Domingo XXX del tiempo ordinario

Primera lectura: Ex 22, 21-27.

Libro del Éxodo. Epopeya de la liberación de Israel. Dios su autor princi­pal. La liberación, con todo, no ha terminado en la salida de Egipto. El paso portentoso del Mar Rojo ha sido un momento importante. Le seguirán otros: el maná, el agua, el cruce del desierto… Destaca la imponente teofanía en el Sinaí: la majestuosa presencia de Dios en medio de su pueblo dentro del marco de una alianza.

La verdadera liberación de Israel se verifica y consuma en la conviven­cia, que Dios le ofrece gratuitamente, y en la responsable aceptación, que el pueblo hace de ella. El Decálogo señalará el cuadro elemental dentro del cual han de moverse los liberados para ser realmente libres. Libertad personal y comunitaria como participación de la libertad salvadora de Dios. Libertad responsable y creativa en la creatividad libre y responsable de Dios. El De­cálogo viene ofrecido en función de la auténtica libertad del hombre. Resu­mido sería así: amor a Dios de todo corazón y amor al prójimo como a uno mismo. Libertad para amar y amar para crecer en divina libertad. Dialéc­tica vital.

Conviene leer los versillos de la lectura de hoy en esa perspectiva. De he­cho intentan ser, a su modo, explicitación concreta de las exigencias de una convivencia liberadora con Dios. Imita a Dios, de quien eres imagen y seme­janza, y serás, como él, hacedor del bien. Y al hacer el bien, crecerás, te multiplicarás y verás surgir, a tu paso y sombra, un sinfín de bondades que manifestarán e irradiarán la presencia bondadosa de Dios, tu Señor.

La lectura de hoy subraya las exigencias del segundo mandamiento: amor al prójimo. El color de las expresiones es más bien básico, fundamen­tal, sin demasiados matices; el sabor, arcaico y la visión ceñida a los tiem­pos antiguos: el huérfano, la viuda, el forastero, el pobre… Puede que entre nosotros hayan cambiado los nombres, pero no así las realidades: las mil ne­cesidades y opresiones que padece el hombre de hoy en nuestra cercanía.

La presencia de Dios entre nosotros y en nosotros, con su carga de amor liberador, exige de nosotros una liberación de nosotros mismos en beneficio de una salvadora liberación a los demás. En Cristo se afirman y radicalizan las posiciones y se extiende hasta el infinito la visión. Tu Dios y tu prójimo son tú. No lo olvidemos; sería fatal.

Segunda lectura: 1 Ts 1, 5c-10.

La primera carta a los Tesalonicenses es el primer escrito de Pablo y el primero también del Nuevo Testamento. Posturas fundamentales, líneas maestras, primeras experiencias en el apostolado. Entusiasmo en la predi­cación, alabanza a Dios por el éxito, gozo del Espíritu en medio de las tribu­laciones. Cierta frescura y sabor de inmediatez.

Sobresalen los últimos versillos; señalan el kerigma primitivo en su es­tructura más elemental. Se hace irrenunciable: conversión del culto a los ídolos en obediencia a Dios; servicio leal al Dios de la vida -los otros dioses son dioses muertos-; tensión vital hacia el futuro -ojos abiertos, brazos ex­tendidos, boca exultante hacia el Hijo de Dios que viene desde los cielos-; re­surrección de los muertos y acción salvífica que nos libra de la intervención punitiva de Dios, supremo Juez.

No podemos dejar en el olvido ninguno de esos elementos: somos converti­dos, en estado de vital y constante conversión; en progresivo -y a veces san­grante- alejamiento de todo aquello que, de alguna manera, intente apartar­nos del Dios revelado en Jesús; siempre en actitud servicial y en ejecución responsable de su santa voluntad, convencidos de que así nos configuramos con él. Después, la Resurrección gloriosa de su Hijo de entre los muertos, acontecimiento definitivo de salvación que nos introduce en la esperanza viva de una participación inefable en su exaltación, cuando venga desde los cielos, como Señor y Rey, a librarnos de la ira futura.

La comunidad cristiana, y el individuo en ella, debe edificarse sobre estas realidades so pena de caer desplomado en cualquier momento sobre su pro­pia inconsistencia. Nos apoyamos en Cristo Jesús, Hijo de Dios, resucitado de entre los muertos, a la espera de un encuentro transformante con él al fi­nal de los tiempos. La celebración eucarística lo recuerda.

Tercera lectura: Mt 22, 34-40.

Según todos los indicios, parece que hay que remontarse hasta Jesús para dar sentido y explicación de la formulación del mandamiento grande, tal como se encuentra en Mateo. El judaísmo, a pesar de ciertos balbuceos, no había llegado hasta ahí: ni a unir tan inseparablemente el amor de Dios con aquél referido al prójimo, por una parte, ni, por otra, a extender tan ampliamente el concepto de prójimo a todo hombre, por el mero hecho de ser hombre. Así lo recibió la Iglesia de Jesús y así ha de presentarlo en todo momento. También la Iglesia actual. Señalemos algunos detalles.

a) Comencemos, primeramente, por el último versillo: de estos manda­mientos pende toda la Ley y los Profetas. El amor a Dios y el amor al prójimo son el compendio de toda la Ley y los Profetas. Dando un paso adelante, la Ley y los Profetas son explicitación de estos mandamientos. Por último, es­tos mandamientos son el criterio auténtico de toda acción humana, que me­rezca el nombre de tal; criterio, pues, para entender la Ley y los Profetas.

b) El segundo mandamiento -el amor al prójimo- es semejante al primero. Hay que admitir, por una parte, cierta distinción y evitar, por otra, toda se­paración. Son en verdad uno y un solo mandamiento que, por nuestras natu­rales relaciones -vertical ¤ horizontal-, mira simultáneamente a dos objetos: a Dios y al hombre. No puede darse el uno sin el otro. Ni amaremos a Dios debidamente, si no amamos debidamente al objeto de sus amores, el hombre; ni amaremos con dignidad al hombre, si no es como objeto de los extremados amores de Dios. El amor al prójimo se encuentra involucrado en el amor a Dios y el amor a Dios involucra a los hombres. San Juan lo declara excelen­temente: ¿Cómo dices que amas a Dios, a quien no ves, si no amas al her­mano a quien ves? También Isaías lo manifestó suficientemente en el pre­cioso Cántico de la viña: Esperaba justicia y he ahí crímenes (Is 5, 1-7). La falta de respuesta en la esposa a los amores del esposo es la negación de respeto al prójimo: crímenes. Jesús, por último, indicó a Pedro cuál había de ser la auténtica expresión de amor a su persona: Apacienta mis ovejas.

c) El amor a Dios compromete a toda la persona; también, por concomi­tancia, el debido al prójimo: mente, alma y corazón; pensamiento, senti­miento, voluntad y acción. De esta manera, el hombre se encuentra orien­tado existencialmente hacia aquél de quien es, por definición, imagen y se­mejanza. En el ejercicio del amor encontrará su madurez y perfección. En el amor al prójimo entra, sin duda alguna, el recto amor a sí mismo. La propia y personal experiencia de tu limitación y necesidad te ha de abrir a la per­sonal necesidad del prójimo como propia y personal.

d) La raíz se encuentra en la manifestación amorosa que Dios hace de sí mismo en Cristo: Dios es insondable y desbordante misterio de amor; Dios es amor. Un Dios que ama tan entrañablemente al hombre no puede ser dig­namente correspondido por él si éste, a su vez, no incluye en su amor a todo hombre. Así son las cosas. Ignorarlas y desatenderlas es ignorarse y des­trozarse sin remedio. Por eso es el gran mandamiento. La Iglesia recibe como misión manifestar vitalmente con todo esplendor el amor a Dios y al prójimo. Fracasar aquí es negarse existencialmente a sí misma. Son, pues, de capital importancia para definir nuestra propia identidad.

Consideraciones:

Dios es libertad absoluta y absoluto amor. Jesús, el Verbo encarnado, se mueve en las coordenadas de extrema libertad y amor extremo. Tengo poder para poner mi vida y tengo poder para tomarla de nuevo, dice Jesús en Juan; y el evangelista: los amó hasta el extremo. Y en este mismo contexto incide el concepto de obediencia–mandato: Este mandato he recibido de mi Padre. Nosotros, inicial imagen y semejanza de Dios, llamados a crecer inde­finidamente en la condición de hijos, disponemos, por creación y gracia, de libertad en el amor y de amor en libertad. En Cristo Jesús somos introduci­dos de forma inefable en ese misterio de libertad amorosa. La Verdad -comunicación del Dios salvador en Cristo- nos hará libres.!Vivamos nuestro amor–libertad.!

Conviene, pues, tocar en las consideraciones, ya la raíz y naturaleza de nuestro amor–libertad como participación del libérrimo amor trinitario, ya las relaciones recíprocas que los definen como integración existencial perso­nal de nuestro amor y libertad. El hombre de hoy, sensibilizado especial­mente a estas realidades, no se siente con el poder suficiente para unirlas eficazmente: no vive en libertad de amor ni en amor que genere auténtica li­bertad. Ahí entra nuestra misión. El momento eucarístico -libre amor del Padre en la libre entrega amorosa del Hijo- es el más apropiado para recor­darlo, celebrarlo, beberlo y asimilarlo.

A partir del evangelio se impone la aplicación a casos concretos; ya en la liturgia: perdón mutuo de los pecados, oración de unos por otros, el apretón de manos, etc; ya en la vida diaria: en la familia, esposo–esposa (don de sí mismo en Cristo al otro; consideración del otro como don de Dios en Cristo), padres–hijos; en el trabajo, en la vecindad, en la política, en las relaciones humanas, tanto nacionales como internacionales…

Respecto a la segunda lectura, cabe señalar la importancia, siempre vi­gente, de las realidades fundamentales de nuestra condición de hijos de Dios: el credo cristiano. Cualquiera de esas verdades puede ser objeto de conside­ración, vinculado al tema del amor.