Domingo XXXI del tiempo ordinario

Primera lectura: Ml 1, 14b-2, 2b. 8-10.

El libro de Malaquías hay que colocarlo después de la vuelta del destierro. A mitad del siglo V quizás. En un tiempo en que ha decaído el fervor primitivo y se han introducido costumbres deplorables: escandaloso descuido en las funciones del culto (el clero principalmente) y abusos sociales (matrimonios mixtos y falta de fraternidad entre los fieles). Los dos aspectos, cultural y religioso-social, aparecen en la lectura.

El contexto inmediato lo compone una serie de invectivas contra el sacerdocio de su tiempo. Los sacerdotes no cumplen su ministerio: no muestran el debido respeto y decoro en el culto, no observan las prescripciones de la Ley. Las víctimas sacrificadas, por ejemplo, son defectuosas; no guardan ni enseñan la ciencia de Dios. Han corrompido la Ley y la Alianza de Yahvé. Se pierden y extravían muchos por su negligencia y descuido. Muestran acepción de personas y no practican el bien.

A Malaquías le interesa el esplendor del culto como expresión de religiosidad, no el mero culto externo; en los versillos 4 al 6 del capítulo 2 reconoce su origen divino y la validez de sus funciones. Es que el sacerdocio se ha envilecido: no cumplen bien con sus obligaciones. Y esto clama al cielo.

El último versillo abriría otra sección dirigida a todos. Falta de hermandad y justicia. Las injusticias y abusos sociales se presentan más graves, si se advierte que a todos debiera unir un amor fraterno, pues tienen un mismo Padre. No es, pues, un mal social sin más; es una ofensa a Dios, Padre, y una profanación de la Alianza. Los abusos sociales revisten una malicia religiosa: ofenden al Dios de la Alianza. Este aspecto resulta interesante.

Salmo Responsorial: Sal 130.

Breve y sencillo salmo de confianza. Sugestiva la expresión como un niño en brazos de su madre. El fiel -el cristiano- se sabe en las manos de Dios. Infancia espiritual, sencillez de pretensiones, desnudez. ¿Cuándo aprenderemos que sólo Dios basta? Hablamos de la riqueza del pobre de espíritu y de la pobreza del rico. ¿Sabemos lo que decimos, lo sentimos? Hay que hacerse pequeño para llegar y sentir a Dios. El evangelio confirmará esta postura del salmo. Es todo un plan de vida.

Segunda lectura: 1 Ts 2, 7-9.13.

Admirable y ejemplar la conducta de Pablo. Pablo como una madre. ¿Hay algo más emotivo y tierno? Cuidado exquisito, afecto maternal por los fieles. El corazón de Pablo se abre efusivamente. Pablo deseaba entregarse, junto con el evangelio, a sí mismo. Solícito de su bien, procuró no ser gravoso en el anuncio del Evangelio. Pablo cumplió con fidelidad el encargo divino de proclamar la Buena Nueva. Y lo hizo con entrañas de madre. La virtud de Dios acompañó su trabajo: los fieles acogieron su palabra, no como palabra humana, sino como palabra de Dios. Dios bendijo sus esfuerzos de madre, haciendo de aquellos hombres hijos de Dios, criaturas de la nueva creación.

Tercera lectura: Mt 23, 1-12.

Mateo ha reunido aquí, al final del ministerio público de Jesús, unos dichos del Señor, como ya lo hizo al principio (5-7). También aquí como allí se notan las soldaduras y restaños. Conocemos ya el arte de componer de Mateo. Son los últimos días. Se avecina el drama de Jesús y la catástrofe del pueblo, que no quiso escuchar la voz del Mesías. Los dirigentes religiosos son los responsables inmediatos. Contra ellos las palabras de Cristo. Las anima cierto aire de polémica.

Podemos distinguir dos partes: 1-7 y 8-12. La primera parte tiene por auditorio principal al pueblo; al fondo, los apóstoles. Las palabras van contra los letrados y fariseos. La finalidad actual, en el evangelio, es catequética: no los imitéis, no sigáis su ejemplo. Esto vale tanto para los discípulos del fondo como para el pueblo fiel que escucha. La segunda parte tiene más próximos a los discípulos y más al fondo al pueblo fiel (cristiano).

La Cátedra de Moisés designa el oficio de enseñar. Son los encargados de la enseñanza religiosa en Israel. Enseñanza que tiene por objeto, además de la Ley, una larga serie de prescripciones legada de los antiguos. Más de una vez atacó Jesús la excesiva importancia que daban a éstas con detrimento de aquélla. En el caso presente, Jesús condena su proceder en la enseñanza más que el objeto de la misma. En primer lugar, no hacen lo que dicen. Sencillamente no dan fruto de buenas obras. Hacen insoportable, con tanta prescripción, la ya difícil carga de la Ley. No mueven un dedo para empujar. No ayudan ni auxilian en el cumplimiento de la Ley. Bien está hacer lo que dicen. La Ley, al fin y al cabo, viene de Dios. Muestran además una ostentación vana. Se muestran extraordinariamente piadosos en el porte exterior; por dentro, en cambio, no tienen nada. Más aún, buscan con afán los primeros puestos en las sinagogas y en los convites. Desean ser reverenciados y tenidos por maestros: ambicionan los títulos y honores. Jesús condena todo esto por insustancial y pernicioso, por irreligioso y carente de piedad.

Jesús muestra y exige a sus discípulos y en ellos a todo cristiano, en especial a los dirigentes, un camino inverso. No los honores, no los títulos vanos en la evangelización y en el discipulado. El evangelizador es un siervo de los siervos, como todo fiel debe serlo de su hermano. Son hermanos entre sí. La única diferencia y distinción ha de ser el servicio mutuo. No hay más que un Maestro: Cristo.Ése es el que realmente enseña. Los demás son discípulos unos y otros al servicio del Reino, instrumentos torpes de la Salvación de Dios. Tampoco el título padre debe ser codiciado por los suyos, pues en realidad no hay más que un solo padre: el Padre que está en los Cielos.Él es quien nos engendra en realidad a una vida nueva. Somos sus hijos; y unos de otros, hermanos. Ni señor ni jefe. El Señor es Cristo, pues él nos ha redimido y salvado. El verdadero orden en el Reino (capítulo 18) consiste en ser el más pequeño, servidor de los demás.

El evangelio propone unas máximas, que son exactamente el reverso de los usos rabínicos. La relación religiosa de los discípulos entre sí es de fraternidad, no de paternidad; de consiervos y siervos los unos de los otros, no de señores y súbditos; de discípulos, aprendices y seguidores del Maestro, no de seguidores y aprendices unos de los otros.

Consideraciones:

Podríamos comenzar las consideraciones por la última parte del evangelio. La máxima El primero entre vosotros será vuestro servidor es la quintaesencia del evangelio. Ya apareció en Mateo (capítulo 18) hacerse niño; en el paralelo de Marcos; en Lucas 14, 11; 18, 14 y aquí y allá en diferentes textos. Juan lo trae, a su modo, tras el lavatorio de los pies. Las relaciones que deben existir entre los seguidores de Cristo, entre los miembros del Reino, son fraternales, de servicio mutuo. Pablo lo repetirá en mil ocasiones. Jesús es el ejemplo a imitar: Siervo de Dios, que da la vida por sus ovejas. No hay más título, no hay más cargo (no debáis a nadie nada, sino el amor), no hay otra condición más que la de hermanos unos de otros. Uno es el Padre (Malaquías), que nos ahíja y hermana; uno el Señor y Maestro, a quien en realidad seguimos y veneramos; uno el que nos puede salvar. Todo lo que no sea expresión de esa hermandad en Cristo Dios, de ese servicio mutuo en el Señor, de esa ayuda recíproca a seguir a Cristo Maestro, es ostentación, vanidad y soberbia. Quien no haya logrado entender esto, ése tal no ha logrado entender el evangelio. La fórmula, tan usual, «nadie más que nadie» y «nadie es menos que nadie» suena a inexacta por lo aséptica e insignificante. Valdría decir somos todo de todos y para todos en Cristo. En otras palabras, siervos unos de los otros.

Esto supuesto, consideremos los títulos y cargos del Reino. La función de los dirigentes -su servicio- consiste en ayudar a los hermanos (y dejarse ayudar por ellos) en el seguimiento del Señor. El «sabio» cristiano no funda escuela, exactamente hablando; sirve a los hermanos para imitar a Cristo y para conseguir la vida eterna. El «maestro» cristiano es discípulo del Señor, como lo somos todos. El servicio lo distingue no en cuanto maestro, sino en cuanto sirviente. Salirse de esta línea es caer más o menos en los vicios que condena Jesús. Nadie es autor de la salvación. Somos humildes siervos: Somos siervos inútiles; hacemos lo que teníamos que hacer. Dirijamos la atención a los responsables del culto y de la enseñanza. Por ahí van las lecturas.

a) ¿Cómo realizamos las funciones litúrgicas? ¿Destinamos a su realización lo mejor que poseemos: preparación interna y externa, dignidad y porte, preparación de las homilías, preparación de las ceremonias? ¿Dónde el recogimiento interior, el empeño afectivo en el misterio sacrosanto de la misa y de otras celebraciones? Debe transparentarse en ellas la fe y el fervor del que las preside. Somos ministros, servidores. Servimos al pueblo cristiano, como hermanos en Cristo. ¡Servimos!

b) ¿Cómo cumplimos la obligación de educadores en la fe, de servidores de la palabra de Dios? Somos servidores de su palabra y de su plan de salvación, no de nuestras ocurrencias personales. ¿Cómo nos empeñamos en la enseñanza cristiana? ¿Confirma o debilita nuestra conducta lo que enseñamos de palabra? Debiéramos ser el evangelio. La conducta de Pablo sigue siendo ejemplar: como una madre que sólo mira el bien de sus hijos, sin ser gravoso a nadie. El título madre es aquí sinónimo de sierva solícita de los que ama. En esta dirección cabe cualquier título.

¿Buscamos el renombre, los honores? ¿Nos dedicamos a mil cosas marginales? ¿Practicamos suficientemente la piedad, la unión con Dios de quien tenemos que hablar y a quien tenemos que predicar? ¿Profesamos verdadero amor a los fieles? ¿Escandalizamos más que edificamos? ¿Amontonamos preceptos insustanciales, olvidando lo más sagrado? Aquél, pues, que se disponga a servir a los hermanos, trate de adquirir una verdadera actitud de siervo dentro de la comunidad de hermanos. No somos más que los súbditos, somos menores que ellos, dedicados en Cristo a realizar la salvación. Esto vale, mutatis mutandis, para todo cristiano. Los pocos versillos del salmo deben hacernos reflexionar y suspirar por la sencillez.

El que se humilla será enaltecido, y el que se enaltece será humillado. Cristo -reza el himno de la Carta a los Filipenses- se humilló hasta la muerte… por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre sobre todo nombre. Cristo Siervo ha sido constituido Señor. El camino es válido -es único- para todos: dirigentes y fieles. Nada de pretensiones ni aspiraciones tontas. El sencillo, el humilde, el «niño» y «siervo», tendrá acogida ante el Señor.