Domingo XXIII del tiempo ordinario.

Primera Lectura: Sb 9, 13-19

La vida del hombre en este mundo se desarrolla dentro de los límites del tiempo y del espacio. El hombre es una criatura, no el creador; un ser contingente, no un ser necesario; un ser terrestre, no celeste. Su espíritu, con todo, tiene algo de creador y de celeste. En cierto sentido transciende el tiempo y el espacio. La imaginación puede trasladarlo a parajes lejanos y el pensamiento a épocas distintas. Puede recordar el pasado y aventurar el futuro, aunque con escaso éxito. Pero su vida no escapa a la medida inexorable del tiempo. El hombre tiene conciencia de ello. Y es ello lo que le obliga a verse insignificante y pequeño. El cuerpo que le acompaña lo retiene. Su conocimiento es parco e imperfecto. Los afectos, los instintos, las necesidades, las pasiones e intereses, que lo envuelven, condicionan de forma implacable su existencia. Él, que ve, no puede verse. Él, que juzga, no puede juzgarse rectamente. Ni siquiera puede conocerse en su ser profundo. Aun las cosas que le rodean llegan a él, a través de los sentidos, de forma muy imperfecta. De Dios apenas si tiene un lejano conocimiento, una muy vaga idea. Respecto al mundo divino su mente queda en tinieblas.

El Espíritu que lo creó puede venir en su ayuda. El Espíritu divino. La revelación de Dios. Dios habla al hombre -condescendencia de Dios- y éste le escucha; Dios ofrece al hombre y éste acepta; Dios dirige al hombre y éste obedece. El que escucha, acepta y obedece alcanza la «sabiduría», alcanza a Dios: conoce. Ese agrada a Dios o puede, al menos, agradarle. Es la auténtica sabiduría.

Cristo es la revelación del Padre. El Espíritu, su don más precioso. Él conduce al hombre a la verdad completa. En él vemos, sentimos y queremos como Dios ve, siente y quiere. El hombre toca en él a Dios. Más aún, sólo en él podremos conocernos a nosotros mismos y el mundo en orden a Dios.

Salmo Responsorial: Sal 89

Salmo de súplica. Como base y fondo, una meditación sobre la brevedad de la vida humana. La vida es breve. Breve y cargada de cuidados. Pasa como un soplo, como un suspiro. El hombre, que reconoce sus limitaciones, posee un corazón sensato. Sabe mantenerse en su debido puesto. No pondrá estridencias en su vida, ni en su corazón extravagantes pretensiones. Modestia y humildad. Y sobre todo oración y súplica a Dios, Señor de la vida. La propia flaqueza -brevedad de la vida- hace más propicia la mano buena del Señor. Conviene repasar nuestros años para adquirir sensatez y «sabiduría». Nos obligará a recurrir a Dios, fuente de bien y de paz.

Segunda Lectura: Flm 9b. 10. 12-17

La carta a Filemón es una breve misiva personal del apóstol San Pablo. Va dirigida, como el mismo nombre indica, a su amigo Filemón. Es el más breve de los escritos del Nuevo Testamento. Es, con todo, a pesar de su brevedad, un escrito importante. Importante por el caso concreto que trata e interesante para conocer el alma cristiana de Pablo. La carta entró pronto a formar parte del Canon sagrado.

Pablo, prisionero en Roma, ha topado, no sabemos cómo, con un antiguo conocido, Onésimo. Onésimo era esclavo. Esclavo de Filemón. Onésimo había huido de su señor, residente en Colosas. En la fuga se había apropiado, al parecer, de cierta cantidad de dinero perteneciente a su señor. Onésimo podía temer penas muy severas. La ley castigaba esos delitos severamente. En tales condiciones Onésimo encuentra a Pablo.

Pablo lo acoge cordialmente, con cariño. Y advierte en él excepcionales cualidades. A Pablo le sirve de gran ayuda. (Onésimo significa «útil»). Pero Pablo no quiere retenerlo junto a sí sin contar con el beneplácito de su señor, Filemón. Pablo lo envía a su dueño con una entrañable recomendación. Por la amistad que los une y, sobre todo, por la fe cristiana que comparten, le invita y ruega a recibir al antiguo esclavo en su casa. Mas no como esclavo, sino como hermano. -Onésimo ha sido bautizado-. La vuelta de aquel dañoso esclavo ha de ser recibida con alegría y gozo, como quien entrega algo perdido, como quien recupera a la vida algo que había muerto.

Pablo no «resuelve» teóricamente el problema de la esclavitud. Pablo, como apóstol de Dios, establece en Cristo un nuevo orden entre los hombres que acabará con ella. Pablo restituye, con la fuerza del Espíritu, a los hombres a las genuinas relaciones con Dios. De esas relaciones, en Cristo, surgirán las auténticas relaciones humanas. En Cristo, Hijo, hallan los hombres un Dios Padre. En un Dios Padre, un Cristo hermano. En Cristo Hermano, una filiación divina. En la filiación divina, una fraternidad que supera toda carne y raza. Para el cristiano, aunque los estatutos civiles persistan, las relaciones humanas han cambiado profundamente. Filemón seguirá siendo el «señor»; Onésimo, el esclavo. Pero en las relaciones personales humanas no hay señor ni hay esclavo: son hermanos. La realidad ha cambiado. Por el contrario, sin Dios en Cristo no hay hermandad posible. Por más que varíen los nombres, habrá siempre señores y esclavos.

Tercera Lectura: Lc 14, 25-33

Estos versillos no constituyen una unidad original. Lucas los ha reunido aquí por la semejanza de tema. La palabra clave es discípulo. Condiciones para ser discípulo de Jesús. Por las exigencias de Jesús conocemos la importancia y seriedad del discipulado. No olvidemos que el término «discípulo» guarda un sentido específico: aquellos que siguen a Cristo a todas partes y viven con él.

Jesús se dirige a la multitud que le acompaña. Son creyentes y simpatizantes. En tiempo de Lucas representan al pueblo cristiano. Jesús busca de entre ellos sus apóstoles y discípulos. En su tiempo, de la multitud; en tiempo de la Iglesia, del pueblo fiel.

La primera condición es la renuncia a los allegados-familiares. En primer lugar aparecen los padres. Con los padres, sabemos, obliga la piedad filial. Un mandamiento la prescribe. Quien no observa el mandamiento no agrada a Dios. ¿Se coloca Jesús por encima del precepto de Dios? En realidad Jesús se presenta como Mandamiento de Dios. Los mandamientos reciben en él su sentido y cumplimiento. Quien quiera seguir a Jesús debe «dejar» a los padres. Si quiere vivir como Jesús vive, sin casa, sin familia, entregado totalmente a la predicación del Reino, el discípulo debe dejar a los padres. No se trata de perderles afecto o respeto o cariño. Es una elección, y una elección libre, en este caso, no obligatoria. Pero la elección recae sobre uno de los términos de un dilema: o esto o aquello. Si se quiere seguir al Maestro y vivir como él vive, deben quedar atrás los padres. Quien no esté dispuesto a dar el paso no sirve para discípulo. Uno no puede acompañar a Cristo en la predicación del Evangelio y permanecer «pegado» a los padres.

Si pensamos en el tiempo de Lucas, sería así más o menos: el que quiera entregarse de lleno al servicio del Reino, ocupar un puesto de importancia dentro de la nueva comunidad cristiana debe estar dispuesto a dejar a los padres, si su dedicación lo exige. Se da por supuesto que la dedicación al Evangelio puede y en cierto modo ha de exigírselo. Pensemos en los misioneros y predicadores de todos los tiempos. Quien no esté dispuesto a ello, no dé el paso; no sirve.

Lo mismo hay que decir respecto a la mujer y a los hijos. La renuncia a la mujer es propio de Lucas. No se prescribe al discípulo el celibato. Pero se le coloca en la alternativa, si llega el caso, de elegir entre la dedicación al Reino o la familia. Habrá casos en que el celibato sea una exigencia. El que, pues, se sienta pegado a los padres y ligado a una familia, sea cual sea la naturaleza de la obligación, debe abstenerse de dar el paso adelante: no reúne las condiciones para ser discípulo. La dedicación al Reino, en el discípulo, ha de ser tan plena y absorbente que desentienda a uno de la ligazón de unos padres y de los cuidados de una familia. La vocación de discípulo es sublime y seria. Está por encima de todo otro compromiso. Quien no lo entienda así no vale para discípulo.

Algo semejante vienen a decir los términos «hermanos y hermanas». Quizás piensa Lucas en el aspecto religioso que escondían estas palabras: ya hermandad judía, ya, sobre todo, hermandad cristiana local. Hay que estar dispuesto, si el evangelio lo requiere, a abandonar -dejar atrás- hasta la misma familia religiosa para entregarse de lleno a su servicio: ir fuera, lejos, a otros mundos. (Recordemos a Pablo).

El discípulo, es un paso más, debe estar dispuesto también, como condición necesaria, a renunciar a su vida en aras del reino. El servicio al Evangelio exige tal dedicación y entrega que llena la propia vida. Hasta la vida hay que ofrecer, si el Evangelio lo requiere. Las exigencias del Evangelio superan las exigencias de la vida. Quien no esté dispuesto o en condiciones de dar el paso adelante no sirve para discípulo.

La siguiente condición parece que aprieta más. Ya apareció en otro lugar dirigida a todos (9, 23) (Vd. Domingo XII.- Ciclo C). Si obliga a todos a tomar la cruz y seguir al Señor, mucho más al discípulo. El discípulo debe estar dispuesto, además de dar la vida, a aparecer como un criminal, a ser objeto de burla, de desprecio y de condenación del mundo entero por causa del Evangelio. No piense el discípulo en honores, por su cargo en la comunidad, en ganancias, en títulos y prebendas; piense en deshonras, en persecuciones, en condenaciones, en mofas e insultos. Sólo el que esté dispuesto a ello, a aparecer como un condenado con la cruz a los hombros, podrá ofrecerse como discípulo.

Jesús ilustra sus palabras con dos breves parábolas. El hombre que construye una torre y no calcula bien sus posibilidades se expone, en primer lugar, a no terminar la torre, es decir, a no cumplir su cometido y, en segundo lugar, se expone a la risa y mofa del público, al desprecio de la gente. El rey que piensa salir a batalla, calcula antes si no será mejor pedir la paz al contrincante que enfrentarse a él con un ejército en inferioridad de condiciones. Le va en ello la vida propia y la de los suyos. Así también el discípulo. Piense y calcule si tiene fuerzas y está dispuesto a dejarlo todo para seguir al Maestro. Si no lo está y se entrega a la obra, se expone a no cumplir su cometido, a acabar de malas maneras (rey) y ser objeto de mofa de todo el mundo (torre).

La última condición toca a las riquezas. Está en estrecha relación con las parábolas expuestas. El que no renuncia a sus bienes no puede seguir a Cristo como discípulo. El que no esté dispuesto a dejar sus bienes, para dedicarse al Reino, no dé el paso adelante. Ya sea como misionero, ya como presidente de una comunidad, el discípulo debe dedicarse exclusivamente al servicio de Dios, del Evangelio. Debe dejar a un lado su anterior forma de vida, su oficio, su empleo. Su empleo, su oficio por excelencia, es ahora la dedicación al Reino. Todo aquello que ponga en peligro u obstaculice ese servicio total al Evangelio debe ser abandonado. La dedicación a los bienes y riquezas es incompatible con la dedicación al Reino.

Las condiciones del discipulado se presentan aquí como libres. Es decir: se presenta como libre el discipulado. No lo fue en realidad en todos los casos. En la vida de Cristo encontramos estrictas «vocaciones» (los apóstoles, el joven rico) e invitaciones (aquí) u ofrecimientos de los oyentes (9, 57ss.). Para todos las mismas exigencias y condiciones. Seriedad e importancia del discipulado.

Consideraciones

La mies es mucha, pero los obreros, pocos; pedid al dueño de la mies que mande obreros a su mies. Son palabras de Jesús en el evangelio. Palabras que gozan de plena actualidad, aun hoy día. La mies sigue siendo copiosa y el número de obreros escaso. Hacen falta obreros para la mies del Señor. Urge pedir al dueño de la mies que envíe trabajadores a su mies. Puede ser un buen comienzo.

Jesús reunió en su tiempo, en torno a sí, un puñado de discípulos. Unos fueron llamados por él, otros admitidos en su ofrecimiento. De los primeros conocemos algunos nombres: Mateo, Pedro, Juan, Andrés... De los segundos conocemos ejemplos anónimos. En la práctica unos y otros condujeron una vida semejante: siguieron al Señor a todas partes y vivieron como él. La finalidad era, entre otras, imbuirse del espíritu de Cristo y colaborar, primero, y proseguir, después, su obra. Para todos ellos las exigencias y condiciones apuntadas.

Jesús ha sido exaltado. No cabe ya un seguimiento material de su persona, pues ya no está entre nosotros como antes. Pero su obra continúa, se alarga a través de los tiempos. La predicación del evangelio es tan actual y vital como en su tiempo sobre la tierra. Lucas transpone legítimamente al tiempo de la Iglesia la invitación y condiciones de Jesús a los discípulos. La voz del Señor, presente en la Iglesia, se dirige ahora a la multitud fiel que le escucha, a la comunidad cristiana. Jesús clama de nuevo: La mies es mucha, pero los obreros, pocos. Y las condiciones siguen siendo las mismas: Si alguno viene conmigo... Son los discípulos, los sucesores de los discípulos primeros. Son los que de forma radical quieren dedicarse al servicio del Reino. Son, en términos generales, los que ocupan en la comunidad cristiana un puesto relevante de pastores, de guías, de evangelizadores, de trabajadores de la viña. Son los dedicados al Reino.

Los aspirantes al discipulado deben tener conciencia clara de la grandeza de la obra que acometen y de las condiciones exigidas que la posibilitan. Han de renunciar a todo aquello que pueda impedir, estorbar, desviar, enturbiar la obra máxima de la predicación del Evangelio: padres, familia, hermanos, posesiones, propia fama y honra. Quien no esté dispuesto a renunciar, a dejarlo todo por el Reino, que no dé el paso adelante: no es digno, no vale. Sería un error tomar la cosa a la ligera; acabaría en el fracaso. Quien no tome como oficio, y oficio único, el pleno seguimiento de Cristo en la evangelización del Reino no es apto para entrar en el discipulado. Quien, por otra parte, se sienta llamado cuide de poseer las condiciones exigidas por Jesús y de hacerse con las disposiciones necesarias para un cumplimiento satisfactorio de la misión encomendada. La dedicación al Reino es «uniempleo»; no cuadra de ninguna forma con el pluriempleo. Uno mira de reojo al mundo religioso y al clero. Le toca mucho de esto.

La invitación va lanzada a todos. Hay que calcular el paso. No se trata de conseguir honores, sino de llevar la cruz de Cristo; no de títulos, sino de servicio pleno; no de ganancias. sino de entrega total. Es menester para ello librarse de los lazos que pueden impedirlo. Dios sigue llamando, sigue invitando. A unos les sonará mandato; a otros, invitación. Cuenten tanto el uno como el otro, con la gracia de Dios que ayuda y conforta. Pero no tomen el asunto a la ligera. Es la cosa más grande que existe. Está sobre la familia y la propia existencia. Quien no dedique su vida a esa misión, puesto una vez en ella, piense en aquel que no llegó a construir la torre o tuvo que retirarse de la batalla. Puede acarrearle una tremenda ruina. Este pensamiento debe hacerle no rehuir el seguimiento, si se siente llamado, sino tomarlo en serio. Y en serio se tomará, si uno cuida de vivir efectivamente esas condiciones. Nosotros religiosos y clérigos debemos pensar mucho en ello. Con qué ilusión y empeño hemos tomado nosotros la encomienda de Cristo. La Iglesia ha interpretado de forma práctica estas exigencias en el celibato eclesiástico y en los votos religiosos. Uno y otros son condiciones obligadas en la elección libre de entrar en el discipulado.

Esto que toca de forma inmediata al discípulo, toca de alguna forma a todo cristiano. La adhesión a Cristo está por encima de toda otra ligazón, sean padres, familia, hermanos o propia vida. Ahí están los mártires. Todos deben estar dispuestos, si el Señor lo exige, a renunciar a todo para seguirle.

El tema de la segunda lectura es también un tema interesante. Somos una civilización nueva, porque Dios ha creado en nosotros unas relaciones nuevas. Somos hermanos y, como hermanos, debemos comportarnos. San Pablo nos da un preclaro ejemplo. La primera lectura puede acompañar este pensamiento: la humildad. El hombre debe tener conciencia de su pequeñez para recurrir a Dios y escucharle. La revelación ayuda al hombre. El cristiano posee el don del Espíritu Santo. Él ha de ser nuestro Maestro.

Queda otra consideración. En la línea del evangelio podemos, y debemos, seguir las circunstancias, tocar el tema de las vocaciones sacerdotales y religiosas, y aun seglares para una dedicación al Reino. Exponer la necesidad, sostener el llamamiento y concienciar a la comunidad para que medite ruegue y anime. Es también su obra.