Domingo XXVII del tiempo ordinario

Primera Lectura: Ha 1, 2-3; 2, 2-4

Habacuc, uno de los doce profetas menores. Su profecía es breve y, por cierto, no exenta de dificultades. No sabemos a ciencia cierta los pormenores en que se desenvolvió el ejercicio de su misión. Las conjeturas son múltiples. Se da por seguro, con todo, que vivió los últimos tiempos del reino de Judá. El imperio asirio comenzaba a tambalearse. Otro imperio, digno contrincante del primero, hacía aparición en la escena política; salía a la palestra un competidor de envergadura: el pueblo caldeo, el imperio neobabilónico. Asiria acabará por ser barrida de la escena. Tampoco Judá podrá alegrarse por mucho tiempo. Nabucodonosor la destrozará con su pesada mano. En este marco histórico hay que colocar la profecía de Habacuc.

El pueblo de Judá sufre violencia (primera parte). ¿Es el mesías reinante el que oprime al pueblo? ¿Es la férrea férula asiria la que angustia al reino? La violencia clama al cielo. Se acerca el vengador. El profeta clama a Dios suplicando intervención.

Surge la figura de los caldeos. ¿Han sido ellos los encargados de castigar al violento? El remedio, sin embargo, no ha podido dar con la enfermedad. El pueblo caldeo se muestra tanto o más cruel que el anterior dominador. El profeta sigue suplicando y gimiendo. La respuesta a sus súplicas viene comunicada en una visión: El injusto tiene el alma henchida, pero el justo vivirá por la fe. Es el mensaje fundamental. El injusto no puede ser otro que el invasor. El invasor, aquí en este caso, no es otro que el pueblo caldeo, que se expande por toda Palestina. El invasor se ha henchido de soberbia y orgullo. No teme a nada ni a nadie. Dios no lo soporta. Ha dispuesto barrerlo como el viento leve que lo infla. El justo no es otro que el pueblo fiel. Su fe en el Dios vivo lo salvará. Sobrevivirá debido a su fe (en el Dios de Israel). En realidad no puede desaparecer el que se ha unido con toda su alma a la mano todo-poderosa del Dios Inmortal. Dios no permite que sus fieles perezcan. Es el gran anuncio. Anuncio que ha quedado grabado en la mente de todo buen israelita y que Pablo, a su tiempo, lo comentará.

El texto de Habacuc ha suscitado considerable eco en el Nuevo Testamento. Recordemos tan sólo a San Pablo en Rm 1, 17 y Ga 3, 11. También Hebreos lo trae en 10, 38. San Pablo se valió de él para exponer la doctrina de la justificación por la fe. Parece que la primitiva Iglesia lo contempló con cierto agrado. La salvación por la fe será uno de los grandes temas de la revelación de Jesús.

Salmo Responsorial: Sal 94

El salmo refleja un acto litúrgico. La primera parte de tono hímnico, la segunda de carácter oracular: alabanza y oráculo. La liturgia de hoy celebra los dos elementos. Alabemos a Dios, porque ha hecho maravillas, porque él es nuestro Dios y nosotros su rebaño. Pero no olvidemos escuchar su voz, no endurezcamos el corazón, no sea que se encienda su ira y nos destroce. Alabanza, respeto, docilidad y santo temor.

El estribillo nos invita a tomar una postura de fe y docilidad a la palabra de Dios. Dios nos conduce. Hay que dejarse llevar, por más que surjan y surjan dificultades. Dios puede con todas ellas. La parte hímnica lo recuerda. El endurecimiento, la prueba, la tentación hacen imposible la acción bienhechora de Dios. ¡Escuchemos su voz! ¡Nos va en ello la vida! El estribillo, pues, nos ofrece en forma de resolución la auténtica respuesta salvadora al Dios salvador: docilidad, seguimiento. Es la vida de fe, de fe viva. Queremos seguir a Dios, porque él es nuestro Dios y nosotros su rebaño, porque él es nuestro salvador. Queremos seguirle en grupo, como rebaño.

Segunda Lectura: 2 Tm 1, 6-8. 13-14

Timoteo ha sido constituido pastor. Ha sido colocado al frente de una comunidad cristiana. Se le ha encomendado una parte del rebaño del Señor. Timoteo debe cuidar de él. De él depende, en gran parte, la salud religiosa del pueblo: es su responsable. Y como responsable deberá responder de él ante el Señor que se lo ha encomendado.

Timoteo ha recibido la investidura de su oficio, la gracia y misión del pastoreo, en la imposición de las manos. Timoteo es un consagrado, ha sido ordenado para conducir al pueblo cristiano a las fuentes de la vida eterna. Es un don y es una obligación. Timoteo debe avivar el don recibido. Y avivar el don recibido significa: cobrar ánimo e infundirlo, proclamar la palabra de Dios y hacer callar al impío, actuar con energía y consolar con delicadeza, dar la cara por el Señor y guardar celoso el tesoro encomendado. Timoteo no debe conocer el miedo. Le precede el ejemplo de Jesús, el ejemplo de Pablo, y le acompaña y robustece la fuerza del Espíritu Santo que habita en su interior. Así queda delineada la figura del buen pastor: imitación, en lo posible, del Buen Pastor que, movido por el Espíritu Santo, dio la vida por las ovejas.

Tercera Lectura: Lc 17, 5-10

El texto evangélico consta de dos partes: el logion sobre la fe y la breve parábola del criado. No parece que tengan una relación íntima común. ¿Las quiso relacionar el evangelista?

Jesús pide fe, Jesús exige fe, Jesús recrimina la falta de fe, Jesús alaba la fe, Jesús... Jesús habla tanto y con tanta urgencia de la fe, que no dudan sus discípulos en ver en ella algo grande. Convencidos de la necesidad de la fe suplican a Jesús: Aumenta nuestra fe. Sencilla y preciosa petición. Los apóstoles piden fe.

La fe es algo grande, muy grande. Tan grande que es capaz de obrar maravillas. Jesús lo declara con una notoria hipérbole. La fe alcanza lo imposible. Lo que el hombre, en su inteligencia y voluntad, no puede conseguir, lo consigue con la fe. Los apóstoles necesitan fe, es decir, confianza en Dios. A Dios nadie lo ha visto nunca. Sin embargo, su voz llega a nosotros clara y limpia a través de su Hijo. Él es su voz y su Palabra. Las palabras de Dios -su Palabra- nos abren un mundo que está muy más allá de nuestros sentidos y alcances humanos. Por la fe comenzamos a ver, comenzamos a apreciar y comenzamos a caminar en este mundo nuevo, que es, en el fondo, la manifestación de Dios mismo. Por la fe caminamos asidos de la mano de Dios. Por la fe nos dejamos llevar. ¿Qué no podrá hacer uno, asido de la todopoderosa mano de Dios? ¿Qué viento, tormenta o huracán podrá zarandearlo o arrebatarlo de las manos de Dios? Quien tiene fe se comportará, como Dios se comporta. Quien tiene fe vivirá la vocación cristiana en toda su perfección e integridad, pues descansa en Dios. Nada podrán contra él ni el enemigo demonio ni el mundo ni la carne. Los apóstoles piden fe. Pidamos y supliquemos la fe. Nos es necesaria: para ver, para sentir, para obrar.

La parábola que sigue sólo puede entenderse dentro de las costumbres de entonces. El criado es un siervo. El siervo es un esclavo. El esclavo no goza de libertad. El esclavo, en otras palabras, no es un hombre libre. El esclavo depende en todo y para todo de su señor. Su deber y obligación, su condición es servir al señor en todo aquello que éste le exija y requiera. El esclavo no puede tener pretensiones. Nada se le debe por cumplir su obligación. Si no cumple, se le castiga; si cumple, no se le premia. Si viene del campo, si viene de la granja, si viene de un servicio cualquiera y a continuación se le ordena otro, nada hace de extraordinario; se guardará muy bien de protestar. Es su oficio, es un siervo, un esclavo. Así las cosas en aquel tiempo.

La parábola sirve para ilustrar la actitud que debe guardar el cristiano respecto a Dios. El cristiano es un siervo, una criatura, un ser dependiente. Y lo es bajo todo concepto. ¿Qué tiene que no le venga de su Señor? No debe olvidarlo nunca. Le ayudará a no dar malos pasos. Después de haber hecho todo, piense que sólo ha hecho lo que tenía que hacer. Es una auténtica postura religiosa y cristiana. Una actitud así le obligará a comprender mejor al hermano.

No se dice, ni se quiere decir en la parábola, que Dios sea u obre como un tirano; ni que se desentienda de su siervo. Otras parábolas nos hablarán con verdadero énfasis del amor y de la ternura de Dios por sus criaturas. Aquí se expresa tan sólo una verdad palmaria: el siervo es siervo y debe conducirse como tal, sin pretensiones ni exigencias. Es una réplica severa al concepto de retribución que cultivaban los fariseos. Por mucho que hagamos o hayamos hecho, nada nos debe Dios. Hicimos lo que debíamos y quizás menos de los que debíamos. Dios no es ni puede ser en ningún caso nuestro deudor. Nosotros no podemos obligar a Dios en justicia. Él es el Dueño y nosotros somos los siervos. El cristiano, aunque hijo, no debe olvidarlo. No se habla aquí del valor de las obras. Se suponen buenas. Se habla sin más de su carácter obligante: no tienen ninguno.

Consideraciones

Podríamos comenzar hoy por el estribillo del salmo responsorial: Escucharemos tu voz, Señor. El verbo, en futuro, expresa una decisión firme y seria: queremos y nos proponemos escuchar la voz del Señor. El número, en plural, denota un acto en común, un acto comunitario. Y tanto lo uno, -decisión-, como lo otro, -comunitaria-, se presentan hoy día como urgente y necesario. Hay muchas fuerzas que amenazan y minan implacablemente la fe cristiana. Pensemos en las transmisiones televisivas, en las emisiones radiofónicas, en los libros y revistas de divulgación y recreo, en los alicientes de una propaganda de la vida fácil... Urge actualizar la decisión de la fe y urge actuarla de forma comunitaria. No es la fe lo que actualizamos: es nuestra fe lo que queremos revitalizar. La amenaza es para todos en cuanto todos, es decir, en cuanto comunidad cristiana. Debemos animarnos, debemos ayudarnos mutuamente, debemos defender y vivir nuestra fe común en común. Escucharemos tu voz, Señor. El culto es el mejor momento.

El cristiano ha tomado una resolución fundamental: escuchar la voz del Señor. Es lo que define delante del mundo. Los poderes de este mundo presentan un programa y una acción que, aunque atractivos y seductores, se esfuman y pasan. No son capaces de sostener la irresistible corrosión de los tiempos. Son el mundo. El hombre de fe, el cristiano, asido a la mano de Dios, supera todas las tormentas. La fe lo salva. El justo vive y vivirá por la fe. Es palabra de Dios y la palabra de Dios permanece para siempre. El fiel, asido a ella, permanecerá para siempre.

Queremos escuchar la voz del Señor, queremos seguir sus consignas, queremos ser su rebaño. El Señor es la Roca Firme. ¿Quién temerá? Queremos ver, sentir, pensar y querer como Dios ve, siente, piensa y quiere. De esa forma permanecerán nuestro pensar, sentir y querer para siempre. Escucharemos la voz del Señor: en ello nos va la vida, como personas y comunidad. La fe en Dios nos mantiene en vida, nos mantiene hermanos.

El típico hombre de fe viene presentado por la segunda lectura. Hombre valiente, hombre sin miedo. Hombre seguro de sí mismo, decidido. Hombre trabajador, hombre generoso, servicial y entregado al prójimo. El hombre de fe no tiene nada que perder en este mundo y tiene mucho que ganar. El hombre de fe es optimista. Camina hacia cumbres más altas, respira aires más puros. El hombre de fe no va solo, lo lleva y conduce la fuerza del Espíritu Santo. Es un desafío a los tiempos. Ante un mundo materializado y corrompido se presenta la fe como una renovación y una superación: como la salvación del hombre. No hablará de otra cosa San Pablo en sus cartas.

Con la fe somos capaces de obrar maravillas. Y no cualesquiera, sino la gran maravilla de ser todo unos hombres, todo unos cristianos, todo unos hijos de Dios. La fe nos hará ver más allá de lo que pueden ver nuestros ojos. Con ella apreciaremos las cosas en su justo valor. La fe nos conformará a Cristo; seremos capaces de repetir su obra, la gran maravilla de Dios. En ella vencemos al mundo en todas direcciones. Quien escucha la voz de Dios escucha a Cristo, la Voz de Dios. Y quien escucha a Cristo se hace con él y en él voz de Dios. Somos voz y testimonio, grito y proclama de realidades auténticas superiores que dignifican a la persona, levantan la sociedad y alcanzan a Dios. Urge avivar la fe, avivar la gracia que hemos recibido en el bautismo. Hay que combatir, edificar y vivir. Y sin fe pereceremos para siempre. Señor, aumenta nuestra fe Una oración que no debemos olvidar.

El hombre de fe confía en Dios y no confía en sí mismo. El hombre de fe reconoce su debilidad y confiesa la fuerza de Dios. El hombre de fe se reconoce criatura y siervo. Sería la segunda parte del evangelio. Somos siervos. Conviene meditarlo y no olvidarlo en ningún momento. Quien se considera siervo de Dios se considera también siervo de los hombres. El siervo de Dios no comete injusticias; no es presuntuoso, no es petulante, no es intransigente; no es pretencioso ni conoce la envidia; sabe respetar, sabe honrar, sabe querer y servir. El siervo de Dios es agradecido, humilde y reverente. ¿Qué somos ante Dios? ¿Qué tenemos que no lo hayamos recibido? El siervo escucha la voz de su Señor, que promete y amenaza. Promete la vida eterna, cuando se le obedece. Amenaza con el castigo eterno, cuando se le desoye. El siervo sabe que el mismo Señor se sentará a su lado y le servirá la cena, si lo espera vigilante. Lo sabe porque lo cree y lo cree porque escucha la voz del Señor que se lo promete. Sabe que el Señor no es un tirano, sino un padre. Sabe que lo ama de forma inefable. El siervo lo sabe y lo acepta. Pero también sabe que es indigno e inmerecedor de tales bondades. El siervo conoce su condición de criatura y la vive en obediencia agradecida, en humildad edificante, en modestia servicial y en atención delicada y seria. El siervo viene a ser el hombre perfecto que sabe amar y dejarse amar de Dios. No olvidemos que para ser buenos hijos -y hermanos unos de otros- debemos ser buenos siervos y que, para alcanzar un buen servicio, debemos ser buenos hijos -y hermanos-. Jesús fue Hijo de Dios y Siervo.