Domingo XXVIII del tiempo ordinario

Primera Lectura: 2 Re 5, 14-17

Esta primera lectura nos relata el epílogo, nada más, de la breve e interesante historia del sirio Naamán; toda ella dentro, a su vez, del llamado ciclo de (Elías y) Eliseo. El acontecimiento es llamativo por varios incidentes.

Podemos colocar, en primer lugar, el hecho de la curación de la lepra. Una curación de ese tipo es de por sí un acontecimiento singular. ¿Quién jamás ha curado así, sin medios adecuados, la terrible enfermedad de la lepra? El prodigio señala, por una parte, al hombre de Dios, Eliseo; por otra, apunta a la obediencia -fe del pagano Naamán-: Se bañó en el Jordán, como se lo había mandado Eliseo, el hombre de Dios.

En segundo lugar, podemos notar el agradecimiento de Naamán y, como contrapartida, la rehusa de Eliseo: gratis se le concedió, gratis lo dio. Es el típico empleo, por parte del taumaturgo, del carisma concedido.

Por último, y esto es lo más importante, queda por notar el cambio interno, la nueva postura del agraciado, como resultado del milagro: No sacrificaré a otro Dios que no sea el Señor. La salvación corporal no es algo que merezca la pena por sí misma. La acción de Dios va dirigida a salvar al hombre entero en sí mismo: conocimiento y servicio del verdadero Dios. Quizás sea la lepra la expresión-símbolo del alejamiento que el hombre guarda de Dios. Ahí está la verdadera salvación del individuo: en el verdadero conocimiento del único Dios. Naamán y el autor del libro lo vieron claro. Esto nos trae otro pensamiento interesante para aquel tiempo: Dios no limita su acción salvadora al pueblo de Israel. Es un preludio del Nuevo Testamento. Los paganos dan, a veces, mejor testimonio de fe y de docilidad que el mismo pueblo elegido. Cristo hará referencia a este cuadro en su evangelio.

La tierra que lleva consigo el sirio Naamán es para edificar un altar al Dios de Israel en propia tierra, como Dios único. Refleja la mentalidad y el estado de la Revelación en aquella época.

Salmo Responsorial: Sal 97; Salmo de alabanza.

Dios manifiesta a las naciones su justicia es el versillo de aclamación. Efectivamente, Dios revela su justicia a todas las naciones. La justicia de Dios, sin embargo, es su consejo de salvación, su acción salvadora. Hacia ahí van las intervenciones de Dios en la historia, que culmina con el envío de su Hijo, muerto por nosotros. Tales intervenciones reciben la forma concreta adecuada, correspondiente a las circunstancias por las que atraviesa el pueblo de Dios. Quizás se recuerde aquí, de forma innominada, o la salida de Egipto o la vuelta del destierro. Ambas fueron acontecimientos que suscitaron la admiración de las naciones circundantes. La razón última siempre su misericordia y su fidelidad al pueblo elegido.

En el Nuevo Testamento el cántico adquiere una amplitud y ámbito mayor. Por eso, va dirigida la invitación a toda la tierra. El tema de victoria -diestra, brazo- es interesante. Dios lucha -brazo, diestra- como un guerrero invencible contra los males que acosan o amenazan a su pueblo. Por tanto, aclamación y alabanza. Esa es nuestra postura: ¡Aclamación!

Segunda Lectura: 2 Tm 2, 8-13

La estructura literaria, llena de cadencias y contrastes y aun de cierto ritmo, nos hacen pensar en alguna antigua fórmula de fe y en algún breve himno, empleados aquí por Pablo en el momento de dar unos consejos pastorales a Timoteo, su discípulo. El pensamiento corre suelto por cauces profundos. La memoria de Jesús -el Cristo, el Heredero del trono de David, títulos mesiánicos- precede a toda consideración religiosa y a toda exhortación pastoral. He aquí el curso del pensamiento de Pablo.

Jesús es el Cristo, el Señor, el Hijo de David. Su Señorío se ha manifestado en su resurrección de entre los muertos. A ello se reduce sustancialmente el evangelio de Pablo. Pablo se ha entregado en cuerpo y alma a la proclamación de la Buena Nueva. Su postura de Testigo y predicador, su celo de discípulo lo han llevado a dar con sus huesos en la cárcel. Pablo lleva cadenas; Pablo pasa por malhechor (persecuciones romanas, quizás). La Palabra de Dios -el Evangelio- no está, sin embargo, sin más, sujeta a las vicisitudes humanas. Pablo sí está encadenado; la Palabra de Dios no está encadenada en modo alguno. Es fuerza del Espíritu. La Palabra de Dios corre suelta y libre, activa y poderosa, vital e irresistible, produciendo en todas partes frutos de salvación. Pablo se llena de alegría y de entusiasmo; más aún al comprender que, aunque su palabra no llega a nadie -está encadenado-, sí, no obstante, tienen fuerza, en la proclamación del evangelio, su pasión y sus sufrimientos. Sus cadenas contribuyen también a que la Palabra no esté encadenada. (Realidad consoladora).

El fin de todo es la salvación de los elegidos: la gloria eterna, conseguida para todos por Cristo en su muerte y en su resurrección. Es el meollo del evangelio de Pablo: morir -no sólo en el bautismo, se trata del martirio- para vivir con él; sufrir con él -perseverancia en la persecución- para reinar con él. Como contraposición y para mover más a la perseverancia: si le negamos, nos negará él; si somos infieles, él será fiel, es decir, riguroso juez nuestro. Cristo no puede prescindir de sus prerrogativas divinas.

La memoria de Cristo debe animarnos a perseverar y a sufrir por él. Él, que tiene la vida, nos la dará; él, que tiene el castigo, nos lo impondrá, si no somos fieles. (El evangelio abunda en frases que apuntan por ahí).

Tercera Lectura: Lc 17, 11-19

El milagro está colocado dentro del extenso material que Lucas recoge y ordena en el largo viaje que Jesús realiza camino de Jerusalén. Jesús va hacia Jerusalén. Se trata de un viaje físico, sin duda; pero Jerusalén tiene un sentido más profundo. Jesús camina hacia Jerusalén, donde tendrán lugar los grandes acontecimientos salvíficos de su muerte, resurrección y ascensión. Jesús no pierde de vista la meta. En este caminar, Cristo va ejerciendo su misión de salvador (Título lucano).

El pasaje leído nos relata un acontecimiento significativo. El interés del pasaje no recae sobre el milagro en sí, sino sobre la postura de los agraciados, en particular sobre uno de ellos, sobre un samaritano agradecido. Diez leprosos viven y mendigan juntos el sustento de su vida. Uno es samaritano. La común desgracia les ha hecho olvidar sus diferencias y odios raciales. Todos acuden a Cristo. De lejos (no estaba permitido acercarse a la población sana) gritan pidiendo auxilio y salud para sus cuerpos que ya comienzan a descomponerse. Cristo accede a su petición. Deben ir, con todo, a presentarse a los sacerdotes. Éstos deben decidir si realmente están o no curados. Todos se encuentran sanos, todavía en camino a los sacerdotes. Uno sólo vuelve a dar gracias por el don recibido. Éste era un samaritano. Gran admiración y sorpresa de Cristo. Por una parte la gratitud del extraño; por otra la falta de agradecimiento en los de casa. El contraste es saliente y edificante. Ahí recae el interés del texto.

Jesús vincula la salvación a la fe. En Lucas la salvación reviste un aspecto particular. La salvación no es una mera salud corporal, material. La salvación lleva, aunque inicial, una nueva postura del hombre respecto a Dios. Aquí es la fe. El leproso no ha recibido sólo la salud: el leproso da gracias a Cristo, enviado de Dios. Hay un movimiento inicial de sumisión a Cristo, de salvación por tanto. La salud lo lleva a esa postura. Es un valor lucano.

Consideraciones

Haz memoria de Jesucristo, el Señor, ordena Pablo a Timoteo. Eso es lo que tratamos de hacer -y hacemos- en la celebración del misterio eucarístico. Jesús, el Cristo, el Ungido descendiente de David, el Señor de todo lo creado, está con nosotros. Recordamos en ese momento su muerte, su resurrección y su venida gloriosa como fiel retribuidor y como severo juez. Cristo salvador está con nosotros dispuesto a salvar. Cristo resucitado tiene poder para ello. Comencemos, pues, por el título de salvador, aunque no sea este tema el más sobresaliente de las lecturas.

A) Cristo Salvador.- Cristo es el hombre de Dios por excelencia, puesto para salvar. El evangelio lo pone de relieve en la curación de los leprosos. Las palabras de Pablo lo recuerdan de forma manifiesta: viviremos con él, reinaremos con él; la gloria eterna, lograda por Cristo Jesús. Esta salvación, que reviste a veces la forma de victoria, viene aclamada y aplaudida en el salmo responsorial. Salvación para todas las gentes. La gran victoria ha sido realizada por Cristo en su muerte y resurrección. El episodio de Naamán preanunciaba, ya en el Antiguo Testamento, la virtud salvadora de Dios a través de su hombre para todos.

B) Dentro del contexto de Cristo Salvador podemos distinguir algunos elementos de importancia:

1) Salvación sobrenatural: clarísimo en las palabras de Pablo: gloria eterna. Inicial en las palabras del leproso samaritano: la acción de gracias y la alabanza a Dios son ya el comienzo de la salvación. De igual forma la actitud del noble sirio. La curación de la lepra en ambos casos es el primer paso a la salvación del individuo en su totalidad. (¿Lepra = pecado? Sentido simbólico). A eso ha venido Cristo. El fin de su actividad no es simplemente curar los males, sino llevar al hombre a Dios. La confesión del príncipe sirio y la gratitud del leproso samaritano revelan la acción salvadora de Dios que opera ya internamente.

2) Obediencia-Fe. Obediencia a la palabra de Dios, representada por Eliseo para el magnate sirio, por Cristo para el leproso samaritano. Baste decir, respecto a Pablo, que el texto es en el fondo una confesión de fe. La fe salva. No podemos acercarnos a Cristo salvador sin fe. La fe nos abre a su acción salvadora. La fe es ya el comienzo de la salvación. Hay que dar gracias a Dios confesando su nombre.

3) Gratitud. El salmo responsorial lo presenta en forma de cántico. Naamán en forma de confesión: El único Dios, el Dios de Israel. El evangelio la pone de relieve: ¿No eran diez los curados? Gratitud a los beneficios recibidos de Dios. ¿No es la Santa Misa, la Eucaristía una acción de gracias? Este es el aspecto principal de las lecturas de hoy. Aclamación, acción de gracias, confesión agradecida.

La participación en los sagrados misterios debe efectuarse con fe. De esa forma podrá Cristo, Señor y Rey poderoso para resucitar y dar la vida eterna, salvarnos totalmente. La fe es ya el comienzo de la salvación. La gratitud y la aclamación son el ejercicio de esa misma salvación. La muerte de Cristo, con su resurrección, debe recordarnos nuestra muerte y nuestra resurrección. La confesión del nombre de Cristo ha de hacernos cambiar de postura; postura que puede culminar en el testimonio, en el martirio.

En la primera oración se pide la gracia de una disposición constante para obrar el bien. Es la nueva postura. En la segunda se ruega a Dios que la Eucaristía nos lleve a la vida eterna. Es la salvación completa. La tercera oración es más general: participar de la naturaleza divina. Aquí se comienza; allí se cumple.