Domingo XXXI del tiempo ordinario

Primera Lectura: Sb 11, 22 - 12, 2

Contexto:

Lejano: Libro sapiencial escrito en griego, al parecer, en Alejandría, a me­diados del siglo pri­mero antes de Cristo. El autor es un judío helenista al tanto de las adquisiciones y caminos que sigue, por aquel entonces, el pensa­miento griego. La sabi­duría helenista filosófico-religiosa, con sus abs­traccio­nes, cultos y misterios, según vive en Ale­jandría, ejerce un impacto considera­ble en los me­dios ambientes judíos que tienen su asiento en aquel lugar. El autor ha enriquecido su vocabulario y ha ensanchado el horizonte de sus cono­cimientos, aprovechando la civilización helénica. Sin em­bargo, a la filosofía-re­ligión que viven aquellos pueblos opone, convencido, la sabiduría que viene de Dios. El pensamiento hebreo, tan parco y reacio a conceptos abstractos, ad­quiere aquí mayor am­plitud y mayor altura.

Próximo: Los capítulos 11-12, donde se encuen­tra el pasaje que examina­mos, caen dentro de la úl­tima parte del libro (capítulos 10 al 19), que tiene por tema «Sabiduría y el Dios de la historia». A través de los acontecimientos de la historia -historia tomada de los libros sagrados- muestra el autor reve­larse la grandeza de la sabiduría, que no es otra cosa que Dios mismo gober­nando el mundo. Es, en el fondo, una filosofía-teología de la historia. Dios cas­tigó a Egipto valiéndose de los mismos seres que ellos habían caprichosa­mente elevado a la categoría de dioses. El castigo de Dios es, con todo, mode­rado. La idolatría merecía la destrucción del individuo y del pueblo. Dios, sin embargo, no actúa así. Dios se contiene. El autor entrevé las razones de esa moderación.

Tema: Moderación y paciencia de Dios en el go­bierno del mundo respecto, sobre todo, a los que le ofenden y le olvidan. La moderación radica en su mise­ricordia, en el amor, que como creador tiene con sus criaturas. Dios ha creado las cosas y las ama; y las ama con cierto cariño. El autor nos da con ello una profunda visión de las relaciones entre Dios excelso y mundo pecador, que las filosofías y religiones de entonces no pudieron ni siquiera adi­vinar. ¿Quién ja­más se atrevió a hablar del Amor de Dios a las criaturas en la filosofía griega?

Estructura: He aquí probablemente el curso del pensamiento: El mundo en­tero ante Dios es nada. Dios, no obstante, lo ama entrañablemente; podría destruirlo y no lo hace a pesar de que muchos lo merecen. Lo gobierna como a cosa propia, con mode­ración y cariño. Lo conduce no a la ruina, sino a la salva­ción, mediante la penitencia y el arrepenti­miento. Dios es amigo de la vida.

Análisis: El primer pensamiento está vigoro­samente expresado en el «grano de arena» y en la «gota de agua». ¿Qué son un grano de arena y una gota de agua? La insistencia en el segundo indica la razón suprema de la conducta di­vina. Sólo el amor a sus criaturas puede explicar la actitud di­vina con un mundo «gota de agua» que le es ad­verso. Dios no destruye ni se limita a tole­rar lo que en principio le irrita. El mismo castigo que inflige va orientado a la salvación. Hasta el castigo mismo es expresión de su amor. Dios quiere que se arrepientan y vuelvan a él. Tú te compadeces de todo, porque todo lo puedes, razón que lógicamente debiera inclinar a Dios a vengar la ofensa, con la des­trucción más rotunda, sirve aquí como expresión de su amor: amor incompren­sible. Es un amor que lo puede todo. Esa es la gran sabiduría de Dios. El Nuevo Testamento lo pondrá de relieve.

Salmo Responsorial: Sal 144: Salmo de ala­banza a Dios Rey.

La realeza de Dios constituye la razón de la alabanza. Es al mismo tiempo una confesión afec­tuosa: Dios mío, mi Rey. Dios ejerce su realeza en forma maravillosa: Dios es misericordia, amor, cariño, atención con sus criaturas. Nótese la deli­cadeza del Señor: Sostiene al que va a caer, ende­reza al que se dobla. Surge espontánea, por tanto, primero, la alabanza personal: afectuosa, cons­tante, delicada, perpetua; y después, la alabanza universal, pues toda la creación experimenta la bondad de Dios. Así es el reinado de Dios: reino de justicia, de amor y de paz.

Segunda Lectura: 2 Ts 1, 11-2, 2

No se puede hablar de la segunda carta de Pa­blo a los Tesalonicenses, sin recordar su primera a los mismos. Ambas guardan entre sí una relación tan estrecha que la una sin la otra quedaría manca. Los temas son más o menos comunes, aunque varía el enfoque y el énfasis. Pablo comienza aquí su ca­rrera de escritor, dentro de la vasta actividad de apóstol. Pablo ama entrañable­mente a sus comuni­dades. Con frecuencia exterioriza los sentimientos de su corazón y efunde cordial los afectos de sincero amor hacia ellos: oración, exhor­tación, gozo... El tema de la Venida del Señor aflora en cualquier momento.

La ocasión próxima de esta segunda carta pa­rece ser la existencia todavía de ociosos en la co­munidad, la perturbación que ocasionan, la inquie­tud susci­tada por las palabras de Pablo en su pri­mera carta acerca de la Venida del Señor y las persecuciones ya presentes en la comunidad de los fieles.

Distingamos dos partes. Una oración, la pri­mera; una exhortación, la se­gunda. La oración del apóstol es intensa y extensa. Tres proposiciones fi­nales constituyen el objeto. La posterior ensancha y precisa la anterior. Van desde la vocación primera hasta la consecución del último fin. Aquí surge la figura del Señor que viene. Pablo precisa el sentido de sus palabras primeras: el Se­ñor ha de venir, pero no sabemos cuándo. La venida del Señor sirve de fondo a la vida cristiana.

Tercera Lectura: Lc: 19, 1-10

Se ha dicho que Lucas es el evangelista de la misericordia divina. Y en ver­dad apenas cabe duda de ello. Lucas, en efecto, pone de relieve más que los otros evangelistas este consolador atributo de Dios: Dios es misericordioso. Y así vemos desfi­lar a lo largo de su evangelio pecadores, meretri­ces, soldados, paganos, publicanos. Cristo acoge a todos. Unos cuantos pasajes propios de Lucas bas­tan para recordarlo: La parábola del Fariseo y del Publicano, el Hijo Pródigo, la predicación de Juan a publicanos y militares, el episodio de Za­queo. A la luz de esta perspectiva hay que leerlo.

Tema: La misericordia de Cristo-Dios con los pecadores (ha venido a salvar lo que estaba per­dido) manifestada en la condescendencia y fami­liaridad con Zaqueo.

Examen de los términos:

Zaqueo.- Jefe de publicanos y rico. Pecador por tanto -así lo confiesa el pú­blico- y más pecador, si cabe, por ser jefe de publicanos. Es injusto, es peca­dor, es despreciable, hay que evitarlo. Su esta­tura, pequeña, y su comportamiento, como el de un chiquillo ineducado, restan gravedad a su porte: se hace ridículo. Seguramente pasó desapercibido o mal visto por la muchedumbre. Su figura, sin em­bargo, está rodeada -es Lucas quien escribe- de un halo de simpatía para el lector cristiano. Su deseo de ver a Jesús nos sorprende. Una persona que se arriesga a todo -ser despreciado, ser objeto de burla- por ver a Jesús, nos cae simpático. No era en verdad malo del todo aquel hombre.

Cristo.- Ha venido a curar a los enfermos y a salvar a los que estaban per­didos. Es él quien toma la iniciativa. No se limita a perdonar al que arre­pen­tido se le acerca. Él mismo se encamina hacia él. Él mismo se invita. Así de vehemente era su de­seo de ganarlo. No para mientes en el escándalo del pú­blico que asiste a la escena ni tampoco en la ridiculez del anfitrión. Más aún, lo apela en pú­blico, bien alto, a las claras, para que no haya duda de ello. ¡Qué atrevido es el amor!

Efecto producido.- Zaqueo da un viraje impor­tante en su vida. La mitad de sus bienes la va a dar a los pobres. (Los fariseos ponían, como tope, el quinto de los haberes y de los réditos). A los opri­midos, en resarcimiento, les va a compensar con cuatro veces más de lo extorsionado. (La ley exigía un quinto o un cuarto más sobre lo robado). Zaqueo sobrepasa la justicia de la Ley y la de los Fariseos. Admirable. También Zaqueo era un hijo de Abra­ham. También lo amaba Dios. Zaqueo, por Cristo, se ha convertido a Dios.

Consideraciones

El evangelio nos da de nuevo la pauta. La acti­vidad de Cristo respecto a Zaqueo -con la seguida conversión de éste- es aleccionadora.

A los ricos se les suele atacar hoy en día des­piadadamente. Son injustos, se dice. Y sobre ellos se lanzan las más graves acusaciones y las más ásperas re­criminaciones. Uno se dispara con­tra la generalidad y no para en distinciones. Sin embargo, ¿sabemos realmente lo que ocupa el pensamiento de estos seño­res y lo que encierra su corazón? ¿Sabemos algo de sus preocupacio­nes, de sus cuidados, de sus riesgos, de sus problemas y ansiedades? Me temo que no. Es cu­rioso; me quedaría sorprendido, si encontrara a uno que en realidad qui­siese ser pobre. Muchos en verdad desean, en lo más hondo de su cora­zón, po­seer aquello mismo que recriminan en otros. No se hace bien con tanto ataque despia­dado sin consideración ni mesura. En todo hombre hay, en cambio, algo que nadie toca: los malos de­seos, las malas aspiraciones, la envidia, el des­precio, la profunda miseria que todos tenemos. En lugar de comprensión se suscita odio; en lugar de hermandad, división; en lugar de compasión, des­pre­cio. ¿Ya nos acordamos de orar por aquellos para quienes las riquezas pueden ser un obstáculo para su salvación? Al fin y al cabo son hijos de Dios.

Misericordia de Dios.- En la parábola del Fari­seo y del Publicano (domingo pasado) se puso de manifiesto la necesidad de acudir a Dios con humil­dad. Ante él todos somos indigentes y pobres. Nadie puede despreciar a nadie. Si era o no rico el Fariseo, no lo sabemos. Podemos afirmar con mucha probabili­dad, sin embargo, que el Publi­cano no era pobre. No obstante, se veía pobre y pecador. La justificación de Dios lo alcanzó. Sin duda alguna lo hizo cambiar. Dios tuvo misericordia de él.

El episodio de Zaqueo da un paso adelante. Zaqueo es un jefe de publica­nos y un hombre rico. Por supuesto, despreciado y recriminado por to­dos. No así por Cristo Jesús. Curioso. Cristo no se limita en nombre de Dios a perdo­nar a un pe­cador, que no es el caso. Cristo mismo va al en­cuentro. Cristo se invita a sí mismo contra el pare­cer y el mal decir de la gente que lo rodea. Se­guro que si lo hubiera despreciado, hubiera conseguido el aplauso del público. Pero no fue así. ¡Qué amor tan grande le tenía! Esto es lo más maravilloso del pasaje, a mi juicio. Extraordinaria la misericordia de Dios. Precisamente es lo que resaltan la primera lectura y el salmo responsorial: Dios ama con cariño a todas sus criaturas. Dios hace lo que nadie puede hacer. Él se cuida de ende­rezar al que se encorva y de levantar al que cae. No tenemos más remedio que participar de esa misericordia, si que­remos entrar en su Reino de justicia, de amor y de paz.

La alegría de Zaqueo nos abre una ventana al interior de su alma. Despre­ciado, aborrecido, inju­riado por todos. Es, sin embargo, un hombre cre­ado y redimido por Dios: él es también un hijo de Abraham. Dios lo ama. De ello se siente ahora se­guro al encontrar en su propia casa la salvación, Cristo Jesús. La alegría se muda en regocijo; el regocijo, en obras de justicia. Justicia por lo demás superior a la de los fariseos y acusadores. Yo me pregunto si nuestra justicia no se queda a veces por debajo de la de los fariseos y acusadores. ¿Somos conscientes de que Dios ama a todos? Debemos pensarlo. Zaqueo con­vertido nos da una lección. Un encuentro con Cristo no puede dejar­nos fríos e insensibles a la misericordia y al amor.

Pablo.- La venida del Señor se va perfilando cada vez más en estos últimos domingos del año litúrgico. No sabemos cuándo viene.