esperanza, una fe en su obra y un amor en su persona. Pues la «salvación» está en camino, haciéndoos: Cristo que ha venido, Cristo que vendrá. Esperanza firme, salvación segura. actor Jesucristo Dios y Salvador. Es la última razón en el gobierno de la Iglesia.

Tercera Lectura: Lc 2, 1-14: Hoy os ha nacido un Salvador.

Evangelio según san Lucas. Como Evangelio, Buena Nueva. Algo Bueno y algo Nuevo. Algo profundamente Bueno y Nuevo que viene de lo alto. Lo «más Nuevo» y lo «más Bueno». No perdamos, pues, de vista esta doble faceta del acontecimiento: Bondad y Novedad en grado máximo. La Buena Nueva viene presentada en este caso por Lucas. Lucas tiene sus preferencias, una visión particular del acontecimiento, de la bondad y novedad del Evangelio. Nos interesa el «color lucano» del mensaje de Dios. Nos acercará a la Buena Nueva. Notemos lo más saliente. Para mayor claridad distingamos dos escenas: nacimiento de Jesús y aparición de los pastores.

El nacimiento de Jesús sorprende, literariamente hablando, por su brevedad y concisión. Viene descrito como otro cualquier nacimiento. Lucas, que siente debilidad por los pobres, es pobre hasta en la representación de la Buena Nueva: un establo, unos pañales, María y José. Breve el relato, pobres las circunstancias: no había lugar en la posada; En Belén, pobre aldea. Y no por propia elección, sino por orden de un emperador, lejano e idólatra. Es un empadronamiento humillante: censo con vistas al pago del tributo. Los grandes están ausentes. La presencia del más grande, el emperador, se siente dolorosa: un viaje penoso hasta Belén. Todo naturalmente obedece a un plan de Dios. Lucas, con todo, no trae ningún texto exprese de la Escritura que lo declare. Es su costumbre. Jesús nace donde y como tenía que nacer: en la «ciudad de David», alejado y desconocido de todos. Este acontecimiento tan natural y ordinario es en realidad el acontecimiento extraordinario: la Buena Nueva. Aquel niño no es un cualquiera: es el Salvador del mundo. Y nace, no según su categoría, como se esperaba, sino extraordinariamente pobre. Ahí la Bondad y Novedad: Salvador universal de los pobres. Hay que ser pobre para entrar en el reino, como pobre, totalmente pobre, fue Cristo al entrar en este mundo.

Lucas -es preocupación propia- encuadra tal acontecimiento en la historia universal profana: Augusto, Quirino, de Nazaret a Belén… El nacimiento de Jesús en Belén es un hecho que pertenece a la historia: en un lugar, en un tiempo, de una madre… Todo con nombres propios y precisos. Jesús Salvador da sentido a la historia. Venerables las figuras de María y José.

La segunda escena continúa a su modo la primera. Parece que los cielos no pueden soportar aquella situación y dejan escapar un rayo de luz. Al fin y al cabo la luz eterna estaba allí. El anuncio a los pastores. También dentro de una gran sencillez. La Buena Nueva viene comunicada a unos pastores que velaban sobre el ganado. Hombres sin instrucción, sin relieve, sin delicadeza ni refinamientos: unos indoctos y quizás unos desaprensivos. Se encontraban cerca, y algo extraño y sorprendente, -les envolvió la luz- les hizo ver algo «nuevo». Sintieron, temerosos, la presencia de lo divino en el ángel del Señor. Pero en este caso la presencia de lo alto era una invitación a la alegría: una buena nueva, La Buena Nueva de todos los tiempos. La gran alegría para todos los pueblos, el nacimiento del Mesías en la ciudad de David, la venida del Salvador. Dios cumplía la promesa de siglos: Dios Salvador envía a su Rey Salvador, descendiente de la casa de David. Y la señal, extraordinaria por su ordinariez, nos deja anonadados: un niño, n establo, envuelto en pañales. Es la señal del Salvador de Dios y Rey de Israel. No hay otra señal por ahora. Admirable. El último signo será su muerte en la cruz. Los pastores lo vieron, lo propalaron y alabaron a Dios. ¿Les hubieran creído en Jerusalén?

Dios Salvador merece la alabanza, Dios obra maravillas. La gloria de Dios desciende a la tierra. Y desciende en forma de amor a todos los hombres, impregnando todo de luz y alegría. Expresión concreta de ello es el nacimiento del Salvador en Belén, en un establo, pobre, junto a María y José, pobres, revelado a unos pobres e insignificantes pastores. Esa es la manifestación de la gloria y de la paz de Dios comunicada a los hombres. Dios les ama. Todo un misterio más para contemplar que para exponer y explicar.

Consideraciones:

Hoy no cabe otra consideración que la «contemplación» del misterio. Misterio que está dominado, en la liturgia de esta noche, por el nacimiento del Salvador. Es, pues, un nacimiento. Jesús «nace» de María Virgen. Y el que nace, es el Mesías, el Salvador, el Rey de Israel, el Señor. Títulos que apuntan a la misma realidad misteriosa bajo aspectos un tanto diversos.

El término «Mesías» nos recuerda al Rey de Israel, y evoca toda la tradición profética (profetas y salmos) respecto a las promesas de Dios sobre la dinastía de David. El intróito, pórtico de la celebración, recoge el «Tú eres mi hijo, hoy te he engendrado yo» del salmo 2. También e pasaje de Isaías habla del «principado» que descansa sobre sus hombros: consejero, Dios guerrero, Príncipe de la paz… El relato evangélico lo cree y lo ve realizado en Belén, ciudad de David: «Hoy os ha nacido el Mesías, el Salvador». Un niño, Príncipe, Rey y Señor. Principado sobre todo principado. Como insignia la paz, como poder la salvación. El Príncipe es el Salvador. «Dios Salva» es su nombre y su misión. Por la carta a Tito lo confesamos:«Dios nuestro». Un nacimiento, pues, con una misión: salvarnos. Con él la luz y la paz (Isaías), el rescate de toda impiedad y la dignidad nueva de hacer obras nuevas (Tito). Señor que llega para «juzgar» a la tierra (salmo). Juez de paz y misericordia. No al estilo de los señores de este mundo.

También las circunstancias que acompañan al nacimiento del Rey son reveladoras: súbdito de los poderosos de este mundo (empadronamiento); nace en una aldea, y es de ascendencia real; en un establo, sin posada que lo recoja; María, su madre, y José, gente sencilla de Nazaret; adoradores y testigos, unos pastores de la comarca; sin ruido, sin boato, sin estruendo, desapercibido; la sencillez y pobreza. El cielo lo presenta como expresión del amor inefable de Dios a los hombres y manifestación de su gloria. Todo un rey del cielo que se entrega, en humildad y pobreza, a humildes y pobres. Misterio de los misterios. ¡ha nacido el Hijo de Dios! el nacimiento es una buena nueva, la Buena Nueva por excelencia: Dios opera la salvación. La postura más adecuada es la alabanza, el canto, la acción de gracias. Contemplemos con José y María aquella maravilla.