Domingo XXIII del tiempo ordinario

Primera Lectura: Is 35, 4-7a: Los oídos del sordo se abrirán, la len­gua del mudo cantará.

Conviene leer todo el capítulo 35 - son ocho versillos. Algunos lo llama­rían«oráculo de salvación». Otros notan, por su parte, el aire«litúrgico» que lo anima. Otros podrán subrayar, en cambio, la invitación« jubilosa» a la alegría del primer versillo. Hay que tenerlo todo esto en cuenta para am­bientarse en la lectura del texto. Opinan algunos que procede de un tiempo posterior al exilio. Esto último interesa menos. La palabra de Dios, lanzada al viento en la comunidad del pueblo santo (liturgia), se ha convertido en ser vivo que alienta siempre que encuentra un ambiente adecuado. Es aliento de Dios y, como tal, crea, anima, consuela. Es un mensaje que apunta a los tiempos mesiánicos. En ellos va a realizar Dios la «salvación». Y la salvación se expresa en forma de liberación y socorro para el hombre que padece ata­duras y amenaza sucumbir la peso de los reveses de la vida.

La gran noticia, el jubiloso «evangelio» es: ¡El Señor viene! Con él, la sal­vación, el desquite, el cambio de condición, la vida. La «salvación» ha de ser luz para el ciego, movimiento para el tullido, oído para el sordo, habla para el mudo. Hasta la misma naturaleza sentirá la «revolución»: agua en el de­sierto, torrentes en la estepa. Agua, agua, agua. Hablamos a un pueblo que lucha a brazo partido con el desierto, lugar de muerte. Sin duda alguna son metáforas. ¿Sólo metáforas? La liberación de las servidumbres concretas de este mundo apunta a la gran liberación de todo el individuo en su forma más radical y satisfactoria. Dios lo ha prometido. Dios lo cumplirá. La «verdad» de Cristo y su mensaje es ya el gran comienzo. Esto nos consuela y nos llena de esperanza. ¡El hombre, pobre y magullado, tiene una Promesa, vive una Esperanza!

Salmo responsorial: Sal 145, 7-10: Alaba, alma mía, al Señor.

Salmo de alabanza. La invitación, en el estribillo. El motivo, la conducta bondadosa del Señor. El Señor es un Dios liberador de ataduras y miserias. El Dios de la Biblia es un Dios salvador de los que sufren y están oprimidos. Dios es su defensor, su abogado, su salvador. Ese es su reino. Así ejerce su dominio. Es un Dios que ama, bondadoso y solícito. Así lo canta Israel. Así lo cantamos nosotros con todo el pueblo cristiano. La esperanza anima al salmo. Tenemos fe, tenemos esperanza. Alabemos al Señor.

Segunda Lectura: St 2, 1-5: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres como herederos del Reino?

La expresión genuina de una auténtica religiosidad cristiana es la aten­ción a los desamparados -huérfanos, viudas- y la limpieza del vaho de este mundo. Así acababa la anterior lectura de esta carta. El pensamiento del autor continúa adelante, aduciendo, en forma extrema, un ejemplo concreto, que puede haya sucedido en alguna de las comunidades cristianas: el favori­tismo escandaloso.

Jesús ha resucitado. Jesús glorioso nos ha hecho por la fe partícipes de su «gloria»; nos ha elevado a la condición de «libres» de toda atadura humana que se oponga al querer de Dios. Somos «libres» y debemos movernos con en­tera «libertad». La gracia de Cristo se extiende a todos los hombres, sin acepción de personas. Dentro de esa gracia, el poder y el deber del cristiano de alargar su acción fraterna a todos los hombres. Somos hermanos en Cristo Jesús.

Así comienza la exhortación. Quien hace «acepción» de personas, considé­rese como no «liberado» por Cristo; está todavía atado a los criterios y cos­tumbres del mundo no redimido. Cristo, que no ha hecho acepción de perso­nas con nosotros y que nos ha liberado de la esclavitud -somos sus herma­nos-, debe ser revelado en nuestra conducta de esa forma: hermano con los hermanos. El ejemplo propuesto por Santiago revela una apostasía moral de primer orden. Parece ser que algunos de los dirigentes de la comunidad cris­tiana se dejan llevar del brillo externo para «juzgar» prácticamente de la dignidad religiosa de una persona. Claudican miserablemente.

Nótese que se trata de una reunión litúrgica, en cuyo centro ¡está Cristo que dio la vida por todos, especialmente por los pobres! Un hombre rico viene a unirse a la comunidad. Quizás un pagano curioso. No era extraño entonces encontrar en las reuniones cristianas o de cualquier índole religiosa tipos no correligionarios. Lo mismo ha acontecido con un pobre andrajoso. Se ha colocado por allí. El presidente de la asamblea litúrgica se comporta de forma totalmente inconsecuente con el espíritu que debe animar a la comu­nidad y que él mismo debe encarnar. Su «juicio» es totalmente anticristiano. Han «juzgado» -la carta habla en plural- con criterios humanos, de este mundo, una realidad netamente cristiana y divina. En lugar de juzgar con libertad cristiana, se han arrastrado servilmente, deslumbrados por la sombra del oro. Han pasado por alto los auténticos valores, los del corazón, la conducta de Cristo, cuyo misterio salvífico celebran. Han injuriado a Cristo y a la comunidad Cristiana. Han juzgado contra el sentir del Señor. Pues ¿no ha elegido Dios a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino? La auténtica riqueza es la fe. Y no la han tenido en cuenta. Ha sido un escarnio. No puede darse mayor desacierto. Una con­ducta así obliga a pensar.

Tercera Lectura: Mc 7, 31-37: Hace oir a los sordos y hablar a los mudos.

Va cundiendo la convicción entre los estudiosos de que Marcos, lejos de ser «ingenuo» y «despreocupado», se muestra profundo teólogo en la composi­ción de su evangelio. Cada vez son más los autores que ven en los relatos de Marcos un notable parecido con Juan. Sus relatos están, con pequeños to­ques, impregnados de simbolismo que dirigen la atención al Misterio de Cristo en su Iglesia.

En este caso, por ejemplo, nos encontramos con el relato de un «milagro»: la curación de un sordomudo. A simple vista no parece ofrecernos más el texto. Pero, leyendo todo el evangelio y relacionando unas partes con otras, observamos que hay, no digo otra cosa, sino algo mucho más importante.

Jesús, a través del milagro material, se revela como el «abridor» de los oídos y el «soltador» de la lengua en un sentido más profundo. Jesús cumple material y espiritualmente -es decir, lleva a su perfección- la promesa de Is 35, 5, leída en la primera lectura. La comunidad cristiana, que escucha el relato, lo confiesa y lo proclama: Todo lo ha hecho bien… Jesús resucitado, presente en la comunidad, es el que realmente «abre los oídos» para oir la palabra de Dios y aceptarla y «suelta la lengua»par proclamarla. En aquel milagro ven los ojos cristianos, también el evangelista, la obra de Cristo que «libera» al hombre de su incapacidad de acercarse a la palabra de Dios, de entenderla y de proclamarla debidamente. El hombre estaba en­fermo e im­pedido respecto al mundo superior, al auténtico mundo de Dios. Cristo lo cura. La curación material es «signo» de la curación salvadora que abarca a todo el hombre.

Pero hay más todavía. Puede que el gesto del dedo en el oído, de la saliva en la lengua (elementos materiales muy queridos por Marcos) y la exclama­ción «Effetá» estén recordando un rito bautismal antiguo. De ser así, ten­dríamos que el milagro del sordomudo aludiría de forma simbólica al gran portento del hombre cristiano que, por la mano de Cristo, pasa de sordo a «oidor» y de mudo a «parlante» de realidades superiores. Cristo le da acceso al mundo divino. ¿No es esto una maravilla grandiosa? ¿No merece nuestra aclamación y alabanza? Eso precisamente parece intentar el evangelio de Marcos.

El mismo afán de Cristo por ocultar su verdadera personalidad refleja el Misterio de su persona que, no obstante estar gritando sus obras ser él el Mesías, debe pasar por la humillación, la pasión y la muerte. ¿Cómo es que, obrando tales maravillas, ha debido morir de forma tan horrible? Ese es el Misterio. La Iglesia lo admira y venera en su complejidad: Cristo Salvador en el más profundo sentido de la palabra, humilde y oscuro en su divinidad. Se respira el aire litúrgico de la perícopa. ¿Continuara Jesús, por su parte, suspirando por nuestra falta de inteligencia y comprensión?

Consideraciones

El evangelio nos ofrece el tema: Jesús, liberador de las ataduras huma­nas; la curación de un sordomudo.

La acción material de curar corporalmente al enfermo es «signo» de la ac­ción interna sobrenatural de Cristo de curar a los hombres. La verdadera enfermedad del hombre está ahí, en su falta de oído para lo divino y en su falta de lengua para lo sagrado. ¿Nos damos cuenta de ello? ¿Cómo, por lo contrario, vamos a recurrir a Cristo para que nos cure?. La celebración li­túrgica encierra también ese sentido. Jesús, el gran médico de Dios.

En Jesús, con su gracia, vemos, oímos y hablamos algo inusitado y grande. Oímos la voz salvadora de Dios - su palabra toma carne en nosotros - y hablamos un nuevo idioma - llamamos a Dios ¡Padre! y a los semejantes hermanos. Somos todos un hombre nuevo. Todo ello sucede en «secreto», de modo imperceptible, en «sacramento». La celebración litúrgica es el mejor ejemplo. Por otra parte, nuestro comportamiento de sanos debe gritarlo a todo el mundo y en todo momento. Al cristiano que no manifieste en la vida su condición de sano, le falta algo. La celebración eucarística debe recordár­selo.

Pero esperamos la gran «revelación», la expresión plena de la «curación» que Dios ha comenzado en nosotros. La acción de Cristo es profunda y trans­formante en nuestras almas; pero no se ha manifestado aún del todo. Espe­ramos el acontecimiento. La promesa de Isaías, con todo ya se está cum­pliendo. El don está ya en marcha. La acción «liberadora» de Jesús se enca­mina a su término. La Iglesia, Comunidad de esperanza, toma conciencia de ello en la celebración sagrada: La figura de Jesús, que abre el oído y suelta la lengua, suscita y aviva en nosotros el deseo de poseer la salvación plena. Con el deseo la esperanza, y con la esperanza la oración humilde y la ala­banza (salmo).

La comunidad cristiana, reunida en la celebración litúrgica, debe expre­sar su condición de «liberada» y«liberadora». Es el pensamiento de la se­gunda lectura. los cristianos vemos, oímos y hablamos de forma diversa a como lo hace el mundo. Nuestros ojos no son sus ojos, ni nuestra lengua, su lengua. No hablamos un mismo lenguaje, ni vivimos una misma vida. Los pobres, los humildes, los necesitados, deben «verlo», «oírlo» y «proclamarlo». Hay muchos cristianos que, olvidando su vocación liberadora de ser herma­nos en Cristo, se comportan según los criterios del mundo, como «sordos» y «mudos». Es fatal. ¿Cabe mayor desgracia que perder el oído divino que nos otorgó Cristo y atar la lengua que pronuncia con amor ¡Padre! ¡Hermanos!?. Puede que topemos con comunidades cristianas de esta índole. ¿Qué decir de ellas?. Más aún, puede que hasta representantes de la Iglesia vayan en la misma dirección. Horrible. Y puede, también, que hasta se resienta esto en la misma celebración del Misterio cristiano. Algo inconcebible. Y nosotros, ¿qué?. ¿Hasta qué punto somos liberados y liberadores de esas lacras?. El sentimiento de fraternidad y su ejercicio; la valía de los criterios cristianos; la sencillez de nuestra caridad es, o son, una pregunta y una necesidad acu­ciante. Nuestra religiosidad a de manifestarse «convincente». Me refiero en particular al pobre, al necesitado, al humilde.

Domingo XXIII del tiempo ordinario

Primera Lectura: Is 35, 4-7a: Los oídos del sordo se abrirán, la len­gua del mudo cantará.

Conviene leer todo el capítulo 35 - son ocho versillos. Algunos lo llama­rían«oráculo de salvación». Otros notan, por su parte, el aire«litúrgico» que lo anima. Otros podrán subrayar, en cambio, la invitación« jubilosa» a la alegría del primer versillo. Hay que tenerlo todo esto en cuenta para am­bientarse en la lectura del texto. Opinan algunos que procede de un tiempo posterior al exilio. Esto último interesa menos. La palabra de Dios, lanzada al viento en la comunidad del pueblo santo (liturgia), se ha convertido en ser vivo que alienta siempre que encuentra un ambiente adecuado. Es aliento de Dios y, como tal, crea, anima, consuela. Es un mensaje que apunta a los tiempos mesiánicos. En ellos va a realizar Dios la «salvación». Y la salvación se expresa en forma de liberación y socorro para el hombre que padece ata­duras y amenaza sucumbir la peso de los reveses de la vida.

La gran noticia, el jubiloso «evangelio» es: ¡El Señor viene! Con él, la sal­vación, el desquite, el cambio de condición, la vida. La «salvación» ha de ser luz para el ciego, movimiento para el tullido, oído para el sordo, habla para el mudo. Hasta la misma naturaleza sentirá la «revolución»: agua en el de­sierto, torrentes en la estepa. Agua, agua, agua. Hablamos a un pueblo que lucha a brazo partido con el desierto, lugar de muerte. Sin duda alguna son metáforas. ¿Sólo metáforas? La liberación de las servidumbres concretas de este mundo apunta a la gran liberación de todo el individuo en su forma más radical y satisfactoria. Dios lo ha prometido. Dios lo cumplirá. La «verdad» de Cristo y su mensaje es ya el gran comienzo. Esto nos consuela y nos llena de esperanza. ¡El hombre, pobre y magullado, tiene una Promesa, vive una Esperanza!

Salmo responsorial: Sal 145, 7-10: Alaba, alma mía, al Señor.

Salmo de alabanza. La invitación, en el estribillo. El motivo, la conducta bondadosa del Señor. El Señor es un Dios liberador de ataduras y miserias. El Dios de la Biblia es un Dios salvador de los que sufren y están oprimidos. Dios es su defensor, su abogado, su salvador. Ese es su reino. Así ejerce su dominio. Es un Dios que ama, bondadoso y solícito. Así lo canta Israel. Así lo cantamos nosotros con todo el pueblo cristiano. La esperanza anima al salmo. Tenemos fe, tenemos esperanza. Alabemos al Señor.

Segunda Lectura: St 2, 1-5: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres como herederos del Reino?

La expresión genuina de una auténtica religiosidad cristiana es la aten­ción a los desamparados -huérfanos, viudas- y la limpieza del vaho de este mundo. Así acababa la anterior lectura de esta carta. El pensamiento del autor continúa adelante, aduciendo, en forma extrema, un ejemplo concreto, que puede haya sucedido en alguna de las comunidades cristianas: el favori­tismo escandaloso.

Jesús ha resucitado. Jesús glorioso nos ha hecho por la fe partícipes de su «gloria»; nos ha elevado a la condición de «libres» de toda atadura humana que se oponga al querer de Dios. Somos «libres» y debemos movernos con en­tera «libertad». La gracia de Cristo se extiende a todos los hombres, sin acepción de personas. Dentro de esa gracia, el poder y el deber del cristiano de alargar su acción fraterna a todos los hombres. Somos hermanos en Cristo Jesús.

Así comienza la exhortación. Quien hace «acepción» de personas, considé­rese como no «liberado» por Cristo; está todavía atado a los criterios y cos­tumbres del mundo no redimido. Cristo, que no ha hecho acepción de perso­nas con nosotros y que nos ha liberado de la esclavitud -somos sus herma­nos-, debe ser revelado en nuestra conducta de esa forma: hermano con los hermanos. El ejemplo propuesto por Santiago revela una apostasía moral de primer orden. Parece ser que algunos de los dirigentes de la comunidad cris­tiana se dejan llevar del brillo externo para «juzgar» prácticamente de la dignidad religiosa de una persona. Claudican miserablemente.

Nótese que se trata de una reunión litúrgica, en cuyo centro ¡está Cristo que dio la vida por todos, especialmente por los pobres! Un hombre rico viene a unirse a la comunidad. Quizás un pagano curioso. No era extraño entonces encontrar en las reuniones cristianas o de cualquier índole religiosa tipos no correligionarios. Lo mismo ha acontecido con un pobre andrajoso. Se ha colocado por allí. El presidente de la asamblea litúrgica se comporta de forma totalmente inconsecuente con el espíritu que debe animar a la comu­nidad y que él mismo debe encarnar. Su «juicio» es totalmente anticristiano. Han «juzgado» -la carta habla en plural- con criterios humanos, de este mundo, una realidad netamente cristiana y divina. En lugar de juzgar con libertad cristiana, se han arrastrado servilmente, deslumbrados por la sombra del oro. Han pasado por alto los auténticos valores, los del corazón, la conducta de Cristo, cuyo misterio salvífico celebran. Han injuriado a Cristo y a la comunidad Cristiana. Han juzgado contra el sentir del Señor. Pues ¿no ha elegido Dios a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino? La auténtica riqueza es la fe. Y no la han tenido en cuenta. Ha sido un escarnio. No puede darse mayor desacierto. Una con­ducta así obliga a pensar.

Tercera Lectura: Mc 7, 31-37: Hace oir a los sordos y hablar a los mudos.

Va cundiendo la convicción entre los estudiosos de que Marcos, lejos de ser «ingenuo» y «despreocupado», se muestra profundo teólogo en la composi­ción de su evangelio. Cada vez son más los autores que ven en los relatos de Marcos un notable parecido con Juan. Sus relatos están, con pequeños to­ques, impregnados de simbolismo que dirigen la atención al Misterio de Cristo en su Iglesia.

En este caso, por ejemplo, nos encontramos con el relato de un «milagro»: la curación de un sordomudo. A simple vista no parece ofrecernos más el texto. Pero, leyendo todo el evangelio y relacionando unas partes con otras, observamos que hay, no digo otra cosa, sino algo mucho más importante.

Jesús, a través del milagro material, se revela como el «abridor» de los oídos y el «soltador» de la lengua en un sentido más profundo. Jesús cumple material y espiritualmente -es decir, lleva a su perfección- la promesa de Is 35, 5, leída en la primera lectura. La comunidad cristiana, que escucha el relato, lo confiesa y lo proclama: Todo lo ha hecho bien… Jesús resucitado, presente en la comunidad, es el que realmente «abre los oídos» para oir la palabra de Dios y aceptarla y «suelta la lengua»par proclamarla. En aquel milagro ven los ojos cristianos, también el evangelista, la obra de Cristo que «libera» al hombre de su incapacidad de acercarse a la palabra de Dios, de entenderla y de proclamarla debidamente. El hombre estaba en­fermo e im­pedido respecto al mundo superior, al auténtico mundo de Dios. Cristo lo cura. La curación material es «signo» de la curación salvadora que abarca a todo el hombre.

Pero hay más todavía. Puede que el gesto del dedo en el oído, de la saliva en la lengua (elementos materiales muy queridos por Marcos) y la exclama­ción «Effetá» estén recordando un rito bautismal antiguo. De ser así, ten­dríamos que el milagro del sordomudo aludiría de forma simbólica al gran portento del hombre cristiano que, por la mano de Cristo, pasa de sordo a «oidor» y de mudo a «parlante» de realidades superiores. Cristo le da acceso al mundo divino. ¿No es esto una maravilla grandiosa? ¿No merece nuestra aclamación y alabanza? Eso precisamente parece intentar el evangelio de Marcos.

El mismo afán de Cristo por ocultar su verdadera personalidad refleja el Misterio de su persona que, no obstante estar gritando sus obras ser él el Mesías, debe pasar por la humillación, la pasión y la muerte. ¿Cómo es que, obrando tales maravillas, ha debido morir de forma tan horrible? Ese es el Misterio. La Iglesia lo admira y venera en su complejidad: Cristo Salvador en el más profundo sentido de la palabra, humilde y oscuro en su divinidad. Se respira el aire litúrgico de la perícopa. ¿Continuara Jesús, por su parte, suspirando por nuestra falta de inteligencia y comprensión?

Consideraciones

El evangelio nos ofrece el tema: Jesús, liberador de las ataduras huma­nas; la curación de un sordomudo.

La acción material de curar corporalmente al enfermo es «signo» de la ac­ción interna sobrenatural de Cristo de curar a los hombres. La verdadera enfermedad del hombre está ahí, en su falta de oído para lo divino y en su falta de lengua para lo sagrado. ¿Nos damos cuenta de ello? ¿Cómo, por lo contrario, vamos a recurrir a Cristo para que nos cure?. La celebración li­túrgica encierra también ese sentido. Jesús, el gran médico de Dios.

En Jesús, con su gracia, vemos, oímos y hablamos algo inusitado y grande. Oímos la voz salvadora de Dios - su palabra toma carne en nosotros - y hablamos un nuevo idioma - llamamos a Dios ¡Padre! y a los semejantes hermanos. Somos todos un hombre nuevo. Todo ello sucede en «secreto», de modo imperceptible, en «sacramento». La celebración litúrgica es el mejor ejemplo. Por otra parte, nuestro comportamiento de sanos debe gritarlo a todo el mundo y en todo momento. Al cristiano que no manifieste en la vida su condición de sano, le falta algo. La celebración eucarística debe recordár­selo.

Pero esperamos la gran «revelación», la expresión plena de la «curación» que Dios ha comenzado en nosotros. La acción de Cristo es profunda y trans­formante en nuestras almas; pero no se ha manifestado aún del todo. Espe­ramos el acontecimiento. La promesa de Isaías, con todo ya se está cum­pliendo. El don está ya en marcha. La acción «liberadora» de Jesús se enca­mina a su término. La Iglesia, Comunidad de esperanza, toma conciencia de ello en la celebración sagrada: La figura de Jesús, que abre el oído y suelta la lengua, suscita y aviva en nosotros el deseo de poseer la salvación plena. Con el deseo la esperanza, y con la esperanza la oración humilde y la ala­banza (salmo).

La comunidad cristiana, reunida en la celebración litúrgica, debe expre­sar su condición de «liberada» y«liberadora». Es el pensamiento de la se­gunda lectura. los cristianos vemos, oímos y hablamos de forma diversa a como lo hace el mundo. Nuestros ojos no son sus ojos, ni nuestra lengua, su lengua. No hablamos un mismo lenguaje, ni vivimos una misma vida. Los pobres, los humildes, los necesitados, deben «verlo», «oírlo» y «proclamarlo». Hay muchos cristianos que, olvidando su vocación liberadora de ser herma­nos en Cristo, se comportan según los criterios del mundo, como «sordos» y «mudos». Es fatal. ¿Cabe mayor desgracia que perder el oído divino que nos otorgó Cristo y atar la lengua que pronuncia con amor ¡Padre! ¡Hermanos!?. Puede que topemos con comunidades cristianas de esta índole. ¿Qué decir de ellas?. Más aún, puede que hasta representantes de la Iglesia vayan en la misma dirección. Horrible. Y puede, también, que hasta se resienta esto en la misma celebración del Misterio cristiano. Algo inconcebible. Y nosotros, ¿qué?. ¿Hasta qué punto somos liberados y liberadores de esas lacras?. El sentimiento de fraternidad y su ejercicio; la valía de los criterios cristianos; la sencillez de nuestra caridad es, o son, una pregunta y una necesidad acu­ciante. Nuestra religiosidad a de manifestarse «convincente». Me refiero en particular al pobre, al necesitado, al humilde.