Domingo XX del tiempo ordinario

Primera Lectura: Jr 38, 4-6. 8-10

Jeremías. Un gran profeta. Profeta de las desdichas y profeta de las esperanzas. Profeta de profundos sentimientos. Profeta de sentimientos encontrados. Profeta que acusó a su pueblo en el entusiasmo falso y enjugó sus lágrimas en el destierro amargo. Profeta que tachó a sus guías de ciegos y falsarios. Profeta que condenó el falso culto y la piedad vacía. Profeta que amenazó al templo y predicó la destrucción de la ciudad santa. Profeta que presenció la ruina de la monarquía -los ungidos del Señor- y vio al pueblo, esclavo, camino del destierro. Profeta que lloró. Profeta que lloró amargamente. Profeta de la ruptura del Pacto. Profeta de la Alianza Nueva. Jeremías, profeta de Dios.

El pueblo no supo escucharle. El pueblo se enojó contra él. Los grandes se irritaron. Lo persiguieron, lo acosaron, lo condenaron a muerte. Aquel profeta debía callar. Aquella boca debía cerrarse para siempre. ¡La boca de Dios cerrarse! Es la «pasión» de Jeremías, la pasión del profeta, la pasión del siervo de Dios. Pero la «boca» del profeta no la cierra nadie. La cierra Dios. Y Dios no quiso cerrarla. Dios no permitió que lo mataran. Jeremías sobrevivió a la catástrofe. Tras ella vio surgir un pueblo nuevo con la Ley hecha carne en su corazón. Su muerte se pierde en la niebla de los tiempos. Una antigua tradición judía le hace morir aserrado. Jeremías murió; pero sus palabras, palabras de Dios, permanecen para siempre.

Jeremías, que habló contra el templo; Jeremías, que se encaró con los dirigentes del pueblo; Jeremías, que condenó el culto vacío y amenazó a la nación entera y la acusó de infiel; Jeremías, perseguido y profeta de la catástrofe nacional; Jeremías, anunciador de una Alianza Nueva; Jeremías ha sido asemejado a Cristo. También Cristo vivió momentos y posturas semejantes, hasta en la condena a muerte.

La lectura de hoy nos relata un episodio de la arriesgada vida de este profeta. El sentido de su «pasión» lo encontramos en Cristo.

Salmo Responsorial: Sal 39

El salmo parece constar, en su estado actual, de dos partes bien diferenciadas. La primera sería una acción de gracias y la segunda, una súplica. La liturgia ha tomado unos versillos de la primera; el estribillo y la última estrofa, de la segunda.

Tenemos, pues, una acción de gracias encabezada -estribillo- por una súplica y coronada -última estrofa- por una plegaria. Si queremos ordenar los afectos, sería así: súplica angustiosa -liberación del peligro-, petición confiada. La imagen de la fosa, del fango, señalan a la muerte. Dios lo libró de ella. Es de corazones agradecidos cantarlo públicamente. Todos alabarán a Dios. La conciencia de pequeñez y pobreza hace la oración más intensa y más favorable su acogida. El beneficio recibido fundamenta la esperanza, y ésta hace más fácil la oración.

Segunda Lectura: Hb 12, 1-4

Después de la brillante exposición del capítulo 11, el autor del discurso hace una significativa pausa. Han desfilado, como ejemplos preciosos, los grandes hombres de la historia bíblica. Unos han sido nombrados personalmente; otros en conjunto y por alusiones. Todos ellos han dado preclaro testimonio de fe en Dios. Y Dios ha dado, a su vez, testimonio de la autenticidad de su fe. Ninguno de ellos, con todo, alcanzó en sus días la plenitud de la Promesa. Todos ellos murieron sin palparla. Murieron caminando, sucumbieron luchando, cerraron los ojos, fijos en el futuro... Su corazón latía por el mundo nuevo que se avecinaba. Dios no quería premiarlos sin nosotros. El momento actual -el Hoy- da cumplimiento cabal a sus esperanzas. Ellos han sido asociados a la creación nueva. Hasta aquí el capítulo 11.

Prosigue la parenesis, acentuada. Nosotros continuamos -debemos continuar- la serie de los grandes hombres de fe. El autor se vale, para animarnos, de una imagen deportiva. Sería así:

El atleta se encuentra en el estadio. Va a dar comienzo la competición. Podemos pensar en una carrera. En una carrera de obstáculos. La multitud se agolpa -nube- en las galerías. Van a presenciar el espectáculo. Pero no son espectadores. Son testigos. Testigos que dan testimonio. Testigos que ya han corrido. Testigos que nos animan con sus voces y sus vidas. Testigos que pertenecen a nuestro mismo equipo. Son de los nuestros. Ellos nos aplauden y estimulan.

Nos disponemos a correr. Al lado, en un montón, todo aquello que suponga peso o rémora. El atleta debe sentirse ágil y ligero. Hay que deponer todo aquello que ofrezca dificultad al movimiento y a la velocidad. Sería la ascesis cristiana, de gran tradición bíblica. Más que correr, hay que volar si es posible. El pecado nos ata, nos detiene. El atleta debe verse libre de todo ello.

Es carrera de obstáculos. Necesitamos constancia, paciencia. Hay que mantener a toda costa la marcha comenzada. Hasta el fin. Para ello la virtud clásica y bíblica de la paciencia. La fe sin paciencia no se muestra fiel. La paciencia sin fe no existe o no es cristiana. La paciencia cristiana no se apoya en las propias fuerzas del hombre, sino en Dios, en su poder y promesa. De paciencia ha dado testimonio el público que anima.

La carrera tiene un curso, una dirección. Hay una meta. La meta está señalada por la figura de Jesús. Jesús que inicia y consuma la fe. Jesús abre el camino -el de la fe- para llegar al Padre y lo consuma. En realidad es él el Camino. Allí está sentado, a la derecha de Dios, Señor del siglo venidero, Rey de la Ciudad eterna. La fe en Dios se consuma en Cristo. La Promesa que suscitaba la fe y la mantenía viva es Cristo. La maravilla Cristo consuma la fe.

Nos encontramos en el Misterio de Cristo. La pausa del autor era significativa. Jesús es un testigo. Pero no un testigo más. Jesús es el Testigo, sobre todos los testigos. Es el Testigo Fiel. Jesús confirma el testimonio de los antiguos. Jesús ha abierto la carrera, ha corrido la carrera y ha hecho posible el acceso a Dios. Jesús ha hecho realidad la promesa del Padre. A él aspiraban las naciones; a él miraban los siglos; hacia él corrían los hombres de Dios. Jesús, resucitado de entre los muertos, hace real el camino a Dios. El camino de la fe que salva se inicia en él y él lo lleva a término. Ha salvado, para todos, el abismo que nos separaba de Dios. Está sentado a la derecha del Padre. Es nuestra meta y nuestro fin.

Jesús ha dado también muestras de paciencia. Y su paciencia y obediencia han sido coronadas por el éxito más maravilloso. Dejó a un lado el camino del gozo y eligió para sí el camino de la cruz propuesto por el Padre. A través de la muerte, transformado, ha sido constituido Señor y Sumo Sacerdote. Es, pues, nuestro mejor modelo, nuestro mejor compañero y nuestra mejor garantía y prueba de lo que esperamos y todavía no vemos. Resistió hasta la muerte. Nosotros todavía no. ¡Ánimo!

Tercera Lectura: Lc 12, 49-53

Jesús siempre sorprende. Hasta puede escandalizar. El evangelio de hoy es un ejemplo.

Jesús no ha venido a traer la paz. (¿No es él nuestra Paz?). Jesús ha venido a traer la discordia. (¿No condena Dios la discordia?). Jesús ha venido a traer la división en el mundo, en la familia, en cada uno de los hombres. División profunda y dolorosa. Parece sugerirlo la imagen del fuego. Jesús ha venido a prender fuego en el mundo. ¿Qué fuego? No sabemos en concreto. El fuego, con todo, implica la discordia. Jesús trae la discordia. A él mismo lo va a devorar ese fuego. Jesús lo llama bautismo. ¿Porque va a estar sumergido en él? ¿Porque a través de él va a alcanzar la perfección, la consumación como Señor y Rey? Jesús alude sin duda alguna a su sufrimiento. Pongamos un poco de orden en los pensamientos.

El mundo se ha alejado de Dios. El mundo no respeta a Dios, no teme a Dios, el mundo odia a Dios. El mundo, loco, quiere realizarse al margen de Dios. Tiene sus máximas, tiene sus valores, tiene su historia. Le sobra Dios. El mundo no ve, el mundo no oye, el mundo no siente otra cosa que su propia figura, su propia voz y sus propios caprichos. El mundo está enfermo, enfermo de muerte. El plan de Dios, siempre bueno, es curarle. La curación va a ser dolorosa. Dolorosa para todos, en especial para el cirujano que quiera intervenir. Hay que cortar, rasgar y arrojar. El enfermo se va a oponer, se va a resistir, va a dejar sentir sus iras. El enfermo va a dar coces. El primero en sufrirlas va a ser el Médico: Jesús. A Jesús le van a perseguir, le van a matar, le van a crucificar, le van a echar fuera. Jesús sobra en el mundo. El mundo lo rechaza y lo odia: no es de los suyos. Lo mismo va a suceder con los que le sigan. La predicación y la obra de Jesús han sembrado la discordia. Jesús ha acusado al mundo de impío, de injusto, de falsario y de muerto. Ha declarado vacías y falsas sus máximas y ha pisoteado como nocivos sus valores. Ha sembrado la división. Dos mundos: Jesús, voluntad y revelación de Dios, y el mundo que se le opone.

La obra de Jesús ha sido suficiente. No sólo va a morir él; tras él otros más. Jesús ha logrado sembrar, a través precisamente de su bautismo-muerte, la no conformidad con el mundo. Una no-conformidad vital y existencial. Y esta no-conformidad con el mundo y sus máximas es el fuego de la discordia. Jesús ha logrado, obra maravillosa, prender fuego en el mundo. El mundo se siente -como los demonios- amenazado de muerte en todas sus líneas: social, familiar, personal. El mundo reacciona con violencia. Ser o no ser es la cuestión. Y el mundo quiere seguir siendo mundo. El mundo no puede aguantar dentro de sí a los que no son suyos. Los rechaza con odio. Se ha entablado la lucha. Son los tiempos últimos, los tiempos escatológicos. Ha prendido ya el fuego de la discordia, y sus efectos durarán con más o menos virulencia, hasta la venida del Señor. Entonces la separación será absoluta.

El mundo se resiste a no tener sentido en sí mismo. Es la guerra, sorda, día a día, de valores y destinos. Con Cristo o contra Cristo ¡Cristo ha logrado prender el fuego de la separación del mundo! Esa es la maravilla y el efecto del bautismo en fuego -pasión- y muerte. No hay que extrañarse del acontecimiento. Dios lo ha querido. Es la salvación en Cristo. La salvación es división y la división, salvación.

Consideraciones

Cristo es la Piedra Angular. Quien sobre él se apoya, edifica. Quien en él tropieza, se estrella. Y esto para siempre, hasta la consumación de los siglos. Cristo es el centro y el actor principal. Es el Señor.

Cristo ha venido a prender fuego en el mundo. Y el fuego ha prendido. El mundo no le ha aceptado. El mundo le ha dado muerte. Jesús ha sido bautizado. A eso había venido. El bautismo -pasión, muerte y consiguiente resurrección- es expresión del odio del mundo y, al mismo tiempo, causa del fuego que ha prendido en el mundo. La división y discordia entre él y el mundo continúa a través de los siglos. Continúa su pasión, continúa su muerte, actúa renovadora su exaltación. Jesús el «primer» devorado; el «primer» vencedor.

Jesús es un mártir. Jesús es el Mártir, el Testigo fiel. La segunda lectura subraya claramente la pasión del Señor. La primera la anuncia en la pasión de Jeremías. Jesús soportó la cruz, el odio, la ignominia. Su predicación y su obra encontraron oposición en el mundo y fue echado fuera. Oposición y discordia. Pero Jesús ha triunfado. Dios lo libró de la muerte (salmo). Ahora se sienta a la derecha de Dios, Señor para siempre.

La obra de Jesús, en este caso la discordia con el mundo, continúa en sus seguidores. Lo anuncia el evangelio, lo constata la carta a los Hebreos, lo recuerda el caso de Jeremías. No esperemos otra cosa. Tiene que ser así. El mundo no se deja arrebatar, sin sangre, la gloria que arrebató a Dios. No hay que olvidar este aspecto del Misterio.

Jesús fue bautizado y prendió fuego. Sabemos que la renovación del día de Pentecostés es concebida como bautismo y que el Espíritu se presentó en forma de fuego. El Espíritu Santo, don del Resucitado, es la Fuerza Viva que mantiene perenne y vital la discordia y la separación con el mundo. Él mantiene firmes las resoluciones de los testigos, de los mártires, la proclamación viva del evangelio. Y esto hasta el fin de los siglos.

La oposición con el mundo se extiende a todos los órdenes: social, familiar, personal. La sociedad de este mundo nos odia. Ve despreciados, y en peligro, sus valores, sus principios, su poder y su gloria. Discordia y división sangrienta. La familia mundana ve peligrar sus bases. No conoce el amor digno, la felicidad perpetua, la dedicación servicial, el amor fraterno. Los principios cristianos la desconciertan. Se resiste y opone. Aun en la misma persona encontramos oposición y lucha. El hombre viejo se resiste a la renovación del corazón y de la mente. No se decide fácilmente a dejarlo todo y a correr la carrera de Cristo. No encuentra sentido en la ascesis cristiana. Le agrada el pecado.

Nosotros somos testigos. Somos mártires. Y no corremos solos. Somos equipo. Delante de nosotros han corrido otros. Nos animan, nos aplauden, nos llaman hacia sí (comunión de los Santos). Cristo es el mejor ejemplo y el mejor compañero. Dejemos a un lado todo lo que nos estorba. Corramos la carrera, ¡la Carrera! Podemos ser, y seremos, perseguidos. Todo hombre de Dios, que vive la vocación divina, ha de estar preparado, pronto a la prueba. Nos es necesaria la paciencia. Sabemos por la fe lo que nos espera. Cristo iniciador y consumador de la fe va con nosotros. Su Espíritu nos da bríos y fuerza. Es menester aguantar el oprobio, llevar la cruz de Cristo. Nos espera la Corona que no se marchita, la Gloria que no pasa. Pero hay que correr. ¡Corramos!

La lucha con el mundo es la lucha por la paz de Dios, por el reconocimiento de la dignidad humana, por la salvación de Dios. La paz y el orden de Dios no se consiguen sin martirio.