Domingo XXVI del tiempo ordinario

Primera Lectura: Am 6, 1. 4-7

Continuamos leyendo al profeta Amós. Y continuamos en el mismo pensamiento: condenación del pueblo de Israel. La seguridad de este pueblo es la seguridad del avestruz, que esconde la cabeza para no ver el peligro. El pueblo de Israel no quiere ni puede ver: se ha quedado ciego. No quiere ni puede sentir: su corazón se ha endurecido, está yerto. Su culto es una constante provocación, y sus obras una constante injuria a todo lo divino y humano. Su confianza, como su culto y sus obras, es vana e irritante. El monte de Samaría, un puñado de viento. La ira de Dios lo va a dispersar a otros reinos. (Véase el domingo pasado).

La lectura de hoy comienza con un ¡Ay de...! para terminar con un drástico Se acabó... El ¡Ay de...! es lamento, es acusación, es amenaza y es duelo. De todo hay en la voz del profeta, de todo hay en la voz de Dios. Dios condena la conducta de Israel, se duele de su ceguera y lamenta las injusticias que lo han minado. Dios acusa y Dios amenaza. Dios acusa a los magnates, a los ricos, a los viciosos. La vida licenciosa que llevan es una constante provocación a su ira. La orgía, el lujo desmesurado, la crápula han llegado ya a un límite irrebasable. El escándalo va a terminar muy pronto, muy pronto. Dios ha decretado ya el destierro. Los licenciosos irán a la cabeza de los cautivos.

Hombres que han hecho de este siglo «su siglo». Hombres que han cifrado en el disfrute de los bienes de este mundo su ideal y su gloria. Hombres que han vivido tan sólo para el placer y la orgía. A esos hombres les espera la más dolorosa y desgarradora sorpresa: ¡Ay de ellos! ¡Todo se acabó! Va a cambiar la suerte: se los tragará el destierro, la esclavitud, la necesidad y la ruina. Pobres los que llenaron su corazón de tierra: todo se ha convertido en barro. Pobres los que amontonaron, con la opresión del pobre, tesoros en sus quintas y palacios. Ha llegado el día de la cuenta: se acabó la orgía. Queda tan sólo el dolor y la muerte. El lujo se le había hecho a Dios insoportable.

Salmo Responsorial: Sal 145

Salmo de alabanza. El estribillo la recuerda y la actúa: Alaba, alma mía, al Señor. Los motivos la fundamentan. En este caso muy significativos: Dios atiende al necesitado. Dios es libertad para el cautivo, justicia para el oprimido, pan para el hambriento, luz para el ciego, firmeza para el débil, cobijo de la viuda, sustento del huérfano y defensa del peregrino. ¡Qué maravilla! Dios reina sirviendo al necesitado, salvando. Dios reina sembrando el consuelo y la vida. Ese es nuestro Dios. La misma idea aparecía en el salmo del domingo pasado. ¿Por qué no ganarnos nosotros la alabanza de Dios imitando sus obras? Sería el revés de la queja de Amós. Jesús lo realizará plenamente. La mejor alabanza es encarnar los motivos de alabanza.

Segunda Lectura: 1 Tm 6, 11-16

Timoteo recibe un hermoso título de boca de Pablo: hombre de Dios. Título que conviene a todo cristiano consciente de su vocación y de su destino. El cristiano se sabe nacido de Dios, por la fe en Jesús, en el bautismo. Camina hacia Dios y reposará un día en Dios para siempre. Siervo de Dios en todo momento y ocasión. Si esto vale de todo cristiano, más todavía de Timoteo, pastor de la Iglesia.

El hombre de Dios camina en Dios, vive en Dios, suspira y trabaja por Dios. Dios es todo en todo momento. El hombre de Dios no es hombre de este mundo. Su vida transcurre bajo otro signo. Es expresión viva de la más radical consagración a Dios. El hombre de Dios vive la fe de Abraham, la esperanza de Moisés, la dedicación del profeta. El hombre de Dios reproduce, en cuanto cabe, la imagen del Siervo de Dios por excelencia, de Jesús, el Testigo Fiel.

El hombre de Dios es hombre de fe y de religión. Toda su vida lo transparenta: Dios en todas y sobre todas las cosas. Dios en quien cree, Dios en quien espera, Dios a quien obedece aun en los momentos más duros de la vida, es el que impregna su ser y su conducta. El hombre de Dios es fiel. Y porque es fiel es también hombre de paciencia. La fe se prueba en la paciencia. El hombre de Dios la posee y la practica. Y la practica heroicamente. Ha de librar un fiero combate. Y el hombre de Dios lo libra con denuedo y entereza. Es todo un combate que lo llevará a la vida eterna. La paciencia lo sustentará en la lucha.

El hombre de Dios practica la justicia: obra el bien. El hombre de Dios es misericordioso, sabe tratar con delicadeza y respeto. Su norma es el amor, el amor en sus mil expresiones y formas. Sabe compadecer, sabe atender, sabe perdonar.

El hombre de Dios es un testigo de lo alto, es la voz del Señor. Su vida grita y vocea el mundo divino al que por la fe en Cristo ya pertenece. Es un testimonio vivo de la transcendencia y del destino sobrenatural del hombre. El bautismo lo ha consagrado a ello. La ordenación (Timoteo) lo ha comprometido de forma especial. Es un Cristo en pequeño. Es en cierto sentido la encarnación de Cristo. A Timoteo le compete de forma especial conservar sin tacha ni mancha, hasta la muerte, el Evangelio de Cristo. Ha de dar testimonio de él ante propios y extraños. Hasta delante de los poderes públicos, como lo hizo Cristo. Cristo Jesús, el Señor, le otorgará el premio merecido.

Surge, al fondo, con tal ocasión la figura de la Parusía del Señor. Y ante ella se ilumina el rostro del creyente, salta el corazón del amante y cantan los labios del apasionado siervo del Señor un himno sentido al Rey y Soberano del universo: a Cristo Jesús, a quien sea la gloria y el poder por siempre jamás. Amén. Así nuestra vida cristiana toda.

Tercera Lectura: Lc 16, 19-31

La parábola del rico epulón y del pobre Lázaro. Parábola singular bajo diversos aspectos. No es una semejanza en forma de relato; es más bien un relato que sirve de ejemplo. No se trata tampoco, al parecer, de un caso concreto conocido por los oyentes, por más que aparezca, de forma sorprendente, el nombre propio de Lázaro. ¿Quién conoce, en efecto, los misterios de ultratumba? Jesús tampoco quiere revelarlos. Se mueve, además, toda ella dentro de la mentalidad religiosa judía del tiempo: el hades, el seno de Abraham... Falta la conclusión a modo de aplicación. Uno echa de menos también los motivos de la condenación del rico y de la salvación del pobre. No aparecen explícitamente. No vemos por ninguna parte tampoco los rasgos típicamente cristianos. Al menos no aparecen de forma expresa. Veamos, con todo, lo más saliente.

Resalta, en primer lugar, la figura del rico. La parábola lo llama epulón. Queda así suficientemente caracterizado. El rico es un hombre de este mundo y para este mundo. Come, bebe, banquetea, se entrega de todo corazón a los placeres que le depara esta vida. Ni siquiera para mientes en la presencia, a las puertas de su casa, del pobre Lázaro. No parece que tratara mal u odiara a este pobre mendigo. En realidad, ni siquiera existe en su vida, teniéndolo tan cerca. Que esta conducta implica una actitud moral degradada viene declarado por el hecho de que, una vez en el Seol, admite como justa su suerte. No piensa que se le haya hecho injusticia alguna. Este rico es un impío, un ateo práctico. La opinión, común entonces, de que la abundancia de bienes es expresión de la benevolencia divina o premio de las buenas acciones, queda aquí malparada. El rico de esta parábola parece completar la figura de aquel hacendado rico que se consolaba diciendo Come, bebe... y a quien se le dijo Idiota... (Lc 12, 19).

Como contraste, la figura del pobre Lázaro. Pobre, y pobre bajo todo concepto. No tiene bienes, no tiene comida; pasa necesidad extrema. Por no tener, no tiene ni quien le dé las migas que se arrojan al suelo. No hay quien se interese por él. Le falta la salud; está lleno de llagas. Hasta el pedir limosna le resulta difícil, pues está enfermo, y la enfermedad le dificulta el caminar y le hace abominable ante los demás. Los perros, incapaz de defenderse, son sus asiduos compañeros. El perro no es aquí el fiel amigo del hombre sino el animal inmundo que vive medio salvaje, se alimenta de desperdicios y porquerías, en contacto siempre, como aquí, con inmundicias. El pobre Lázaro pasaría para muchos por un maldito de Dios. La parábola, no obstante, al colocarlo en el seno de Abraham, supone tratarse de un hombre de Dios, de un hombre piadoso. Es en todos los aspectos la figura contraste del rico.

Cambio de suerte.- El rico no pudo llevarse nada de sus riquezas. Todos sus goces y deleites quedaron atrás, aquí en la tierra. Todo cambió. Hasta su despreocupación quedó trastornada. Ahora sufre y sufre indeciblemente. Tiene sed y no puede apagarla él, que banqueteaba diariamente. Está sumido en los tormentos más horribles él, que no desperdiciaba placer alguno. Ahora recuerda a Lázaro, a quien no se dignó mirar en vida. Ahora suplica angustiado al pobre mendigo, a quien no se molestó por dar las migajas caídas de su mesa. Ahora invoca a Abraham, a quien desconoció prácticamente durante su vida. Ahora se preocupa de la suerte de sus hermanos, quien en vida no entretuvo el menor pensamiento sobre ello. No le ha valido ser rico, ni ser tenido por bendito, ni ser hijo de Abraham. Abraham no puede escucharle. El tenor de vida que ha llevado en este mundo, lo ha sepultado en el abismo de la desesperación y del sufrimiento más horribles. El rico ha acabado desastrosamente.

El pobre Lázaro, que se arrastraba impotente por los caminos y puertas ajenas, está sentado en el seno de Abraham. Ha sido recibido en las eternas moradas; ha obtenido el puesto de honor; está a la cabeza de los comensales, junto al padre Abraham. El que pasaba necesidad se ve colmado de dicha. El enfermo y abandonado aparece glorioso y glorificado. Fue pobre, ahora es rico. Sufrió mucho, ahora goza indeciblemente. Fue humillado -los perros le hacían compañía-, ahora es honrado y glorificado. Es solicitado como ayuda aquél a quien nadie miraba en vida. Dejó de ser pobre; es rico para siempre.

Ha habido, pues, un cambio. Un cambio radical, impensado, sorprendente. Los dos han entrado en la realidad nueva, en la auténtica, en la que queda. La vida en la tierra huyó como un sueño; queda ahora la verdad eterna. Un abismo infranqueable separa para siempre a estos dos protagonistas. El contraste de situaciones responde, sin duda alguna, aunque no se diga explícitamente, a otro contraste de actitudes. El rico vivió impíamente; el pobre en piedad.

Las riquezas son inútiles, no garantizan la vida, no aseguran el más allá (parábola del 12, 19). Más aún -parábola presente- las riquezas son perniciosas, pueden perder, y perder para siempre. Así le sucedió a este rico. La abundancia lo materializó, lo endureció, lo hizo impío. ¡Pobre de él! La enseñanza es clara: ¡Atención a las riquezas! ¡Son perniciosas! (Estamos en Lucas).

Es interesante la respuesta de Abraham a la repentina solicitud del rico por sus hermanos. Es inútil recurrir a milagros. Han de ser malamente entendidos por aquél que tiene endurecido el corazón. Por otra parte, la voluntad de Dios, expresada en la revelación, basta para orientar y mover al individuo a un comportamiento digno y religioso. Al hombre materializado no le mueven ni los milagros. Situación, pues, dramática, por no decir trágica, la del que vive de y para este mundo. ¡Ay de los ricos! dirá Jesús. Conservemos ese ¡Ay de! como una seria advertencia. La parábola la subraya.

Consideraciones

(Continúa el pensamiento del domingo pasado).

El evangelio ofrece hoy el pensamiento base. La parábola del rico epulón y del pobre Lázaro, como aquella del rico hacendado a quien se le dijo ¡idiota!, expresa un juicio, una sentencia divina. Ante Dios nada cuentan las riquezas, los honores y los poderes. Más aún, las riquezas comprometen, con suma frecuencia, la salvación eterna del hombre. Las riquezas lo hacen, por lo común, impío e irreligioso. Es el caso de la parábola. ¡Cuidado con las riquezas! Dios condena la vida del rico epulón, la vida de lujo, de placer, de orgía y de crápula (primera lectura). Todo pasa. Sólo el Juicio de Dios queda. Se acabaron las orgías de Samaría, se acabaron las comilonas del epulón. No supieron atender al pobre, respetar al humilde, compadecer al necesitado. ¿Qué queda ahora? La ruina eterna. Es un serio aviso, es una grave advertencia.

En nuestras comunidades, en nuestros pueblos, en nuestras naciones de adelanto ¡cuánto lujo no hay! Pensemos en los necesitados, que quizás yacen a nuestras puertas. Pensemos en los pueblos que llamamos subdesarrolla-dos. ¿No es todo ello un escándalo? ¿No nos estamos materializando misera-blemente? ¿No estamos perdiendo el sentido de lo religioso, de lo bueno y piadoso, por el aferro desenfrenado a las riquezas y disfrute de este mundo? Nos vendrá la ruina. Nos lo aseguran, para este mundo la primera, para el otro la tercera de las lecturas. Dios atiende al desvalido (Salmo).

El hombre de fe se comporta de otra forma. Una buena descripción la encontramos en la segunda lectura. Basta leerla para deducir algunas consecuencias. ¿Dónde está nuestro testimonio? ¿Somos hombres de Dios, hom-bres de justicia, de fe, de amor y delicadeza? ¿Tenemos la valentía de vivir cristianamente? ¿Guardamos vivo en nuestra vida el evangelio recibido? De nuestro testimonio han de vivir otros. No lo olvidemos. Al final de la vida nos espera Cristo, el Señor. Entonces el premio o el castigo. La moderación es también una virtud cristiana. Sepamos observarla.

No estará de más fijarse en la figura de Lázaro, pobre pero piadoso. El salmo puede adornar ese pensamiento. Dios atiende al necesitado que confía en él. Es una gran enseñanza y un gran consuelo. Dios es la esperanza del pobre. Al fin de los tiempos lo veremos.