Domingo XXV del tiempo ordinario

Primera Lectura: Am 8, 4-7

El más antiguo, al parecer, de los profetas «clásicos» escritores. Contemporáneo de Oseas. Profeta por elección divina, no por institución monárquica o iniciativa personal. Oriundo de Judá, predicador en el reino del norte.

Israel gozaba por aquel entonces de gran prosperidad. La coyuntura política le era favorable: ningún imperio poderoso a sus flancos, éxitos bélicos en los pueblos vecinos, relaciones comerciales con Fenicia, señor de la «vía del mar», años de buenas cosechas. Israel se sentía seguro y dueño de la situación. El bienestar material iba acompañado de un florecimiento cultual extraordinario: templos ampliamente frecuentados por el pueblo, ricamente dotados por la monarquía, adornados de culto espléndido. Todo parecía ir bien. Se respiraba holgura y optimismo. El Dios Yavé protegía y bendecía a su pueblo. El Pacto del Señor lo hacía invencible y seguro. El Dios de Israel saldría siempre en su defensa. Lo garantizaba la esplendidez del culto. El Día del Señor era su esperanza más firme y segura.

Pero el Día del Señor se convirtió en la amenaza más negra y oscura. Su esperanza era falsa, como falsa su vida y su conducta. El Dios de Israel no se sentía a gusto en su pueblo. Ni su culto le agradaba, ni sus palabras le honraban, ni sus obras le satisfacían. Era todo pura farsa, máscara engañosa de una situación trágica. Aquel pueblo era un pueblo malvado: la justicia pisoteada, la moral olvidada, el culto paganizado. Había grandes ricos que vivían en el lujo más escandaloso y pobres que se revolcaban en la más lamentable miseria. Diferencias inaguantables en un pueblo de hermanos. Más aún, los primeros abusaban y explotaban sin compasión ni miramiento a los segundos. Falseaban las medidas, torcían el derecho, compraban a los jueces, vendían al hermano. El Pacto había sido gravemente quebrantado, tanto en la vida moral como en la religiosa. El texto de hoy habla del primer aspecto. El pueblo, que había surgido hermanado de las manos de Dios, había degenerado en crímenes, opresión y desprecio. La comunidad santa había dejado de ser santa, por más que el culto estuviera adornado de esplendor y boato. Aquel pueblo no era el pueblo de Dios. (Dios no lo va a permitir). El profeta anuncia intrépido el Día del Señor, que respira fuego y cólera. Dios no va a olvidar aquellas acciones. Años más tarde caerá, para no levantarse más, bajo la dura mano de Asur. Dios cumplió su amenaza.

Falsedad en las palabras, falsedad en la conducta, falsedad en la religión: robo, corrupción y desprecio. Codicia y avaricia. Un pecado capital. Capital, en el fondo, también la enfermedad. Y capital fue el castigo. El reino del norte se hundió descabezado.

Amós espiritualiza así la religión, subrayando el carácter ético y humano sobre el mero cultual. Cristo ahondará más en este sentido: justicia y amor fraternos.

Salmo Responsorial: Sal 112

Salmo de alabanza.- Dios es digno de alabanza. Es digno de bendición. El Señor es Señor de todos los pueblos. Todos han salido de sus manos. Todos viven de su aliento. Todos caminan hacia él. Él está sobre todos ellos. Transciende toda la creación. Pero el Señor se abaja para mirar su obra. ¿No es esto maravilloso? La sorprendente condescendencia divina. Dios se abaja, sí; y se abaja para tomar y asir al más bajo, al más humilde, al más pobre. Sólo él puede hacerlo. Así muestra su grandeza. Dios es grande saliendo en defensa del más pequeño. Es clásica la figura del Dios de Israel, que sale en defensa del pobre, de la viuda, del huérfano y del peregrino. Dios se abaja para levantar. Es un Dios elevador y salvador. La historia de Israel está sembrada de multitud de ejemplos. Basta pensar en Samuel, Saúl, David...

Cristo es la más maravillosa expresión de la condescendencia divina. Dios se abaja, haciéndose hombre, para llevar consigo a lo alto de la humanidad entera El amor de Dios a los pobres y humildes se hace carne en Cristo. Por eso alabamos y bendecimos al Dios de tanta condescendencia. ¡Bendito sea Dios!

Segunda Lectura: 1 Tm 2, 1-8

La Iglesia pretende ser -y es- la realización concreta, viva y vivificadora del Reino de Dios en la tierra. Especialmente en el culto. El culto mira a Dios, el Dios Único; recuerda su Obra: la salvación en Cristo; y la realiza, extendiendo sus brazos bienhechores a todos los hombres.

La Iglesia organiza su culto. (Así el texto leído). La oración cristiana es por naturaleza universal. Universal, por sus miembros, pertenecientes a toda raza, estado social y edad. Universal, por la extensión a todos de la vida que la anima. La Iglesia es católica, es de todos, ora por todos. Es la expresión de la voluntad del Padre.

Uno es Dios, uno el Mediador. Uno el Dios de todos, uno el Mediador y Salvador de todos. Dios ama a todos y, por todos, se ha entregado su Hijo amado. El Dios Uno lo abarca todo y todo, en Cristo, vuelve a él en forma de uno. La Iglesia reúne a todos; la Iglesia ora por todos. Por todos y para todos la salvación y la bendición de Dios en la Iglesia. La Iglesia es ese uno hermoso en Cristo que devuelve, hecha carne, la bendición que envió el Padre.

En concreto hay que orar por los que dirigen los destinos de los pueblos. Éstos, por más que persigan al cristianismo, no han dejado de ser mirados por Dios con interés y misericordia. El Señor, que se entregó por todos, abre nuestros labios para rogar por todos. La Iglesia gozará de tranquilidad, especialmente interna, cuando cumpla su misión salvadora: orar por todos, aun por los perseguidores. Dios hará descansar sobre ella su bendición eterna.

Que todos se salven; que todos lleguen al conocimiento de la verdad. No pide otra cosa el Padrenuestro. Así realiza y continúa el cristiano la obra salvadora de Cristo. La ira-venganza y la división no las quiere Dios. Ante un Dios y un Mediador no es la escisión ni legítima ni cristiana. Todos una sola cosa en Cristo para el Padre y en el Padre. El culto lo realiza y expresa en la oración universal por todo el género humano, en especial por los que rigen la tierra. Es cristiano y agradable a Dios.

Tercera Lectura: Lc 16, 1-13

Desde hace algún tiempo vienen notando los autores que las parábolas de Jesús, lejos de ser relatos ficticios, responden por lo general a sucesos o costumbres bien conocidos por los oyentes. Resultan así más inmediatas, ilustrativas y eficaces.

La parábola de hoy es transparente. Un administrador infiel. Un administrador que ha mermado, solapadamente, la hacienda de su dueño. ¿Caso extraño en aquellos tiempos? ¿Algo inaudito en los nuestros? Ha habido un soplo, una denuncia. Y el señor, que vivía lejos, en la ciudad procede en consecuencia. El administrador debe dar inmediatamente cuenta de su administración: va a ser despedido. El administrador se ve en un grave apuro. ¿Qué hacer? Se le presentan como posibles dos caminos de salida: cavar o pedir limosna. Ambos duros y en realidad impracticables. El administrador no piensa en ganarse de nuevo al amo. Ese camino no tiene salida. En situación tan desesperada, de vida o muerte, encuentra el administrador una solución que lo saca del aprieto: ganarse a los acreedores de su dueño. Y el administrador se los gana, rebajando la cantidad que adeudaban. Paso sagaz, audaz y decidido. El administrador ha sabido salir airoso. Y eso es precisamente lo que alaba la parábola. No se aprueba su nuevo robo, sino la decisión audaz y astuta que lo ha librado de la ruina.

El amo así lo entiende. ¿Qué amo? ¿El amo de la hacienda? Es difícil de creer que quien se ha visto constantemente defraudado se complazca ahora en un fraude mayor, por muy astuto y sutil que sea. Así no se comporta ningún dueño de este mundo. Detrás de la palabra señor, que trae el texto, se esconde no el dueño de la hacienda, sino el Señor, Jesús. Jesús es el que alaba la astucia y sagacidad de este administrador infiel. La enseñanza es: la sagacidad de los hombres de este mundo, que viven de y para este mundo, se echa de menos en los hijos de la luz. Éstos debieran poseer una decisión semejante en lo tocante al Reino de Dios, y no la tienen. Es de admirar la sagacidad de los hombres de este mundo y es de admirar también la falta de sagacidad en los hijos de la luz. ¿Se alude aquí, en su sentido original, al pueblo judío, pueblo elegido, preparado por los profetas para los tiempos mesiánicos, que no acaba de ver la seriedad e importancia del momento que vive? Puede que sí. No es la única vez que Jesús les reprocha su inconsciencia. Algunos autores -van siendo ya muchos- consideran la «rebaja» de la deuda a los deudores, no una sustracción al dueño, sino una renuncia personal a los derechos propios de administrador. Así las cosas, importa poco quién alaba su acción, pues es, a todas luces, atinada. Ese renunciar a sus propios derechos en beneficio de otros, para conseguir acogida, es así edificante e ilustrativa para el cristiano. Aprende a usar bien de las cosas.

Pero también para el lector cristiano encierra la parábola una importante enseñanza. El cristiano vive en una situación que con frecuencia menosprecia, es decir, no aprecia debidamente. El cristiano es una criatura nueva. Vive en Dios y respira de la luz. Es una vocación excelsa. Hay que vivirla. El tiempo apremia, el tiempo pasa. Hay que poner en juego todos los resortes de la vida para realizar a la perfección la misión encomendada. El cristiano olvida con frecuencia la seriedad e importancia de su vocación. Es la queja de Cristo.

Los pensamientos que siguen guardan con la parábola una relación varia, a veces, tan sólo de sonido.

Ganaos amigos... Las riquezas se consideran en general injustas, o porque se adquieren injustamente, o porque se emplean mal, o porque destrozan el corazón del que las posee, o porque son origen de muchos males. Las riquezas suelen endurecer los corazones, vaciarlos de todo sentimiento piadoso y humano; suelen materializar la vida entera. Pensemos en la codicia y avaricia, males capitales por excelencia. Las riquezas sólo son buenas, cuando, buenamente adquiridas, se emplean bien. Y se emplean bien, en general, cuando son expresión de una obediencia incondicional a Dios y de un amor que llega al prójimo. Aquietan las necesidades propias y ajenas (¡No los lujos propios o ajenos!). El os reciban se trataría de los amigos, y éstos no pueden significar sino a Dios. Dios es el único que puede recompensar y recibir en las eternas moradas. El buen uso de las riquezas -caridad en todas las direcciones- es un acto de prudencia y de sagacidad cristianas. El pensamiento empalma así con la enseñanza de la parábola. Al rico le urge un comportamiento que lo salve de la catástrofe: emplear cristianamente los bienes. Hace falta decisión, agilidad y soltura. A la hora de la muerte -pedir cuentas- puede quedarse sin nada: sin amigos que lo reciban y sin riquezas. Somos administradores y el Señor nos va a pedir cuentas.

El pensamiento siguiente está un poco más alejado de la enseñanza de la parábola. Sirve de contrapunto y suena a proverbio. El administrador deja de ser modelo para pasar a ser mal ejemplo. ¡No caer en el peligro de ser despedido! Hay que mostrar fidelidad en lo poco, en lo pequeño, para no merecer la acusación de ser infiel en lo mucho y grande. Quien no toma con seriedad este aviso acabará con las manos manchadas de injusticias y robos. El juicio, el ajuste de cuentas, ha de ser riguroso y severo. La fidelidad en lo poco garantiza la fidelidad en lo mucho. Es de sentido común.

La enseñanza que sigue guarda relación con el último pensamiento. Vuelve el tema del dinero. (Estamos en Lucas). Vil es el dinero -¿quién lo diría?-, que delante de Dios no soluciona nada. Injustas y despreciables las riquezas. Si un cristiano -ciudadano de otro mundo- no lo desprecia por vocación, si se muestra infiel en su uso, ¿cómo podrá usar bien de los auténticos? ¿cómo se le podrán confiar los bienes celestes y eternos, que no se ven, cuando no sabe usar rectamente de los pasajeros y caducos, que se ven? ¿Podrá quizás apreciar la seriedad e importancia del tesoro divino encomendado, cuando no conoce el valor de lo terreno? Cuando no se sabe responder de los bienes ajenos -pasan, no son el destino del hombre- no espere uno conseguir el goce de los propios, preparados por Dios para siempre. Dios no confía sus dones propios a aquellos que no saben usar rectamente de los que les son ajenos. En otras palabras: Dios no otorga sus bienes sobrenaturales eternos a quien no usa bien y debidamente de los bienes naturales y terrenos. Lo uno excluye a lo otro. El último pensamiento lo pone de manifiesto: No se puede servir a Dios y al dinero. El que sirve al dinero sirve al dios del Dinero. Ese no puede servir a Dios que no es el dinero. Quien sirve a Dios se ve libre de la esclavitud del dinero. Servir a Dios es reinar. Servir al Dinero es servir al dios de este mundo, al Dinero, al Diablo. Dos poderes antagónicos que se disputan el gobierno del hombre. Uno para salvarlo, otro para arruinarlo. Uno para devolverle su libertad, otro para mantenerlo esclavo. No se puede jugar a dos palos. Urge una determinación rápida y decisiva: el servicio de Dios: ganar amigos.

Consideraciones

El evangelio nos ofrece una rica serie de pensamientos para reflexionar.

Dios es el Señor. Dios es nuestro Señor. Nosotros somos administradores de sus bienes. El Señor nos va a pedir cuenta estrecha de la administración. ¿Somos buenos administradores? Tenemos bienes materiales, morales y espirituales-sobrenaturales. ¿Cómo los administramos? ¿Somos conscientes de la importancia del momento? ¿Somos sagaces, prudentes en el uso de las cosas? La vida cristiana exige un desarrollo ¿contribuimos con toda el alma y con todo el corazón? ¿Aprovechamos todo momento y toda ocasión? ¿Somos o no somos «idiotas», hablando cristianamente? Aprendamos de los hijos de este mundo. Nos falta mucho para alcanzarles en sagacidad y astucia.

Prensemos concretamente en los bienes terrenos, materiales y morales. Las riquezas (y el poder unido a ellas) pueden ocasionar muchas injusticias. Las riquezas son peligrosas. ¿Nos damos cuenta de ello? ¿Cómo nos movemos en medio de ellas? ¿Las amamos? ¿Amamos el lujo, el placer, la abundancia? ¿Las despreciamos? ¿Sabemos despreciarlas? ¿Nos dominan? ¿Las dominamos? ¿Son nuestros señores? ¿Somos sus esclavos? ¿Son nuestro dios y nosotros sus adoradores? ¿Dónde colocamos nuestros afanes, nuestros ideales, nuestros sueños? ¿Son los placeres, las grandezas, el lujo, las quinielas, las fortunas, la gran vida? ¿Envidiamos a los que poseen? ¿Envidiamos de verdad a los que están libres de tales cuidados?

No se puede servir a dos señores. ¿A quién servimos? ¿Servimos a Dios? ¿Servimos al Dinero? El juicio está cerca. Para que la sentencia sea misericordiosa, es menester haber practicado antes la misericordia. El cristiano ha de comportarse con sagacidad y astucia. Si todo esto ha de pasar ¿por qué tanto apego? Si nos han de pedir cuentas ¿por qué no usar bien de ellos? La prudencia cristiana nos enseñará a usar rectamente de los bienes recibidos: ayudar, socorrer, aliviar a las necesitados. Vida fraternal y cristiana. Es ganarse amigos. Es ganarse a Dios, Amigo y Padre nuestro. ¿Quién temerá de un Juez amigo? ¿Quién temblará ante un Juez Padre? Sirvamos honradamente a Dios, empleando debidamente los bienes como expresión de un profundo amor fraterno. Aprovechemos todo momento y toda ocasión. Seamos fieles en lo poco; no sea que nos suceda como al administrador de la parábola. No sea que nos quedemos cortos. Los bienes que se nos han confiado son supremos y excelsos. Conviene pensarlo. Sobre todo nosotros, los religiosos y pastores de almas, debemos esmerarnos mucho en ser fieles en lo ajeno para poder ser fieles en lo nuestro. ¡Somos administradores de los misterios de Dios! El tema podría alargarse sin fin. Recordemos, para terminar, las amenazas de la primera lectura y el castigo sobre el reino de Israel. Es pálida imagen de lo que puede sucedernos. Obremos con sagacidad.

El tema de la segunda lectura es también interesante. Orar por todos. En especial por los que rigen. Están en especial peligro. Dios quiere que se salven. También nosotros. Pensemos también en los envueltos en riquezas. Pidamos para que lleguen al conocimiento de la verdad. Están también en especial peligro. (En el comentario pueden encontrarse otros pensamientos útiles).