Domingo XXX del tiempo ordinario

Primera Lectura: Si 35, 15b-17. 20-22a

Jesús Ben Sirac es el autor del libro que, desde muy antiguo, ostenta el título de «Eclesiástico». El autor pertenece, sin duda alguna, al grupo de piadosos varones que, en vísperas ya de la sublevación macabea, oponían decidida resistencia al cariz que iban tomando las cosas en Palestina, debido a la infiltración helénica. A la sabiduría helénica, basada en la razón y pasiones humanas, oponen la Sabiduría tradicional, basada en la revelación divina. El libro tiene esa orientación; pertenece a la corriente sapiencial. Es el último libro que la representa en Israel (Palestina). El libro de la «Sabiduría» es posterior, pero en Alejandría.

Por vez primera aparece equiparada la sabiduría a la Ley de Moisés. En este punto el libro aporta una novedad no pequeña. El autor, conocedor profundo de los profetas y de las más valiosas tradiciones de Israel, tanto cul-tuales como políticas, no duda en declarar que el mejor modo de dar culto a Dios es el cumplimiento de la Ley. Jesús Ben Sirac no abroga el culto, ni siquiera lo condena. Todo lo contrario. El autor describe orgulloso y exaltado las funciones del culto israelítico, como suave ofrenda a Dios. El culto, sin embargo, no es una mera formalidad. El culto debe estar animado de reli-giosidad profunda, esto es, acompañado por la justicia y el buen compor-tamiento. Acercarse a Dios con presentes y no obrar con justicia y misericordia es intentar corromper a Dios. Sería un doble pecado. Dios no se deja corromper; Dios no es parcial. Dios es auténticamente Justo. Tal es el tema, donde se encuadran los versillos leídos.

La justicia de Dios sobrepasa, de manera absoluta, la justicia humana. La justicia de Dios no es parcial. Dios juzga justamente. El más pobre, el más desvalido, el más desafortunado, encuentra en él su refugio, su aboga-do, su Justo Juez. La voz suplicante del oprimido, los gritos angustiosos del huérfano, las quejas entrecortadas por sollozos de la viuda encuentran en él acogida y respuesta. Dios los atiende. Entre ellos y Dios no se interpone nada en absoluto: ni el oro, ni la distancia, ni las nubes. Dios les hace jus-ticia, en el sentido más pleno de la palabra. La respuesta de Dios acalla los deseos y necesidades más perentorias. Así es Dios.

Salmo Responsorial: Sal 33

Salmo de acción de gracias, con abundantes consideraciones sapienciales, o salmo sapiencial, encuadrado en una acción de gracias.

Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha. El salmista lo ha expe-rimentado personalmente; de ahí la acción de gracias, la gratitud. También la secular experiencia de Israel da testimonio de ello. El Señor salva a los abatidos. Así de justo y de compasivo es Dios. Por tanto la alabanza, la ac-ción de gracias. La mejor forma de alabarle es declarar, confesar, procla-mar la misericordia, la justicia de Dios. Ahí están sus atributos. Para sentir su mano bondadosa sólo basta invocarle, rogarle, pedirle. Si el afligido in-voca al Señor, él lo escucha.

Segunda Lectura: 2 Tm 4, 6-8. 16-18

Graves, serenas, con cierta musicalidad y no privadas de cierta cadencia, suenan las postreras palabras del gran apóstol Pablo. El fin se perfila próximo; la voz del Señor, que lo llama, se oye cada vez más cerca; la partida es inminente; Pablo está a punto de ser sacrificado. Pablo va a morir. La cercanía de la muerte, no obstante, no lo estremece. Pablo ha luchado bien, ha combatido con todas sus fuerzas. Pablo ha proclamado a los cuatro vientos el evangelio de Cristo. ¿Por qué ha de temerla? Tan acostumbrado a ver la cara de la muerte en cada recodo del camino, en cada esquina de las calles del imperio, en cada vaivén de los veleros que lo llevaron hasta las más lejanas costas del «mare nostrum», ahora, cuando la ve de cerca e inseparable, casi le sonríe. Un íntimo, sosegado, pero seguro gozo lo invade. No se inquieta: el Dios a quien ha servido, el Cristo a quien ha predicado lo esperan, lo llaman, lo llevan hacia sí. Ahí está su premio, su galardón, su corona suspirada y alcanzada. Así es el justo Juez. Él lo ha prometido, él lo cumple. La misma recompensa espera a todos los que cumplen su voluntad.

En este momento pasan por Pablo, sin turbulencias ni estridencias, las figuras del pasado. Solo con Cristo en el primer cautiverio; solo con Cristo en la hora de la muerte. Él lo librará de la ruina eterna. Pablo goza ya, en pensamiento, del reino celeste. Perdón para aquellos que lo abandonaron -¿no lo hizo así Cristo?-; justicia de Dios para el que se opone al evangelio. Así muere un cristiano, sin temor, sin miedo; allí está Cristo para recibirlo. Así el apóstol Pablo: ¡Gloria a Dios por los siglos!

Tercera Lectura: Lc 18, 9-14

También en esta ocasión nos ofrece el mismo evangelio la intención de la parábola: algunos se creían justos, seguros de sí mismos y despreciaban a los demás.

Los personajes de la parábola son dos figuras perfectamente conocidas en la vida social y religiosa de Palestina: el Fariseo y el Publicano. Cristo los enfrenta.

El Fariseo ostenta el distintivo de la religiosidad. Instruido, piadoso, lleno de celo, perfecto, trata escrupulosamente de llevar a cumplimiento, hasta en los más insignificantes detalles, lo preceptuado por la Ley y por las tradiciones que legaron los mayores. Ante el pueblo sencillo, el fariseo es el prototipo, al mismo tiempo que el abanderado, de la piedad y del celo por todo lo religioso. Los fariseos son los maestros y los guías espirituales de Israel. Son ejemplo vivo de religiosidad y devoción a lo religioso y a lo mandado por la Ley. Son ascetas y dirigentes. Son respetados, admirados y honrados, hasta temidos, públicamente por su adhesión a las tradiciones patrias y por su acendrado celo por la Ley. Se destacan visiblemente del pueblo fiel. Ellos mismos se hacen destacar de la gente común. Aparecen en las plazas, en las esquinas más concurridas, en el atrio del Templo, sumidos en oración. Arrastran largas filacterias, que les recuerdan su ahínco en conocer la Ley. Dan limosna con visible ostentación. Pagan diezmo de todo. Ellos son los puros y los perfectos. La clase baja, el pueblo de la tierra, dista mucho de ser como ellos. Son impuros y se arrastran a una altura de piedad y de religiosidad que merecen su desprecio. Ellos no son como los demás. El orgullo los domina. Así en boca de Cristo. Seguramente no todos eran así, pero sí muchos de ellos.

El Publicano es también otra de las figuras típicas de la vida religiosa y social de Israel. Es el antípoda del fariseo. De oficio, cobrador de impuestos; por costumbre, extorsionador del pueblo. A su cargo estaba confiada la recaudación del tributo a Roma. Para no perder, y no hacer así un mal negocio, al entregar al gobierno de Roma lo estipulado como impuesto, solía exigir más y de forma, a veces, violenta, al pueblo indefenso. El pueblo naturalmente los odiaba. Su trabajo les recordaba la odiada sujeción a Roma. Por otra parte no parece que fueran excesivamente piadosos al estilo farisaico. Su nombre aparece con frecuencia unido al de pecadores, meretrices, gentiles. Hablar y tratar con ellos era considerado como una infamia y baldón. A Cristo se le acusó de ser amigo de publicanos y pecadores. Eran públicos pecadores y debían ser evitados y despreciados. Que algunos habían cometido, y seguían cometiendo, injusticias es fácil de comprender. No parece, sin embargo, que todos fueran así. A Cristo le escuchaban con atención. Lo mismo hicieron con Juan Bautista. Algo había en ellos que los hacía menos despreciables. Zaqueo es un ejemplo.

La parábola de Cristo tuvo que suscitar en el pueblo sencillo una profunda admiración y sorpresa; hasta desconcierto, diría yo. El pueblo estaba acostumbrado a ver con otros ojos. El Fariseo, el piadoso modelo, sube a orar. Su oración resulta vacía; no alcanza nada. El Publicano, proverbial pecador, alcanza misericordia. Duro golpe para los fariseos. Respiro aliviador para los publicanos. El soberbio es humillado; el humillado es enaltecido. El fariseo, con toda su piedad, ora mal; el publicano, con todo su pecado, ora bien. Admiración para todos.

El Fariseo dice verdad en lo que ora. Realmente cumple la Ley, pero lo hace más bien materialmente. La actitud del fariseo es la de aquél que exige o reclama a pleno derecho. Dios le es deudor. Las palabras de gratitud hacia Dios encubren un absoluto desprecio de los demás. Él nada necesita, nada pide; está sano, es justo, se encuentra limpio, perfecto. Naturalmente salió de la presencia del Señor como había entrado, tan presuntuoso, tan perfecto, tan sano, tan justo. La justicia de Dios no le alcanzó, como tampoco su misericordia. Salió sin justificar.

También el Publicano dice verdad en sus palabras. Se reconoce malhechor y pecador. Su actitud ante Dios es diferente. No osa levantar los ojos del suelo, sabiendo que es indigno de presentarse ante Dios. Confía, no obstante, en la misericordia del Señor. A ella se acoge. Se reconoce enfermo y ruega la salud. Dios usó de misericordia; Dios lo sanó. Salió de allí justificado. Sus palabras recuerdan el salmo 50.

La soberbia ciega. La soberbia encierra a uno en sí mismo, opone resistencia a la bondad divina. El soberbio no ve, no se ve, no se conoce, se oculta a sí mismo. De ahí su desprecio y la absoluta inconsciencia de su mal. Muy mala situación.

La humildad es el conocimiento exacto de sí mismo. La humildad abre a uno a la misericordia de Dios. El humilde se ve como es, se siente como es, enfermo y necesitado. Dios levanta al deprimido; en cambio abaja al presumido.

Consideraciones

La lectura del evangelio nos impone hoy un importante tema a nuestra consideración: la oración. El interés recae más bien en el modo. Modo que manifiesta dos formas de ser, dos actitudes diferentes frente a Dios; en el fondo dos teologías diversas. La palabra de Cristo revela cómo es el hombre y cómo debe comportarse ante su Creador. Así, de rechazo, se nos revela también quién y cómo es el mismo Dios. Se trata de la verdadera o falsa piedad manifestada en la oración.

A) Postura del hombre ante Dios. Dos formas de orar.

i) El Fariseo. El fariseo dice verdad, no miente, al enumerar delante de Dios, las obras buenas que realiza. Hasta el diezmo de lo más insignificante paga al Señor. Él no es como los demás. Él cumple la Ley y las tradiciones patrias. Pero algo anda mal en el fondo. El Fariseo se cree artífice de su propia salvación, de su propia justicia; el Fariseo exige a Dios un reconocimiento de sus obras. El Fariseo no implora misericordia, no se siente necesitado de la compasión divina -¡es mejor que los demás!- El Fariseo no pide, no ruega, no necesita. Salió sin justificar. El Fariseo se halla en una situación lamentable. No se da cuenta, o por lo menos no quiere reconocerlo, de que ante Dios somos unos pobres necesitados, todos y cada uno de nosotros. Somos pecadores y deficientes; necesitamos de su perdón y de su gracia para obrar bien. Esto no lo ve el Fariseo. San Agustín comenta: Sed perversus (Phariseus)... sana membra ostendebat, vulnera tegebat. Deus tegat vulnera; noli tu. Nam si tu tegere volueris erubescens, medicus non curabit. ¡Ocultaba los miembros enfermos, mostraba los sanos! ¿Cómo le iba a curar el médico?

ii) El Publicano. Es verdad también lo que dice: es un pecador. Ha obrado el mal. No ve otra solución que implorar misericordia. Salió justificado. San Agustín comenta: Qui tegunt peccata nudantur; iste autem nudavit ut cooperiretur. Los que cubren los pecados, quedan desnudos; éste, en cambio, se desnuda para ser cubierto.

Nuestra actitud ante Dios debe ser la del que pide, la del que ruega, la del que necesita, la del que implora. Así es el hombre ante Dios. Dependemos totalmente de él. Somos lo que somos por su misericordia. La aceptación de esta verdad le obliga a uno a no despreciar a los demás, pues nosotros somos despreciables. Así todos los santos. Los santos se han visto pecadores. Nuestro mal consiste en que no nos vemos así, siendo como somos pecadores. Es menester vernos tal cual somos. Hay que pedirlo; nosotros no nos vemos como somos.

El hombre actual está un tanto insensibilizado a esta realidad. El hombre actual tiende fácilmente a justificarse -personalidad, libertad, responsabilidad-. Difícilmente se ve miserable, injusto, pecador. Se halla en una grave situación. Hoy día nadie se acusa de nada. Todo el mundo hace las cosas bien. Los «otros» son los que hacen las cosas mal. El hombre actual no se reconoce enfermo, no necesita de la misericordia divina. Más aún, a veces se insolenta con Dios. La actitud no es cristiana. Conviene meditar sobre ello. Todos tenemos mucho de fariseo y poco de humilde pecador.

El Sirácida (Eclesiástico) y el Salmo también hablan de la oración. Se trata de la oración del pobre, de la oración del desvalido, de la oración del que implora misericordia. Esa oración es siempre escuchada. Dios hace justicia, auténtica justicia, y «justifica». El reconocimiento a tal misericordia de Dios se manifiesta en la alabanza. La postura de Pablo se diferencia radicalmente de la del fariseo: El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje. Pablo cumplió perfectamente con la gracia de Dios.

B) Pablo.- Pablo cree en la justicia de Dios que recompensa el esfuerzo y el trabajo realizados en su nombre y honor. Pablo cree merecida la corona que Dios misericordiosamente le ha prometido. Pablo no se apoya en último término en sí mismo, sino en Dios: El Señor me librará, el Señor me llevará a su reino. Por eso, surge espontánea la alabanza. Es consolador pensar que esa corona nos espera a todos.