Domingo XXVIII del tiempo ordinario

Primera lectura: Is 25, 6-10.

El autor intercala, en un himno de acción de gracias y un himno de ala­banza, un cántico que celebra la bondad de Dios, Señor del universo, ofre­ciendo un suculento banquete. El tema de la perícopa es, pues, el festín que prepara Dios a los hombres que siguen su voluntad. La descripción es poé­tica, fascinante. Solemnemente anuncia el profeta el contenido de la disposi­ción divina bajo la figura de un festín:

a) Exquisitez, abundancia, finura, excelencia. No se limita el Señor a sa­ciar el hambre y a calmar la sed. Va a calmar la sed y a saciar el hambre de una forma completa: abundancia de manjares exquisitos, derroche de vi­nos generosos.

b) Alejamiento y destierro de todo luto y duelo, de toda enfermedad y do­lor, destrucción de la misma muerte. El velo que cubre la humanidad entera de dolor y de luto va a ser destruido para siempre. Ni llanto ni lágrimas ni muerte.

Dios ofrece, pues, un banquete digno, un banquete capaz de aquietar y satisfacer las ansiedades y apetencias más profundas y dignas del espíritu humano. No habrá hambre ni sed (azotes perennes de la humanidad); no ha­brá llanto ni lágrimas (trabajos duros, enfermedades, guerras…); no habrá muerte (enemigo ineludible de la humanidad entera). Toda necesidad, todo dolor, todo límite que constriñe al hombre y le obliga a llevar una existencia lamentable, ha sido definitivamente alejado. Al espíritu humano se le ofrece el objeto para el que ha sido creado. El versillo nono declara que es Dios mismo la fuente de la alegría y del regocijo. Dios mismo es nuestra salva­ción. Nótese de pasada la suerte de Moab. Para ellos no hay alegría ni rego­cijo; no hay banquete. Ellos se han levantado contra Dios. Para ellos no hay salvación; les queda la muerte, el escarnio y la vergüenza.

La promesa de Dios sigue en pie.

Segunda lectura: Flp 4, 12-14.19-20.

Es aleccionadora la postura que toma Pablo con motivo de un donativo que le han hecho los Filipenses. Pablo se alegra en el Señor, no precisamente por la necesidad superada posiblemente por el donativo de los de Filipos, sino por el afecto que a él le tienen, expresado en el donativo. La necesidad ocupa un plano muy secundario en la vida de Pablo. Está avezado a todo. No le inquietan las necesidades. La aspiración suma y única de su espíritu es Cristo. Todo lo demás sobra.Él lo puede todo, en Él encuentra su fuerza. Por eso se alegra en el Señor y da gracias a Dios, que aumentará el premio de los donantes. De la acción buena de los Filipenses se alegra Pablo en el Se­ñor. Es Dios quien ha de proveer siempre.Él depende inmediatamente de Dios. Por eso está dispuesto a todo.

Tercera lectura: Mt 22, 1-14.

Cristo recuerda como inminente la promesa de Dios y la aplica a su per­sona. En Él, ofrece Dios a los hombres los bienes mesiánicos, bajo la figura de un banquete nupcial. En Él ofrece Dios la satisfacción de toda inquietud, la destrucción de toda calamidad, la vida eterna. Recuérdense las palabras de Cristo en San Juan: El que tenga sed que venga a mí y beba; Yo soy el Pan bajado del Cielo, quien come de este Pan no tendrá hambre jamás; Quien come mi carne y bebe mi sangre vivirá eternamente; Yo soy la Resu­rrección y la Vida, quien cree en mí no morirá jamás.

El llamamiento de Dios a participar de este banquete se extiende a todos. A los justos y a los pecadores, al mismo tiempo. Nótese que la invitación al banquete es signo de amistad. Dios ofrece su amistad a los hombres. Unos, los que se tenían por justos -sentido histórico- desechan la invitación, la de­sestiman, la desprecian; no les interesa. Más aún, se indignan, se sublevan, se levantan contra Él y matan a los enviados. La amistad de Dios se con­vierte en ira. El Rey los destruye. En lugar de amistad, de banquete y ale­gría se encuentran con la destrucción y la muerte.(Recuérdese en este mo­mento a los Fariseos y a todos aquellos que hacían depender su salvación exclusivamente de sus obras, del cumplimiento de la Ley. A éstos les sobra Cristo. Contra ellos reaccionará violentamente Pablo). Se consideran justos. Están satisfechos de sí mismos. Ellos se bastan a sí mismos. No se sienten necesitados -hambrientos-.

El segundo grupo lo componen los pecadores.Éstos se dan cuenta de su necesidad. Sienten acuciante el hambre y la sed. Acuden a las bodas. A ellos les ofrece Dios el Pan de vida eterna y el Vino que quita la sed para siempre. Es necesario sentir hambre para suspirar por el pan; es necesario experi­mentar la sed para correr a la fuente. Es necesario sentirse pecador para acudir a la salvación. Es el primer paso para la salvación reconocer la si­tuación de indigencia en que nos encontramos.

San Lucas especificará los motivos de la repulsa de los primeros. Se pre­fieren un par de yuntas de bueyes a la amistad con Dios.

San Mateo añade a la parábola una cláusula muy importante. El hombre que no lleva el vestido de bodas. Sea cual fuere el uso de la antigüedad a este respecto, la intención de Mateo es clara. Mateo dirige la parábola a los cristianos de su tiempo. Los pecadores están dentro de la Iglesia -Monte de Sión, de Isaías-; no basta entrar a las bodas. Es menester comportarse bien. Hay que observar una conducta intachable. Al banquete hay que ir con dig­nidad. El descuido culpable de uno puede echarlo todo a perder. Mateo no especifica cuál ha de ser el vestido de las bodas. Le basta con indicar el peli­gro de descuido.(Quizás se pudiera hacer aquí mención de la vestidura blanca del Bautismo). No se pueden pasar por alto la tinieblas exteriores. Hay aquí una oferta, las Bodas, y una amenaza, la muerte. No se puede ser indiferente.

Es oportuna una aplicación a la Eucaristía: Banquete, Cristo, Prenda de vida eterna, Dispensación de bienes que llevan a la Resurrección, Vestido digno.

Consideraciones:

Pablo Apóstol, dedicado a la evangelización, nos da el ejemplo de cuál debe ser nuestra actitud respecto a las necesidades materiales. Podemos pensar:

a) ¿Cuántas veces ponemos en primer plano, afectiva y efectivamente, la satisfacción de nuestras necesidades, deseos, caprichos, gustos particulares a la hora de ejercitar nuestro apostolado? No es extraño que no nos llene nuestra vocación. Es que Cristo no es el centro de nuestra vida. Ni buscamos ni encontramos, por consiguiente, en Él nuestra fuerza.

b) ¿Ya nos avezamos a la abundancia y a la escasez? ¿Dónde la ascesis del desprendimiento y de la unión con Cristo? Baste mirar a muchos del clero de hoy.