Domingo XXIV del tiempo ordinario

Primera Lectura: Is 50, 5-10: Ofrecí la espalda a los que me golpea­ban.

Tercer cántico del Siervo de Yavé. El tercero de los cuatro. Un escalón sobre los dos primeros, asomando ya al último. Cada cántico ofrece su pecu­liar mensaje; todos juntos, el gran mensaje. Los cuatro van de la mano; guardan unos con otros relación interna. Convendría leerlos todos.

Es un cántico. Una especie de salmo de confianza individual. Nos re­cuerda algo a Jeremías. La «misión» encomendada implica sufrimientos: persecución y desprecio, dolor físico y moral. Pero no cabe el desaliento, o la depresión, o la desesperación, o el abandono de la tarea encomendada. Dios está a su lado, Dios lo sostiene. Dios lo consolará, Dios le auxiliará. Nadie podrá con él. Todos se esfumarán al soplo de Yavé. Si Dios con él ¿quién con­tra él?. La situación es extrema, la confianza suprema.

Es el siervo. No es, al parecer, un siervo cualquiera, aunque para Dios no existe un «cualquiera» en sus siervos. Es el Siervo. El Siervo-siervo en todos los aspectos. Siervo de Dios y vilipendio de los hombres. Profeta. voz de Dios, y escarnio de los oyentes. La fortaleza misma y próximo al aniquila­miento: por misión divina entregado a la muerte. Un Siervo misterioso. El cuarto cántico agudizará el contraste y la paradoja: en sus llagas hemos sido sanados; en su enfermedad, curados; en su muerte, salvados.

Siervo de Yavé. Siervo del Dios Altísimo, del Dios de la creación y de la historia. Dios tiene un plan misterioso. Dios, bueno y misericordioso, está tras su Siervo doliente. Es disposición de Dios. Dios lo ha hecho. Dios no permitirá que su Siervo desfallezca, que claudique, que sea suprimido. Dios está ahí. Dios, misterioso en sus planes, está, de forma misteriosa, en el Siervo misterioso. Dios hace maravillas de todo tipo. Oídos atentos y ojos abiertos, no sea que pase desapercibida la mano del Todopoderoso. La obra de Dios, el Siervo misterioso, han de dejar rastro. Y el rastro apunta de forma poderosa a Cristo.

Salmo responsorial: Sal 114, 1-9: Caminaré en presencia del Señor, en el país de la vida.

Salmo de acción de gracias. Uno de los elementos consecutivos de la ac­ción de gracias es proclamar en la asamblea de los fieles el beneficio reci­bido. Y éste no puede calibrarse debidamente, si no se subraya atentamente la angustia de la que le libró el Señor. También se recuerda el grito apre­miante de socorro: «Señor, salva mi vida». La acción de gracias interpreta el pasado -beneficio recibido de Dios-.; invade el presente -canto de alabanza- ; determina el futuro -propósito de caminar en presencia de Dios. El estribillo expresa este último pensamiento: determinación firme de seguir a Dios, se­guro de que en él se encuentra la vida. La asistencia de Dios que libera de la angustia se halla también en la primera lectura.

Segunda Lectura: St 2,14-18: La fe, si no tiene obras, está muerta.

La fe es un don divino. La fe implica una postura nueva, unos criterios nuevos, una vida nueva. La actitud nueva, siendo el hombre una realidad compleja, pero una, se refleja o abarca todo lo que sea expresión de la per­sona. En todas las direcciones. Por eso una fe sin obras muestra ser una fe deficiente; no ha calado en el individuo todo; no es fe viva; está muerta. Una fe así no puede salvar. Esa fe no llega al amor. El ejemplo aducido por San­tiago es claro y transparente. ¿De qué sirven las palabras, cuando se niega la acción requerida por la caridad? ¿Qué gano con decir «Eres mi hermano», si en la necesidad no lo reconozco? Puede darse una fe sin obras, muerta. Pero no obras de la fe sin la fe. No puede haber obras «cristianas» sin que las mantenga la fe «cristiana». Las obras «cristianas» llevan un aire, un colo­rido, una fuerza, un amor, que no caben sin una fe viva cristiana. Es decir la exigencia cristiana en toda su amplitud no puede existir sin la fe cristiana. Esa será la fe viva. No era otra de la que hablaba San Pablo.

Tercera Lectura: Mc 8, 27-35: Tú eres el Mesías… el Hijo del hombre tiene que padecer mucho.

La «confesión» de Pedro constituye la parte céntrica del Evangelio de Marcos. Hasta ese momento flota en el aire el «misterio» ¿quién es éste que obra y habla con autoridad y poder? Nadie ha dado todavía una respuesta acertada. Juan Bautista, aseguran unos; Elías, proponen otros; los más, al­gún otro profeta. Nadie ha visto con claridad. Solamente los demonios han adivinado algo de la grandeza que se esconde detrás de aquella extraña persona: El hijo de Dios. Ha venido a destruirlos. Lo han palpado. Y no se engañan. El público, en cambio, no ha visto nada.

Pero ha llegado el momento cumbre, el momento de declararlo. Están so­los sus discípulos. ¿Quién soy yo? les espeta Jesús. «Tú ERES EL MESíAS» responde Pedro. Se ha descorrido el velo, se ha revelado el «secreto». Jesús de Nazaret no es un «cualquier» profeta; ni siquiera Elías o el gran Juan vuelto a la vida. Jesús de Nazaret es el MESíAS. Esta declaración señala un cambio de dirección en el evangelio. Los discípulos «saben» el misterio de su persona. Ya no le siguen como a un profeta; le siguen como a Mesías, en­viado por Dios para la restauración de Israel. Ya «saben»quién es. Pero ig­noran «cómo» es, qué tipo de Mesías es. Queda por conocer el «misterio» de su misión. Jesús, el Mesías, es ¡el Hijo del Hombre! Este misterio constituye el tema de la segunda parte.

Jesús comienza a instruirles. El Hijo del Hombre será entregado a manos de los gentiles, por obra de los dirigentes de Israel. Será condenado a muerte; pero resucitará al tercer día. Y es su voluntad, firme y decidida, de abrazar la pasión y la muerte porque tal es la voluntad de Dios. Jesús tiene conciencia de su misión y la confía a sus amigos. Es un misterio, y como mis­terio debe permanecer oculto, en secreto. Es el famoso «secreto mesiánico» de Marcos. Terrible situación la de Jesús. Sus obras, por una parte están gri­tando que, tras la mano que las realiza, se encuentre el Mesías. Por otra, Jesús es consciente de que su obrar lo llevará a la muerte. Y no por un acaso, sino por voluntad divina. Y Jesús quiere «cumplir» de todo corazón esa misión encomendada.

Los hombres no pueden comprenderlo. Tan lejos están los pensamientos humanos de los de Dios, que corren peligro de cerrarse por completo. Pedro es el mejor exponente. Pedro trata de estorbarlo. El Mesías no puede acabar Así. Es atentar contra Dios. Pero Pedro se equivoca. Su postura sí es una oposición a Dios. Sus pensamientos no son acertados. No pasan de ser hu­manos. Y lo humano, opuesto a Dios, se convierten en malignos y endiabla­dos. «Quítate de mi vista, Satanás» es la respuesta indignada de Jesús. Pe­dro, ignorando, pretende retraer a Jesús del cumplimiento de la voluntad del Padre. ¿Hay algo más horrible? Una obra verdaderamente satánica. ¡Hasta Pedro puede hacer el oficio de Diablo sin saberlo! La voluntad de Dios, sea cual sea, es santa, y el intento de desacatarla ha de ser, sea cual sea la causa, satánica. Los discípulos lo entenderán más tarde.

 Las condiciones que propone Jesús para seguirlo están en consonancia con su propio destino. La «misión» de Jesús se alarga a sus discípulos; el «misterio» de Jesús se hace destino y misterio cristiano. He aquí las condi­ciones: negarse a sí mismo, cargar con su cruz y seguirle. El discípulo no ha de tener otra voluntad que la voluntad de Dios. Ha de ser su único alimento. Ha de tomar su cruz. Y tomar la cruz significa ser despreciado, perseguido; ser condenado a muerte como malhechor; ser tenido como escoria de la so­ciedad por el nombre de Cristo. La imagen del condenado que portaba su cruz camino del suplicio decía mucho a aquellas gentes. Hay que seguirle. Ultima condición en el orden, primera en la importancia. De nada sirve ne­garse, de nada sirve sufrir, si no es «en el seguimiento» de Jesús. Es la típica exigencia de Jesús en los evangelios. La voluntad del Padre es seguir a Je­sús. Y seguir a Jesús es obedecerle e imitarle. Y la imitación consiste en ne­garse a sí mismo y cargar con su cruz. Está en juego la vida. Y quien no esté dispuesto a dar la vida- temporal- en obediencia a Dios, al evangelio, éste, por cuidar de su vida, la perderá -la auténtica. Quien, por el contrario, la entregue por amor a Cristo, al evangelio, cumpliendo así la voluntad del Pa­dre, ese la alcanzará; como Cristo que resucitó de entre los muertos. El des­tino del discípulo es el destino de Cristo: muerte y resurrección. Ese es el «misterio» cristiano que todos y todos los días debemos recordar. La celebra­ción litúrgica, «recuerdo» de la muerte y resurrección del Señor, el mejor momento.

Consideraciones

Se ha dicho, y con razón, que nosotros, los católicos, ponemos mucho én­fasis en el término «y». En efecto, así es. La palabreja, no puede ser más di­minuta, tiene para nosotros muchísima importancia. Sirve para mantener unidos términos y conceptos paradójicos y opuestos. Así conservamos vivos y limpios la tensión y el misterio. Tensión y misterio que no ha ideado el hombre, sino que han venido de Dios. Suprimir la «y» es suprimir uno de los miembros revelados. Y esto es una herejía, una obra del diablo. Procuramos, pues, mantener en toda su tensión la revelación y el misterio que Dios nos ha confiado. En este sentido veamos las lecturas de hoy.

Partamos, como de costumbre, de Cristo. Marcos subraya el aspecto mis­terioso y sorprendente de su persona. Es un dato evangélico que no conviene pasar por alto. Y no es sorprendente por las maravillas que realiza, sino por el misterio que lo envuelve. Un ser claro y transparente, por una parte, in­comprensible y enigmático, por otra. Obrador de maravillas, lanzador de demonios, objeto de admiración y de loa, y totalmente desconocido en sus as­piraciones. Es el Mesías, y debe morir en la flor de la vida. Aclamado en cir­cunstancias por el pueblo y ajusticiado en última instancia por los dirigentes de la nación. Rey por disposición divina y condenado a muerte en la cruz; reído y despreciado como un vil criminal quien se presentaba como juez su­premo. Y todo ello, en su misterio, por voluntad del Padre. Jesús lo sabe y camina resuelto a cumplir su misión. No es algo adyacente, marginal, de ocasión, no. Es precisamente su MISIÓN.

Todo esto desconcierta. Es el Misterio de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios. No podemos destruir el Misterio ni desvirtuarlo; nos toca contemplarlo. La Resurrección lo ilumina abundantemente. Quien intente apartar a Jesús del cumplimiento de su Misión, sea cual fuere el motivo, está haciendo el papel de Satanás, por principio puesto a Dios. Jesús no piensa como los hombres, sino como Dios. Es la gran NORMA cristiana. ¿Nos percatamos de ello?.

El texto de Isaías anuncia y redondea el Misterio. Subraya la confianza, a la par que proclama su destino: sufrimientos terribles. El cuarto Cántico nos revelará el sentido: nuestra salvación. El «caminaré» del salmo nos puede hacer pensar en ese caminar de Jesús en presencia de Dios a cumplir su voluntad. Esa es la verdadera personalidad de Cristo: una voluntad con el Padre. Ese es nuestro Jesús, el Jesús del Evangelio, el Jesús de la Iglesia de todos los tiempos. A nosotros nos toca confesarlo - ¡Tú eres el Mesías! - , venerarlo, contemplarlo y seguirlo. Tras la muerte viene la resurrección. Ese es también el Misterio de la Iglesia. Así pues:

1) Aclamamos y confesamos: Jesús de Nazaret, Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios. No un profeta cualquiera; no un asceta espectacular; no un maestro de enseñanzas peregrinas; no un hombre de calor y fuego. Tú eres el En­viado de Dios, el Profeta, el Maestro, el Revelador del Padre, el Salvador del mundo, Fuego y Vida por antonomasia. Tú has padecido, tú has muerto por nosotros. Tú has resucitado y estás a la derecha del Padre. Tú vendrás a juzgar, tú vendrás por nosotros. Tú estás entre nosotros; tú alegras nuestra alegría y conllevas nuestro padecer.

2) El cristiano es otro Cristo. Su Misión es nuestra «misión». Los hombres no lo van a comprender. En el momento en que las exigencias del Padre su­peren la lógica humana, y la superan con suma frecuencia, se levantarán ante nosotros muros de incomprensión y rechazo. Hasta por boca de amigos y allegados - Pedro - hemos de oir: «¡Eso, no!». Habrá risas, muecas, despre­cios y abandono. No esperemos otra cosa. Hijos de Dios, por una parte; por otra, destinados a cargar con la cruz. ¿Nos damos cuenta de ello? ¿Qué ló­gica es la nuestra? ¿Humana? ¿Cristiana?. La paradoja está en Cristo: mo­rir para vivir; no vivamos para morir. El tema es sumamente actual. El «mundo» está devorando al pueblo cristiano, a sus sacerdotes, a sus religio­sos. Casi hemos quitado la cruz de en medio. ¿Estamos adulterando el cris­tianismo?.

3) Dentro de las paradojas podemos contar también las palabras de San­tiago. Son además una aplicación del misterio y misión cristianos. ¿Salvan las obras? No, al margen de Cristo. ¿Salva la fe? No, si no se expresa en obras. Las obras, expresión de la fe en Cristo, o la fe operativa, llevan a la salvación. Esas obras que surgen, que emanan o que son la expresión de un pensar distinto, de un ver distinto, de un fiarse de Dios en Cristo, son la ca­racterística del cristiano. ¿Dónde están?. El ejemplo que trae el autor puede multiplicarse en variadas direcciones. ¿Dónde están nuestras obras cristia­nas? ¿Dónde las obras de misericordia, de perdón, de comprensión, de hu­mildad, de colaboración, de…?. La cruz de Cristo, su seguimiento - hacer sus obras - desemboca en la resurrección. Es una certeza, es un consuelo; es el sentido de toda nuestra existencia.