Domingo XXI del tiempo ordinario

Primera Lectura: Is 66, 18-21

Último capítulo de Isaías. Capítulo que habla de los últimos tiempos. Tiempos que serán de gloria. Gloria de Dios manifestada a los hombres. Hombres de todas las naciones. Naciones que pueblan toda la tierra. Tierra entera, que va a ser conmovida, consagrada y reunida. Reunida en torno a Dios. Dios que habita en Sión, su Monte Santo. Monte Santo, lugar de culto. Culto que darán a Dios, como un solo pueblo, las gentes de toda la tierra. De entre ellos, sacerdotes, levitas, ofrendas. Se ensanchará el templo, se abrirá la ciudad. Dios llama a todas las gentes. Algo grande, algo nuevo. Será en aquellos días. En los días venideros. En los últimos días. Disposición del Señor. Anuncio glorioso para toda la tierra. Suena a canto.

Salmo Responsorial: Sal 116

Salmo de alabanza. La alabanza surge del corazón de todos los pueblos. Todos los pueblos cantan la Fidelidad de Dios. Fidelidad que es misericordia. Misericordia que se extiende a todas las naciones de la tierra. Naciones que se hermanan en el canto y en el culto a Dios. Dios que une a las naciones en un solo pueblo.

Él es Evangelio, la Buena Nueva. Y la Buena Nueva no es otra cosa que el abrazo amoroso de Dios a todos los hombres. Los hombres queremos celebrarla y alabarla. Y la celebramos en la vida, como hermanos; y en el culto, como santos. Somos el pueblo nuevo, la Iglesia. Iglesia que proclama el evangelio y lo vive en la misericordia de Dios.

Segunda Lectura: Hb 12, 5-7. 11-13

Continúa la exhortación. Y la exhortación va orientada aquí a recibir con buena disposición la corrección divina. Dios corrige mediante la tribulación.

La tribulación, el revés, el infortunio tienen un valor educativo. Así lo han visto los pensadores y educadores de todos los tiempos. También el autor de la carta. Los acontecimientos dolorosos educan. Sin dolor no llega uno a la verdadera sabiduría. Ni el cristiano, al recto conocimiento de Dios y de sí mismo. La tribulación ayuda a corregir posturas, a enderezar pasos, a controlarse. Sin la tribulación, rectamente apreciada, no podrá uno comprender la desgracia ajena ni sentir su dolor. La tribulación nos hermana y nos une. La tribulación nos permite compadecer. Jesús, dice el autor (2, 18),... por lo que ha padecido, puede ayudar a los que están siendo probados. Y más adelante (5, 8),... aun siendo Hijo, por lo que padeció, aprendió la obediencia. La tribulación corrige, educa, santifica. El autor la considera bajo una perspectiva muy hermosa.

La tribulación, en primer lugar, viene de Dios. Dios dirige los acontecimientos y ordena los sucesos. De todo lleva cuenta. Nada se le escapa. Dios castiga, Dios educa. No es el azar, no el hado, no la suerte, no el destino ciego. Tras toda la trama, que va tejiendo nuestra vida, se encuentra una persona. Esa persona es la gran persona: Dios. Las tribulaciones nos relacionan con Dios. Es una relación personal.

Pero hay algo más. La tribulación, venida de Dios, expresa una preocupación, una buena voluntad, un amor de Padre. «Quien te ama, te hará llorar», decimos. Dios quiere, como padre amoroso, corregir, mejorar, curar, salvar. La tribulación tiene ese fin. La tribulación viene a ser un medio de comunicación amorosa con Dios. Es un padre. Es el Padre. Somos hijos y, como a hijos amados, nos educa y corrige. Si no lo hiciera, mostraría su despreocupación por nosotros, su falta de interés, su falta de amor. En una palabra: nos podríamos considerar como bastardos, abandonados a nosotros mismos. Y la revelación en Cristo es todo lo contrario: somos hijos, hijos muy queridos.

La tribulación, así entendida, cambia de castigo a medicina, a testimonio de amor. Dios hiere para sanar. Sus golpes son medicinales. Y como medicinales y correctivos amorosos deben ser recibidos. Si vienen del Padre, recíbanse con el agradecimiento de hijos. El cristiano que ve en la tribulación la mano de Dios, encuentra en ella un gran consuelo. No es síntoma de un abandono. Antes bien, de una preocupación y de un profundo afecto. Todo contribuye para su mejoramiento. En lugar de morder la mano que hiere, hay que besarla.

No cuenta la amargura del momento. Lo que cuenta es el fruto de la educación. No se pueden comparar, dice Pablo, los sufrimientos de este mundo con la gloria que Dios tiene preparada a los que le sirven. ¿Quién no aceptará gustoso la corrección divina? ¿Quién no la sobrellevará alegre y contento? ¿Quién no se aprovechará de ella? ¡Que la tribulación no sea para tropiezo y ruina, sino para edificación y vida!

Tercera Lectura: Lc 13, 22-30

Jesús va de camino. Camino de Jerusalén. Jerusalén, la ciudad santa, la ciudad de Dios. Dios la ha elegido para siempre, cantan los peregrinos. Allí comienza el evangelio; allí debe terminar. Jerusalén es la meta de la peregrinación de Jesús. Jerusalén es su destino. A Jerusalén se dirigen sus pasos y hacia Jerusalén se orientan sus miradas. Jesús se encamina a cumplir su misión en Jerusalén. No puede ser de otra forma. Pasión, muerte, resurrección; ascensión, venida del Espíritu, nacimiento de la Iglesia. Jerusalén quedará eternizada. Los acontecimientos trastornarán el mundo entero. De ellos surgirá una Jerusalén Nueva y Santa que desafiará a los tiempos. Nadie la podrá destruir ni mancillar.

Jesús, pues, va de camino. Y en el camino recorre aldeas y ciudades. Jesús predica y enseña. Jesús anuncia la salvación... Y la salvación se presenta en el misterio. Jesús señala el camino. ¿Dan todos con él? ¿Dan muchos con él? Los escribas y rabinos son magnánimos en la contestación: todo Israel, exceptuados los más perversos criminales y los pecadores públicos, alcanzará la salvación. Los ambientes apocalípticos, en cambio, se mostraban reservados: muy pocos, poquísimos, llegarán a la vida. ¿Qué piensa el maestro de Nazaret?

Pero el maestro de Nazaret no es un escriba, un doctor. Es un profeta, un hombre de Dios. Un predicador que anuncia como presente la Buena Nueva, la Salvación. Jesús muestra el camino. Es su misión. No interesa saber cuántos, si muchos o pocos. Interesa saber el camino. Y el camino exige una rápida y radical determinación. Es menester agudizar la vista, sanar los afectos, ceñirse los lomos y caminar a su lado. Jesús va a entrar por la puerta estrecha de la abnegación, de la obediencia y del sacrificio. El tiempo apremia. Pronto será demasiado tarde. Aquella generación va a sufrir un descalabro. La puerta de por sí estrecha se ha cerrado. No valdrá decir somos coetáneos, somos conciudadanos, somos familiares. Quien no aceptó a Jesús no será aceptado. Las razones serán todas de condena y rechazo. Terrible. Terrible porque no habrá remedio. No queda sino el rechinar de dientes y el gemir para siempre desconsolado. No les servirá de nada. Han dejado pasar el momento oportuno, la ocasión propicia. Otros la aprovecharán, los más impensados: los gentiles y pecadores. Los que parecían ser menos aptos, menos dignos -más aún, indignos- para entrar en el Reino, serán los primeros, ocuparán los puestos más relevantes junto a los grandes elegidos de Dios.

Jesús, una vez más, responde de forma existencial y vital a una pregunta de tipo abstracto e impersonal. ¿Se salvan muchos? ¿Se salvan pocos? Entrad y entrad pronto. Esforzaos por entrar. El tiempo apremia, urge. Es la más importante cuestión. Lo demás no tiene importancia.

Consideraciones

Jesús tiene una meta. También nosotros. Nuestro destino es Dios. Nuestra ciudad, la Jerusalén celestial. Nuestro Gozo, las bodas del Hijo de Dios. Nuestra corona, la vida eterna.

Jesús camina. Nosotros caminamos, somos peregrinos. ¿Queremos llegar a nuestro destino? ¿Llegaremos a la meta? ¿Alcanzaremos la dicha de entrar en la Ciudad Eterna? ¿Gozaremos del Banquete? ¿Nos salvaremos? Es una pregunta acuciante. Es la más acuciante. En realidad es la única pregunta de nuestra vida. ¿Tenemos conciencia de ello? ¿Somos conscientes de que, si alcanzamos la puerta abierta, hemos alcanzado todo y que, si la encontramos cerrada, lo hemos perdido todo para siempre? La cosa es seria. Es la única cosa seria. Un descuido en este asunto puede ser fatal, será fatal. Pensémoslo.

Jesús nos muestra el camino y nos señala la puerta. Él es el Camino y él es la Puerta. Sus palabras son palabras de vida eterna. Escuchémosle. Sigámosle. Imitémosle.

Es una puerta. Hay que entrar por ella. No basta mirarla por fuera. La puerta está para entrar. Y para entrar por ella hay que esforzarse. Es angosta y estrecha. El esfuerzo implica una ascesis, una liberación, una renuncia de todo aquello que pueda impedirnos el paso. Los adúlteros, los homicidas, los avaros, los blasfemos, los..., dice San Pablo, no entrarán en el Reino de los Cielos. Jesús pasó por la pasión y la muerte a la gloria de la Resurrección. La Tribulación lo sentó a la derecha de Dios en las alturas. Su obediencia y amor lo han constituido Señor del universo. Ese es nuestro camino. La segunda lectura ofrece jugosas y consoladoras reflexiones a este respecto. La mano cariñosa de Dios nos empuja y apremia. Sepamos aprovechar la gracia que en todo momento y ocasión se nos confiere.

Es más. Urge una decisión. Una decisión radical y pronta. La puerta puede cerrarse de un momento a otro. Una vez cerrada, ya no se abre jamás. Apresurémonos y esforcémonos. Caminemos mientras es de día. Hay cosas que pueden distraernos de nuestro destino. Hay que dejarlas valientemente. Las mismas tribulaciones nos ayudan a ello. Es hermoso ver en las tribulaciones la mano de Dios.

La puerta está abierta para todos. Todos, sea cual fuere la raza o nacionalidad, son llamados a entrar por ella. El salmo lo canta. Lo anuncia Isaías. Es para alabar a Dios disposición tan fiel y misericordiosa.

La Iglesia, los pueblos invitados, son los que caminan, los que se esfuerzan. No es cuestión de pensar o imaginar. Hay que caminar y entrar. En otras palabras: hay que obrar el bien. No basta decir Señor, Señor. Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos puede enseñarnos mucho.

Una última consideración: si la tribulación hay que entenderla como un acercamiento cariñoso de Dios, ¿dónde está nuestro acercamiento cariñoso y respetuoso al atribulado? ¿No será que su tribulación se consume en la soledad debido a nuestra despreocupación por ellos? Es sagrada misión de la Iglesia -de todos nosotros, de los sacerdotes y religiosos más- atender y asistir al atribulado: es el Cristo sufriente. Debemos insistir en esto.