Navidad. Misa de la Aurora

Primera Lectura: Is 62, 11-12: Mira a tu salvador que llega.

Todo el capítulo 62 es un canto. Un canto de esperanza. Una buena nueva para Jerusalén. Dios ha dispuesto algo hermoso y brillante para Sión, para su pueblo. No olvidemos que nos encontramos en Palestina momentos después de la vuelta del destierro: tiempos un tanto difíciles para la comunidad. El profeta recuerda a este propósito las disposiciones de Yavé. Y las canta: ¡van a revivir las relaciones amorosas de Dios con Jerusalén! Jerusalén no será ya más la «abandonada», ni la «desolada». Dios todavía ardientemente enamorado, la va a visitar con su gracia. Viene como Salvador. El Señor va a ataviar a la esposa de belleza y santidad: «los llamarán Pueblo Santo». Porque el amor del Esposo hace aquí a la esposa Esposa. Presencia del Dios bienhechor, convivencia con él.

Salmo responsorial: Sal 96, 1.6.11-12: Hoy brillará una luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor.

Salmo de Dios rey. Himno, canto, alabanza. Motivo: Dios reina. Efecto: la tierra goza. La presencia de Dios bueno no puede ofrecer sino cosas buenas, gozo, paz, seguridad…, a los rectos de corazón. El Rey, santo y tremendo, se hace paz y luz para todos. Todos se alegran de su venida. Pues su venida llega a todos. la liturgia, en el estribillo, «aplica» la venida del Señor al nacimiento de Jesús, Señor y Mesías de los pueblos. Ese futuro se ha hecho«hoy». Y ese «hoy» se alarga en un futuro sin término. Ha nacido el Señor, brilla la luz y se revela a todas las gentes la gloria de Dios. Júbilo, alegría, santa celebración. Hay motivo para ello, «El señor reina… Ha nacido el Señor». Ha surgido la aurora de Dios.

Segunda Lectura: Tt 3, 4-7: Según su misericordia nos ha salvado.

Palabra de Pablo a Tito, de pastor a pastor, para el buen pastoreo del rebaño de Dios. Van por delante unas exhortaciones: lo que erais y lo que debéis ser. En estos versillos, la razón del «cambio». El apóstol, ha dado, en una serie de adjetivos, la imagen del hombre al margen de Dios en Cristo: una contra-imagen en realidad. El hombre que se aleja de Dios, se aleja de sí mismo y de sus semejantes, y yerra de aquí para allá sembrando el desorden y la muerte: odiador y odioso. La fe en Cristo le cambia por completo: todo un cúmulo de virtudes que garantizan el orden, la justicia, la paz y la vida. Una bombona de cristal que irradia luz desde dentro. La luz ha prendido en él en una amorosa y bondadosa acción de Dios:«Se ha manifestado la Bondad de Dios y su Amor a los hombre». Si el hombre se adhiere a esa Bondad y a ese Amor, será bondad y amor.

Si se arrima a esa Luz, será luz beneficiosa en el Señor. El hombre no se torna bueno no se hace luz si no es en el Señor, Bondad y Amor, que se comunica generoso: misterio de misericordia. Y la Bondad y el Amor de Dios, que nos «crean» buenos y misericordiosos, tienen un nombre concreto y un momento determinado: Jesús, nuestro Salvador. El bautismo en su nombre nos lava de nuestros delitos, y nos renueva por dentro en la acción del Espíritu Santo. Dios nos ha lavado, Dios nos ha renovado en y a través de Cristo. Cristo, «Jesús», lleva el nombre de tal maravilla:«Salvador». Hemos nacido en él a una vida nueva. Nuestro destino, por tanto, es nuevo: herederos de la vida eterna. Poseemos ya las arras del Espíritu el comienzo en la esperanza de la posesión bella de la realidad más bella. El Espíritu la reclama con gemidos inenarrables. Así es la Bondad y el Amor de Dios: Cristo Jesús que nos comunica el Espíritu Santo para la vida eterna.

Tercera Lectura: Lc 2, 15-20: Los pastores encontraron a María y a José y al Niño.

El cielo ha roto el silencio y la luz de lo alto ha iluminado la tierra. Ha nacido el Mesías. En la obscuridad y en el olvido: de noche, en una gruta abandonada, en un establo nace pobre entre los pobres el Rey del mundo. Lucas insiste: así fue, así la señal, así lo ven los pastores. Oscuridad, sencillez, pobreza. La voz del cielo se ha dirigido, en consecuencia, a unos olvidados pastores de las cercanías. Vigilaban el rebaño. Dios vigila por su pueblo y les envía a su Pastor y Salvador. La señal está dada: el Pastor de «Pobres» nace pobre y se revela a los pobres. Los pastores han comprendido el valor del mensaje. Se animan unos a otros y corren a ver la maravilla. Y vienen, y ven, y la admiran. Y la comentan y la divulgan. Son los primeros apóstoles del Salvador recién nacido. Y surge de nuevo la admiración y la expectativa. Todos alaban a Dios: han visto según se les había comunicado. La fe les llevó a la realidad. Al fin y al cabo la fe es la realidad vista de lejos. Queda la frase clave: «Y María conservaba estas cosas, meditándolas en su corazón». Todo es grande, todo es maravilloso, pero todo es «misterioso». El acontecimiento, como comienzo de una serie -es el nacimiento-, exige reflexión y aceptación. María inicia ese proceso de reflexión y meditación sobre el acontecimiento base: Cristo que nace. El edicto de César, el penoso viaje, la falta de posada, la gruta, el establo. ¿Qué es todo esto? ¿Qué significa? Todo en realidad «anuncia» al Salvador. Todo tiene un sentido. Se impone la contemplación y la reflexión. Estamos al comienzo del Evangelio. El misterio de Jesús nos lo aclarará. María, su madre, lo guardaba todo en su corazón. ¿Quién mejor que ella, su madre? Es la postura adecuada. Así la Iglesia de todos los tiempos. Así nosotros.

Consideraciones:

Podemos comenzar por la actitud de María, madre del Salvador. Es la más próxima al acontecimiento en cuerpo y alma. Su actitud nos acerca a él. María, madre, vive como ninguna otra criatura el nacimiento de su hijo Rey. Es madre de aquel niño. Madre y niño. Madre del niño Mesías. De aquel Mesías. Mesías, Salvador del mundo, Hijo de Dios. Todo es extraordinario por lo ordinario, misterioso por lo natural. La ida a Belén, penosa, lejos del hogar, por una decisión impertinente del pagano César; la falta de posada, la ausencia de personas, de familiares, de parientes, de letrados y señores; tan solo José, su esposo, a su lado; en una gruta abandonada, a las afueras de la ciudad; un pesebre, un establo. El Rey de Israel, tan silencioso, tan natural, tan indefenso, tan escondido, tan pobre. Aquel su hijo, obra del Espíritu Santo. ¡Qué actitud la de la Virgen! Su prima Isabel le había bendecido por su fe; fe en la palabra de Dios que le había hecho madre de su Hijo. Esa fe continúa viva, y continuará hasta el fin. La venida de los pastores con la señal precisa.¿Por qué y para qué todo aquello? ¿Tiene que ser así? ¡El misterio profundo del nacimiento del Hijo de Dios de una madre Virgen, en condiciones totalmente inesperadas! María adora a su hijo y acepta en él al Hijo de Dios. Pensemos también en José: su postura es paralela. Afectos que recuerda el evangelista. Debemos actualizarnos en nosotros.

El misterio del nacimiento es un misterio de amor. Dios no olvida a su pueblo. El pueblo, Sión, siente en María, la nueva Sión, la presencia del esposo, Dios salvador. María le recibe como hijo. Es la amada de Dios, la querida. En ella y u con ella, el pueblo santo. Dios ha recordado «efectivamente» las promesas de antaño. Dios ha visitado a su pueblo. El salmo lo canta agradecido: «Amanece la luz para el justo». Ha nacido el salvador. Y nace humilde y pobre: Dios humilla a los poderosos y levanta a los humildes. Es el canto de María. El recién nacido nos «renace» a una vida nueva en el Espíritu Santo. En el mismo Espíritu en que fue concebido. Heredero de reinos nos hace herederos del suyo eterno. Santo por excelencia nos santifica profundamente. La sencillez de los pastores y el acontecimiento mismo revela la postura a tomar: pobres y sencillos para entrar en el Reino de los Cielos. Así los cristianos, así la Iglesia.