Domingo XXXIII del tiempo ordinario

Primera lectura: Pr 31, 10-13.19-20.29-30

Tenemos ante nosotros el poema, en acróstico -cada uno de los versillos comienza por una letra del abecedario hebreo en orden alfabético-, de la mujer perfecta. En acertadas imágenes y logradas pinceladas surge vigorosa y bella la figura atractiva de la mujer perfecta. Es un canto a esa criatura destinada por Dios a compartir con el hombre las responsabilidades del hogar y de la familia. Se trata de la mujer sabia y digna. El autor la describe según la mentalidad de su tiempo; mentalidad que corresponde a una sociedad primitiva agrícola y pastoril. La descripción es válida. Existe la mujer sabia, honor de su marido y sostén de la familia; y existe también la mujer insensata, irrisión del marido y ruina de la familia. La mujer hacendosa y trabajadora y la mujer ligera de cascos, despilfarradora. Ante nuestros ojos la mujer perfecta. Mujer caritativa y misericordiosa.

De la mujer depende en gran parte el buen gobierno de la casa y la felicidad de la familia. La mujer ideal es hacendosa, es trabajadora; es caritativa, es compasiva. Es algo fugaz la hermosura; lo que vale es el temor de Dios.

No ha disminuido en modo alguno el papel que desempeña la mujer en la familia, hoy día. La mujer que se precie de buena cristiana debe poseer las cualidades con que la adorna la lectura presente. ¡Cuántas mujeres hay gastadoras, despilfarradoras! ¡Cuántas hay egoístas, orgullosas, presumidas! ¡A cuántas les entretiene demasiado la vida llamada de sociedad, cines, bailes, salas de fiestas…! ¿No se han visto con frecuencia maridos que se han visto obligados a sustraer cantidades considerables para satisfacer los caprichos de sus esposas? ¿No han sido más de una vez las mujeres ruina del hogar y de la familia? ¿Qué decir del santo temor de Dios? ¿Quién piensa en el temor de Dios? ¿No son antes los caprichos, las modas y la frivolidad? ¿No descuidan muchas las obligaciones más urgentes respecto a los hijos, al marido y la familia? No está de más recordar todo esto.

El tema de la emancipación de la mujer es a este respecto interesante. La posición de la mujer-madre como educadora religiosa de los hijos va perdiendo terreno. El día en que las madres no sepan enseñar a sus hijos las primeras oraciones o inculcar los primeros rudimentos de la fe será una catástrofe; por desgracia nos vamos acercando a ello.

Segunda lectura: 1 Ts 5, 1-6

Tema: El Día del Señor.

Les ha asegurado Pablo en los versillos anteriores -comentados el domingo pasado- la Venida del Señor. El Señor ciertamente viene y viene como un gran Señor. Es tan segura la venida de ese Día, como la luz que nos alumbra. Sin embargo, contrariamente a lo que en Tesalónica algunos creían -el Señor iba a venir muy pronto, por eso no querían trabajar- el momento de la realización de ese Día es incierto. No se sabe. El Señor no ha fijado un plazo. Más aún, lo ha dejado intencionadamente en la incertidumbre. Pablo les recuerda la catequesis primitiva (puede que sean en el fondo las parábolas que trae Mateo en el capítulo 25). Surge de repente, en la representación que él se hace de aquel Día, el cuadro angustioso que ofrece Jeremías al hablar de la invasión asoladora que procede del norte. Jr 4, 6-14.31. Textos tomados del gran discurso de Jeremías anunciando los horrores de una invasión sin piedad -destrucción del Templo, duro castigo a un pueblo que se había dormido en el abandono, sin practicar la justicia y la piedad. El Día del Señor lleva consigo el horror, para los que son tinieblas, naturalmente.

El cristiano, en cambio, es luz, hijo de la luz, hijo del día. No es fácil sorprender a uno a la luz del día. El cristiano no se dejará sorprender por aquel día. La imagen de la luz se refiere, sin duda alguna, a las buenas obras -véanse los versillos 8 y siguientes-. El ejercicio de las buenas obras nos mantiene en la luz, nos mantiene alerta. En el fondo se perfila ya la idea del Juicio.

Tercera lectura: Mt 25, 14-30.

La misma parábola se encuentra en Lc 19, 12-27. Los detalles de la parábola difieren en ambos evangelistas; no así la doctrina y enseñanza fundamentales.

En el relato ficticio de la parábola, va interfiriéndose la aplicación doctrinal. Así, por ejemplo, el versillo 23 Entra en el gozo de tu Señor no puede ser otra cosa que la Vida eterna; y el Señor no puede ser otro que el Hijo del Hombre, Cristo Jesús. Por lo demás el relato discurre con naturalidad. Nos choca, sin embargo, -eso pretende la parábola- la conducta y la justificación de la misma por parte del siervo tercero, y la respuesta con la consiguiente actitud del Señor del siervo. La conducta de este último con su respectiva defensa -crudamente expuesta- puede parecernos aceptable. No le pareció así al Señor. Y esto es lo que vale; esa es la advertencia de la parábola: así se comportará el Señor con aquellos que se porten como el siervo. Se nos han dado los dones para producir -se entiende, buenas obras- hasta que llegue el día de la cuenta. Los dones de Dios no pueden permanecer improductivos; debemos operar con ellos.

Todo apunta al Juicio Final, versillos 28-30. El versillo 30, no muy de acuerdo con el 28, es típico de Mateo. El tema es, pues, la norma que va a seguir Dios al pedir cuentas a sus siervos, nosotros, de los dones recibidos. De rechazo nos indica el camino a seguir para no caer en la condenación del Señor. Hay que obrar el bien. Este tema aparece sin ambages en los versillos 31 y siguientes, donde se habla del Juicio Final.

Consideraciones:

a) No durmamos, dice San Pablo, sino estemos vigilantes y vivamos sobriamente. He ahí el tema. Somos luz y nuestra luz -además de brillar para que otros viendo nuestras buenas obras alaben a Dios, pues la luz engendra la luz- nos es ventaja y defensa para el Día de la cuenta. Para el que vive en la luz no hay sorpresas. La luz le permite distinguir los objetos y apreciar las distancias. Difícilmente será sorprendido por el ladrón. Antes bien, el que viene no vendrá como ladrón que despoja, sino como Señor que premia (parábola). El Apóstol apunta a la sobriedad. Son las obras buenas; en general la vida cristiana bien vivida. Más abajo especifica con cierto detenimiento. Las cosas de este mundo pasan; no deben entretenernos demasiado, no sea que, desprevenidos, nos sorprenda el Día del Señor. Hay algunos que no tienen mayor interés en este asunto. Son tinieblas. Estos deben temer muy seriamente. El Día del Señor los va a pillar totalmente desprevenidos. El terror se apoderará de ellos.

¿No es verdad que no siempre vivimos sobriamente? ¿No es verdad que no siempre somos luz o andamos en la luz? ¿No será ya hora de arrojar lejos de nosotros todo aquello que tenga que ver con las tinieblas?

b) El Día del Señor es el Día del juicio. Por una parte, un santo temor de Dios, teniendo en cuenta la condenación del siervo perezoso. Por otra, un santo afán. Debemos sacudir de nosotros el abandono y pereza en el cumplimiento del deber cristiano; debemos espolear a nuestro espíritu a una santa codicia en el bien obrar, teniendo en cuenta el premio que nos espera. El Señor es tan generoso como exigente. Un examen de conciencia es lo más oportuno. ¿Cuál es nuestra actitud respecto a este problema de la venida del Señor? ¿Dejamos pasar el tiempo sin realizar obras buenas? ¿Vivimos despreocupados? ¿No es verdad que nos falta interés en este punto? Hay que moverse, hay que actuar, no sea que el Día del Señor nos sorprenda sin nada en las manos. Sería horrible.

c) Se puede hacer una aplicación de tipo secundario. La mujer perfecta es la mujer sabia. Su comportamiento suscita la alabanza de todos. También el Señor alabó al siervo fiel.Él premió su laboriosidad. La mujer perfecta es un ejemplo de la sabiduría que debe acompañar toda nuestra vida cristiana: laboriosidad, caridad, temor de Dios.

d) No estaría de más una aplicación a la mujer de hoy día. Puede que sean útiles, a este respecto, las interrogantes antes enunciadas.