Solemnidad de la Ascensión del Señor

Ascendo ad Patrem meum et Patrem vestrum

La fiesta de la Ascensión del Señor es una de las solemnidades cristianas, que más numerosos y gratos recuerdos trae a mi memoria. En ella evoco el singular acontecimiento de mi primera comunión. Enternecedor y emocionante aquel ya tan lejano momento: luz, colorido, bullicio, contento y un no sé qué misterioso que agitó y elevó por un instante, o durante todo el día, nuestro espíritu de niños bendecido por el Señor. Día de sol, radiante, y un mundo sonriente a nuestro lado que acompañaba con gozo la comunión primera, que nos abría las puertas a la celebración plena de los misterios del Señor. La fiesta de la Ascensión reaviva en mí aquellas tiernas emociones y me sumerge, confundido, en una acción de gracias a Dios por la dicha, que comenzó aquel día, de recibirlo como Señor y Amigo hasta el día de hoy. Y asciendo en espíritu, de su mano, hacia el Ascendido Señor y gimo suplicante a su amistad me conceda habitar la morada que Él en su marcha nos prometió preparar. Pues la comunión de ahora es prenda de la convivencia futura.

Sobre estos recuerdos tan lejanos, se acumulan otros de vivencias más próximas: la fiesta, vivida en ambiente recoleto. Me refiero a mis años de estudiante y de joven religioso: la fiesta de la Ascensión según nuestro antiguo ceremonial. La recuerdo con verdadero deleite y afecto: la ornamentación de la iglesia, el canto solemne de nona, la oración a mediodía, de pie, sobre un pavimento enflorecido y perfumado de azucenas y lirios, flotando en una acogedora nube de incienso, sostenido en la altura por espiritual embeleso de la música, ante el Santísimo Expuesto, con el pensamiento y el corazón en el seno del Padre. Es algo que no se olvida. ¿Sensiblerías? Benditas ellas. Y hay algo entre todo ello que sigue emocionándome soberanamente. Es el canto del responsorio: Ascendo ad Patrem meum et Patrem vestrum, Deum meum et Deum vestrum, con el gozoso y triunfante Alleluia final. ¡Cuántas veces he suplicado al Señor de la gloria me conceda la gracia de cerrar, un día, mis ojos a este mundo al arrullo de tan preciosa melodía. No me avergüenzo de suplicar, como un niño, lo que mi experiencia de niño guarda en el alma con indeleble impresión. ¡Qué bellas las tradiciones cuando se viven con sencillez!

Para este día, tan lleno de recuerdos, tan denso de promesas y tan henchido de realidades supremas, un breve comentario a las lecturas de su celebración eucarística. He recogido, sin diferenciación mayor, las tres lecturas evangélicas correspondientes a los tres ciclos.

Primera lectura: Hch 1,1-11

Comienza el libro llamado desde antiguo Hechos de los Apóstoles. Se atribuye a Lucas y constituye la segunda parte de su preciosa obra. El prólogo, con que se abre el libro y el acontecimiento, de que arranca, descubren la ligazón que lo une a la primera parte, al evangelio. Los hechos de los Apóstoles se enraízan en el hecho de Jesús y lo continúan; la obra de Jesús se alarga en las obras de sus discípulos; la historia de la Iglesia entreteje la historia del Señor. La historia de la Iglesia y la historia de Jesús son historia de la salvación. No se pueden separar. Una y otra son obra del Padre en la fuerza del Espíritu Santo.

Para una mejor inteligencia, dividamos el pasaje en dos momentos: diálogo de Jesús con sus discípulos y relato de la ascensión. Ambos, con todo, integran un mismo momento teológico: la exaltación del Señor.

Habla Jesús. Y habla disponiendo. En torno a él los once; tras ellos y con ellos, todos nosotros. Es Jesús resucitado. Nos encontramos, jubilosos, dentro del misterio pascual. La realidad pascual ha entrado en movimiento y se extiende, transformante, a los Apóstoles y a la Iglesia. El aire pascual ha de durar hasta el fin de los tiempos: el soplo de su boca, el Espíritu Santo, (cf. 20, 21) ensamblará los miembros dispersos, restañará las articulaciones sueltas y animará con vigor inaudito el corazón humano a transcenderse a sí mismo. Jesús el elegido, Jesús el enviado, Jesús el lleno del Espíritu de Dios, elige y envía y confiere el don del Espíritu. La elección y la misión implican la unción del Espíritu y la investidura del poder salvífico. El texto lo declara abiertamente: Seréis bautizados en el Espíritu Santo. Es la gran promesa del Padre: lo contiene todo, lo entrega todo, lo transforma todo. La repetida mención del «reino» en este contexto nos hace pensar, temáticamente, en la misión de los once y en la realidad resultante de la misma como obra del Espíritu Santo: la Iglesia. El acontecimiento, que arranca del pasado -vida de Jesús- y sostiene el presente -Jesús resucitado-, se lanza a conquistar el futuro estable y permanente. Un impulso irresistible levanta la creación hacia adelante. Los tiempos del verbo lo indican con toda claridad.

La Ascensión del Señor. Lucas la relata dos veces de forma un tanto diversa: una, al final de su Evangelio, y otra, aquí, al comienzo del libro de los Hechos. La primera, como remate de la obra de Jesús a su paso por la tierra; la segunda, como inicio de la obra de Jesús perpetuada en la historia. Una bendición, la primera; un impulso, la segunda. La primera cierra la presencia sensible de Jesús entre los suyos; la segunda abre el tiempo de la Iglesia con una presencia espiritual del Señor en ella. La Ascensión del Señor deja los cielos abiertos, bendiciendo; y anuncia, ya desde ahora, su venida gloriosa; la nube que lo ocultó a los ojos de sus discípulos lo traerá glorioso, en poder y majestad, a presencia de todas las gentes. La despedida, privada, anuncia la venida pública. La Iglesia se extiende, con la fuerza del Espíritu, desde ahora hasta el fin de los siglos. Tiempo de espera activa, de transición creadora, de testimonio vivificante y de acendrada caridad fraterna.

Segunda lectura: Ef 1,17-23

Escribe Pablo. Pablo, prisionero, testigo y apóstol de Jesucristo. Con el tiempo suficiente, con la suficiente experiencia cristiana y con la serenidad suficiente para adentrarse contemplativo en la obra de Dios en Cristo. Estamos prácticamente al comienzo de la carta. De la abundancia del corazón, dicen, habla la boca. Y la boca, en este caso, parece no poder dar con la expresión adecuada a la maravilla que se ha contemplado. ¡Tan imponente es el desbordamiento del corazón! La frase se inicia en el v. 15, para terminar, de un tirón, al impulso de sucesivos y densos aditamentos, en el v. 23. Parece que hay miedo a detenerse por no perder el cuadro sabroso de la visión; ¿o es tan colosal y bella que nos impide respirar? Hay cierta solemnidad. El tema y la expresión nos recuerdan la liturgia. Inconfundible el aire de acción de gracias y de himno que anima a estas líneas.

Dios ha obrado una maravilla. En rigor, la gran maravilla. Contemplémosla. La gloria de Dios ha reventado como una gigantesca flor y ha llenado de color y perfume toda la creación, el cielo y la tierra. Hasta los seres celestes se han visto envueltos en ella, Es como una creación nueva, en la que lo viejo se transciende a sí mismo y se dispone a perpetuarse sin fin. El núcleo del que radialmente se expande y al que de todos los rincones confluye es Cristo. Cristo que ha muerto y resucitado. Dios lo ha sentado a su derecha, por encima de todo principado y señorío; dotado del ingente poder de transformarlo todo. Todo lo ha sometido a sus pies. Y todo recibe en él existencia y consistencia. Cristo articula en su cuerpo glorioso a aquél que cree en él, y lo constituye miembro glorioso de su gloriosa humanidad. Personalmente considerado, es cabeza de la Iglesia: la Iglesia es su cuerpo. Plenitud de Jesús, la Iglesia; y de la Iglesia, Jesús. La Iglesia está «llenada» de Cristo y, a su vez, lo llena a él.

Podemos notar, si leemos desde el v. 15, la presencia de las tres virtudes teologales -expresión inefable de la presencia divina- y la mención de la Santísima Trinidad -Padre e Hijo expresamente y, al fondo, el Espíritu, en la sabiduría y revelación-. Podemos notar también la abundancia de términos referentes a la contemplación del misterio: conocimiento, sabiduría, revelación. Es una realidad más para saborear que para expresar. Cristo en el centro, como príncipe de la esfera celeste y cabeza de la Iglesia; el Padre en el fondo, como origen último de todo; y el Espíritu Santo, hálito vital, que nos acompaña en el conocimiento, en la acción de gracias y en la alabanza y nos introduce en las mismas entrañas de Dios. Cristo une en sí el cielo y la tierra, lo creado y la nueva creación, a Dios y al hombre y los tiempos todos. Como eje escriturístico, el salmo 109. Bendito sea Dios.

Tercera lectura: Mt 28,16-20.

Estos versillos cierran el evangelio de Mateo y lo presentan como la gran abertura de los siglos. Resumen y compendio de la Buena Nueva. Los discípulos, a quienes se les prometió ser pescadores de hombres, se disponen a subir a la barca y a lanzarse, intrépidos, por las rutas de todos los mares para extender la red del Reino de los Cielos. Antes de izar las velas y de empuñar los remos, las últimas palabras del Señor. Misterio de Cristo en dimensión eclesial.

Es Jesús quien habla; y éste, resucitado; constituido en poder. Poder que, además de superar todo límite, aúna en sí toda criatura: Señor de todo lo creado. La potestad hay que entenderla, en primer lugar, como potestad salvífica; es decir, transformadora y divinizadora. Y se extiende a todo ser y a todo tiempo. Dentro de ese poder está el poder de investir a sus discípulos de poder santificador. Es obra del Jesús glorificado que los suyos alarguen su obra salvadora. El poderoso brazo de Dios se prolonga en los hombres y éstos, en su poder, prolongan el brazo de Dios. Jesús es el Hijo de Dios, y, como tal, con el poder de introducir en su filiación inefable a toda la humanidad. La misión de Jesús continúa, y continúa en la Iglesia, representada aquí por los once.

Jesús los envía a enseñar. Los discípulos han de enseñar en la línea y en el nombre de Jesús: con su autoridad y en su fuerza, recibiendo y comunicando el don del Espíritu Santo. Los discípulos han de «hacer discípulos»: seguidores de Jesús y partícipes de su gloria, de su misión y de su triunfo. Y sabemos lo que significa ser «discípulos»: escuchar sus palabras, seguir sus pasos y compartir su gloria.

El mundo debe dejarse invadir por la gloria de Dios y transparentarla holgadamente. Los discípulos han recibido de Jesús poder para ello. El poder desciende del Padre y ha de retornar glorificante a él. Se trata, en el fondo, de introducir a los hombres en las relaciones trinitarias. El texto, en efecto, habla de un bautismo en Dios trino. Una consagración a él, una pertenencia a él, una participación en su vida. Es imprescindible la observancia de los preceptos del Señor. La observancia de los preceptos es ya vida trinitaria. Y, como tal, testimonio existencial de la presencia salvífica de Dios entre los hombres. Es un encargo, un poder, una gracia. Como encargo, una obligación; como poder, una capacidad; como gracia, una entrega gozosa y gratuita. Jesús los acompañará siempre: los sostendrá en su debilidad, suplirá su deficiencia y alegrará su corazón. Presencia salvadora del Salvador en la Iglesia salvadora. La Iglesia siempre ha tenido la conciencia cierta de ser verificación de la obra salvífica de Dios. De ahí su seguridad, su paciencia, su serenidad ante las pruebas y reveses; pero de ahí también su entrega, su movimiento, su apremio y acción. El Señor que se va, se queda; el Señor que se queda, se va. Admiremos tan profundo misterio y aceptemos, conscientes y agradecidos, tan soberana misión. Somos Cristo en Cristo que se fue y vendrá.

Podemos formular algunas consideraciones. Pongamos los ojos en Cristo y contemplemos. Saboreemos, en extensión y profundidad, la grandeza y esplendor que envuelven a su persona. No olvidemos en ningún momento que su gloria nos alcanza a nosotros y que su grandeza nos eleva a la dignidad de miembros de su cuerpo. En su Resurrección resucitamos nosotros y en su Ascensión subimos nosotros al cielo.

Jesús, Rey y Señor. Es en cierto sentido el motivo de la fiesta. El salmo responsorial lo celebra triunfador en su ascenso al Padre. Jesús asciende entre aclamaciones. Y no son tan sólo las nuestras las que acompañan tan señalado momento. La creación entera exulta y aplaude con entusiasmo. Es el Señor, el Rey. El salmo 109, mesiánico por tradición y por tema, lo canta sentado a la derecha de Dios en las alturas. Es el Hijo de Dios coronado de poder y de gloria. En dimensión trinitaria, Hijo predilecto del Padre y poseedor pleno del Espíritu Santo. Si miramos a la creación, Señor y centro de todo. Y si más nos acercamos a los hombres, cabeza gloriosa y glorificadora de un cuerpo maravilloso, la Iglesia. La Iglesia es plenitud de Cristo por ser Cristo plenitud de la Iglesia. Hacia atrás, cumplidor y remate de toda intervención divina en el mundo: cumplidor de las Escrituras. Hacia adelante, el Señor Resucitado que vendrá sobre las nubes. No hay nada que no tenga sentido en él, ni nada que tenga sentido fuera de él. Tan sólo la muerte y el pecado se resisten a una reconciliación: desaparecerán aplastados por el poder de su gloria. Adoremos a nuestro Señor y aclamemos su triunfo. En él estamos nosotros.

Jesús, Cabeza de la Iglesia. Jesús es el Salvador, Jesús salva. Es su misión. Pero la salvación se realiza en, por y para su cuerpo. No hay duda de que la Iglesia, su cuerpo, vive y de que vive por estar unida a su humanidad gloriosa. Tampoco cabe la menor duda de que la cabeza se expresa «salvadora» a través de sus miembros; de forma, naturalmente, misteriosa. Ni podemos ignorar que la gracia salvadora de Cristo es una fuerza asimilante, adherente y coherente en grado máximo: la salvación hace a unos miembros de otros y a todos, cuerpo de Cristo. Las tres lecturas evangélicas, y a su modo también la lectura del libro de los Hechos, hablan de este misterio: de la misión salvadora de la Iglesia en la misión salvadora de Jesús. «Predicar el evangelio», «hacer discípulos», «dar testimonio», «bautizar», «lanzar demonios». son funciones diversas de una misma realidad. La Iglesia es parte del misterio de Cristo, Cristo y la Iglesia son una sola carne. Negar esta realidad es negar a Cristo y, por tanto, desconocer a Dios, que se ha revelado en Cristo. Es algo así como despojar a Cristo de su gloria y a la Iglesia de su cabeza. El Espíritu Santo los ha unido para siempre. Atentar contra uno es atentar contra la otra y viceversa. No podemos separar lo que Dios unió. San Agustín lo expresa bellamente en su Comentario a la Carta de San Juan a los Partos: Pues toda la Iglesia es Esposa de Cristo, cuyo principio y primicias es la carne de Cristo, allí fue unida la Esposa al Esposo en la carne. (II, 2). Su tabernáculo es su carne; su tabernáculo es la Iglesia. (II, 3). Quien, pues, ama a los hijos de Dios ama al Hijo de Dios; y quien ama al Hijo de Dios ama al Padre; y nadie puede amar al Padre si no ama al Hijo; y quien ama al Hijo ama, también, a los hijos de Dios. Y amando se hace uno miembro, y se hace por el amor en la trabazón del Cuerpo de Cristo; y llega a ser un Cristo que se ama a sí mismo. (X, 3).

Misión de la Iglesia. La Iglesia recibe la salvación y la opera. Para ello la presencia maravillosamente dinámica del Espíritu Santo. Nosotros, sus miembros y componentes, la recibimos y debemos operarla, en nosotros y en los demás; no operarla es perderla. Es como la caridad; quien no ama se desprende de la caridad, que lo salva. Somos en principio salvos y salvadores; salvadores en cuanto salvos y salvos en cuanto salvadores; procuramos introducir a otros en las realidades trinitarias en que por gracia hemos sido introducidos. Debemos ser expresión viva de la presencia salvadora de Cristo en el mundo. Enumeremos algunos aspectos: «testigos» de la Resurrección de Cristo, con la resurrección gloriosa de nuestra vida a una vida nueva; «anunciadores» de la penitencia, con la vital conversión de nuestra vida al Dios verdadero; «predicadores» del amor de Dios, con el amor cristiano fraternal y sencillo a todos los hombres; «perdonadores» del pecado, con los sacramentos preciosos de Cristo y con el sagrado perdón que nos otorgamos mutuamente y a los enemigos; «lanzadores» de demonios, con la muerte en nosotros al mundo y a sus pompas; «comunicadores» con Dios, en la oración y alabanza, personal y comunitaria; «sanadores» de enfermedades y flaquezas con las admirables obras de misericordia de todo tipo y color. Dios nos ha dado ese poder en Cristo, pues somos misteriosamente Cristo. Es un deber y una gracia ejercerlo. Hemos de proceder sin miedo, con decisión y entereza, aunque con sencillez y fe profunda; personal y comunitariamente, como miembros y como cuerpo del Señor. El Señor glorificado está por siempre con nosotros. Hagamos extensiva a todos la bendición preciosa que nos legó en su Espíritu. Recorramos los caminos del mundo en dirección ascendente, con los ojos puestos en lo alto y elevando todo a la gloria de Dios con la gloria que en el Señor se nos ha comunicado.