Domingo XXII del tiempo ordinario.

Primera Lectura: Si 3, 19-21. 30-31

Al sabio le corresponde el consejo. Y el consejo hay que buscarlo en la boca del sabio. El «sabio» ha estudiado, ha meditado, ha observado la vida, ha «vivido». De sus labios procede la sabiduría, la palabra oportuna, el consejo acertado, el pensamiento útil, la norma de conducta. El sabio es un maestro. Un maestro humilde y modesto. El sabio conoce los límites de su ciencia, la profundidad de su ignorancia. El sabio es atento, respetuoso. No esconde sus misterios. El sabio transmite generoso lo que generosamente le entregó la vida. Da de todo corazón. Da un trozo de su corazón, una parte de su vida. Deposita fuera de sí una parte de su persona. El discípulo escucha discreto y acoge agradecido el pedazo de aquel «yo» que vuela a su encuentro. El sabio engendra otro sabio. El sabio se torna «padre» y el discípulo «hijo». La sabiduría entabla relaciones, engendra amistades, funda familia. Tras el sabio que habla, se encuentra Dios. Tras el maestro que enseña, se esconde el Padre. La Sabiduría de Dios engendra Sabios; la Palabra del Padre crea Hijos. La Sabiduría de Dios es Cristo. Nosotros escuchamos su Palabra como hijos. (Es la Sagrada Escritura palabra de Dios).

La experiencia humana y religiosa enseña y encomia la humildad. El recto sentir de sí mismo agrada a Dios y a los hombres. El humilde sabe apreciar lo grande y lo pequeño. Y lo grande a sus ojos es todo ser que refleja a Dios, Grande. Y pequeño, lo que le impide ver, sus ojos manchados. El hombre humilde ve en todas partes la mano de Dios, y se inclina reverente. Y el que se inclina ante Dios se abre a sus bendiciones y se hace depositario de sus misterios. Dios se manifiesta al que le escucha atento; llena la mano del que se la tiende abierta; da al que pide humilde y enseña al que busca la Sabiduría. Es grande la humildad. Ante Dios y ante los hombres. Todos la aprecian. La humildad es como la sabiduría: entabla relaciones, engendra amistades, funda familia.

Lo más opuesto a la Sabiduría es la soberbia y el cinismo. Es un mal que no tiene cura. Sólo Dios puede curarlo; no el hombre. La corrección del sabio exaspera y enloquece al soberbio. La arrogancia es principio de muchos males. La Sabiduría, la humildad, es un arte y una ciencia de lo humano y de lo divino. Conviene reflexionar.

Salmo Responsorial: Sal 67

Salmo de alabanza. Al menos en la selección de versillos que presenta la liturgia aparece claro el aire de himno. Invitación a la alabanza y motivos. La bondad de Dios se manifiesta en la protección del humilde e indefenso, y en la providencia amorosa sobre el pueblo. Dios mira con verdadera piedad paternal a los pobres y humildes. Lo proclama la experiencia secular de Israel. El Señor Dios merece la alabanza. Cristo ratificará de forma solemne esa imagen de Dios: pobre, humilde, por los pobres y humildes de la tierra.

Segunda Lectura: Hb 12, 18-19. 22-24a

Dios habló en un tiempo... por los profetas..., en los últimos tiempos habló en el Hijo. Es el comienzo de la carta-discurso a los Hebreos. Dios habló es la afirmación fundamental. En el Hijo, la novedad transcendental. El Acontecimiento Cristo, Palabra de Dios, el tema de la obra.

Dios habló y Dios habla: Dios continúa hablando. El autor recurre al entonces de la Antigua Alianza para, por contraste, presentar la hondura y transcendencia del Hoy de la Nueva. La comparación de una con otra atraviesa toda la carta. También aquí aparece el contraste; el fin es parenético. La Voz de Dios debe ser escuchada. El juicio sobre el que la desoiga será terrible. Terrible fue en la Disposición Antigua, terrible en extremo será el juicio en la Nueva. Responsabilidad mayor en una revelación mayor. Cristo ha abierto el acceso a Dios. El único, el verdadero acceso. ¡Ay de quien descuida tan gran salvación! Es el contexto.

Dios habló en el Sinaí a Moisés. Fue una teofanía tremenda. Veamos los pormenores:

Dios habló en el Sinaí. En un monte. Monte alto y apartado. Una masa de tierra tangible. Dios habló sobre la tierra. El lugar era terreno, de este mundo. Dios habló desde el monte. Habló con voz de trueno, de forma espantosa. Los oyentes quedaron despavoridos. A Dios lo cubría la nube, lo envolvía el fuego, lo defendía el trueno. En realidad la voz de Dios hacía temblar y repelía. El mismo Moisés estaba espantado. Los hombres no «podían» oír aquella voz. Pidieron que Dios no les hablara, que les hablara Moisés. En realidad el pueblo no tuvo acceso a Dios. Aun siendo un monte tangible no se podía tocar. Había amenaza de muerte sobre el que osara acercarse a él. El pueblo no vio a Dios ni entendió sus palabras. Necesitaron del intérprete Moisés. La manifestación terrena del Dios Santo se mostró insoportable. Así fue el «hablar» de Dios entonces.

En cambio, el hablar de Dios AHORA es diverso. No es un monte tangible, terreno. Es la Ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, la Asamblea de... Es algo divino. Y con ser divino es al mismo tiempo, bajo otro aspecto, tangible. ¡Tenemos acceso a Dios! Estamos ya dentro. No está castigada con la muerte la entrada a tan sagrado recinto. Todo lo contrario, la Muerte amenaza al que se queda fuera. La Voz de Dios, su Hijo, es audible. No espanta, atrae; no aterra, consuela; no hiere, sana; no mata, salva. La Voz del Hijo nos hace hijos; como la voz del siervo Moisés hacía siervos. Jesús no es un mediador; es el Mediador. Y la alianza es la eterna Alianza. La Voz de Dios se ha hecho carne nuestra. Jesús no se avergüenza de llamarnos hermanos. No lo rodea niebla y fuego, sino luz y Espíritu. Por eso, ¡hay que oír su voz!

Tercera Lectura: Lc 14, 1. 7-14

Jesús ha sido invitado a comer por un fariseo. Otra vez lo fue por un publicano, Mateo. Jesús acepta la invitación, venga de donde venga, pues ha venido para todos. Los invitados pertenecen, naturalmente, al grupo de los fariseos. (En el caso de Mateo, la concurrencia será «publicana»). Hombres cumplidores de la Ley, conscientes de su piedad, engreídos, propensos a honores y primeros puestos, autosuficientes y perfectos. No hay allí pordiosero alguno, ni andrajoso, ni publicano bien vestido: impuros y prácticamente irreligiosos. La concurrencia es de lo más limpio y florido religiosamente.

Los comensales espían y acechan a Jesús. ¿Qué hace allí Jesús? En realidad no es un amigo más. No es uno de su grupo. Eso sí, Jesús es un hombre que cumple y un hombre que, como predicador y maestro, ejerce gran influjo en el pueblo. Hay quien lo tiene como profeta. Pero su conducta deja mucho que desear: no observa las tradiciones de los antiguos. Los «sabios y perfectos» de Israel espían al Sabio y Santo de Dios. Las palabras de Jesús encajan bien en el contexto. Los dos ejemplos que propone se refieren al banquete, y los dos tocan directamente la mentalidad y conducta de los oyentes.

El primer ejemplo, claro y transparente, pretende expresar una verdad religiosa. Jesús no se propone dar un consejo que atañe a la buena educación o crianza, a la etiqueta o a la misma ética. Todo esto, sin dejar de ser interesante, bueno, sugestivo, no transciende el terreno social humano. El ejemplo quiere revelar no las relaciones de los hombres entre sí, sino las relaciones con Dios. Un ejemplo de sociedad con transcendencia religiosa. Sería así:

El fariseo, autosuficiente, pagado de sí mismo, consciente de su valía, dignidad e importancia, busca afanosamente su puesto a la cabeza de los comensales. Él se sabe cabeza y principal (por su conocimiento de la Ley, por su comportamiento, por su piedad...). Otro invitado, que no tiene motivos para creerse alguien, tiende a ocupar naturalmente el puesto que le corresponde: el último. Pero he aquí que el anfitrión opina de otra manera y trastorna los puestos. Vergüenza para el uno, honor para el otro. Puede suceder en cualquier invitación. En la invitación de Dios, ¡siempre! Es la enseñanza del ejemplo.

La postura farisaica no agrada a Dios. Dios coloca en los primeros puestos a los que se tienen por nada: a los pequeños, a los inútiles, a los que no ven en sí motivo alguno para colocarse los primeros. Jesús manifiesta de esta forma una gran verdad religiosa que el mundo, aun el mundo religioso de entonces, no puede comprender. El fariseo, a pesar de cumplir la Ley, está lejos del Señor de la Ley; a pesar de su piedad, no agrada a Dios; a pesar de su conocimiento, desconoce la verdad. Está el último. Más aún, está fuera. Le ha tocado de lleno la humillación. Dios declara nulos sus títulos, sus arrogancias, sus honores y su comportamiento. Ante él no valen nada. Más bien desdicen. Lucas lo recordará con insistencia en su evangelio. Es enseñanza típica de Jesús.

El segundo ejemplo expresa también una verdad religiosa. El comer juntos facilita las relaciones sociales. Y la invitación a un banquete es ya signo de amistad. Jesús se dirige al fariseo que le ha invitado. Y en señal de amistad y correspondencia le ofrece una máxima de valor religioso incalculable. Es una revelación de Dios. Jesús no intenta decir, sin más, que los banquetes hay que ofrecerlos a los indigentes, precisamente porque éstos no pueden devolvernos el beneficio. Hay algo más profundo. Los lisiados, los maltrechos, los cojos, ciegos y pobres andrajosos son, por su tenor de vida y su dolencia, «impuros». Todo el mundo los desecha, todo el mundo los rehúye. Un grupo semejante no tiene cabida en una cena de tal altura. Desdicen, rebajan, ensucian. No caben en una reunión de «piadosos». Los del Qumram prohibían la entrada en sus reuniones sagradas a todo maltrecho, porque están los ángeles de Dios.

Jesús exhorta al fariseo, y con él al grupo que le rodea, a) a extender su beneficencia al grupo de necesitados que no pueden devolverle el beneficio -Dios se lo premiará- y b) a entablar con ellos relaciones de amistad. No se trata simplemente de dar, de socorrer. Se trata de invitar, de acoger en torno a sí, como amigos y hermanos, al grupo de personas que desdicen, que rebajan, que son mal vistos y viven marginados. Dios lo hace así. Y si Dios así lo hace, así debe hacerlo el hombre. De lo contrario demostrará con su conducta que no posee la piedad de Dios. El fariseo tiene un falso concepto de la piedad y de la pureza. Los marginados, los desechados necesitan de nuestra amistad; nosotros necesitamos de la suya. La amistad -fraternidad cristiana- operativa en ellos está preparando y realizando nuestra admisión en el Reino.

La enseñanza de Jesús a los fariseos permanece actual para todo cristiano. No hay más que una auténtica piedad y una postura verdadera única: la enseñada por Cristo. O somos piadosos en Cristo o no lo somos de ninguna forma.

Consideraciones

Jesús es la Voz de Dios. Voz de Dios declaratoria y reveladora. Jesús es la Sabiduría del Padre. Sólo a través de él conocemos a Dios, conocemos las verdaderas realidades y los auténticos valores. Conozcamos a Cristo.

El cristiano debe ser la voz de Cristo. Y la voz del cristiano, voz de Cristo, debe ser reveladora y eficiente como la del Señor a quien representa. La vida del cristiano es un grito y una apelación. El cristiano debe buscar las verdaderas realidades y vivir los auténticos valores. El cristiano es la «sabiduría» en este mundo.

El evangelio de hoy nos recuerda algo muy importante: la verdadera piedad, la auténtica postura, los valores genuinos. Dios mira complacido al pequeño, al pobre, al humilde. Al que no encuentra en sí nada en qué gloriarse, en qué considerarse más que los demás. Dios rechaza como falso, y como falsa su piedad, al autosuficiente, al engreído, al que tiene a otros por menos y despreciables. No es más el rico y poderoso -venga de donde venga su poderío y riqueza- por más que se encuentre en los primeros puestos, se vea saludado por las gentes o admirado por numeroso público. Si se cree más y mejor, ante Dios es un fantoche. No le agrada. Todos sus títulos, todos sus honores, son humo que dispersa el viento. Dentro de la comunidad cristiana cabe una intromisión del fariseísmo. Sería fatal. Sólo el que piensa y se comporta como pequeño, encuentra beneplácito ante Dios y ante los hombres. Es el mensaje del evangelio. La primera lectura nos lo imparte como enseñanza del sabio. ¿No es verdad que hasta a los hombres nos molesta el soberbio y el engreído? ¿No nos caen pesados, inoportunos y deprimentes? Desde la forma más refinada del cínico hasta las más vulgares y ridículas del fanfarrón y del bocazas, la soberbia se hace insoportable. Tanto a Dios como al hombre. ¡Cuánto debemos reflexionar en este punto! Nuestra postura, nuestra voz, nuestras palabras, nuestros gestos: todo ello puede delatar una actitud de engreimiento. En realidad es un desconocimiento de sí mismo y de Dios. Seremos sabios, seremos hijos, seremos ensalzados, si sabemos humillarnos.

La comunidad cristiana invita a todos, en especial a los que nada pueden ofrecerle, a la comunicación de vida. La comunidad cristiana debe asistir al pobre, al indigente. Ha de ser una asistencia amistosa, fraterna. Toda asistencia humillante, degradante, deja de ser cristiana. No necesariamente exige esto la igualdad material de los miembros. Sí, en cambio, la relación fraternal.

Lucas piensa probablemente en las comunidades cristianas de su tiempo. Los títulos, las riquezas, los valores según el mundo, ponen en peligro la convivencia cristiana. Al menos pueden ponerla. Recordemos la descripción que hace Pablo de las paganas celebraciones eucarísticas en la iglesia de Corinto. No sería improbable que Lucas piense aquí en las reuniones eucarísticas. El tema banquete lo sugiere. El dirigente de la Eucaristía debe preocuparse de forma muy especial de los pobres, humildes y marginados, sea cual sea el motivo, para tenderles y estrecharles la mano llena, amiga y fraterna.

Nosotros invitamos con preferencia a los grandes. Y no está mal. Estará mal, si olvidamos a los otros y nuestras preferencias dañan de alguna manera las relaciones fraternas con los otros miembros. ¿Cómo nos comportamos en este punto? No basta socorrer al pobre, hay que invitarlo. Jesús, que ha muerto por nosotros, se ha colocado entre los marginados. El que recibe a uno de estos pequeños... a mí me recibe, son sus palabras. Él presenta nuestra flaqueza al Padre. Su mano nos ha colocado en una ciudad superior. Allí reinan otros valores y otras relaciones.