Domingo XXXIV Fiesta de Cristo Rey

Primera lectura: Ez 34, 11-12.15-17.

Es un capítulo precioso éste de Ezequiel. Lo domina en toda su extensión la figura sugestiva -tan tradicional en la Biblia, tan llena de atractivo en el sentir del pueblo- del pastor al frente de las ovejas. El pastor conduce las ovejas de una parte a otra, ofreciéndoles tiernos y abundantes pastos que sacien su hambre y arroyos de aguas claras que calmen su sed.Él cuida de ellas; atiende con delicadeza a las débiles; a las enfermas cura con ternura.

El profeta echa mano de esta imagen tan expresiva para manifestar a sus contemporáneos la actitud y disposiciones divinas respecto a su pueblo. Ha habido en Israel pastores indignos; pastores que, en lugar de cuidar de las ovejas encomendadas, han sido ellos mismos los que las han conducido a la destrucción y a la ruina. No se han preocupado de atender a las débiles y de curar a las enfermas. Han devorado los mejores pastos y han ensuciado con sus pezuñas las aguas de las fuentes.

El juicio severo de Dios se cierne sobre estos pastores. Los va a destruir.Él mismo -así lo ha dispuesto para siempre- va a actuar de forma más directa en este asunto. El pastor de las ovejas va a ser Él mismo -de ello habla la lectura-.Él mismo va a cuidar personalmente de ellas: velará por ellas, las reunirá de entre todas las naciones, las apacentará; cuidará y atenderá a las enfermas y a las débiles de forma exquisita.Él va a juzgar entre ellas, según sus necesidades.

Al término del capítulo -versillos 23 y 24- al lado de Dios, surge la figura del Siervo David, el Mesías. Dios sigue siendo el auténtico Pastor del rebaño; Él las dirigirá personalmente. Con Él el Mesías. Va a establecer la justicia.

Nótese la doble traducción probable del versillo 16: exterminaré a la que está gordacuidaré a la que está… La segunda es más probable. So se admite la primera, habrá que pensar en aquellas que, como los falsos pastores, se han aprovechado de las demás. De ellas hará Dios justicia.

Segunda lectura: 1 Co 15, 20-26a.28.

En este capítulo 15 de la primera Carta a los Corintios, desarrolla San Pablo el tema de la resurrección de los muertos en diversas direcciones.

Recuerda, en primer lugar, Pablo que la Resurrección de Cristo es un hecho comprobado por muchos, entre los cuales se encuentra él mismo. Es el punto fundamental y primero de la predicación cristiana y, por tanto, de la nueva fe. En una fórmula de fe, que data de los años 40, vuelve de nuevo Pablo a transmitirles claramente esta verdad fundamental: Cristo ha resucitado.

De ahí pasa Pablo a hablar de la resurrección de los muertos en general. Cristo resucitado es causa de la resurrección de los muertos. Los muertos, en virtud del poder concedido a Cristo en su Resurrección, resucitarán un día. Esto es seguro; es tan cierto como la misma Resurrección del Señor. Es de fe.(Aquí se encuentra nuestra perícopa). La muerte, que a todos amenaza, es consecuencia de un pecado, de una desobediencia. La muerte de Cristo, expresión de obediencia perfecta al Padre, destruye el pecado y vence a la muerte. En Cristo resucitarán todos.Él es el primero; tras Él todos los demás.Él vendrá a dar cumplimiento a esta disposición divina; vendrá como Señor, como Rey. Todo poder opuesto a su persona será aniquilado. Todo quedará bajo sus pies. Hasta la misma muerte quedará arrollada por Él. Una vez Señor efectivo de todo, lo es ya de derecho por lo menos, lo pondrá todo a los pies de Dios, principio y fin de todas las cosas.

A continuación, habla de nuevo de la necesidad y seguridad de la resurrección de los muertos, para pasar al tema del modo de la resurrección de los muertos.

Nótese, en cuanto a lo que nos concierne, los títulos con que adorna Pablo a Cristo: Primicias, Rey. Cristo, pues, Señor, Cabeza de su Iglesia, Dueño de lo creado, pone todo su Reino a disposición del Padre. Cristo Hombre sujeto al Padre, Rey de todo.

Tercera lectura: Mt 25, 31-46.

Tema: El Juicio Final

De tiempo atrás -un par de semanas más o menos- viene perfilándose cada vez más nítida y apremiante la escena del Juicio Final. Tanto en la parábola de las Diez Vírgenes, como en aquella de los Talentos -el Esposo que viene, el Señor que pide cuentas- se nos advertía de la necesidad de la vigilancia en la primera, de la necesidad de las buenas obras en la segunda, como respuesta segura y digna al Señor que viene a ajustar cuentas en fecha no determinada. ¡Cuidado! ¡Os van a exigir cuentas!

Pues bien, la lectura de hoy nos habla directamente de ese Día, en cuanto al Juicio se refiere. De forma plástica, sobre el fondo de una imagen pastoril, nos presenta el texto a Cristo, Hijo del Hombre, Señor y Rey, sentado en el Trono de Gloria, dispuesto a juzgar a los hombres. Adviértase, pues es de suma importancia, el tenor del Juicio, la norma. A unos, a los de la izquierda, los encuentra deficientes; a otros, a los de la derecha, los encuentra justos. En rígido paralelismo, muy del gusto de los semitas -nos encontramos en Mateo- se describe el formulario y la sentencia. Para unos, para los de la derecha, la Vida Eterna; para los otros la reprobación eterna. Los primeros han pertenecido, en este mundo, al reino de Cristo; Él los introduce ahora en el Reino de Dios, tan eterno como Dios mismo. Es el premio a sus buenas obras, obras de misericordia.

Puede parecernos, a primera vista, cándida y simple la pregunta que formulas los justos: ¿Cuándo te vimos hambriento…? ¿No hacían las buenas obras por amor de Dios? Este versillo proyecta abundante luz sobre todo el pasaje. No se limita el Juicio a los cristianos. ¡Todos los hombres van a ser juzgados! El criterio son las obras de misericordia, no exclusivamente ellas, pero sí principalmente ellas; obras de misericordia, por otra parte, que han sido desinteresadamente ejecutadas. De ahí la sorpresa de los justos. Las han realizado por puro amor del prójimo. Prójimo aquí es el necesitado. Recuérdese para ello la Parábola del Buen Samaritano. El necesitado, el pobre, es el hermano del Señor. Es una afirmación de gran peso. Naturalmente no se excluye el amor a Dios expresado en otros actos humanos. Se pone de relieve la importancia de las obras de caridad -en todas sus formas- al momento de rendir cuentas. De esta forma es fácil comprender la respuesta de los impíos. La caridad, pues, en todas sus formas tiene un valor supremo en la moral de Cristo. Cristo Rey pronuncia la sentencia según la norma de la caridad -obras de misericordia- desinteresada.

Consideraciones:

En este domingo se celebra la tan sugestiva Fiesta de Cristo Rey. Es, al mismo tiempo, este domingo el último domingo del año litúrgico. Conviene por tanto no separar los temas que de ambos dimanan. No es por lo demás difícil unirlos. Es verdad que hay que mirar siempre al fin, como dicen los filósofos «in omnibus respice finem»; éste, sin embargo, se encuentra estrechamente vinculado a la persona de Cristo. Cristo es el principio y el fin de todo, alfa y omega, que dirá el Apocalipsis. So Dios no creó el mundo sino por Cristo per ipsum omnia facta sunt no pensó en otro naturalmente al imponerle un fin todo fue hecho por él y para él (Col 1, 17). Afirmaciones de este tipo podrían espigarse sin esfuerzo en el amplio campo del Nuevo Testamento. Al hablar, pues, del fin del hombre y del fin del mundo, no puede uno menos de pensar en Cristo. Todo hay que referirlo a Él. Cristo es el Señor ante quien deben todas las criaturas doblar la rodilla; Cristo es el Rey a quien todos pertenecen; Cristo es el Juez ante quien todos han de rendir cuentas. Toda lengua se ve obligada a confesar que Él es el Cristo, el Señor de todo, sentado a la diestra de Dios, colocado por Él mismo para la salvación del mundo entero -no hay otro nombre por cuya invocación se nos dé la salvación que éste de Cristo-. El reino de Cristo -se atiende especialmente a su Humanidad- puede considerarse bajo varios aspectos. Veámoslo en las lecturas propuestas. Cristo es Rey:

a) Como el Buen Pastor. A esa afirmación conduce la consideración de la primera lectura. La alegoría que aparece en el Evangelio de San Juan -Yo soy el Buen Pastor, dice Cristo- no es sino la aplicación a Cristo, Dios y hombre, de lo que Ezequiel en el capítulo 34 de su obra dice de Dios principalmente y secundariamente del Mesías. So allí, a pesar de la estrecha unión entre ellos, aparecen dos personajes -Dios y Mesías-, aquí es sólo uno con los dos títulos, Dios y hombre (Mesías). He aquí descrito el reinado de Cristo: alimentar a las ovejas; cuidar de las enfermas, atender a las débiles; preocuparse de los pobres, hacer justicia. Es un reino de salvación y no de ruina; de buen gobierno, de pacificación, de paz y de justicia. Su amor a ellas es entrañable.

b) Como Primicias de los muertos. Es el tema de la segunda lectura. Cristo es el primer resucitado y, al mismo tiempo, la causa de la resurrección de todos. Es el suyo un reino de vivos, no de muertos. La Vida eterna nos viene de Él.Él ha conseguido, por su obediencia al Padre, un reino. Dios lo ha sometido todo a Él. Las potestades adversas, que hacían imposible la salvación al hombre, la Muerte misma, que tenía a todos atenazados y obscurecía irremediablemente de forma trágicamente sombría el horizonte de las más profundas aspiraciones del hombre, han quedado destrozadas por Él. Ya no hay muerte; la muerte fue vencida por Él, cuando Él murió. De su muerte y resurrección surge ahora un mundo totalmente nuevo. Es la nueva creación, perfecta, limpia.Él es el Rey; Él es el Rey de la vida, Rey poderoso, Rey que vence la muerte. Toda su obra conduce a la vida. Unidos a Él alcanzaremos la Vida.

c) Como Juez Universal. Todos han de presentarse ante su tribunal. Todos somos siervos de Él. En su muerte y resurrección adquirió derecho sobre nosotros. Juzgará en propio derecho.Él dará la sentencia; sentencia definitiva, inapelable. Pero nótese la norma: amor al necesitado. Es Rey de amor, enemigo del odio, del egoísmo, de la codicia, de la avaricia, de la soberbia, de la mala entraña. En este punto será muy severo.

Este es nuestro Rey. Rey por derecho. Rey de majestad. Rey de amor. Rey de vida. Rey de todo lo creado.