Domingo XXII del tiempo ordinario

Primera Lectura: Dt 4, 1-2. 6-8: No añadáis nada a lo que os mando… así cumpliréis los preceptos del Señor.

La Ley del Señor- es el pensamiento fundamental del Deuteronomio- está dada para la vida. Dios no quiere la muerte ni las sombras; ama la luz y la vida. Y sus palabras no tienen otra finalidad que ofrecerlas, conservarlas y defenderlas. Urge, pues, escucharlas con devoción y sosiego. Nos va en ello la vida.

Las palabras del Señor llevan el nombre de «mandatos» y «preceptos», términos en verdad poco simpáticos a nuestros oídos, sensibles como son a todo aquello que pueda adherir nuestra autonomía personal. Son preceptos y decretos en la forma de expresión. Tras ellos, con todo, en el fondo, se escon­den la voluntad decidida de Dios de preservarnos del mal y de conducirnos a la vida. Considerados bajo otro punto de vida, los preceptos, son expresión concreta de una forma de vida que haga posible y real la convivencia con Dios, origen de todo bien.

Dios ama a su pueblo y quiere vivir en medio de él. Para que no sucumba, para que no muera. Si el pueblo le sigue, si el pueblo se deja llevar por él- ahí están los preceptos-, tendrá la bendición y la vida. No habrá adversario que pueda con él. Nadie ha podido con un Dios tan grande como Yavé, Señor de los Ejércitos. El les va a dar una tierra hermosa y fértil, llena de bienes. Israel será una nación numerosa, un pueblo grande. Llegará a ser la admi­ración de las gentes por su destino, por su grandeza, por su sabiduría. Pue­blo grande, pueblo sabio, pueblo de Dios. Y todo a condición de observar los preceptos sabios y justos del Señor. La fidelidad del Dios de los Padres los ha llevado hasta allí, a las puertas de Canaán. Los preceptos los hará vivir. Basta observarlos.

Salmo responsorial: Sal 14, 2-5: Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?

Salmo sapiencial de tipo cultual. Antes de participar en le culto, debe el fiel preguntarse - estribillo- por su limpieza e integridad: ¿estoy en condicio­nes de presentarme ante Dios? ¿soy digno? El culto representa y realiza la unión con Dios. El Dios Santo exige una comunidad reverente, unos miem­bros santos no hay convivencia si no hay respeto; y faltará éste si no se atienden las exigencias más elementales de la religión y de la amistad. El salmo enumera algunas de ellas. Un examen de conciencia comunitario e in­dividual. El salmista promete la bendición divina a los que las cumplan: no fallarán jamás. (Continúa el pensamiento del Deuteronomio).

Segunda Lectura: St 1, 17-18. 21b-22. 27: Aceptad dócilmente la Pa­labra, … que es capaz de salvaros y llevadla a la práctica.

Santiago, probablemente el«hermano del Señor», presenta en forma de carta una serie de consejos prácticos de tipo sapiencial con marcado carác­ter ético. El cristianismo es, después de todo, una vida. Y una vida necesita, de una forma o de otra, de orientaciones morales o máximas de tipo práctico. La carta de Santiago abunda en ellas.

A todos maravillan, sobre todo en aquellos tiempos, la grandiosidad del firmamento, el sol brillante y bondadoso, la luna juguetona y bella, las estre­llas diminutas y lejanas, las estaciones, los cambios. Muchos los adoraban como dioses o fuerzas superiores. Pero ya el Génesis les había asignado su puesto debido: obras maravillosas de Dios al servicio del hombre. Dios está sobre ellas. Dios bondadoso las crea, Dios inmutable las mueve, Dios provi­dente las gobierna. Son un don del Dios Altísimo. El no cambia, ni se encuen­tran en él lagunas o sombras que lo mancillen. Es en su totalidad perfecto. Y todo don perfecto y todo beneficio vienen de él.

Beneficio estupendo ha sido que nosotros, sin merecerlo, llegáramos a ser sus hijos, mediante el Evangelio, en el bautismo. Hemos obtenido el primer puesto en el mundo, primicias de sus criaturas. Es una condición de excelen­cia y de prestigio. Pero no es, sin más un mero puesto de honor. Es , más bien, una responsabilidad y una vocación. Tenemos la vida, y si la vivimos, nos salvará. Es una planta que requiere cuidados y atenciones. No basta mirarla y admirarla; es necesario cultivarla. No consiste tan sólo en oir la palabra; es menester practicarla. Sería un error terrible, fatal, no enten­derlo así. Por los frutos sabremos si nuestra religión es auténtica. Asistencia a los menesterosos - huérfanos, viudas, pobres… - y «no mancharse las ma­nos con este mundo». ¡Y cuánto hay en el mundo que puede mancillar nues­tra condición de hijos! ¿Ya nos damos cuenta de ello?

Tercera Lectura: Mc 7, 1-8a: Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.

La tradición de los «mayores». He ahí un tema candente en la predicación de Jesús. Con buen espíritu probablemente, había introducido los «antiguos» ciertas prácticas de carácter religioso en la vida cotidiana. Trataban de ser aplicaciones de la Ley. Las prácticas se hicieron costumbres. Y éstas, a su vez, quedaron sancionadas como obligatorias y pasaron a engrosar, de este modo, el catálogo de preceptos religiosos. Se hicieron Ley. No estaban escri­tas; se conservaban en la tradición oral. Los fariseos las veneraban sobre­manera. Para ellos eran auténticas prácticas «religiosas» con valor moral. ¿Qué opina Cristo?

La pregunta de los fariseos es una acusación. Y la acusación, en el fondo, es: ¿Por qué los discípulos no observan las «tradiciones» de los mayores? Al parecer la conducta seguida de los discípulos y por Jesús mismo no hacía gran caso de tales prescripciones. Ante los fariseos esto delata una falta grave de religiosidad. En el fondo, pues, la acusación es seria: Jesús y los discípulos no observan la Ley.

La respuesta de Jesús se mantiene a la misma altura. Sus palabras de­vuelven, por una parte, la acusación y, por otra, declaran cuál es la autén­tica religiosidad. El texto de Isaías cumple la finalidad primera. Ahora, como en tiempos del profeta, creen los hombres cumplir con la obligación de religiosidad ateniéndose tan solo a la práctica material de preceptos ritua­les. Muchos ritos, muchas ceremonias, muchas prácticas de ningún conte­nido ético; pero el corazón permanece duro y vacío. Otra vez la oposición de la religión ritualista a la religión espiritual de los profetas. En realidad, viene a decir Jesús, son ellos los que no observan los mandamientos de Dios por atender a la «tradición» de los mayores. Son preceptos humanos los que enseñan, mientras su corazón, pensamientos y afectos de piedad y amor, está vacío y lejos del Señor. La Ley del Señor hay que cumplir, no los pre­ceptos humanos. Estos han acabado por substituir a los primeros.

Jesús declara, en segundo término, en qué consiste la auténtica religiosi­dad. No son las comidas ni las bebidas ni cualquier otra cosa externa lo que «ensucian» al hombre. Es más bien su actitud y postura respecto a Dios y a los hombres. No es falta de religiosidad comer con las manos sin lavar o en ollas sin limpiar. La falta grave de religiosidad se da en aquel que en su co­razón concibe y alimenta el odio, la envidia, la codicia, la falta de respeto, la impiedad… Ese es el que mancha todo lo que toca. La verdadera religiosidad se encuentra en el cumplimiento de los mandamientos de Dios, en la confor­midad del corazón humano a la voluntad de su Señor. De sentimientos bue­nos hay que llenar las prácticas rituales y entonces serán buenas. Pero és­tas por sí mismas no hacen al hombre bueno. ¿Cuánto menos se han de im­poner como obligatorias? Semejante postura de Cristo se puede apreciar a lo largo de todo el evangelio.

Consideraciones

Escuchar la palabra de Dios y cumplirla. Ese podría ser el tema base.

Tomemos, de momento, como centro de reflexión la queja de Jesús. Jesús se queja, como se quejó en su tiempo Isaías, como se quejaron en todos los tiempos los profetas enviados por Dios: he ahí un pueblo hipócrita, cuya len­gua no expresa lo que siente el corazón; o mejor dicho, cuyo corazón está le­jos de lo que formula la lengua. Lengua y corazón: he ahí un punto muy im­portante que conviene considerar. ¿Dónde está nuestro corazón? ¿Qué dicen nuestros labios?. Nos confesamos cristianos; ¿procuramos serlo?. Acudimos a las celebraciones litúrgicas; ¿deseamos elevar el corazón a lo que pronun­cian los labios?. Cristianos - padres, madres, esposos, esposas, sacerdotes, religiosos… - ¿qué hay de todo esto en nuestra vidaa? ¿hasta que punto está justificada la acusación que pueden hacernos de hipócritas o falsarios?. Se­ría ridículo querer engañar a Dios. Dios no escucha lo que dicen nuestros la­bios cuando se encoge nuestro corazón. Al parecer, es tentación frecuente querer suplir a falta de calor religioso con fórmulas frías sin contenido al­guno. ¿No habremos caído en ese vicio?. No son las palabras las que dan sentido a la vida, sino la vida la que da sentido a las palabras. No nos enga­ñemos, advierte Santiago.

Jesús se queja de que, a pesar de tanto rito y tanta ceremonia , quedan sin cumplirse los mandamientos de Dios. Conocemos de sobra los diez man­damientos, los preceptos del amor; ¿por qué no repasar uno por uno todos sus apartados y emprender una reforma radical en nuestra vida?. Las lec­turas de hoy nos invitan a ello: ¡escuchar la palabra de Dios! Es el primer paso. ¿Cómo vamos a conocer el camino de la vida si no atendemos a lo que Dios nos dice?. Sus palabras son la norma de conducta. Aprendámoslas y sigámoslas. Hoy día se está perdiendo la conciencia cristiana. ¡Urge escu­char con atención suma y cuidado exquisito la palabra de Dios! ¡Hay que formar la conciencia!

¡Y cumplirla! Lo subrayan de forma explícita la primera y segunda lec­tura. La primera insiste en la necesidad de llevar a la práctica la palabra de Dios, pues en ello nos va la vida. El cumplimiento de la palabra de Dios nos hará salvos, sabios, admirables, considerados. La vida debe ser expre­sión de un Dios bueno y salvador entre nosotros. En realidad, ¿qué nación o pueblo puede presentar un Dios tan cercano como el nuestro?. Dios en medio de nosotros: Cristo Cabeza de la Iglesia; Cristo en la Eucaristía; Cristo Es­poso; templos del Espíritu Santo; morada de la Santísima Trinidad… Estos pensamientos deben espolearnos a obrar bien. La responsabilidad es grande, como es grande el don de la presencia de Dios en nosotros.

La segunda lectura, con el evangelio, nos ofrece un catálogo de obras buenas. Obras que purifican al hombre y al mundo y que son expresión de la auténtica religiosidad. El mundo está manchado por homicidios, codicias, envidias, adulterios, injusticias. No nos ensuciemos de él. Tratemos, por el contrario, de sanearlo: caridad para con el prójimo, para con el pobre, para con la viuda, para con el huérfano; humildad, compasión, piedad… El cora­zón del hombre impuro desluce la creación. El corazón del hombre bueno la restituye a su primer esplendor. He ahí nuestra tarea.

Queda, por último, el tema de las tradiciones. No vale la tradición que ol­vida o impide el cumplimiento de la caridad cristiana. Conviene repasar, para valorarlas, esas venerables tradiciones. No digo desecharlas sin mas. Busquemos el sentido religioso que las informó en un tiempo y tratemos de vivirlo. Y si en algún caso desdicen de la caridad, por muy venerables que parezcan habrá que desecharlas. Los mandamientos de Dios son fuente de vida, no las imposiciones humanas.

El «mundo» nos ofrece muchas «costumbres» y formas de comportamiento: etiqueta, educación, máximas, valores, actitudes… Adoptemos respecto a ello una actitud de sana crítica. Todo es bueno y santo si conduce al bien. Pero en el momento en que, los «deberes sociales» pongan en peligro la cari­dad cristiana, la auténtica religiosidad, se demuestran ya, por ello, falsos y nocivos. En este campo habría muchos ejemplos que aducir.