Domingo XXIV del tiempo ordinario

Primera Lectura: Ex 32, 7-11. 13-14

El libro del Éxodo no se ha escrito durante el éxodo. Las tradiciones referentes a la salida de Egipto se han transmitido, primero, por largo tiempo, de boca en boca, y se han conservado después, principalmente, en el culto. El libro del Éxodo las ha puesto por escrito y les ha dado un lugar y un sentido. Ha intercedido un amplio período de tiempo de historia de Israel. El pueblo de Israel se ha visto retratado en aquellos acontecimientos. Y, como quien se mira en un espejo, al recordarlos se recuerda a sí mismo. Y se recuerda feo, torpe, duro y recalcitrante. ¿Hay algún pueblo en la historia de la humanidad que tenga la hombría y la gracia de retratarse así? En este momento no recuerdo ninguno. Todos han hecho proezas, todos han sido grandes, todos han sido ejemplares; todos han sido aguerridos soldados; todos, valientes. Las historias de los pueblos están cargadas de triunfos y victorias. El pueblo de Israel aparece singular: las grandes acciones proceden de Dios; las pobres y vergonzosas, del pueblo. Dios se ha portado bien, siempre fiel a su promesa; el pueblo se ha portado mal, infiel y cobarde. Y esto desde sus comienzos. Uno no sabe qué admirar más, si la paciencia y misericordia ilimitadas de Dios o la terquedad y displicencia caprichosas de este pueblo. En realidad éstas últimas resaltan las primeras; como éstas, aquéllas: luz y tinieblas. Sólo con la luz de Dios puede ver el hombre lo que es y lo que debe ser. Ante la luz de Dios, el pueblo de Israel se ha conocido pobre, niño malhumorado, torpe y pecador. Así, en el fondo, todo hombre.

Israel ha roto, apenas inaugurado, el Pacto con su Dios Yavé. El Dios del Sinaí, el Dios libertador de Egipto y hacedor de maravillas, se les antoja extraño, raro, demasiado alto y demasiado lejano. Nadie puede verlo, nadie puede palparlo, nadie puede convencerlo. Es el Dios Santo, tres veces Santo. El pueblo desea y quiere un dios palpable, visible, con figura apreciable, manipulable: un dios a quien puedan llevar de aquí para allá en su caminar por el desierto. (El toro era, en aquel ambiente, el símbolo común de la divinidad). El pueblo quiere llevar a su dios y no que Dios los lleve. Pero el Dios que los sacó de Egipto, el Dios que habló a Moisés, no es un Dios de ese tipo. El Dios de Israel es el Dios único, Señor del universo entero. El Dios de Israel es un Dios de fe. No son los sacrificios, ni las ceremonias, ni el culto más espléndido, ni las figuras más perfectas y brillantes, aunque sean de oro y piedras preciosas, lo que agrada a este Dios. El Dios de Israel es el Dios que todo lo puede y todo lo sabe, El Dios que no necesita de nada ni de nadie. El pueblo debe dejarse llevar por él, debe fiarse de él totalmente, aunque no lo vea, aunque no lo palpe, aunque no sea él, el pueblo, quien tenga que tomar la iniciativa. La única forma de llegar a la salvación es asirse de la mano de este Dios poderoso que ha manifestado amar a su pueblo. Si se aparta de él, morirá irremisiblemente. Es el Dios de los padres, el Dios de la fe de Abraham, Isaac y Jacob. La desobediencia del pueblo pone en peligro su propia existencia. La paciencia de Dios puede tener un límite: Mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. ¿No puede Dios hacer de las piedras hijos de Abraham? ¿No puede hacer de Moisés otro pueblo?

Moisés declina la invitación e intercede por su pueblo. Recuerda a Dios sus promesas, sus hazañas todavía recientes. Dios que prometió una gran descendencia, Dios que ha comenzado la obra, su obra, en el país de Egipto, no puede dejar la cosa a medio camino. Dios está por encima de las mezquindades humanas, y su obra por encima de las voluntades de los hombres. Dios perdona a su pueblo. Perdona, pero no se doblega. Atiende a los ruegos de los que interceden y piden perdón, pero no atiende a sus caprichos. Dios está en medio de ellos, pero no se hace juguete de sus manos. Dios conduce y no se deja conducir, porque Dios ama a su pueblo. Dios retiró la amenaza contra su pueblo.

En Cristo se revelará el gran amor del Padre. En Cristo la Alianza eterna. En Cristo la salvación completa. Pero también en Cristo deberá responder el hombre con docilidad y reverencia. La fe es indispensable.

Salmo Responsorial: Sal 50

Salmo de súplica. Súplica de piedad y misericordia. El hombre pecador que suplica indulgencia y perdón. Es el salmo de todos los tiempos.

Sólo el hombre puede cometer en este mundo el delito. Y lo comete con suma frecuencia. Sólo Dios puede perdonar y borrar a fondo el delito. Y lo perdona siempre. Así es su misericordia y compasión. El hombre sin Dios se queda sin rostro; vuelto hacia él, puede reconocerse, Y al verse feo y torpe, suspira por el perdón: Limpia mi pecado. Pero el perdón del pecado no se alcanza sin el arrepentimiento. Un corazón contrito y humillado, sincero y transparente, deja pasar la misericordia. Y la misericordia, hecha luz, disipa las tinieblas y cura el corazón. La mano de Dios debe trastocar nuestro corazón: está enfermo. Un corazón nuevo y un espíritu nuevo, como anunciarán los profetas, cambiarán al hombre por dentro. Es el grito de este hombre que siente en sí la necesidad del perdón. En Cristo encontraremos el Espíritu que renueva y el corazón que siente y vive la voluntad de Dios.

Pidamos perdón a Dios con humildad y arrepentimiento. Pidamos su Santo Espíritu. Pidamos un corazón nuevo según su voluntad en Cristo. Alabemos a Dios por su misericordia. En Cristo se ha revelado excelsa e inefable. Dios perdona con amor.

Segunda Lectura: 1 Tm 1, 12-17

La primera de las cartas pastorales. Pablo, pastor y apóstol. Al pastor se le ha encomendado un rebaño. El pastor debe pastorearlo. El pastor debe impartir a sus fieles la sana doctrina y combatir en su defensa toda clase de errores. El pastor guía, el pastor conduce, el pastor alimenta. Para ello ha sido elegido y para ello ha recibido la gracia en la imposición de las manos. Pablo se lo recuerda pastoralmente al pastor Timoteo. El tema de la elección evoca en Pablo el recuerdo de su propia vocación. Pablo la recuerda agradecido.

Pablo rompe en un canto. Una acción de gracias en forma hímnica que se abre entrañable en una sentida doxología. Es una confesión cantada. Es la confesión de Pablo. Una confesión que canta las maravillas de una vocación, de su vocación de apóstol; las maravillas de la gracia de Dios en la persona de Pablo. Dios lo ha elegido a él, indigno pecador, perseguidor de la Iglesia de los santos. Dios ha tenido piedad de él, que no la tenía de sus siervos. Dios lo ha destinado a la edificación de la Iglesia, cuando él, rabioso, trabajaba por destruirla. Canto entrañable, agradecido, a la misericordia divina. Breve historia de un alma. En ese mismo espíritu compondrá San Agustín, años más tarde, sus bellas Confesiones: Canto a la misericordia de Dios. Historia de una vocación, historia de una elección, historia de un alma, canto a la gracia. El final es siempre el mismo: ¡Gloria a Dios! Amén.

Tercera Lectura: Lc 15, 1-32

Lucas ha colocado aquí -¿las encontró ya unidas?- tres parábolas que guardan, por el tema, gran parecido. Parábolas de los objetos perdidos las llaman algunos. Parábolas de la misericordia las llaman otros. Quizás sea mejor denominarlas: Parábolas de la alegría de Dios al recuperar sus objetos perdidos. Porque no es sólo la pérdida de los objetos lo que las une; es también la misericordia. Pero ¡qué misericordia! Ahí está, al parecer, el acento: en la inefable bondad del Señor; en la incontenible alegría de Dios al recuperar lo que se había extraviado; en el gozo indescriptible de encontrar al pecador. ¡El pecador es cosa suya, es algo de su pertenencia! ¡Y lo ama tiernamente!

Lucas les ha dado un marco conveniente. Jesús se justifica delante de los fariseos. Jesús justifica su conducta de ir y frecuentar el trato con los pecadores: Jesús ama a los pecadores. Y esa actitud no es sino la expresión, en el fondo, del amor que Dios les tiene. Los acusadores deberían ver en ella una señal: La voluntad misericordiosa de Dios, que quiere que se salven. Dios se alegra de forma indescriptible, cuando uno de estos pecadores encuentra el camino de vuelta. San Juan lo declaró así: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito Hijo. Lo mismo San Pablo en Rm 8, 32.

Jesús, pues, cumple una misión de amor. Estas parábolas quieren justificar su conducta. Pero quizás sea poco exacta la palabra justificar para expresar todo el misterio. Jesús no sólo se justifica ante sus acusadores; Jesús invita a los acusadores a participar de los mismos sentimientos de misericordia del Dios Santo. Los acusadores, los fariseos, no serán justos, no serán perfectos, no serán hijos, si no comparten los sentimientos del Padre. Ha comenzado la Obra de Dios. Y esa Obra es obra de amor y de perdón. Quien no se apropie esos sentimientos no entrará en el Reino. Las Bodas celebran la vuelta del hijo pródigo. Quien no encuentre en él al hermano que vuelve, no entrará en las Bodas de la vida eterna.

Veamos lo más saliente para no hacer demasiado extenso el comentario:

A) La alegría inefable de Dios. Tres veces aparece el tema de la alegría en la primera parábola: a)...la encuentra, se la carga sobre sus hombros, muy contento; b) ¡Alegraos conmigo!; c)...habrá más alegría en el cielo... Nótese en la parábola la ternura: la toma sobre sus hombros. Sabemos que la oveja, una vez descarriada, es incapaz de volver por sí misma al rebaño. Se arrincona, se acoquina y, aun encontrada, no sabe dar un paso. Hay que tomarla sobre sí y llevarla. Todo eso hace el pastor. Y no de mala gana. Todo lo contrario, sin regañarla, la toma muy contento sobre sus hombros y la trae al rebaño. ¡Qué alegría la del pastor, cuando encuentra a su oveja! Así es la alegría de Dios, cuando encuentra al pecador, su oveja perdida.

En la breve parábola de la dracma encontramos, fundamentalmente, los mismos elementos: la pena de la pérdida, el afán por recuperarla, la alegría al encontrarla y la explosión de júbilo, comunicada a las vecinas. También a la mujer le falta su dracma. Pensemos en el mundo oriental. Diez dracmas son el pobre y único adorno de esta mujer. ¡Y le falta una! Ya no puede lucir su adorno, ya no puede salir a la calle. Es fácil comprender la explosión de alegría al recuperar aquella piececita de su adorno, aquella parte de su tesoro. Así Dios.

La tercera es toda ella explosión de incontenible alegría y gozo: el padre echa a correr (¡Un anciano corriendo! ¡Está fuera de sí!); se le arroja al cuello (¡El padre al hijo!); le besa con afecto (¡Al mal hijo!); le adorna con un traje nuevo (¡Expresión de distinción para el hijo que le había deshonrado!); le entrega el anillo (¡Partícipe de sus bienes al que había dilapidado todo!); calza sus pies con sandalias (¡Admisión como hijo, no como esclavo!); por fin el novillo, ¡el novillo cebado! (con artículo), ¡el novillo reservado para la gran ocasión! (Para las bodas del primogénito, quizás); la fiesta, el canto, la música... Dios goza con la conversión del pecador.

B) Aprecio del pecador. La oveja es pertenencia del pastor; la dracma, de la mujer; el hijo, del padre. Es algo de su vida y de su persona. Sufre el pastor, sufre la mujer, sufre el padre, cuando se extravía el objeto querido. La pena de la pérdida no se ve compensada ni por las noventa y nueve, ni por las nueve dracmas, ni por el hijo mayor que aún quedan. Falta algo importante al rebaño, falta algo importante al adorno, falta algo importante a la familia. Aquel rebaño, con noventa y nueve, no es su rebaño; ni aquel adorno, su adorno; ni aquella familia, su familia. El pastor no descansa, la mujer no ceja, el padre no duerme hasta tener su rebaño (cien ovejas), hasta recomponer su adorno (diez dracmas), hasta recuperar su familia (dos hijos). El pensamiento y el corazón están pendientes de la pieza que falta. Así considera Dios al pecador: es algo suyo, algo que le pertenece, algo que estima sobremanera. Algo que le falta a su rebaño, algo que le falta a su tesoro, algo que le falta a su familia. La obra de Dios ha de ser perfecta, y la ausencia de uno amenaza destruirla. Dios, pues, se alegra indescriptiblemente, cuando encuentra a su hijo, cuando halla su dracma, cuando carga a hombros con su oveja.

C) Participar de los sentimientos divinos. Es quizás la nota más importante de estas parábolas, en especial de la tercera. El pastor reúne a los pastores y celebra con ellos el hallazgo de la oveja. La mujer convoca a las vecinas y les comunica su alegría. El padre invita al hijo mayor a entrar y a alegrarse en la fiesta. No se entendería la parábola (las parábolas) sin ésta última parte.

El padre habla del hijo, del hermano perdido que ha sido encontrado, que estaba muerto y ha revivido. El hermano mayor no entiende la conducta del padre. Le cae injusta y loca. Un hijo -ese tu hijo- que ha malgastado la hacienda de malas maneras ¿merece acaso que se le acoja así? Él. el hijo mayor, ha vivido todo el tiempo sumiso al padre, trabajador, obediente, y no ha recibido en pago de su comportamiento ni un pequeño regalo del padre. ¿No es esto injusticia y capricho loco? Así pensaban, sin duda alguna, los fariseos. El razonamiento puede ofuscarnos.

Sin embargo, la justicia de Dios no es la justicia de los hombres. La justicia de Dios no es la justicia del juez; es la justicia del padre, es decir, el amor de padre. El padre no llora la vuelta del hijo, la festeja. El padre no castiga al hijo, lo agasaja. El padre no recuerda el mal que ha hecho, celebra el bien que le hace. El padre no azota al hijo pródigo, abraza al hijo que vuelve. El hijo que vuelve ¡es su hijo! El padre se esfuerza por hacérselo entender al hijo mayor: ¡Entra y alégrate, tu hermano ha vuelto! Faltaba algo a la familia. Ya no falta. Eso es lo que importa.

La parábola se queda abierta. Dirigida entonces a los que se creían los hijos mayores, los perfectos, los predilectos, va dirigida ahora a todos. Si queremos ser verdaderamente hijos de Dios, debemos participar de sus sentimientos. Debemos amar como Dios ama, alegrarnos como él se alegra, festejar la vuelta del hermano como él la festeja y desearla tan ardientemente como él la desea.

E) Pecado y conversión. El tema del pecado está presente en las tres parábolas. La oveja se ha extraviado, la dracma se ha perdido, el hijo se ha marchado. El lugar de la oveja es el rebaño. Apartarse de él es exponerse a la perdición. La dracma desprendida del brazalete pierde su sentido y su valor. El hijo alejado de la casa paterna cae en la miseria más espantosa. Eso es el pecado: desorden, ruina. Implica cierta arrogancia. Al hijo no le interesa la convivencia con el padre, ni a la oveja la pertenencia al rebaño. ¿Se alejó el hijo para entregarse al vicio? ¿O se entregó al vicio precisamente, porque estaba lejos del padre? La situación final aparece en todo caso desastrosa.

También el tema de la conversión puede rastrearse en estas parábolas. En las dos primeras la iniciativa parte de Dios: el pastor que busca a su oveja y la carga sobre sus hombros; la mujer que barre la casa en busca de la dracma. La tercera parábola le da una amplitud mayor. Es toda una sicología de la conversión. La iniciativa parte, esta vez, del pecador. En el Domingo IV de Cuaresma, Ciclo C se encontrará una breve explicación.

Consideraciones

El tema principal podría compendiarse en la frase de Pablo: Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores. Ese es el evangelio de Pablo y ese también el Evangelio de Cristo. Pablo lo vivió en propia carne. Cristo lo vivió en toda su vida. Su muerte ha sido en expiación de los pecados. ¿No dijo de él Juan Bautista ser el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo? La tercera lectura lo proclama abiertamente. La segunda lo canta con emoción y agradecimiento. La primera lo anuncia con el pueblo de Israel. El salmo responsorial lo expresa en forma en forma de ardiente súplica. Anuncio, súplica, canto, proclama: Dios es Misericordia, Dios es Amor. ¡Gloria a él por los siglos de los siglos. Amén! ¿Quién temerá, contrito, acercarse a Dios? (Otras consideraciones en los comentarios).