Domingo XXIII del tiempo ordinario

Primera lectura: Ez 33, 7-9.

El centinela tiene un puesto: lo más alto de la muralla, la torre. Un espacio para sus pasos: la ronda junto a las murallas. Un oficio: otear el horizonte. Una misión: mantener alerta y avisada la población. En su mano está la vida de muchos. No puede alejarse de su puesto, ni salirse de su campo, ni dejar de mirar, ni perder su voz. Sería responsable de la catástrofe que pudiera sobrevenir a la ciudad, si se presentase inadvertido el enemigo. Así el profeta. El profeta es el vigía, el centinela. Tiene un puesto en la ciudad y una misión que cumplir en el pueblo de Dios: alertar a los fieles de sus relaciones con su Señor. No puede perder la vista, ni el oído, ni la voz. No puede ignorar los peligros que acechan al pueblo; no puede dejar de escuchar los avisos de Dios; no puede dejar de clamar ¡viene el enemigo!, ¡dice Dios! La ciudad de Dios está, en cierto sentido, bajo su responsabilidad. El profeta debe avisar, corregir y hasta recriminar. Es su oficio. Por amor a Dios y al prójimo. Se le exigirán cuentas. La perdición del malvado, si no ha intercedido oportuno aviso, pesará sobre su conciencia. Pudo haberlo salvado y enmudeció cobarde. El Señor pedirá cuenta de su sangre.

Salmo Responsorial: Sal 94.

Salmo de alabanza. Salmo de aire profético. Dentro de un acto cultual, la autorizada voz del profeta que habla en nombre de Dios: No endurezcáis. No puede tomar parte en el culto quien endurece el corazón; tampoco entrará en su descanso. Los acontecimientos del desierto sirven de lección y parenesis: nadie que tiente al Señor es digno de él; acabará lejos de la tierra prometida, tragado por la tierra. El profeta se siente en la obligación de advertir y exhortar al pueblo. En la alabanza, pues, un motivo de lección.

También para nosotros sirven de lección los acontecimientos de la historia antigua. Fueron escritos, dice San Pablo, para nuestro provecho. Atendamos a la voz del profeta y recojamos sus enseñanzas. El descanso se ha convertido en Descanso. No entrará en la Vida eterna quien endurezca su corazón al Señor. Es un peligro que hay que evitar.

Segunda lectura: Rm 13, 8-10.

Unos versillos antes, los inmediatos anteriores, ha hablado Pablo de la obligación de todo cristiano de contribuir a las necesidades y cargas del Estado. Es un deber de justicia pagar tributos e impuestos. Que no queden sin cubrir tales obligaciones: No debáis nada a nadie. Lo que es lo mismo: Cumplid con la justicia.

Pablo pasa ahora a la caridad.Ésta no tiene límites ni fronteras. El cristiano debe sentirse siempre deudor en ella. Su oficio es amar, hacer el bien; por vocación ser caritativo. La caridad ha de informar toda su conducta. Quien la vive con intensidad cumple todos los requisitos de la Ley. Ante la Ley que exige y obliga, el amador y caritativo se encontrará siempre cumplidor. Pues la Ley, pormenorizada en tantos preceptos, tiene por meta y aspiración la práctica del bien, práctica cordial y sincera. Esto lo consigue la caridad. El que ama (Vd.1 Co capítulo 13) busca el bien del prójimo, no su propio interés; y quien busca y practica el bien del prójimo cumple la Ley. La Ley entera está en el amor. El amor debe informar todas nuestras acciones. El que ama cumple y da sentido a la Ley. Ese es el cristiano por vocación.

Tercera lectura: Mt 18, 15-20.

Capítulo 18. Uno de los grandes discursos de este evangelio. Discurso llamado eclesiástico. Eclesiástico porque ofrece un material referente a la Iglesia como sociedad integrada por hermanos que se reúnen en torno a Jesús. Regula, de forma elemental, las relaciones de los miembros entre sí. Dentro de tan señalado capítulo, la sección referente a la llamada corrección fraterna. El texto goza de gran celebridad y aplicación en la Iglesia, especialmente en las Órdenes y Congregaciones religiosas.

Se trata de un hermano. No perdamos de vista esta calificación: es la base de todas las disposiciones que siguen. Es, pues, un hermano: un miembro de la comunidad, con quien nos unen estrechos lazos de familia.(La Iglesia es una familia, todos son hijos de Dios). El hermano ha tenido la desgracia de cometer un pecado, se supone grave, y de continuar en él. Es un mal grave para él y, en cierto sentido, para la Iglesia de la que forma parte. El amor fraterno obliga a recuperar aquella oveja descarriada que peligra perderse. Pues por su pecado está a punto de separarse de la Comunidad. Cualquiera de los hermanos debe hacerlo. So todavía sus sentimientos de fraternidad son vivos, es decir, si hace caso al hermano que avisa, hemos ganado al hermano, como hermano también naturalmente. Una gran obra; la más grande, pues a eso vino Jesús: a salvar la oveja perdida (versillos atrás). Que no hace caso, busquemos dos o tres que puedan, por su fuerza y testimonio, hacerle volver atrás. Hay que apurar todos los medios. So desoye sus reconvenciones, acúdase a la autoridad suprema, a la familia entera, ya en sí, ya en sus representantes. Un hermano, que todavía estima en algo su pertenencia a la Iglesia, no desoirá su corrección. So por mal de males la desatiende, él mismo se desvincula de la Comunidad; ya no la considera prácticamente su familia, como Comunidad salvífica, como Obra de Dios. Ha dejado de ser miembro, ha dejado de ser hermano, y, como tal, queda gentil y publicano: fuera de la Iglesia, como público pecador y negador de la misma. En la Iglesia descansa la autoridad y el poder de Jesús. Ese individuo rechaza a Jesús en la Comunidad; rechaza a la Comunidad de Jesús. La Comunidad, la Iglesia, ha recibido de Jesús, Señor y Salvador, el poder y la misión supremos de salvar. Quien la rehusa la salvación; quien la desoye a Dios. Lo que la Iglesia decide Dios: Dios está en ella, Cristo es su centro. Y tanto es así, que, donde se reúnan dos o tres en su nombre, allí está él.

Gran autoridad la de la Iglesia. Gran poder y gran responsabilidad. Todo en función de un amor y de una dignidad. El hermano deja de ser hermano, es decir, rompe con la familia, cuando renuncia a serlo. A ese tal hay que arrojarlo fuera, como escandaloso (versillos atrás). Sobre él el juicio de Dios, por no haber escuchado su voz misericordiosa en la voz de la Iglesia. Como es decisiva su decisión, es infalible su plegaria. Su oración será siempre oída. En el fondo: unión y unidad de la Iglesia con Dios. Al fin y al cabo la Iglesia es Dios entre y con nosotros. La Iglesia debe juzgar con amor. Hasta la excomunión es y debe ser una expresión de amor. Pero, no olvidemos, es el individuo quien se excomulga a sí mismo. Tenemos, pues, en Mateo una elemental casuística sobre la corrección.

Consideraciones:

La Iglesia es de institución divina. Lo recordábamos el domingo pasado. Cristo ha fundado su Iglesia. Como fundación divina, la Iglesia posee prerrogativas que tocan a lo divino. Es expresión y realización concreta del plan divino de salvación. Jesús está en ella y, en ella y a través de ella, realiza la salvación. Veamos algunos puntos.

La Iglesia es una familia; es la Familia de Dios. Los miembros son, en Cristo, hijos de Dios y hermanos unos con otros. El espíritu que los anima es el amor filial y el amor fraterno.(Juan lo pondrá de relieve). Amor siempre y por encima de todo. Pablo nos dice algo de eso en la segunda lectura. La Ley suprema, que regula las relaciones entre los miembros, es la caridad: deuda perenne del cristiano con todo el mundo, máxime con el hermano. Es su oficio y su vocación. Un hermano puede perder el espíritu de la Comunidad, pecando contra Dios y contra los hombres, perdiendo la caridad.(La Iglesia no se compone sólo de justos). El amor que anima a la Comunidad tiende por sí mismo a subsanar aquella herida, a recuperar aquella pérdida. Y esto en cualquiera de sus miembros: en el más cercano quizás. El pecador está a punto de perderse y Dios no quiere que se pierda (parábola de la oveja descarriada, versillos atrás): Cristo ha dado la vida por ella. La caridad exige un esfuerzo por conseguirla de nuevo. Debemos observar una conducta divina. La actitud de búsqueda, de corrección, de recuperación de lo perdido ha de durar siempre y como sea posible. La Comunidad entera, como tal, ha de empeñarse en ello con todo ahínco y afán. Se le ha dado poder para ello: poder para salvar. Sólo, cuando se rechaza tal poder, quedan atadas sus manos. El pasaje de Ezequiel refuerza el pensamiento: hay que advertir al malvado de su maldad. Unos y otros somos, en la Comunidad, vigías y centinelas de la salvación del hermano. La muerte del hermano caerá bajo nuestra responsabilidad. ¿Cómo cumplimos con esa obligación? ¿Advertimos? ¿Alertamos? ¿Denunciamos los peligros que pueden ocasionar la muerte de los hermanos?

El pecador que desoye la voz fraterna, que desatiende la solicitud de madre, que desecha la mano salvadora de la Iglesia, desoye y desecha a Cristo mismo. Sobre él el juicio. Sepa a qué se expone, si no da el paso atrás y no acepta la corrección de los hermanos.Él mismo se separa de la familia; él mismo se hace extraño. No considera a la Iglesia como Iglesia; ni al hermano como hermano; ni a Cristo como salvador y perdonador. La Iglesia declara miembro muerto al muerto y podrido miembro, que rechaza toda cura y atención. Como muerto y podrido que se resiste decidido a toda cura, la Iglesia lo declara separado de la vida, muerto. Aquel individuo puede podrir a los demás. Y el escándalo es el peor mal que puede existir en la Iglesia: hay que arrojarlos a lo profundo del mar. El que desprecia a la Iglesia desprecia a Dios. Mal gravísimo que debe ser apartado: gentil y publicano. Infiel y pecador público.

Está claro el poder y el deber de la Iglesia. Su misión de perdonar la capacita para atar y desatar; para unir y separar. El amor ha de ser el principio que informe todas sus decisiones. La Iglesia debe apurar todos los medios a su alcance, habida cuenta de la debilidad humana; es voluntad de Dios que nadie se pierda. Pero debe cuidar también de la salud del rebaño. Ahí reside su fuerza y su dignidad. Ya hemos visto en Pablo la deuda del amor.

La oración de la Iglesia es siempre escuchada. Es la oración de Cristo que se encuentra en medio de ella. Infunde confianza saberse acompañado por Cristo en nuestras súplicas comunitarias al Padre. También saberse perdonado por Dios, cuando la Iglesia perdona; por el contrario, temer el juicio de Dios, cuando la Iglesia juzga.