Domingo XXXIII del tiempo ordinario

Primera Lectura: Ml 4, 1-2a: (Algunas Biblias: 3, 19-20a)

Malaquías, uno de los doce profetas menores. El nombre de Malaquías significa, en hebreo, «mi mensajero». Puede que no se llamara así el autor de este librito. El nombre le vendría del capítulo 3, 1 «mi mensajero». Muchos autores lo creen así. El autor, pues, nos sería desconocido.

Todos los profetas son en verdad mensajeros de Dios. Por él son enviados; y en su nombre hablan al pueblo. Por eso, sus palabras duran para siempre. Mal síntoma era para el pueblo de Israel la ausencia de la palabra profética. Los profetas consuelan, los profetas amenazan; los profetas alaban, los profetas recriminan. El Espíritu de Dios los abrasa y los enciende; él los mantiene firmes en el cumplimiento de su misión. También a Malaquías.

No era fácil mantener entusiasta y fervorosa a la comunidad recién venida del destierro. Los primeros profetas postexílicos habían acudido animosos a levantar al pueblo de la postración primera. El impulso por ellos dado había durado un tiempo. La comunidad, empero, daba de nuevo señales de cansancio y de abandono. Otras voces vienen a despertarlo. Entre ellas la de Malaquías. El culto languidecía enviciado; los matrimonios mixtos -tan recriminados por la Ley- estaban socavando, lenta pero irresistiblemente, la vieja religiosidad del pueblo. Malaquías denuncia el mal y proclama el Día del Señor.

El Día del Señor, clásico en la literatura profética, recordaba en un principio cualquier intervención, señalada, de Dios; debía ser portentosa. Cuando Dios interviene en la historia del hombre, juzga. El juicio acompaña a Dios dondequiera que se presente. El juicio de Dios camina en dos direcciones y se mueve según el binomio ira-misericordia o lo que es lo mismo castigo-salvación. El Día del Señor va cargado de promesas y amenazas. Por eso, a unos alienta y regocija, a otros amenaza y aterroriza. Y es que Dios, cuando interviene, a unos castiga y a otros levanta.

La expresión señala de por sí al futuro. Como quiera que las intervenciones de Dios no son definitivas, permanece siempre en el mundo la tensión justicia-injusticia más o menos tolerable. Pero las cosas no pueden seguir así por una eternidad. La justicia de Dios, junto con su santidad, exige una definitiva intervención que ponga en orden las cosas para siempre. Será un último juicio de Dios. Los profetas lo han entrevisto en la voluntad divina. Así lo anuncian. La literatura apocalíptica le dará amplitud y vuelo. El Señor anuncia su Día.

El Día del Señor viene como un fuego, dice Malaquías; devorador para unos; salvador para otros. Las misma realidad, Día del Señor, Dios mismo, es para unos vida y es para otros muerte. Nótese el término horno: lugar candente, abrasador, cerrado, donde nadie encuentra un resquicio para escapar. Allí será consumido el impío, como paja vana, que no puede oponer resistencia, como árbol seco al que ni siquiera las raíces se le han perdonado. Lugar de exterminio radical y completo. El fuego divino es sol de justicia para los piadosos. La imagen del sol es sugestiva: sol de luz que ilumina, sol de calor que da vida, sol de justicia que regocija y da placer. Así de terrible y de consolador viene el Día del Señor. El contraste es vigoroso. El Sol de Justicia nos recuerda a Cristo, Sol de Justicia. Él ha de venir a juzgar.

Salmo Responsorial: Sal 97, 5-6. 7-9: Salmo de Dios Rey.

Es muy discutido entre los autores, si existía o no en Jerusalén una fiesta litúrgica que tuviera por motivo y objeto la aclamación de Dios como Rey. De inclinarse uno a dar razón a los que lo afirman, quedaría aún por discutir -nada fácil en verdad- cuál era la liturgia que acompañaba a semejante fiesta. Sea de ello lo que fuere, es de todos sabido que Israel aclama a su Dios «Rey»

Dios es Rey. He ahí la aclamación y el hecho. Esta confesión de Israel a Yavé como Rey del universo radica sin duda alguna en la experiencia secular que posee de un Dios, que lo puede siempre todo. Hasta ahora nadie ha podido resistirle. El faraón fue derrotado, el desierto superado, los enemigos aniquilados. Israel ha resistido, bajo la guía de Dios, todas las tempestades de la historia. Dios se ha mostrado Rey. El culto, memoria viva de los acontecimientos del pasado, ha elevado esta experiencia a «confesión» y aclamación. Pero la confesión que radica en el pasado se yergue hacia el futuro. La experiencia de un Dios Rey, salvador, no ha terminado. Las intervenciones de Dios, hasta ahora parciales, preparan una última y definitiva intervención. A Dios se le ve venir ya, como Rey, para poner todo en orden: El Señor llega para regir la tierra con justicia. Ese es el tema.

Nótese el aire del salmo: conmoción gozosa del universo, júbilo incontenible de los fieles. El pueblo confiesa a su Dios «rey», lo aclama, lo espera jubiloso. El coro de la creación entera le responde con una confesión y aclamación de amplitud cósmica. La creación entera no puede ocultar su intensa emoción ante el Señor que se presenta. (San Pablo dirá que la creación, humanidad incluida, gime por este Día).

Segunda Lectura: 2 Ts 3, 7-12

La idea de la proximidad de la Venida del Señor conmovía a muchos en la primitiva comunidad. En Tesalónica había llegado a ser problema acuciante. En efecto, algunos, bajo pretexto de que el fin estaba ya encima, no querían trabajar. Más aún, predicaban la inacción. Con ello no sólo disminuían las obras de caridad -no tenían con qué ayudar a nadie-, sino que molestaban y depauperaban a los miembros de la comunidad. Los fieles vivían en tensión molesta. Pablo se enfrenta decidido y tajante a tal inmoralidad: el que no trabaja, que no coma. No es de cristianos andar ociosos y molestando. Pablo trata del trabajo manual, único en aquel tiempo.

Pablo también trabaja. Bien pudiera haberse dispensado del trabajo manual, pues era apóstol. Su ocupación primera era la evangelización. Con ello le bastaba. De hecho ese trabajo llenaba toda su vida. Sin embargo, los resquicios, que aún le quedaban vacíos, los sabía emplear para ganarse el sustento. De esa forma trasmitía Pablo más libremente su evangelio. La conducta de Pablo es ejemplar: de nadie tomó nada; para nadie fue carga; nadie le dio nada de balde; trabaja en todas partes, se fatiga de día y de noche.

La ley del trabajo obliga a todos. Hay que trabajar tranquilamente para ganarse el pan. La recomendación viene en nombre del Señor. Así debe ser el cristiano.

Tercera Lectura: Lc 21, 5-19

Jerusalén. El Templo. Se han apagado ya las voces de la discusión. La sabiduría y la vivacidad del Maestro han quedado muy por encima del saber y astucia de los dirigentes de Israel. Los fariseos y los saduceos han desaparecido, aunque con aire de derrota, entre la multitud. Su animosidad hacia el Maestro ¿los llevará a darle muerte? El relato de la Pasión se presenta inmediato. Jesús se dirige a la salida. A su paso por el gazofilacio, el gesto de la viuda que deposita sus únicos centimillos, adoctrina a los discípulos acerca de la verdadera limosna. Los apóstoles admiran todo: al Maestro, la doctrina tan nueva, la fábrica del Templo. Efectivamente el esplendor del sagrado recinto, la magnitud de sus dimensiones, la riqueza de sus materiales los deslumbra un tanto. Alguien lo comenta en alto ¡Qué maravilla!.

Jesús ha escuchado el comentario. Sus ojos se elevan por encima de los tejados de aquella maravilla y contempla el ocaso; el ocaso de su vida -tras este discurso comienza la Pasión-. el ocaso del Templo, el ocaso de la Antigua Economía, el ocaso de la antigua creación, el ocaso del mundo entero. El ocaso, el fin. Todo nos habla de ello en estos versillos. Cristo contesta a la admirada exclamación del discípulo con todo un largo discurso. Es el llamado discurso escatológico. Es el contexto próximo. Lucas ha tratado de dar claridad a las palabras misteriosas del Maestro. Vamos a dividirlo en partes.

Versillos 5-6: Admiración de los discípulos. Profecía de Cristo sobre la destrucción del templo. Pregunta acerca de las señales precursoras.

Las palabras de Cristo suscitaron, sin duda alguna, la sorpresa de los discípulos. Si Jesús es el Mesías, y de ello estaban seguros, y el Mesías tenía que reinar ¿cómo se puede aceptar la destrucción del Templo, lo más sagrado del reino de Israel? De ahí la pregunta acerca de las señales precursoras.

Versillos 8-11: Señales precursoras. La descripción de Cristo abarca el tiempo que va desde la destrucción del templo a la venida del Señor. Lucas subraya el aspecto admonitorio y exhortativo:

a) Falsos profetas. Esa es una calamidad por la que han de pasar los discípulos antes que venga el fin. Los ha de haber desde la muerte de Jesús hasta su venida. Cristo quiere mantenerlos alerta:...que nadie os engañe; no vayáis tras ellos. Todavía no es el fin.

b) Guerras y revoluciones. Todo eso ha de suceder; no hay por qué tener miedo. Todavía no es el fin.

c) Terremotos, señales del cielo. La convulsión humana de unos contra otros se verá agrandada por la conmoción cósmica. El mundo amenazará ruina. Entonces, parece ser, vendrá el fin.

Versillos 12-19: Persecuciones. Preceden al fin.

a) Seréis perseguidos. ¡Así podréis dar testimonio!

b) No preparéis vuestra defensa. ¡Yo os haré hablar palabras que ningún adversario podrá contradecir!

c) Vuestros parientes os traicionarán. ¡Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá! ¡Perseverad! En la perseverancia está vuestra salvación.

Como se ve por el cuadro expuesto, la intención es exhortativa y el anuncio del fin teñido de optimismo. Antes de que llegue el fin han de suceder muchas calamidades. El cristiano no tiene por qué temer. Trate solamente de no ser engañado y de resistir la adversidad y la tentación. Superada la prueba, alcanza uno la salvación.

Consideraciones

Todo tiene un término en este mundo, solemos decir. Y así es en verdad. Tras un día viene otro; un año tras otro año. Las estaciones se suceden unas a otras sin que ninguna de ellas permanezca para siempre. Una generación deja paso a otra y ésta a la siguiente. Los espectáculos se agotan, las diversiones se esfuman, los negocios terminan, la vida misma encuentra su fin. Todo pasa. El mar inmenso, las altas montañas, el mismo firmamento no siempre han tenido la misma configuración que ahora tienen. Las convulsiones de la tierra, las catástrofes, los cataclismos indican a las claras su falta de consistencia eterna. No pueden remediarlo, son contingentes. El mismo sol, que alumbra desde generaciones sin número la faz de la tierra, da señales de cansancio. Un día llegará su fin. La misma humanidad vislumbra a través de los acontecimientos su fin quizás no lejano. No hay paz, no hay tranquilidad. El actual orden de cosas no puede ser eterno. Tiene que haber por fuerza un orden nuevo. Tras una guerra viene la paz y tras ésta de nuevo la guerra. Habrá un fin. Todo tiene un fin. También el año litúrgico. Su término quiere recordarnos el fin universal. A la luz de esta verdad cobran sentido las cosas. La contingencia de la creación con sus instituciones nos obliga a ordenar nuestra vida. Las lecturas de hoy están colocadas en esa perspectiva. El fin no es el argumento central, pero sí el fondo.

He aquí algunos puntos:

A) Vendrá el fin. El evangelio lo anuncia suficientemente sin describirlo. Signos precursores: guerras, epidemias, cataclismos siderales. El terror se apoderará de los humanos. Todas esas catástrofes muestran, por lo demás, a las claras la contingencia de la creación. Denotan enfermedad; anuncian la muerte. ¿Cuándo? No lo sabemos.

B) El Señor viene. El Señor viene a juzgar. La humanidad entera debe dar cuenta a Dios de sus dichas y de sus hechos, de sus acciones y de sus omisiones. El Señor, el Creador viene; de ahí la conmoción general del universo; por eso, la alabanza y regocijo de los fieles. Los impíos deben temer; los fieles alegrarse. La primera lectura lo recalca: un horno para la paja inútil y el árbol infructuoso; un sol de vida y de luz para los hijos de Dios. Así será el Día del Señor. El juicio del Señor será definitivo. La justicia acabará con la injusticia, el bien con el mal. Los corazones rectos suspiran por ese momento.

C) Postura que hay que tomar. Todavía no ha llegado el fin. El hombre vive en este mundo esperándolo, consciente de la caducidad de lo que ahora posee. La esperanza se viste de paciencia debido a las pruebas a que está sometida. Por eso:

a) Cuidado con los falsos profetas. Ha de haber falsos profetas. No debemos separarnos de la doctrina de Cristo. ¡Qué actual es esta advertencia!

b) No hay por qué tener miedo. Las convulsiones de la humanidad delatan su contingencia. Dios está con nosotros.

c) Las persecuciones no son insuperables. Deben alegrarnos. Entonces tendremos ocasión de dar testimonio de nuestra fidelidad a Cristo. Él nos asistirá en todo momento.

d) Los mismos parientes nos han de perseguir. Nada nos acobarde. Ni un cabello tan sólo ha de caer de nuestra cabeza. Serenidad, tranquilidad. La perseverancia en la prueba nos dará la salvación. Pidámosla. A pesar de los trabajos llegaremos al fin. Aun la vida cotidiana está cargada de trabajos. San Pablo nos recuerda la obligación de trabajar para ganarnos el pan con tranquilidad. Aquí cabría una pausa. ¿Cuál es nuestra postura frente a esa obligación del trabajo? ¿Somos ociosos? ¿Qué relación existe en nosotros entre la evangelización y el ganarse el sustento? Basta mirar a Pablo para encontrar la respuesta. Hoy día es una cuestión acuciante y llena de importancia.

El Sol de justicia, Cristo, nos encamina a la Fiesta de Cristo Rey. Próximo domingo.