Domingo XXIV del tiempo ordinario

Primera lectura: Si 27, 30-28.

Habla el sabio. Habla después de haber meditado largamente la Ley del Señor y observado atentamente los datos de la experiencia. El Señor, cantan los salmos, es misericordioso, es misericordia y perdón. El sabio lo comprende. El sabio delinea, para bien de sus oyentes, el camino del Señor. Es el camino de la vida, el camino de la sabiduría que alcanza a Dios. Y, como Dios es perdón, el fiel debe ser también perdón. Queda, pues, muy atrás la ley del Talión. So en un tiempo primitivo de inseguridad y salvajismo pudo haber tenido valor y expresar la más elemental formulación de la justicia, ahora, en el pueblo santo de Dios misericordioso, deja o debe dejar paso a otra justicia más alta, semejante a la del Señor: misericordia y perdón.

Son odiosos, dice el sabio, el furor y la ira. No conducen sino a desórdenes e injusticias. El rencor mata. La venganza enemista con Dios. Y ¿quién podrá resistir ante Dios? So el vengativo no deja pasar una, tampoco Dios se lo permitirá a él. Dios es exigente con el exigente y misericordioso con el que usa de misericordia. El hombre debe, pues, aprender a moderar sus impulsos de ira e impaciencia; debe aprender a ser tolerante y sentir compasión, porque Dios es también con él misericordioso.

El hombre sabio recuerda sus postrimerías. Un día nos hemos de presentar ante el Señor Juez, y ¿qué será de nosotros, si no hemos usado de misericordia? Debemos pensar frecuentemente en ello. Nos servirá para no caer en la estupidez de ser vengativos e intolerantes. Hagamos el bien, como Dios lo hace con nosotros. Es el consejo del sabio, que ha meditado mucho y conoce los caminos del Señor. Cada uno de sus pensamientos puede servirnos de tema de reflexión. Jesús confirmará y alargará este sentir en el evangelio.

Salmo Responsorial: Sal 102.

Salmo de alabanza. Como motivo, la bondad paternal de Dios: Dios misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. Dios que comprende la debilidad humana, Dios que perdona, Dios que salva usando de clemencia. Dios es digno de todo encomio y loa. El Dios justo es el Dios que justifica, que perdona. Su misericordia no tiene medida, ni a lo largo ni a lo ancho ni a lo alto. Sobrepasa todo concepto humano; nuestra imaginación no la alcanza. Bendito sea. En Cristo se presenta Dios Padre con toda claridad y gracia. Dios es nuestro Padre. ¿No lo reza el «Padrenuestro»?

Segunda lectura: Rm 14, 7-9.

La comunidad cristiana es todavía muy joven. El fenómeno Iglesia es reciente, como unidad religiosa separada de la sinagoga. Hay judíos y gentiles. Cada uno lleva pegada a su cuerpo la educación recibida en sus años jóvenes. Puede que haya costumbres encontradas, siendo los ambientes tan dispares. Conviene ser tolerante y atento con el hermano. Hay, por ejemplo, quienes distinguen (religiosamente) días y días (reminiscencia de la piedad judía). Otros, en cambio, no paran mientes en ello. Lo mismo sucede con las comidas: algunos distinguen unas comidas de otras (puras e impuras, lícitas e ilícitas). Sabemos que todo esto ya pasó. Cristo está por encima de ello. Pero no debemos importunar a nadie; más aún, la caridad nos obliga a mostrar gran atención y tacto. La actitud fundamental debe ser en todos la misma: hacer todo en nombre del Señor. El cristiano se sabe consagrado a Dios en Cristo. Todo lo que haga ha de ir orientado a él. Nadie vive para sí, sino para Dios que nos ha llamado a ser hijos suyos. La vida del cristiano, siempre y en todo momento, siempre y en todo lugar, es vida en Dios. Aun la misma muerte, sea violenta (martirio) sea natural, aceptada y llevada con ánimo cristiano, pertenece a Dios. En Dios vivimos y en Dios morimos; para Dios vivimos y para Dios morimos. Cristo ha sido constituido Señor de vivos y muertos. Somos suyos, le pertenecemos, desde que fuimos redimidos por él y nos hicimos una cosa con él en el bautismo. Estamos consagrados a él. Ni un pensamiento, ni un gesto, ni un acto ha de escaparse de esta consagración. Por eso, comamos o bebamos, todo en nombre del Señor. No vivimos para nosotros (pagano), sino para el Señor (cristiano). No soy yo el centro de mí mismo, sino el Señor Jesús. Debemos meditarlo.

Tercera lectura: Mt 18, 21-35.

Digno remate del discurso eclesiástico. La comunidad cristiana debe reflejar en su conducta la misericordia de Dios misericordioso. Dios nos ha hecho misericordiosos. Es nuestra vocación y nuestro destino participar de los sentimientos del Dios que nos creó hijos suyos. Quien rehusa o rehúye ser misericordioso es malo, diabólico, opone resistencia a su gracia, desfigura su imagen en él y, por tanto, se presenta profanador y opositor de Dios mismo. La Ira, ira escatológica de Dios, se cierne sobre su cabeza. So la misión de la Iglesia, misión divina, es crear la paz y el perdón ¿cuáles son sus límites? En otras palabras ¿Cuántas veces hemos de perdonar? Ya se habló antes de la corrección fraterna So el hermano pide perdón, ¿cuántas veces debo estar dispuesto a concedérselo? So mi hermano peca contra mí, ¿cuántas veces he de perdonarlo? Se trata explícitamente de la ofensa personal. El atento cumplidor de la ley desea saberlo.

La cuestión viene presentada por Pedro. Revela una concepción legalista. Se desea cumplir materialmente el precepto No parece interesar el ánimo la actitud interna, que ha de poseer el que perdona. No estamos muy lejos de la levadura farisaica: ¿cuántas veces? Quien, al perdonar, siente alegría y gozo de recuperar al hermano no pregunta por el número. Así Jesús en su respuesta: setenta veces siete, siempre. Y, para aclarar la disposición que debe poseer el seguidor de Cristo, el hombre nuevo en la Economía Nueva, propone una parábola. Veamos lo más notable.

Dios es paciente y tolerante. Dios no transige con el pecado, pero perdona siempre; siempre que se solicita el perdón. Dios es entrañablemente bueno, de todo corazón, por naturaleza: El Señor, conmovido por aquel esclavo, lo dejó ir libre y le perdonó la deuda. No lo hizo, porque esperara con paciencia recuperar la deuda. La deuda era impagable. Al fondo del rey está el Señor y tras el Señor Dios-Cristo. Al final de la parábola salta la palabra Padre. El Señor que perdona paternalmente exige una conducta fraternal entre los suyos. Y ésta no mira al número, sino al corazón: perdonar de todo corazón. Las relaciones son familiares, no legales.

La deuda del hombre con Dios es impagable. El hombre es insolvente. La venta de la mujer y los hijos, de las posesiones y haberes, está cargada de ironía: no serviría, a todas luces, de nada. El hombre no puede autoredimirse. La obra de la redención es obra de la gracia, obra de la misericordia de Dios. La misericordia es característica de Dios ya en el Antiguo Testamento y de la predicación de Jesús: los salmos, por ejemplo, y las parábolas (Hijo Pródigo). Lucas termina el Sermón de la llanura con un axiomático Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso. Mateo, más hebreo en el pensamiento: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. La perfección es la misericordia. Falta poco para llegar a Juan: Dios es amor. Dios es, pues, misericordia; el cristiano también.

El siervo demostró ser malo. No aprendió misericordia. La misericordia del Señor para con él debiera haberle hecho misericordioso para con el compañero. El corazón bondadoso del Señor debiera haberle hecho cambiar de sentimiento, crear en él un corazón grande y nuevo. No lo hizo. No usó de misericordia, no perdonó. La deuda que tiene que perdonar es irrisoria en comparación con la que le fue perdonada. La deuda, por grande y repetida que sea, es irrisoria respecto a la deuda para con Dios. Malo es Satán. Malo es el cristiano que se comporta sin misericordia: su conducta es diabólica. Hace injuria a Dios y se opone a que la misericordia recibida continúe adelante. Hace injuria también a toda la comunidad: los compañeros quedaron consternados. El mal siervo no se comporta como hermano; no reconoce al hermano. Es el escándalo dentro de la comunidad.

Se explica la ira de Dios. Dios se muestra inexorable. Aquel siervo no tiene entrañas, no tiene corazón. Es, por tanto, un ajeno a la familia, al Reino. Es un ex-hombre, un hombre de Satán. Sobre él la ira de Dios. Ira terrible y desoladora. Dios es Padre y, como Padre, perdona. Y, como Padre, exige las buenas relaciones familiares. El deudor es un hermano y, como a hermano, hay que tratarlo. Quien no participe de las entrañas de Dios, ése no es de Dios: es del Diablo.

Consideraciones:

Todos los días reza, o debiera rezar, el cristiano el Padrenuestro. Es la oración dominical. En ella encontramos un apremiante perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Esta petición resume admirablemente el tema del presente domingo.

a) Dios es Padre. Padre misericordioso. Está al fondo de la figura del Rey y Señor. Siente lástima de nosotros, de nuestras deudas.Él nos remedia y nos redime, ya que nosotros somos incapaces de remediarnos: la deuda es impagable. Dios, al usar de misericordia, nos quiere semejantes a él, misericordiosos. Dios nos ha llamado a ello en Cristo, expresión sublime de su misericordia. Es, pues, una vocación y una exigencia. La Iglesia es y debe ser eso: expresión de la misericordia de Dios; una familia en la que bajo la paternidad de Dios todos seamos hermanos. Es la base. El salmo lo celebra.

b) El cristiano ha de saber perdonar. De todo corazón, por impulso interno; como Dios, que se alegra y goza al perdonar (parábolas de la Oveja Perdida y del Hijo Perdido), que siente lástima y a quien se le conmueven las entrañas. Y ha de perdonar siempre. La ofensa, que uno pueda recibir, es irrisoria respecto a la deuda con Dios. Quien no esté dispuesto a perdonar es sencillamente malo. Quien no sienta en sí el impulso de perdonar está enfermo: pídalo. No se trata aquí de justicia o injusticia, aunque también cometa una injusticia con Dios. Se trata de algo más fundamental: de ser o no ser como Dios; es decir, de ser hombre según la disposición de Dios. Dios quiere que su misericordia se alargue, a través de nosotros, a los demás. Es una gran dignidad la nuestra. Quien se resista a transmitirla la pierde, es objeto de condena. Quien no sabe perdonar no será perdonado.Él mismo se separa del alcance de la misericordia de Dios, cae en el juicio. No pierda el tiempo en pedir perdón, perdone primero. Lo enseña claramente la parábola; también el Sirácida.

c) Perdonar significa tolerar, soportar, aguantar, sobrellevar… las debilidades del hermano (que detesta las faltas). De la corrección fraterna ya se habló el domingo pasado: hay que corregir. Hay que tener tanta consideración con los hermanos, como Dios la tiene con nosotros, que perdona de todo corazón. Este punto tiene una amplia aplicación: ¿cómo nos toleramos unos a otros? ¿nos aguantamos cordialmente? ¿somos comprensivos, amables, respetuosos, considerados, caritativos? Lo debemos todo al Señor; somos de él, le pertenecemos tanto en la vida como en la muerte (Segunda Lectura). No olvidemos esta nuestra vocación. Es la nueva civilización. Somos civilizados y civilizadores. No vivimos de nosotros ni para nosotros mismos. Vivimos en la gran familia cristiana, entre hermanos, para el Señor.