Solemnidad de la Ascensión del Señor

"Ascendo ad Patrem meum et Patrem vestrum"

Primera lectura: Hch 1,1-11

Comienza el libro llamado desde antiguo Hechos de los Apóstoles. Se atribuye a Lucas y constituye la segunda parte de su preciosa obra. El prólogo, con que se abre el libro y el acontecimiento, de que arranca, descubren la ligazón que lo une a la primera parte, al evangelio. Los hechos de los Apóstoles se enraízan en el hecho de Jesús y lo continúan; la obra de Jesús se alarga en las obras de sus discípulos; la historia de la Iglesia entreteje la historia del Señor. La historia de la Iglesia y la historia de Jesús son historia de la salvación. No se pueden separar. Una y otra son obra del Padre en la fuerza del Espíritu Santo.

Para una mejor inteligencia, dividamos el pasaje en dos momentos: diálogo de Jesús con sus discípulos y relato de la ascensión. Ambos, con todo, integran un mismo momento teológico: la exaltación del Señor.

Habla Jesús. Y habla disponiendo. En torno a él los once; tras ellos y con ellos, todos nosotros. Es Jesús resucitado. Nos encontramos, jubilosos, dentro del misterio pascual. La realidad pascual ha entrado en movimiento y se extiende, transformante, a los Apóstoles y a la Iglesia. El aire pascual ha de durar hasta el fin de los tiempos: el soplo de su boca, el Espíritu Santo, (cf. 20, 21) ensamblará los miembros dispersos, restañará las articulaciones sueltas y animará con vigor inaudito el corazón humano a transcenderse a sí mismo. Jesús el elegido, Jesús el enviado, Jesús el lleno del Espíritu de Dios, elige y envía y confiere el don del Espíritu. La elección y la misión implican la unción del Espíritu y la investidura del poder salvífico. El texto lo declara abiertamente: Seréis bautizados en el Espíritu Santo. Es la gran promesa del Padre: lo contiene todo, lo entrega todo, lo transforma todo. La repetida mención del «reino» en este contexto nos hace pensar, temáticamente, en la misión de los once y en la realidad resultante de la misma como obra del Espíritu Santo: la Iglesia. El acontecimiento, que arranca del pasado -vida de Jesús- y sostiene el presente -Jesús resucitado-, se lanza a conquistar el futuro estable y permanente. Un impulso irresistible levanta la creación hacia adelante. Los tiempos del verbo lo indican con toda claridad.

La Ascensión del Señor. Lucas la relata dos veces de forma un tanto diversa: una, al final de su Evangelio, y otra, aquí, al comienzo del libro de los Hechos. La primera, como remate de la obra de Jesús a su paso por la tierra; la segunda, como inicio de la obra de Jesús perpetuada en la historia. Una bendición, la primera; un impulso, la segunda. La primera cierra la presencia sensible de Jesús entre los suyos; la segunda abre el tiempo de la Iglesia con una presencia espiritual del Señor en ella. La Ascensión del Señor deja los cielos abiertos, bendiciendo; y anuncia, ya desde ahora, su venida gloriosa; la nube que lo ocultó a los ojos de sus discípulos lo traerá glorioso, en poder y majestad, a presencia de todas las gentes. La despedida, privada, anuncia la venida pública. La Iglesia se extiende, con la fuerza del Espíritu, desde ahora hasta el fin de los siglos. Tiempo de espera activa, de transición creadora, de testimonio vivificante y de acendrada caridad fraterna.

Segunda lectura: Ef 1,17-23

Escribe Pablo. Pablo, prisionero, testigo y apóstol de Jesucristo. Con el tiempo suficiente, con la suficiente experiencia cristiana y con la serenidad suficiente para adentrarse contemplativo en la obra de Dios en Cristo. Estamos prácticamente al comienzo de la carta. De la abundancia del corazón, dicen, habla la boca. Y la boca, en este caso, parece no poder dar con la expresión adecuada a la maravilla que se ha contemplado. ¡Tan imponente es el desbordamiento del corazón! La frase se inicia en el v. 15, para terminar, de un tirón, al impulso de sucesivos y densos aditamentos, en el v. 23. Parece que hay miedo a detenerse por no perder el cuadro sabroso de la visión; ¿o es tan colosal y bella que nos impide respirar? Hay cierta solemnidad. El tema y la expresión nos recuerdan la liturgia. Inconfundible el aire de acción de gracias y de himno que anima a estas líneas.

Dios ha obrado una maravilla. En rigor, la gran maravilla. Contemplémosla. La gloria de Dios ha reventado como una gigantesca flor y ha llenado de color y perfume toda la creación, el cielo y la tierra. Hasta los seres celestes se han visto envueltos en ella, Es como una creación nueva, en la que lo viejo se transciende a sí mismo y se dispone a perpetuarse sin fin. El núcleo del que radialmente se expande y al que de todos los rincones confluye es Cristo. Cristo que ha muerto y resucitado. Dios lo ha sentado a su derecha, por encima de todo principado y señorío; dotado del ingente poder de transformarlo todo. Todo lo ha sometido a sus pies. Y todo recibe en él existencia y consistencia. Cristo articula en su cuerpo glorioso a aquél que cree en él, y lo constituye miembro glorioso de su gloriosa humanidad. Personalmente considerado, es cabeza de la Iglesia: la Iglesia es su cuerpo. Plenitud de Jesús, la Iglesia; y de la Iglesia, Jesús. La Iglesia está «llenada» de Cristo y, a su vez, lo llena a él.

Podemos notar, si leemos desde el v. 15, la presencia de las tres virtudes teologales -expresión inefable de la presencia divina- y la mención de la Santísima Trinidad -Padre e Hijo expresamente y, al fondo, el Espíritu, en la sabiduría y revelación-. Podemos notar también la abundancia de términos referentes a la contemplación del misterio: conocimiento, sabiduría, revelación… Es una realidad más para saborear que para expresar. Cristo en el centro, como príncipe de la esfera celeste y cabeza de la Iglesia; el Padre en el fondo, como origen último de todo; y el Espíritu Santo, hálito vital, que nos acompaña en el conocimiento, en la acción de gracias y en la alabanza y nos introduce en las mismas entrañas de Dios. Cristo une en sí el cielo y la tierra, lo creado y la nueva creación, a Dios y al hombre y los tiempos todos. Como eje escriturístico, el salmo 109. Bendito sea Dios.

Tercera Lectura: Lc 24, 46-53

También aquí nos encontramos al final del evangelio. Pero con la particularidad de tratarse del evangelio de Lucas. Y Lucas, sabemos, continúa su obra en el libro de los Hechos. Este final, por tanto, señala más bien el término de una etapa. Lucas muestra interés por la historia de la salvación: tiempo de Juan, tiempo de Jesús, tiempo de la Iglesia. Parte de atrás, se detiene en Jesús, se lanza hacia el futuro: la antigua economía (las Escrituras), la vida de Jesús (pasión, muerte y resurrección), testimonio de los Apóstoles en virtud del Espíritu Santo (la Iglesia).

Conviene leer el texto desde el v. 36: la aparición de Jesús a los once en una comida de ambiente familiar. No hay duda, Jesús ha resucitado: su figura, sus gestos, sus palabras, su voz... Jesús resucitado es epifanía de Dios. Dios se muestra en Jesús resucitado poderoso salvador. Dios besa la tierra y la transforma; y el barro, a su soplo, se convierte en llama de fuego y en aire sutil que atraviesa los cielos. Todo el que toque con veneración y respeto la humanidad gloriosa del Verbo quedará con él glorificado. Los discípulos reciben a su contacto, e identificados con ella, el encargo y el poder de predicar la conversión y de ofrecer la remisión de los pecados. Podemos distinguir en las palabras de Jesús cuatro elementos inseparables entre sí: su Pasión y Muerte, su Resurrección gloriosa, el testimonio de la Iglesia y el don del Espíritu Santo. La Pasión del Señor da cumplida satisfacción a las palabras de la Escritura y desemboca en la Resurrección; más, la justifica. La Resurrección manifiesta el sentido y el valor de la Pasión como acontecimiento salvífico. Las dos se presentan inseparables. ¿Qué sería de la Muerte del Señor sin la consiguiente Resurrección? ¿Y cómo presentar ésta sin el valor de aquélla? Y a su vez ¿qué sentido tendrían ambas sin la realización, en el tiempo y en el espacio, de la salvación que entrañan, sin la realidad misteriosa de la Iglesia? ¿Y cómo entender ésta sin entroncarla en el misterio, Muerte y Resurrección, del Señor? No se puede comprender la existencia de la Iglesia sin referirla a Cristo «muerto y resucitado»; ni se puede estimar debidamente la realidad misteriosa de la Muerte y Resurrección sin incluir a la Iglesia. ¿Y cómo explicarse el poder de la Iglesia sin la presencia en ella de algo divino, sin la creadora y transformadora actividad del Espíritu Santo? ¿Y cómo, a su vez, admitir su presencia maravillosa entre los hombres sin partir del acontecimiento Muerte-Resurrección del Señor? Distintos momentos, diversas, hasta cierto punto, estas cuatro realidades, pero un mismo misterio.

La segunda parte del texto es un digno final del evangelio: la Ascensión del Señor. Jesús bendice, y, bendiciendo, desaparece. Los cielos guardan para siempre ese gesto de bendición volcado a la tierra. La bendición del Señor descansa sobre los suyos para siempre, y los fieles, benditos del Señor, bendicen a su vez a Dios. Y la bendición se alarga y extiende desde Jerusalén hasta los confines de la creación. Todo está ahora bajo el signo de la bendición. Alabanza, adoración, gozo para siempre. El relato lleva un aire litúrgico inconfundible. La Vulgata lo termina con un gracioso «Amén». El Señor deja en nuestras manos la bendición, ¡el Espíritu Santo!, y nosotros, movidos por él, la continuamos. Seamos bendición en la bendición del Señor. Amén.

Consideraciones

Pongamos los ojos en Cristo y contemplemos. Saboreemos, en extensión y profundidad, la grandeza y esplendor que envuelven a su persona. No olvidemos en ningún momento que su gloria nos alcanza a nosotros y que su grandeza nos eleva a la dignidad de miembros de su cuerpo. En su Resurrección resucitamos nosotros y en su Ascensión subimos nosotros al cielo.

Jesús, Rey y Señor. Es en cierto sentido el motivo de la fiesta. El salmo responsorial lo celebra triunfador en su ascenso al Padre. Jesús asciende entre aclamaciones. Y no son tan sólo las nuestras las que acompañan tan señalado momento. La creación entera exulta y aplaude con entusiasmo. Es el Señor, el Rey. El salmo 109, mesiánico por tradición y por tema, lo canta sentado a la derecha de Dios en las alturas. Es el Hijo de Dios coronado de poder y de gloria. En dimensión trinitaria, Hijo predilecto del Padre y poseedor pleno del Espíritu Santo. Si miramos a la creación, Señor y centro de todo. Y si más nos acercamos a los hombres, cabeza gloriosa y glorificadora de un cuerpo maravilloso, la Iglesia. La Iglesia es plenitud de Cristo por ser Cristo plenitud de la Iglesia. Hacia atrás, cumplidor y remate de toda intervención divina en el mundo: cumplidor de las Escrituras. Hacia adelante, el Señor Resucitado que vendrá sobre las nubes. No hay nada que no tenga sentido en él, ni nada que tenga sentido fuera de él. Tan sólo la muerte y el pecado se resisten a una reconciliación: desaparecerán aplastados por el poder de su gloria. Adoremos a nuestro Señor y aclamemos su triunfo. En él estamos nosotros.

Jesús, Cabeza de la Iglesia. Jesús es el Salvador, Jesús salva. Es su misión. Pero la salvación se realiza en, por y para su cuerpo. No hay duda de que la Iglesia, su cuerpo, vive y de que vive por estar unida a su humanidad gloriosa. Tampoco cabe la menor duda de que la cabeza se expresa «salvadora» a través de sus miembros; de forma, naturalmente, misteriosa. Ni podemos ignorar que la gracia salvadora de Cristo es una fuerza asimilante, adherente y coherente en grado máximo: la salvación hace a unos miembros de otros y a todos, cuerpo de Cristo. Las tres lecturas evangélicas, y a su modo también la lectura del libro de los Hechos, hablan de este misterio: de la misión salvadora de la Iglesia en la misión salvadora de Jesús. «Predicar el evangelio», «hacer discípulos», «dar testimonio», «bautizar», «lanzar demonios»... son funciones diversas de una misma realidad. La Iglesia es parte del misterio de Cristo, Cristo y la Iglesia son una sola carne. Negar esta realidad es negar a Cristo y, por tanto, desconocer a Dios, que se ha revelado en Cristo. Es algo así como despojar a Cristo de su gloria y a la Iglesia de su cabeza. El Espíritu Santo los ha unido para siempre. Atentar contra uno es atentar contra la otra y viceversa. No podemos separar lo que Dios unió. San Agustín lo expresa bellamente en su Comentario a la Carta de San Juan a los Partos: Pues toda la Iglesia es Esposa de Cristo, cuyo principio y primicias es la carne de Cristo, allí fue unida la Esposa al Esposo en la carne... (II, 2). Su tabernáculo es su carne; su tabernáculo es la Iglesia... (II, 3). Quien, pues, ama a los hijos de Dios ama al Hijo de Dios; y quien ama al Hijo de Dios ama al Padre; y nadie puede amar al Padre si no ama al Hijo; y quien ama al Hijo ama, también, a los hijos de Dios... Y amando se hace uno miembro, y se hace por el amor en la trabazón del Cuerpo de Cristo; y llega a ser un Cristo que se ama a sí mismo. (X, 3).

Misión de la Iglesia. La Iglesia recibe la salvación y la opera. Para ello la presencia maravillosamente dinámica del Espíritu Santo. Nosotros, sus miembros y componentes, la recibimos y debemos operarla, en nosotros y en los demás; no operarla es perderla. Es como la caridad; quien no ama se desprende de la caridad, que lo salva. Somos en principio salvos y salvadores; salvadores en cuanto salvos y salvos en cuanto salvadores; procuramos introducir a otros en las realidades trinitarias en que por gracia hemos sido introducidos. Debemos ser expresión viva de la presencia salvadora de Cristo en el mundo. Enumeremos algunos aspectos: «testigos» de la Resurrección de Cristo, con la resurrección gloriosa de nuestra vida a una vida nueva; «anunciadores» de la penitencia, con la vital conversión de nuestra vida al Dios verdadero; «predicadores» del amor de Dios, con el amor cristiano fraternal y sencillo a todos los hombres; «perdonadores» del pecado, con los sacramentos preciosos de Cristo y con el sagrado perdón que nos otorgamos mutuamente y a los enemigos; «lanzadores» de demonios, con la muerte en nosotros al mundo y a sus pompas; «comunicadores» con Dios, en la oración y alabanza, personal y comunitaria; «sanadores» de enfermedades y flaquezas con las admirables obras de misericordia de todo tipo y color. Dios nos ha dado ese poder en Cristo, pues somos misteriosamente Cristo. Es un deber y una gracia ejercerlo. Hemos de proceder sin miedo, con decisión y entereza, aunque con sencillez y fe profunda; personal y comunitariamente, como miembros y como cuerpo del Señor. El Señor glorificado está por siempre con nosotros. Hagamos extensiva a todos la bendición preciosa que nos legó en su Espíritu. Recorramos los caminos del mundo en dirección ascendente, con los ojos puestos en lo alto y elevando todo a la gloria de Dios con la gloria que en el Señor se nos ha comunicado.