Domingo XXXII del tiempo ordinario

Primera Lectura: 2 Mac 7, 1-2. 9-14

Género literario.- Visto a distancia y leído muy por encima, podría alguno creer que se trata de un libro histórico neto. De hecho las biblias lo colocan en el grupo de libros históricos. Adosado a él se encuentra, por lo demás, el pri­mero del mismo nombre, muy ceñido por lo general a los hechos. Y no es que un examen más detenido y una lectura más atenta contradigan la apreciación primera; pero la precisan. Ciertamente pertenece este segundo libro de los Ma­cabeos al género histórico; pero de forma muy peculiar. Los acontecimientos que en él se narran son en verdad históricos; pero no son ellos por sí mismos el centro de interés del libro. Descui­dos no pequeños y confusiones en cuanto a la crono­logía, por ejemplo, lo ponen de manifiesto. El autor es más un predicador que un historiador o cronista. El estilo es el de un helenista, tirando a culto. No se ciñe a lo necesario, a lo exacto; su pensamiento divaga y se ensancha a veces en frases ampulosas y deshilachadas con frecuencia. Su fin es instruir; mejor dicho, mover, avivar en sus hermanos de re­ligión y raza sentimientos, que el distanciamiento geográfico y ambiental amenazaba poner en peli­gro. Va dirigido a los judíos de Alejandría. El he­lenismo intentaba socavar el gran­dioso edificio que las tradiciones patrias, con sus leyes y costum­bres, y el sa­grado templo, lugar de Dios, habían levantado en Israel, dándole una configu­ración propia entre todos los pueblos. La revolución ini­ciada por los Macabeos sirve de ocasión para avi­var el fuego que alimentaba tales sentimientos. Por eso baraja el autor, un tanto caprichosamente, las fechas y acontecimientos que todos conocen. En la literatura bíblica y extrabíblica se encuentran ejem­plos de este género literario. Los libros de los Macabeos aportan buena luz a la teología: el dogma de la resurrección aparece claro y distinto.

Contexto próximo.- La lectura de estos pasajes nos recuerda nuestras actas de los mártires. Son lecturas edificantes. La ordenación del aconteci­miento va en esa dirección. Nótese por ejemplo la significación doctrinal del relato: cada uno de los héroes expresa magníficamente su postura con de­cisión y visión cer­tera. Todo este pasaje cae dentro de la sección de mártires de la obra: unas mujeres son arrastradas al martirio por haber circuncidado a sus hijos; Elea­zar, anciano y tembloroso, da con su vida formidable testimonio de su fe; siete her­manos, todos ellos jóvenes y niños, son bárbara­mente descuartizados por obedecer al Señor de la creación más que al señor de la tierra. La heroici­dad en la defensa de las leyes patrias abarca to­das las edades y condiciones.

Texto.- Los versillos leídos son un recorte del martirio de los siete hermanos Macabeos. Ellos son suficientes para el fin que se pretende. El martirio es el más alto testimonio, que uno puede dar, del amor a sus convicciones.

Tema: Testimonio de fe, de religiosidad y de esperanza en la resurrección a la vida eterna que dan con su vida, en atroces tormentos, los hermanos Maca­beos.

Análisis.- El testimonio del hermano primero es una maravillosa demostra­ción de fe y de forta­leza. Antes morir, aunque sea atrozmente, que re­negar del Dios de los padres. El segundo añade a la actitud valiente el motivo de su ne­gativa: resuci­tar para la vida eterna. El tercero insiste en ese motivo, determi­nando más el objeto de la espe­ranza: recobrar los mismos miembros que el rey ahora destroza. Las palabras del cuarto dan un paso adelante: el juicio de Dios se cierne sobre los malhechores: no todos resucitarán para la vida eterna.

Salmo Responsorial: Sal 16: Salmo de súplica individual.

Como motivo de confianza, acompaña a la sú­plica una reiterada protesta de inocencia. El sal­mista es inocente, justo; no obstante, es perseguido: Señor escucha mi apelación. Lo más llamativo del salmo se halla en el versillo úl­timo:...Al desper­tar me saciaré de tu semblante. Tanto es así que la liturgia del día lo ha elevado a estribillo. El sal­mista verá el semblante de Dios, una vez pasadas las calamidades, persecución y angustias presen­tes. ¿Qué enten­dían los antiguos por ver el sem­blante de Dios? No está del todo claro. Por cierto que indica afectuosa amistad con Dios y su dis­frute. Para nosotros, cris­tianos iluminados por las promesas de Cristo, viene a ser la expresión más acertada de la unión con Dios, una vez resucitados, cara a cara. Ahí terminará la angustia del perse­guido. Será una saciedad infinitamente gustosa. Esa es nuestra esperanza. El versillo la expresa admirablemente. La súplica re­cuerda nuestro es­tado actual de prueba; la protesta de inocencia, la necesidad de obrar el bien. En boca de Cristo ten­dría un sentido pleno.

Segunda Lectura: 2 Ts 2, 16-3, 5

La frecuencia de subjuntivos, que desembocan en Presente de imperativo por una parte (rezad), y por otra en Futuro de indicativo (os dará fuerzas), re­velan el corazón de Pablo en actitud de oración intensa, de ruego anhelante, de invitación, de es­peranza y de seguridad serena. Oración y ruego: que Dios os consuele... os dé fuerzas... dirija vuestro corazón. Invitación suplicante: re­zad por noso­tros... Firme confianza: El Señor, que es fiel, os dará fuerzas... Seguridad consoladora: Dios nos ha amado tanto y nos ha regalado...

Pablo acaba de exponer a sus fieles de Tesaló­nica la venida de Cristo y sus señales precursoras. Cristo vendrá; lo acompañarán ciertas señales. De inme­diato pasa Pablo a las exhortaciones a la perseverancia: habrá tribulaciones. En esta pos­tura se entienden los afectos de Pablo: seguridad, inseguridad, temor, consuelo, esperanza, certeza, oración, exhortación, súplica. Alcanzar el fin, la vida eterna, es cosa muy importante.

Una cosa es cierta: Dios nos ama mucho, Dios nos consuela inefablemente, Dios nos da esperanza, en Cristo Jesús. La oración apunta hacia la reali­za­ción concreta de la esperanza: Dios nos dé fuerza para toda clase de palabras y obras buenas. Eso no es otra cosa que el amor a Dios y la esperanza en Cristo. La idea de esperanza lleva consigo la idea de paciencia, de aguante en las tribulaciones. Hay malvados que se oponen al reino de Dios. Pablo su­plica una oración para el buen cumplimiento de su deber. Todos tenemos que rogar para el buen cum­plimiento de nuestro deber. Contamos con la pro­mesa de Dios -Dios es fiel-; él nos librará. Él, que nos ama y nos ha dado esperanza, dirigirá nuestro corazón para que le amemos y tengamos esperanza en Cristo. Al fin y al cabo, nuestra esperanza y nuestro amor son participación del amor y de la fi­delidad que Dios nos tiene. Cuidado: ¡La fe no es de todos!

Tercera Lectura: Lc 20, 27-38

Estamos en Jerusalén. Allí los príncipes de Is­rael: los instruidos, los pode­rosos, los justos, los guías del pueblo; allí el sanedrín, suprema autori­dad en cuestiones religiosas, importante influencia en las políticas del país. Allí el centro de la reli­giosidad y de la piedad: el Templo y sus institu­ciones.

Hay tensión en el aire. Jesús discute con los di­rigentes y los dirigentes dis­cuten con Jesús. Postura de controversia, de controversia tajante y agria. Los grupos político-religiosos han hecho frente común para derribar al Maestro. Unas veces, son ellos los que proponen cuestiones capciosas; otras, es el Maes­tro quien les interroga.

Ahora se adelantan los saduceos. El tema de la cuestión es candente. Es nada menos que el pro­blema de la resurrección de los muertos. Los sadu­ceos no creen en ella; sí, empero, los fariseos. El ar­gumento ad absurdum les pa­rece muy apropiado: ¿De quién será esposa, a la postre, la que de tantos fue mujer? ¿Qué piensa el Maestro acerca de ello?

La respuesta de Cristo no deja lugar a dudas: Hay resurrección de los muertos; Dios tiene poder para ello. Más aún, ese es precisamente su plan. Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. Cristo apoya su argumentación en la autoridad del Anti­guo Testamento. El Señor delinea además el carác­ter de la resurrección.

Verdaderamente resucitarán los muertos en sus propios cuerpos. La com­paración con los ángeles podría inducirnos a error. La resurrección implica una forma de ser tal, una vida tal, que no tiene que ver nada con la que actual­mente tenemos. Sin dejar de poseer cuerpo, éste no tendrá las necesidades que aquí lo arrastran. Aquél será un mundo dis­tinto. Instituciones tan peren­torias como el matri­monio no tendrán sentido en el otro. Allí no habrá muerte, ni dolor, ni necesidad alguna; la institu­ción del matrimonio no cabe allá. Dios lo invadirá todo en todos; él será la satisfacción de todo en to­dos. Los sadu­ceos yerran al representarse la vida nueva de forma mundana. Yerran tam­bién al leer las Escrituras.

Cristo habla de los que resucitarán para la vida. De los condenados se prescinde. Hay que ser digno. Lo dice expresamente el evangelio.

Consideraciones

La Resurrección de los muertos.- Los justos resucitarán. Los justos vivirán con Dios de forma inefable. Poseerán sus cuerpos, sin duda alguna (La pri­mera lectura lo pone de relieve). La gloria de Dios los invadirá de tal forma, que serán sacia­dos con sólo su presencia; lo verán cara a cara (Salmo respon­sorial). Las instituciones de este si­glo desaparecerán. Muchas de ellas -todas ellas- responden a la necesidad actual, a la condición ac­tual del hombre limi­tado, pobre, mortal. Allí no habrá muerte, ni dolor, ni necesidad alguna. Será una transformación plena: serán como los ángeles de Dios.

No todos resucitarán a la vida; por lo menos, no parece que todos lleguen a ella sin más ni más. No es de todos la fe, dice Pablo. El último de los Ma­ca­beos amenaza apostrofando al rey: Tú no resuci­tarás para la vida. Sólo los dignos, declara Cristo. De los indignos no se dice nada por el momento.

Los dignos son aquéllos que realizan toda clase de palabras y obras bue­nas, que aman a Dios y esperan en Cristo (Pablo); aquéllos que ante Dios pueden justificar su conducta (salmo); aquéllos que desprecian todo en esta vida, aun la vida misma en medio de atroces tormentos, por ser fieles a Dios (Macabeos). Hay que recordarlo. La esperanza en Cristo es paciente, es supe­radora de las pruebas. Las exhortaciones de Pablo responden a la Ve­nida del Señor en perspectiva.

El origen de todo bien, nos dice Pablo, es el amor de Dios manifestado en Cristo. Ahí radica nuestra esperanza. Dios es fiel. La resurrección es objeto de esperanza. Las obras buenas juegan un papel muy importante. Ellas, sin em­bargo, no se realizan sin la ayuda de Dios (Pablo). La oración es necesaria.

He aquí la situación del cristiano: por delante la resurrección, una vida que ni ojo vio, ni oído oyó, ni corazón humano experimentó jamás; algo maravi­lloso. La esperanza informa la vida del cristiano. Estamos en camino, pero cami­nando. El deseo de alcanzar tan gran dicha nos anima a dar los pasos. El de­seo se convierte en oración, conscientes de nuestra propia flaqueza. Hay que pedir la gracia de la perseverancia final. Dios es fiel; Dios nos sostiene, Dios nos da fuerzas. Debemos amar a Dios y esperar, soportando toda adversidad, en Cristo. Puede venir la persecución; pero pasará. Hay que superarla. Lo que realmente no pasa es la resurrección un día a la vida eterna. Una compa­ración entre ambas sería ridícula. Debemos repetir constantemente aquella bella oración: Ut digni effi­ciamur promissionibus Christi.

¿Es verdad que la esperanza de la vida eterna informa nuestra vida pre­sente? No está de más preguntárselo.