Domingo XXV del tiempo ordinario

Primera lectura: Sb 1, 17-20: Lo condenaremos a muerte ignomi­niosa, pues dice que hay quien se ocupa de él.

Solemos decir que las vidas hablan. Y así es. Y la expresión de la vida es múltiple, como es múltiple la expresión del habla. Nuestra vida puede hacer reír y puede hacer llorar; puede agradar y puede irritar. Podemos conmover y podemos desafiar; podemos aplaudir y podemos acusar; podemos orientar y podemos perturbar. Nuestra conducta no pasa desapercibida: miramos y se nos mira; juzgamos y se nos juzga; el comportamiento humano deja su impronta en el ambiente que lo rodea. El «qué dirán», el «qué pensarán», juega aún todavía un papel importante. Las vidas, las conductas hablan. Hasta el estarse parado puede ser un gesto significativo. Ahí están las seña­les de tráfico.

Dios habla «haciendo». Es la «historia de la salvación». Nuestras palabras reciben su sentido en las acciones que las acompañan. Es nuestra «historia de salvación». Un día nos juzgarán por las obras, no por las palabras. Y aquéllas, no éstas, definen nuestra postura religiosa o no religiosa, cristiana o no cristiana, delante de Dios y de los hombres. Pío e impío, bueno y malo, justo e injusto, son los términos más comunes para señalar las posturas más elementales respecto a Dios y respecto a los hombres. Dos conductas opues­tas, dos «hablares» contrarios, dos posturas extremas. Se hieren mutua­mente, no se soportan.

La liturgia de hoy a elegido unos párrafos del libro de la Sabiduría. La Sabiduría desciende de Dios y retorna a Dios. Todo lo conoce, todo lo pene­tra, todo lo dispone, todo lo juzga. Es comunicativa y es buena. Es amiga de hacer el bien y se ofrece al hombre como compañera: quiere dirigirlo y quiere salvarlo. A su luz podemos examinarnos y comprender el orden del mundo. ¿Qué hacer el justo? ¿Cuál es su vida? Cuál es su meta? Y el impío ¿ en qué se entretiene? ¿cuáles son sus caminos? ¿cuáles sus intenciones? Y Dios ¿cómo actúa en consecuencia?. El justo y el injusto cruzan sus caminos, enfrentan sus miradas y extreman las posturas. Es el contexto próximo de la lectura.

La conducta del justo afea el comportamiento del impío. Reprocha su pen­sar mundano, es reprensión a sus yerros y condena su desenfreno. El justo sigue un camino que trastorna al malvada. Su confianza filial en Dios lo pone en ridículo. Su seguridad y aplomo lo irritan y lo enfurecen. La senci­llez de su vida lo acusa y condena. Es insoportable, es un insulto. La vida del fiel se le antoja un desafío.

La reacción puede ser violenta: sarcasmo, indignación, persecución y muerte. Se hace inevitable la prueba: Veamos si… Sigue la tortura: Lo con­denaremos a muerte… No se limita a provocarlo de forma pasiva - su vida impía es una constante provocación injusta -, lo hace de forma ac­tiva:…Comprobando el desenlace de su vida

Posturas así, radicalmente opuestas y antagónicas, han de existir siem­pre. Cuente el justo con la prueba. La reacción violenta ha de venir de una forma u otra. Es imposible mantener por largo tiempo un equilibrio de indi­ferencia. Son dos vidas que se insultan. La diferencia está en que el justo, apoyado en Dios, se muestra dispuesto a recibir la injuria y el impío, por el contrario, a realizarla. El mejor ejemplo, Cristo, el Justo por excelencia. El «éxito» descansa en las manos de Dios. Y Dios no olvida a su justo. Mirémo­nos en Cristo y comprenderemos el misterio de nuestra justicia.

Salmo responsorial: Sal 53, 3-6.8: El Señor sostiene mi vida.

Salmo de súplica con acción de gracias; así algunos. Otros: salmo de ac­ción de gracias donde se repite la súplica proferida en el momento de la tri­bulación. Aquí, en la liturgia, desprovisto del versillo que hace referencia explícita a la acción de gracias, se a convertido la composición en salmo de súplica. El «justo», perseguido a muerte por los «insolentes», acude a Dios en demanda de ayuda: «Sálvame», «escúchame»,«atiende»… La confianza sos­tiene su clamor, y surge espontáneo el propósito de un sacrificio y de la ac­ción de gracias. El estribillo lo expresa a su manera.

En la misa, Sacrificio y Acción de Gracias por excelencia, recordamos al Justo, perseguido y condenado a muerte por los «injustos». Ahí nos encon­tramos nosotros: dimos muerte al Justo y el Justo murió por nosotros. El es nuestra esperanza, él es nuestra súplica.

Segunda Lectura: St 3,16-4,3: Los que procuran la paz están sem­brando la paz; y su fruto es la justicia.

En el versillo 13 ha comenzado una nueva sección. Se alarga hasta el 4, 12. Santiago presenta una serie de pensamientos de tipo proverbial, poco unidos entre sí, pero por su talante como proyectiles de carga explosiva. Es­tilo incisivo.

Santiago quiere combatir el espíritu mundano que se ha introducido en algunas de las comunidades cristianas. El egoísmo y la envidia las están de­vorando. La paz, la serenidad, el equilibrio y la armonía, que debieran ser el distintivo de los fieles de Cristo, brillan, como suele decirse por su ausencia. Se han esfumado, y en su lugar se han presentado, feroces, las peleas, las luchas y el deseo de placer. Ha desaparecido la «sabiduría» cristiana; esa «sabiduría» superior que atina en todo y por todo: la actitud debida, la pala­bra justa, el gesto oportuno. Todo lo contrario, los corazones rebosan de co­dicia, de sensualidad, de envidia. Los auténticos móviles del «sabio» se han desvanecido, no queda rastro de ellos. ¿Quién busca la paz? ¿Quién trabaja por la justicia? ¿Quién practica la misericordia? La ambición lo absorbe todo. Hasta tal punto que ni siquiera la oración saben formular. Sí están en necesidad ¿Por qué no piden reverentemente? Y sí piden y no alcanzan ¿no es porque sus peticiones están impregnadas de deseos de placer, de ambi­ción y codicia? ¿Quién les va a escuchar? En el fondo no piden lo necesario con humildad y reverencia, sino lo que piensan satisface sus pasiones.

Parece ser que en ciertas comunidades la situación social de sus miem­bros era desequilibrada. Unos nadando en la abundancia, muy pocos; otros, muchos, hundidos en la pobreza. Los primeros no atienden a las aspiracio­nes de los segundos, y éstos no saben salir de su condición con holgura y honradez cristianas. No los mueve, al parecer, la necesidad sino el deseo de placer. Los bienes. Los bienes de consumo. ¡Cuántas guerras y atropellos traen!

Tercera Lectura: Mc 9, 29-36: El que quiera ser el primero sea el ser­vidor de todos.

Después de la Confesión de Pedro, Jesús se dedica a al instrucción de sus discípulos. Han desaparecido de su programa las prolongadas charlas al pueblo. Parece evitar las aglomeraciones. Se esconde. Camina por lugares poco frecuentados por las gentes. Unos lo han rechazado por completo; otros no le comprenden lo más mínimo. La vida de Jesús cambia de rumbo. Ahora dirige sus enseñanzas al reducido grupo que le sigue de cerca. Son los «suyos». Son los únicos que le aceptan, aunque de forma imperfecta. A ellos les confía su «Misterio», su «misión». Pero los discípulos no comprenden la confidencia de Jesús. Rebota en sus mentes. ¿Qué es eso de «ser entregado», de «morir», de «resucitar» después? La figura de Jesús les es cada vez más misteriosa. No se atreven a preguntarle. Su mente, en realidad, juega toda­vía con las categorías y criterios humanos. No han comprendido -no pueden comprender- que la muerte de Jesús, el Mesías, se debe a una disposición divina y que tal Disposición encierra el «Misterio» de Salvación para los hombres. Están muy lejos de adivinar que Jesús, precisamente a través de su «pasión», va a «revelarse» Salvador de forma insospechada. Todavía no han podido echar fuera de sí la idea-esperanza de un reino terreno y político. La discusión en el camino lo manifiesta a las claras. ¿Era, quizás, el temor al desengaño lo que les impedía preguntar al Maestro? De todo un poco. Los discípulos necesitaban una instrucción, y Jesús se la estaba impartiendo cuidadosamente. Había que ganar tiempo. Era su último viaje. Dejaba para siempre la verde Galilea. Iba camino de Jerusalén; allí tendría lugar el de­senlace «misterioso» de su vida. Jesús prepara a sus discípulos.

Mientras Jesús hablaba del próximo cumplimiento de su Misión como Mesías, los discípulos discutían repartiéndose los puestos del nuevo reino. ¡Que lejos estaban del pensar y querer del Maestro! Marcos subraya la do­lorosa ironía. Embotados, tardos de entendimiento, infantiles en sus deseos y mundanos en sus pensamientos. Ellos mismos parecen reconocerlo. Enmude­cen a la pregunta del Señor. Jesús, continuando la tarea de Maestro, les im­parte una importante lección. Podemos desdoblarla en dos momentos:

1). Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos. Es precisamente lo que Jesús va a «cumplir» en Jerusalén. Jesús es el Siervo de Yavé que da la vida por la salvación de todos. San Juan lo expon­drá con toda claridad en el relato del «Lavatorio de los pies». Jesús es el me­jor ejemplo; el ejemplo, sin más.

El niño impotente, consciente de su insignificancia, sujeto a todos por ne­cesidad, es el ideal. El discípulo debe llegar a esa conciencia de pequeñez, de nulidad, de inferioridad respecto a todos. Debe servir, admirar, respetar a todos como a superiores, como a personas de gran valía. Esa es su vocación; no, buscar honores, títulos vanos, prevendas y beneficios personales. Todo lo contrario, servicio, dedicación y respeto a los demás.

2). Quien acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí…Quien acoge a un siervo del Señor, por más siervo que sea, por más despreciable e insignificante que parezca, acoge nada menos que al Señor de la salvación. Y quien lo acoge a él, acoge a Dios. ¿Es posible? ¿No es maravilloso? Así es. Son criterios que transtornan el mundo entero. ¡Que lejos se hallaban los discípulos de entenderlo! ¿Y nosotros? ¿Lo hemos entendido plenamente? Mi­remos a los santos. Ellos sí que lo han entendido bien.

Consideraciones

El evangelio de hoy continúa el pensamiento del Domingo pasado. Par ser más exactos, lo repite e ilustra: el Misterio de Cristo que muere y resucita.

Jesús anuncia, por segunda vez, el desenlace de su vida. Todos los evan­gelistas señalan la importancia del acontecimiento. Marcos subraya el mis­terio. El pensamiento debe centrarse, pues, en ese magno Suceso: el Misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Jesús va a ser entregado y condenado; después resucitará. La celebración eucarística lo «recuerda» en «sacramento». En torno a él, como parte del Misterio, se abrazan los cristia­nos.

La lectura primera ilumina, desde lejos, el misterio, describiendo la con­ducta del malvado contra el justo piadoso. Observamos que el impío no so­porta una vida religiosa auténtica. La vida religiosa sana le da en el rostro. Su luz le hiere los ojos y los irrita; y su corazón vomita por sus labios des­precio, sarcasmo y violencia. ¿No le aconteció así a Cristo? ¿No se le «objetó»en la cruz si eres hijo de Dios, baja de ahí, y creeremos en ti ? Es la clásica prueba. Ningún justo se libra de ella.

Tampoco Jesús, justo por excelencia.

El justo pone en manos de Dios, como Jesús, su destino. Se somete a la vo­luntad divina con paciencia y resignación. Sabe vencer al mal con el bien, sabe orar por el enemigo y sabe bendecir, siendo maldecido. La vida del justo, anodina y baldía a los ojos del mundo, obtiene su plenitud en las ma­nos de Dios. Somos, como Jesús, instrumentos de salvación. Dios resucitará nuestros cuerpos mortales y cubrirá de gloria las señales de la agresión. Es mejor padecer la violencia que realizarla. Es el sentir cristiano.

Existe un antagonismo, en raíz irreductible, entre el justo y el impío. El justo ha de sufrir por serlo. Risas, desprecios, sarcasmos, violencia… No debe extrañarnos que se nos persiga. También lo hicieron con Cristo. Hay mucho en el mundo que se opone a la voluntad de Dios, y por tanto, a la con­ducta del justo: envidias, codicia, ambición, sensualidad, afán de poder… Muchos se han de soliviantar al paso, sereno y acusador, de una conducta sana e irreprochable. Son dos mundos que se oponen, y es de maravillarse que no choquen. Es nuestro destino, como también lo fue el de Jesús. Pero no estamos solos. Dios está con nosotros; Dios escucha nuestra oración. El salmo nos ofrece una muy bella. La misma celebración eucarística, es una hermosa súplica en Cristo Jesús.

El cristiano, ya lo hemos indicado, se inserta en el Misterio de Cristo. Ahora Cristo es el gran Siervo. Su pasión y la muerte son la perfecta expre­sión de la más acabada obediencia del Padre y del más profundo amor a los hombres. San Juan lo refiere muy bien en la escena del Lavatorio de los pies. Jesús lava y limpia. La muerte de Jesús tiene ese efecto: limpia, lava, sana, salva. Nosotros debemos, como siervos, lavarnos, en su nombre, los pies unos a otros: servicio fraternal mutuo. Servir y amar; amar y servir. Es una de las enseñanzas del evangelio de hoy. ¿Cuál es nuestra postura? ¿Lo entendemos bien? Nos sonreímos de la poca inteligencia de los discípulos al escuchar a Jesús. ¿No se repetirá la historia en nosotros? ¿Qué buscamos con tantas idas y venidas? ¿Los primeros puestos, nuestra comodidad, nues­tro provecho personal? Convendría repasar el himno al la caridad de I Co­rintios 13.

En cada hermano hay un misterio que empalma con el sacrosanto Miste­rio de Cristo, muerto por nosotros. ¿Lo advertimos? ¿Lo veneramos? ¿Qué hay al respecto, de admiración y veneración al hermano? Porque no es al hombre a quien aceptamos y recibimos, sino a Dios en último término. Lle­vamos a Cristo, llevamos a Dios. ¡Qué atención al hermano!

Y ahora la segunda lectura con su lenguaje incisivo. No es necesario in­sistir mucho en sus palabras. Leamos con detenimiento esas lineas. Envi­dias, ambición, codicia, afán de placer… ¿No es esto lo que divide las fami­lias, deteriora las comunidades cristianas y destroza la vida religiosa? ¿No será que la celebración eucarística no nos impregna suficientemente del sen­tir de Cristo y que nuestra oración no arranca de un corazón limpio y sano? Pidamos a Dios limpie nuestro corazón.

La celebración eucarística es el Sacrificio, la Acción de Gracias y la gran súplica. Nosotros nos ofrecemos como «sacrificio» y «servicio»; adoramos a Dios por su providencia; rogamos por su asistencia.