Domingo XXI del tiempo ordinario

Primera lectura: Is 22, 19-23.

Isaías, profeta, dirige la palabra -palabra de Dios- a dos personajes de su tiempo: dos mayordomos de la casa de David. Se nos escapa qué hicieron uno y otro para merecerse ese destino: uno baja y otro asciende. Sus nombres: Sobna y Eliacín. Parece que al primero no le acompañaban ni la simpatía de un buen proceder ni la solera de una familia respetable. Puede que fuera extranjero. El segundo se encuentra en mejor situación: buena conducta y nobleza acreditada. Dios, muestra el pasaje, está presente en todos los acontecimientos de la vida: ha decretado el descenso de Sobna y ha dispuesto el ascenso de Eliacín. Todo para bien de su pueblo: Será padre para los habitantes de Jerusalén. Dios va a colocar en sus manos las llaves de la Casa de David: el poder y la administración.

El mayordomo, que en un principio no extendía sus poderes más allá del orden y servicio de la casa, llegó con el tiempo a ser equivalente de ministro, con verdadero influjo en el gobierno del pueblo. Ministro de la Casa de David, del Reino de Judá. Dios vela sobre esa Casa y sobre ese Reino. Son en cierto sentido su casa y su reino. No es, pues, extraño que un acontecimiento, al parecer tan trivial, interese la acción de Dios y el anuncio del profeta. El tema de las llaves, poder omnímodo, nos orienta el evangelio.

Salmo Responsorial: Sal 137.

Salmo de acción de gracias. La acción de gracias termina en súplica. La satisfacción, en este mundo limitada, del don recibido abre la sed de la satisfacción perfecta. Viene de nuevo la súplica. El estribillo la expresa: No abandones la obra de tus manos. Preciosa súplica. Dios ha comenzado la obra -lo canta agradecido el salmista-; Dios, fiel en todos los momentos y situaciones, no abandonará lo comenzado.

La Eucaristía, acción de gracias y súplica, nos invita a reconocer los beneficios de Dios y, confiados en su palabra y bondad, excitar de nuevo la súplica. La misericordia y la fidelidad del Señor son eternas: No abandones, Señor, la obra de tus manos. En Cristo somos la Obra, la nueva y maravillosa Obra, de sus manos. Agradecemos y pedimos.

Segunda lectura: Rm 11, 33-36.

Termina el capítulo 11. Y termina en un himno. Himno que es una doxología. Doxología que expresa admiración, veneración y sumisión rendida a los planes de Dios. Planes de generosidad. Generosidad que muestra ser sabiduría y conocimiento soberanos: Dios transcendente -misteriosas e inalcanzables son sus decisiones- ha revelado en Cristo su plan de salvación. Dios lo hace todo bien. Por más intrincados y desbaratados que nos parezcan, sus caminos son, en última instancia, una maravilla de generosidad y sabiduría. Pablo, y todo cristiano fiel, inclina la cabeza y respeta las decisiones de Dios. Más aún, levanta la voz y clama gozoso: Bendito sea Dios. Somos conscientes de que todo es para nuestro bien. Pablo ha llegado a este momento después de considerar la suerte del pueblo hebreo, su pueblo, y la evangelización del mundo gentil. Recuerda las palabras del profeta Isaías: ¿Quién fue su consejero? En Cristo, Obra por excelencia de Dios, Dios se ha mostrado admirable. Sólo la fe puede percibirlo y el agradecimiento cantarlo. Con Pablo queremos alabar y bendecir a Dios: ¡Gloria a él por los siglos de los siglos!

Tercera lectura: Mt 16, 13-20.

Jesús se presenta como el Hijo del Hombre. Título denso y misterioso. Por una parte, alude a Daniel (7, 14) ser celeste que viene sobre las nubes, y por otra, a Isaías (Cánticos del Siervo) Siervo de Yahvé que debe padecer, morir y luego resucitar. Jesús muestra tener clara conciencia de la misión que debe cumplir. Un Mesías así no lo esperaba nadie. La gente se había forjado una idea bastante concreta del Mesías que esperaban: Rey y Señor de un Reino religioso-político. No hay duda de que Jesús, con sus milagros y enseñanzas, los tenía intrigados. Su conducta apuntaba hacia el Mesías. Pero… no respondía al preconcebido plan. ¿Qué piensan de Jesús las gentes? Las gentes, por supuesto, lo consideran profeta. ¿Cuál de ellos? Los apóstoles indican los más relevantes -Juan Bautista, Elías, Jeremías-. Es curioso notar cómo todos ellos tres guardan relación con Jesús apocalíptico y paciente. Recordemos a Juan anunciando el Juicio escatológico; a Elías como hombre de fuego; a Jeremías vaticinando la destrucción del Templo. Juan murió violentamente, cumpliendo su misión; Jeremías fue perseguido a muerte; Elías, lo mismo. Jesús se coloca en la misma línea y los supera.

Es interesante, sin duda, lo que piensa la gente. Pero interesa más la opinión de los discípulos. Son los suyos, los destinados a ser las columnas del Reino. ¿Qué idea se habían formado ya, para aquellas alturas, de Jesús y del Reino? La idea que se habían formado del Reino -lo vemos en algunos pasajes- no superaba mucho la expectación del pueblo llano. La madre de los hijos del Zebedeo se acercó un día a Jesús y le rogó que colocara a uno y a otro a su derecha e izquierda respectivamente en su Reino. Marcos los presenta, una vez, discutiendo por el camino sobre cuál iba a ser el primero en el Reino. Así opinaban del Reino; y ¿de Jesús? ¿Qué pensaban de Jesús? Pedro da la respuesta. No es una opinión, es una confesión decidida y clara. Jesús no puede ser otro que el Mesías de Dios: Tú eres el Mesías. Más aún: el Hijo de Dios vivo. La confesión reviste gran solemnidad.«Hijo de Dios vivo» se encuentra sólo en Mateo. Ni Marcos ni Lucas la traen en este momento. Que la confesión sea acertada, lo declaran las palabras de Jesús que vienen a continuación.

¿Qué quiso decir Pedro? Que Jesús es el Mesías anunciado y esperado. No puede ser otro. Y que el Mesías guardaba una relación tan estrecha con Dios, que se le podía designar como Hijo de Dios. ¿Entrevió Pedro de alguna forma, a su modo, la divinidad de Jesús? Es muy difícil responder decididamente a esta pregunta. El macarismo en boca de Jesús parece sugerirlo: el Padre celestial lo ha revelado. Hasta qué punto vio y hasta qué punto no vio, queda sin respuesta. De todos modos las palabras de Pedro son del todo acertadas hasta en el sentido más profundo, que probablemente el apóstol no llegó a alcanzar con claridad: Jesús es el Mesías, es el Hijo de Dios. Es la confesión de Pedro; es la confesión de la Iglesia. La Resurrección lo pondrá de manifiesto. El seguimiento y adhesión de los Doce tiene una motivación: Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios. Son, al mismo tiempo, expresión práctica de esa fe: siguen a Jesús, porque es el Mesías, el Hijo de Dios. En un principio implícito y latente; tras la Resurrección explícito y manifiesto.

Pedro ha confesado a Jesús, Mesías e Hijo de Dios, por revelación de Dios. La confesión es toda una actitud, una postura vital y existencial. Es la base de la nueva vida, vida dedicada en Jesús al Reino de Dios. Jesús confirma esa fe y esa vida: la fe y la vida en pos de Jesús son efecto de la misma acción del Padre que revela a Jesús y mueve a su seguimiento. Como es fundamental la confesión, fundamental va a ser Pedro en la nueva economía. Pedro: Piedra, Roca. Pedro va a ser la Roca donde el Mesías, a quien existencialmente confiesa y se adhiere, edifica su Iglesia. Iglesia que es el Reino de Dios en este mundo. Nadie ni nada podrá derrocarla: se fundamenta en último término en la realidad de Jesús, Hijo de Dios. Pedro recibe, en consecuencia, omnímodo poder en el Reino. Lo que ate -obligue- o desate será atado o desatado en el Cielo: Dios ejecuta su gesto. Pedro, Primado de la Iglesia. Así lo instituyó Cristo, el Señor; así lo confesó la Iglesia. Juan refiere sustancialmente lo mismo en dos escenas de su evangelio: la confesión de Pedro en el momento crítico del discurso eucarístico y la colación del primado después de la Resurrección. Pedro, Pastor supremo. Son temas que interesan a la iglesia de Mateo.

Consideraciones:

El eterno misterio de Jesús de Nazaret:

a) ¿Qué dice la gente? Es difícil encontrar a uno, en nuestros días, que condene a Jesús tal cual aparece en el evangelio. Difícil encontrar a uno que lo califique de falsario. Digo difícil, aunque no imposible. Nunca se sabe. So preguntamos al mundo de hoy, encontraremos probablemente una variada gama de respuestas que fundamentalmente se reducen a las presentadas en el evangelio: un buen hombre; un hombre de Dios; un profeta, un gran profeta; un amigo de los pobres y de los enfermos… Alguno, de cierto matiz político o de ideología marxista, añadirá quizás: un hombre defensor del proletariado, un revolucionario social. Ninguna de estas respuestas llega a la verdad; es por tanto falsa, ya que Jesús exige una confesión absoluta y radical. Y si no se da, no se acierta; y si no se acierta, pasa de largo y cae en el vacío. Una postura tal es insuficiente.

b) ¿Qué decimos nosotros? Jesús es el Mesías. Mesías que es Hijo de Dios. Jesús pertenece a la esfera divina: es Dios. Así la confesión de Pedro, así la confesión de la Iglesia, así la exigencia de Jesús. Debemos mantenernos firmes en esa confesión, si queremos permanecer en la verdad. La confesión es existencial, vital: seguimiento incondicional de Jesús. Quien se aparta de ella se aparta del Reino, se aparta de la Iglesia por él fundada y sostenida. Nosotros queremos confesar con Pedro la mesianidad y la filiación divina de Jesús. Esa fe funda la Iglesia. Sólo en esa fe y en esa confesión vital se mantendrá firme e invencible para siempre. Naturalmente que al fondo de todo está Dios: la fe y el seguimiento son dones de Dios. El hombre no puede llegar al conocimiento de la verdad, si Dios no lo ilumina. Ni tampoco a la posesión de la vida, si Dios no lo anima y fortalece. La Iglesia es de institución divina; surge de la acción divina en el hombre: fe en Jesús, Hijo de Dios, y de la presencia en ella de Jesús, que supera y domina los tiempos y los poderes todos. Esa fe viva en Jesús, Hijo de Dios, nos salva.

c) ¿Quién es Pedro? Pedro es el Primado de la Iglesia de Dios. El tema del Primado es importante. Hoy quizás más que en otros tiempos. Sería un error olvidarlo, aunque fuera por razones de ecumenismo. Nosotros queremos permanecer junto a Pedro, que confiesa a Cristo. Pedro tiene un sucesor. El sucesor es el Romano Pontífice. El Romano Pontífice tiene por misión confesar a Cristo Salvador e Hijo de Dios, con todas sus fuerzas, con todos sus sentimientos, en todos sus gestos, con y en toda su vida. Debe ser la confesión viva de Jesús, Mesías e Hijo de Dios.Él debe fortalecer nuestra confesión y animar nuestro seguimiento de Cristo.Él nos apacienta en su nombre. Sería un monstruo un Pastor sin fe y sin amor a Cristo. Esto vale también para todo cristiano.

En la Iglesia hay un poder. Ese poder se ha entregado a los hombres; a hombres que permanecen fieles a la confesión de Pedro y le siguen incondicionalmente. Ese poder es el poder de Cristo. Los pastores deben pensar en ello: el pastor ideal es aquél que, en función de pastoreo, da la vida por las ovejas siguiendo a Jesús, Pastor Supremo. Es la confesión válida y vital de Jesús, Hijo de Dios, sostenida por el Espíritu Santo. Así como la Iglesia es para siempre, es para siempre el fundamento: la confesión de Pedro. Esa confesión vital no ha de faltar, como no ha de faltar la Iglesia. Pues la Iglesia, con Pedro a la cabeza, no es otra cosa que la confesión vital y existencial, con más o menos ahínco, de Jesús Salvador, Hijo del Dios Eterno. El poder de las llaves es elemento integrante de esta Institución de salvación. Así lo creemos y así lo confesamos. La fe de Pedro conforta al grupo, como el grupo socorre la debilidad de Pedro. Más bien que el grupo, Cristo Resucitado. Pidamos por los pastores; en especial por el Romano Pontífice.

d) Las palabras de Pablo pueden redondear esta Disposición de Dios en forma de alabanza: La Disposición de Dios (Pedro-Iglesia), por más rara que parezca, es digna de todo encomio y meditación; es una Disposición de amor, sabia y sublime. Sólo la fe puede gustarla. El salmo nos invita a pedir, esta vez, por la Iglesia: No abandones la obra de tus manos. Dios eleva lo humilde para fundamentar su Iglesia. La súplica y la conducta divina de misericordia podemos extenderla a todo fiel, pues de nada nos ha constituido hijos, su Obra, que esperamos y pedimos lleve a buen fin.