Domingo XXII del tiempo ordinario

Primera lectura: Jr 20, 7-9.

Son célebres las confesiones de Jeremías. Estamos en la última, la más impresionante. Léase toda la sección 7-18. Jeremías se encara con Dios. Jeremías acusa a Dios. Jeremías culpa a Dios de su situación. Situación amarga, como las aguas del desierto; situación áspera y desabrida. Situación desesperante y desesperada. El vocabulario es audaz y atrevido. Jeremías se lamenta amargamente; Jeremías, con todo, sucumbe y se rinde ante el Señor de todo. Encontramos un lenguaje parecido en Job.

A Jeremías le ha seducido el Señor. El Señor lo ha elegido profeta. Lo ha constituido su voz en Israel. La voz de Dios en Israel ha manifestado ser voz de Dios contra Israel. Y Jeremías es voz de Dios e Israel a la vez. La voz del Señor lo lanzó al combate. Y el pueblo ha embestido contra él como fiera salvaje. Aquel pueblo, pueblo de Dios, tenía que morir, tenía que ser castigado, tenía que ser destruido. Y se resistía con fiereza. Jeremías recibirá los golpes. Ser la voz de Dios se hizo insoportable y horroroso. Jeremías no puede más. Jeremías llora ante su Dios la desgracia de ser enviado. La destrucción, que gritaban sus labios, se volvió contra él: lo cercaron, lo insultaron, intentaron darle muerte. Jeremías se resiste a seguir siendo la voz de Dios. Abandona y maldice su día. Pero la voz que lo llamó es fuego ardiente, y el fuego lo lleva dentro, y dentro lo va devorando, lo va consumiendo. Jeremías no puede apagarlo: es la palabra de Dios. Jeremías se rinde; Jeremías continuará predicando la palabra de Dios, aunque le cueste la vida.

Hasta ahí puede llegar el destino de un hombre. Hasta ahí la misión de Dios. El enfermo, a quien se trata de curar, puede volcar sobre el médico toda su locura y escupirle a la cara. El oficio de salvar se hace penoso, desabrido, amargo; el esfuerzo, anodino. Se impone entonces y siempre el diálogo con Dios. Jeremías nos ha legado estampado en sus palabras el drama, rayando en tragedia, que puede vivir el hombre en misión de Dios. Hondo sentido humano; honda relación con Dios. Lo veremos de forma ejemplar en Cristo: ¿Por qué me has abandonado? Cristo murió, y en cruz, cumpliendo su misión. Jesús no retrocede, aunque aquel si es posible, pase de mí este cáliz nos hace pensar. Sentía verdadera sed por llegar al final, por llevar a término la voluntad del Padre: era fuego que lo devoraba, era como su alimento. También su sumisión es ejemplar. Todo ello es, sin duda, algo misterioso, pero es la realidad.

Salmo Responsorial: Sal 62.

Salmo de súplica y de confianza. La confianza ha suplantado por completo a la súplica en las estrofas que ha elegido la liturgia. El estribillo da la pauta: sed, sed intensa, sed biológica de Dios. La experiencia religiosa en la celebración litúrgica, en el templo, es, a la par que un alivio, un incentivo del ansia de unión con Dios. El hombre es, por definición, sed de Dios. El hombre religioso la vive, y, aun siendo su intimidad con Dios en el culto una satisfacción del ansia que lo atormenta, es al mismo tiempo un tizonazo del fuego que lo devora. El hombre está hecho para vivir en la intimidad con Dios. Los místicos hablan con profusión de ello. Nosotros la esperamos cumplida, en Cristo, en el más allá.

Segunda lectura: Rm 12, 1-2.

Comienza una sección parenética. Pablo exhorta a sus fieles. La fe del cristiano ha de ser activa: disposición plena a secundar la voluntad de Dios y búsqueda continua de su agrado. El fiel no se pertenece a sí mismo. Pertenece a Dios en Cristo. El fiel, en el bautismo, ha muerto con Cristo al mundo viejo y ha resucitado a una vida nueva. La muerte lo asocia a Cristo que muere, lo constituye por definición hostia viva. Entramos en un lenguaje cultual, y nos recuerda la vida del cristiano como sacrificio agradable a Dios. Es el culto adecuado a Dios y al hombre; lo que agrada a Dios y lo que corresponde al hombre como tal.

El cristiano ha muerto al mundo. Ha muerto a la civilización de este mundo. Ha muerto al mundo que se edifica contra o al margen de Dios, contra o al margen de Cristo; ha muerto al afán de poder, a las riquezas, a la avaricia, a la codicia, a la lujuria… Como resucitado a una vida nueva, el fiel debe revestirse de forma nueva. Es otra persona, otro tipo. Y no sólo en lo referente al porte externo: vestidos, atuendo…, sino también y especialmente en lo tocante a lo más hondo y profundo del hombre: su mente y su corazón. El hombre se hace hombre perfecto y bueno, cuando conoce y practica la voluntad de Dios, lo bueno realmente, lo que le agrada. Pablo nos exhorta a ello. Recibamos atentos esa invitación.

Tercera lectura: Mt 16, 21-27.

No podemos olvidar el pasaje inmediato anterior de la confesión de Pedro. Existen relaciones interesantes. Pedro ha confesado a Jesús Cristo, Hijo de Dios vivo. Lo ha proclamado y ha acertado. Jesús ha confirmado la confesión y lo ha constituido Piedra de su Iglesia. Jesús acepta el título y la confesión como venidos de arriba. Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios.

Jesús comienza ahora a revelar su alcance y su sentido.(En Marcos, el Misterio del Hijo del Hombre). Es el Mesías y va a declarar qué tipo de Mesías es. Jesús manifiesta su misión. Sólo los que tienen fe pueden y deben aceptarla. Jesús habla de su pasión, de su muerte y de su resurrección. Es un Mesías paciente: Siervo de Yahvé. Es la primera predicción de la pasión. Jesús sabía quién era y a qué había venido. La revelación de Jesús se aparta diametralmente de la expectación del pueblo. Queda también muy lejos de la expectación de los apóstoles.

Pedro, el confesor, no entiende. Pedro, el incondicional, no acepta la decisión de Cristo. Pedro, la Roca, intenta apartar a Jesús del cumplimiento de una misión tan comprometida. Pedro, el discípulo, increpa al Maestro. Pedro, el siervo, sin apreciar la gravedad, se opone a la voluntad de Dios. Pedro, el iluminado por el Padre, no entiende sencillamente. La reacción de Jesús es violenta: Pedro se ha convertido en Satán, en piedra de tropiezo. Pedro desempeña el oficio del Opositor por excelencia: trata de retraer a Jesús del cumplimiento de su Misión. En realidad una acción diabólica. El Diablo ya lo había intentado en el desierto, sin éxito naturalmente. Juan relata un episodio temáticamente semejante en el lavatorio de los pies. Jesús debe padecer, tiene que morir y después resucitar. Es el plan de Dios; es la salvación de los hombres; es la Gran Obra de Dios. No hay otro camino. Jesús debe y quiere seguirlo. Los discípulos deben comenzar a entenderlo; deben desprenderse radicalmente de la expectación errónea del pueblo y acomodar sus pensamientos y deseos al plan salvífico de Dios. Y este Plan es, en lo que a Cristo respecta, padecer, morir y luego resucitar. La Salvación no llega por otro camino.

Un Mesías así requiere un discipulado correspondiente, un discipulado a la altura mesiánica. Y la altura mesiánica es, como en Jesús, una pasión, una muerte y una resurrección: negación radical de sí mismo para entrar en el Reino. El discípulo ha de estar a disposición del Maestro, como éste está a disposición de Dios. La cruz señala la muerte, el desprecio, la condena como basura, como criminal, como indigno de vivir entre los hombres. Así Cristo, así el discípulo. Quien no esté dispuesto a dar la vida en el cumplimiento, como Jesús, de la misión encomendada, ése la perderá. Es una de las muchas paradojas del cristianismo: morir para vivir, odiar para amar; renunciar para poseer… (diríamos misterios, como Jesús lo es en todo su conjunto). Ningún bien puede compararse con la vida. La vida, aun en este mundo, está sobre todo. La eterna lo está con más razón. El discípulo, que da la vida en el seguimiento de Cristo, recibirá la recompensa: la resurrección eterna. El Maestro es nada menos que el Hijo del Hombre, Señor y Juez universal. El discípulo es un mesías en pequeño, dentro del Gran Mesías que es Jesús. Pedro, sin darse cuenta, quería destruirlo todo. ¿Desde cuándo el discípulo increpa al Maestro? Es como si el hombre increpara a Dios. Pedro y los discípulos deben hacerse a la idea. Es el Misterio de Cristo, el Misterio de la Cruz.

Consideraciones:

a) El Misterio de Jesús: Mesías Paciente.- Jesús tiene que sufrir mucho y morir. Es su Misión. Misión que viene del Padre. Jesús se somete, Jesús obedece enteramente. Es el gran Misterio de Dios revelado en el tiempo. Es la Gran Obra de Dios. La suerte de Jeremías ilustra o prepara un tanto este tener que cumplir la voluntad de Dios. Dura fue la misión de Jeremías; dura, la de Jesús. Existe cierto paralelismo. Jesús sabía lo que le esperaba; Jeremías, no. De todos modos, a ambos: el fracaso, la burla, la persecución; a Jesús la más afrentosa muerte. No es mesianismo triunfalista. Todo lo contrario: Jesús debe cargar con la cruz para la redención del mundo. Es la voluntad del Padre. La misión del profeta, la misión del evangelizador, han de seguir derroteros semejantes. Es un misterio: el Misterio de Cristo. No debemos olvidarlo nunca. Oponerse a él sería satánico. La carta de Pablo coloca como finalidad de su exhortación discernir la voluntad de Dios: dar un culto razonable; ser hostia viva y santa. De modo perfecto, Jesús: su muerte en la cruz es el Sacrificio perfecto agradable a Dios. Su voluntad, lejos de acomodarse a este mundo, en franca oposición a él, es la voluntad del Padre: cumplirla fue su alimento. Tras la muerte la resurrección.

b) Vocación y misión del discípulo. El discípulo no puede ajustarse a este mundo dice San Pablo. La misión del discípulo es presentar su cuerpo como hostia viva, santa, agradable a Dios. El discípulo es otro Cristo; es la conformación plena a su voluntad. La voluntad de Dios no es la voluntad del mundo (oposición de Pedro). El mundo ha de oponerse violentamente: Jeremías, Jesús y tantos y tantos. El cristiano ha de renunciar, como pequeño mesías, a sí mismo radicalmente. Ha de cargar con el desprecio, con la burla y rabia, con la persecución y condena del mundo; ha de saber morir, aun afrentosamente, por su Maestro en cumplimiento de la voluntad de Dios. Hasta ahí puede llegar en concreto su misión. Ahí están los mártires. El discípulo fiel no verá la corrupción, vivirá para siempre.

Olvidamos con frecuencia este misterio del cristiano. No raras veces desempeñamos el papel de Pedro, y hacemos caso omiso de la exhortación de Pablo. Nos ajustamos al mundo que es una maravilla. Examinemos nuestros pensamientos, nuestros deseos y afectos, y nos daremos cuenta de cuán lejos andamos del misterio del Señor. ¡Y nos llamamos discípulos! Todavía no hemos tomado conciencia de lo que ello significa. La cosa es seria; requiere meditación y reflexión. El que ama esta vida perderá la futura; quien la odia la alcanzará. No hay término medio. La cosa es radical, como radical fue la Misión de Cristo. La acomodación a este mundo sigue siendo una grave tentación. ¿Ya pensamos en ello? El salmo nos invita a suspirar, como descanso perfecto del alma humana, la perfecta convivencia con Dios.Ésta se dará a través del cumplimiento de su voluntad, y ésta lleva sin duda la Cruz.