Domingo XXIX del tiempo ordinario

Primera Lectura: Is 53, 10-11: Cuando entregue su vida como expia­ción, verá su descendencia, prolongará sus años.

Estamos en uno, el más extenso y el más sorprendente y bello quizás, de los cuatro Cánticos del Siervo de Yavé. Es el último. Conviene leerlo entero. Merece la pena. La figura misteriosa del personaje que se mueve en este his­toria nos cae simpática. Más aún, nos deja atónitos, y puede que hasta nos haga derramar lágrimas de condolencia y compunción. Así de duras son las pruebas por las que pasa el Siervo con el fin, precisamente, de alcanzar el perdón de nuestros pecados. No cabe duda de que nos encontramos en pre­sencia de un gran misterio. Meditémoslo.

Sólo dos son los versillos de la lectura. Suficientes ellos para recordarnos la carrera de este amable personaje en favor de los hombres He aquí lo principal:

El Siervo de Dios debe por disposición divina llevar sobre sí el castigo de nuestros pecados. El quiso triturarlo con el sufrimiento. Todo ello para ex­piar las culpas de los hombres. Esa es su misión. Tras horribles sufrimientos y humillaciones que culminarían en una muerte afrentosa, entregará su vida a Dios. Pero todo no acabará ahí. Los versillos que comentamos lo dicen bien claro: …Prolongará sus años; verá su descendencia. Son el reverso. A la no­che sigue el día, al trabajo el galardón, a la humillación la exaltación, a la muerte la vida. Dios no deja sin terminar las cosas. La obra del Siervo -obra de expiación- ha sido admirable. Admirable debe ser también el estado final del Siervo: exaltación. Será un beneficio para todos.

Las expresiones son un tanto obscuras, en detalle, para ser explicadas. La idea, sin embargo es clara. El Ciervo, tras su obra de expiación, recibirá la exaltación. Queda sin especificar. Todo lo podemos reducir a dos puntos:

a) Dios dispuso que sufriera, que trabajara, que muriera y así expiara nuestras culpas.

b) Exaltación: descendencia larga, se hartará de prosperidad, justificará a muchos.

Segunda Lectura: Hb 4, 14-16: Acerquémonos con seguridad al trono de la gracia.

En esta genial y elegante Carta a los hebreos alternan con las exposicio­nes doctrinales de tipo dogmático, las exhortaciones ardientes de tipo pa­re­nético a una vida más cristiana, en especial a una más firme adhesión a Cristo por la fe. Una y otras van tejiendo la trama de la carta. Los versillos leídos marcan el paso de una a otra. Se nos invita a mantener la confesión de la fe, pues tenemos un Sacerdote Grande… Una sostiene a la otra. Así camina la carta. Veamos el sentido de los versillos anunciados.

a) Cristo Sumo Sacerdote.

Es el tema central de la carta. Cristo mediante su obra redentora -en es­pecial pasión, muerte y resurrección- ha conquistado los títulos de Hijo de dios, Señor, Rey, Dios y Sumo Sacerdote. Este último título colorea la obra de Cristo de un matiz cultual. En otras palabras, la carta a los Hebreos se esfuerza en presentar el misterio de la obra de Cristo con categorías cultua­les. Para los que asistieron a la pasión y a la muerte de Cristo, nada hubo de cultural en presentación externa de los hechos. Para el teólogo, en cambio, que escudriña la obra de Dios en Cristo con sus efectos y consecuencias, la obra redentora de Cristo es en realidad algo que puede legítimamente ex­presarse mediante conceptos cultuales. Así lo ha hecho el autor acertada­mente.

Cristo, en la maravillosa obra de la redención, ha penetrado lo cielos. Está subyacente la imagen del templo con su Sancta Sanctorum, donde na­die podía entrar, exceptuado el Sumo Sacerdote, y esto una vez al año. Cristo ha penetrado. Cristo se ha adentrado en la morada del Dios trans­cendente e inaccesible. Con ello ha dejado abiertas las puertas para todos, que van con él. Su obra redentora nos ha acercado al dios inaccesible. Peor no queda aquí la coas. El penetrar hasta Dos, llevándonos consigo, le ha va­lido el título de Sacerdote. Pero además, el haber sufrido por nosotros y como nosotros, le confirma más en el título: Sacerdote que puede compade­cernos. Es una de las condiciones necesarias para conseguir el título con dignidad. Cristo ha sufrido, se ha hecho uno de nosotros, igual en todo, ex­cepto en el pecado. Más aún, está delante de Dios para interceder por noso­tros.

b) La consecuencia es clara: Mantengamos la confesión de la fe y vayamos confiados. Es lo que subrayan los versillos leídos. La obra de Cristo -vida, pasión, muerte y resurrección perenne ante Dios- por nosotros, lo han consti­tuido Sacerdote Eterno. El autor nos lo recuerda y nos anima a vivirlo en profunda fe y confianza. En Cristo alcanzamos misericordia.

Tercera Lectura: Mc 10, 35-45: El Hijo del hombre ha venido para dar su vida en rescate por todos.

Nos encontramos, como en el domingo pasado, ante un episodio de la vida de Cristo. Ligada estrechamente al episodio, una gran enseñanza de Cristo. Todo ello sumamente interesante. Estamos detrás de la tercera profecía de la Pasión.

En primer lugar tenemos la escena de los hijos del Zebedeo. En otro evan­gelio se dice que es la madre quien intercede por los hijos. Semejante detalle no cambia el impacto de la escena.

Los hijos del Zebedeo formulan a Jesús una petición atrevida: Que nos sentemos el uno a tu derecha y el otro a tu izquierda. Todavía, como a Pedro sucederá muchas veces, no saben en realidad lo que piden. Sus pensamien­tos están aún muy metidos en lo terreno. El Mesías, vienen a pensar en tér­minos generales, es Jesús. Como Mesías debe establecer un reino, el Reino de Dios. De hecho, el Maestro predica frecuentemente de él. Este reino lo imaginan, sin embargo, a pesar de las continuas explicaciones que vienen del Maestro, de modo terreno. Reino de dios, es verdad, donde campeará la observancia de la ley, pero no exento de dominio político, de exaltación y glo­ria terrena. En realidad no tienen la menor idea de cómo se van a llevar a cabo las palabras del Señor, ni cuándo ni en qué va a consistir el reino. An­tes de que comience el reinado de Cristo, quieren asegurarse en él un puesto relevante: a la derecha y a la izquierda.

Para llegar al reino, sin embargo, precisa pasar por una grave serie de pruebas. Así lo asegura el Maestro. El mismo debe pasar por ellas ¿Están ellos, los discípulos ambiciosos dispuestos a pasar por ellas? Es de admirar la respuesta de los dos hermanos: clara, decidida, sin remilgos. Podemos. Probablemente no saben en concreto a qué se refiere Jesús en sus palabras, aunque puede que algo sospecharan. Por él, por el reino, por conseguir los primeros puestos en él, están dispuestos a cualquier cosa. En el fondo, no obstante, existe una gran ambición, que los compañeros condenan indigna­dos.

Lo verdaderamente interesante es que aquí Jesús anuncia, bajo la ima­gen de cáliz y bautismo, su muerte y pasión. Los discípulos beberán el cáliz, pero no está en su mano concederles los primeros puestos. Eso lo decide el Padre.

La enseñanza siguiente es muy importante.

El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar la vida en rescate por todos. Este es el destino de Cristo, como Mesías, como Hijo del Hombre. Este es el Cáliz que el Hijo del Hombre debe beber y éste es el Bautismo con que el Hijo del Hombre debe ser bautizado. Aquí entra toda la vida de Cristo, especialmente los últimos momentos Pasión y Muerte, para acabar con la Resurrección. Por nuestros pecados, como reza el credo más antiguo, presente ya en los escritos de Pablo y de toda la antigua Igle­sia. Fue obra de Siervo. Lo dio todo, hasta la vida, para salvarnos. Siervo desde el principio hasta el fin, siendo como era Dios. Se humilló hasta la muerte de cruz. El, Siervo, lavó nuestros pies, y con ello todos nuestros pe­cados. Todo por nosotros. Esa es la obra de Cristo.

Para el cristiano existe una línea clara a seguir: el ejemplo de Cristo. Siendo como es el primero, se hizo Siervo. Siervos debemos hacernos noso­tros, si queremos ser los primeros. Hay un cáliz que hay que beber y existe también un bautismo que hay que recibir. Hay que pasar por la humillación. Mejor dicho todavía, hay que humillarse y hacerse Siervo de los demás, como él lo fue, si queremos tener parte con él en el reino de los cielos. Esa es la norma. No hay otra. No fue otro el camino de redención; no es otro el ca­mino de salvación. Quien quiera ser grande, hágase servidor de los otros. Esa es la verdadera grandeza, semejante a la de Cristo. El servir, el amar hasta hacerse siervo, ese es el modo de conseguir la verdadera grandeza. Así Cristo, así nosotros.

En el fondo, pues, es una clara alusión a la Pasión y a la Muerte, como expresión suprema de amor y servicio, causa de nuestra redención.

Consideraciones

Después de leer atentamente las lecturas, no cabe otra actitud por nues­tra parte que centrar toda nuestra atención en la persona de Cristo Jesús, Señor nuestro. Cosa por otra parte que siempre suele suceder. Cristo es un Totum, un todo. Cristo y su obra siguen siendo, aun después de conocidos, un profundo misterio. La Escritura, por eso, se esfuerza en presentarlo en sus diversas facetas. Hay que volver continuamente a él; hay que meditarlo, hay que analizarlo, hay que profundizarlo, hay que contemplarlo. No se agota nunca; siempre encontramos cosas nuevas.

En el caso presente, Cristo no aparece como taumaturgo, ni siquiera, es­trictamente hablando, como Maestro sorprendente. El Cristo de las lecturas es el Cristo Siervo que debe ser triturado por el sufrimiento, que debe entre­gar su vida como expiación y justificación para muchos, que viene a servir, no a ser servido; a dar su vida en rescate por todos; que sufrirá y tendrá un fin glorioso, que penetrar los cielos y se convertirá en el Sumo Sacerdote siempre dispuesto a compadecernos y pedir por nosotros. El Siervo se ha convertido en Sumo Sacerdote. Así se nos presenta Cristo y a su obra. Dis­tingamos, según esto:

I) Parte dogmática: Sacerdote, Siervo, Redentor:

a) Ha penetrado el cielo. Ya hemos aludido a la imagen del templo que yace en el fondo de esta expresión. Cristo nos ha franqueado la puerta, de siempre cerrada, que conduce al Padre. El camino está abierto para siem­pre. Es el mérito de Cristo que muere y se entrega por nosotros. El estará, desde ahora para siempre, en presencia de Padre, como intercesor nuestro. Otros términos cultuales: cáliz, bautismo, expiación. Cristo ha bebido el cáliz de la Pasión, ha sido bautizado, enterrado, sepultado, ha limpiado los peca­dos del mundo.

b) Visita así la vida de Cristo, Cristo mismo viene a ser la nueva víctima propiciatoria. El se ofrece a sí mismo: Sacerdote y Víctima.

c) La vida de Cristo es un servicio, una Expiación por, una entrega. Cristo se humilló y se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Esta entrega total de Cristo al Padre que ordena y a los hombres a quienes salva, es la suprema expresión de la más grande obediencia y del más grande amor. El amor de Cristo al Padre y a nosotros es insuperable, algo que no tiene explicación. Toda su vida y obra responde a ello. Se hizo, por amor, igual a nosotros.

d) Por eso es capaz de entendernos y de compadecernos. Ha sufrido como y más que nosotros. No es difícil acercarse a él, siendo tanto el esfuerzo suyo acercarse a nosotros. Difícil acercarse al Dios transcendente, supremo, pero no al Dios Siervo, humano, dolorido y muerto por nosotros.

II) Parte parenética.

a) Mantengamos la confesión de la fe. Cristo atravesó los cielos y está allí intercediendo siempre por nosotros. Su oración es válida. Más aún, es la única que nos puede salvar. No hay otro, dice san Pedro, en cuyo nombre podamos ser salvos. El nos ha merecido el perdón y la gracia. Por otra parte conviene tener presente su amor hacia nosotros. Cristo nos ama, nos escu­cha, nos atiende e intercede por nosotros. Puede condolerse de nuestra debi­lidad, pues él la llevó sobre sí, siendo hombre. No quedaremos jamás defrau­dados. Se hizo igual a nosotros, excepto en el pecado ¿Quién tendrá apuro en acercarse a él? Por otra parte, notemos que es todopoderoso. Su trono es el trono de la gracia. Será siempre escuchado ¡Animo! Cristo puede y quiere perdonarnos.

b) el que quiera ser el primero, sea siervo de todos. Cristo, Siervo de Dios, ejemplo a imitar. Es el pensamiento principal del evangelio. Si Cristo está a nuestro servicio, nosotros lo estamos al de los demás. Esto deben tenerlo to­dos presente, en especial los dirigentes. Cabe el peligro de comportarse como se comportan los dirigentes que gobiernan el mundo. No así entre nosotros. Quien quiera ser el mayor, hágase el menos y siervo de todos. La Iglesia debe vivir profundamente su vocación de imitadora de Cristo ¿Es verdad que somos unos siervos de los otros? Es hora de pensarlo. Conviene insistir en ello, pues fácilmente lo olvidamos.

Pensamiento eucarístico: Cristo está entre nosotros. La Santa Misa nos recuerda y nos repite el sacrificio de Cristo en toda su amplitud. Ahí está como Siervo que se entrega por nosotros. Aparece como Sumo Sacerdote que ofrece una Víctima por nuestros pecados. Allí el cáliz, allí la oración al Pa­dre pos nosotros. La servidumbre de Cristo llega hasta hacerse alimento por nosotros. Cristo vive, Cristo nos escucha, Cristo nos atiende. Buena ocasión, al recordar su Pasión, Muerte y Resurrección, para arrepentirnos de nues­tras faltas, que en el fondo son faltas a este servicio, considerando los sufri­mientos de Cristo, y pedir perdón de ellos, mediante su intercesión siempre eficaz, siempre actual.

Bebemos de un mismo cáliz y comemos de un mismo Pan. Todos partici­pamos de Cristo. Guardemos la unidad, mantengamos la fe -mysterium fidei- y actuemos la caridad en un servicio mutuo. Esperemos la bienaventuranza. Cristo nos la ha prometido. El ya la posee. Nos la ofrece. Contemplemos el misterio y vivamos nuestra vocación.