Domingo XIX del tiempo ordinario

Primera Lectura: Sb 18, 6-9

El libro de la Sabiduría es probablemente el último del Antiguo Testamento. Oriundo de la desarrollando. Concretamente de Alejandría. Es un «sabio» el que habla. Un «sabio» versado en las tradiciones patrias y educado en el pensamiento helenístico. Un alma tradicional abierta a las luces del mundo culto de entonces. Escrito en griego, pensado en hebreo, perfumado de universalismo. Es una canto a la Sabiduría divina. Sobre todo en la segunda y tercera parte. En la primera se toca el problema -eterno- del destino del hombre. Destino del justo y del impío. La muerte y el «más allá».

El espíritu de Dios lo abarca todo y lo penetra todo. En todo hay un orden, una «sabiduría». El libro se mueve en torno a ella. La Sabiduría divina -la única que en realidad existe- se ha manifestado y se manifiesta, por encima de la creación, en la historia del pueblo de Israel. Las andanzas de este pueblo, con Yavé a la cabeza, son objeto de reflexión y contemplación. No es un mero discurso; no una discusión; no una defensa. Hay algo de todo ello. Sobre todo, exposición libre de la historia de Israel a modo de homilía, nacida de la contemplación. El autor camina con libertad.

Estamos en la última parte. La salida de Egipto entretiene la mente del autor. El «sabio» vuelve sobre aquella epopeya y resalta, con vigor y energía, la maravilla del plan divino, la sabiduría de Dios. Precede un anuncio. El anuncio confirma la esperanza. La esperanza levanta los ánimos. Con los ánimos levantados, los israelitas se disponen a salir. Aunque por caminos extraños -llenos de acierto y sabiduría- la promesa de Dios, hecha a los padres, recibe su más perfecto cumplimiento. La fe en el Señor no falla nunca. Es sabio fiarse de la sabia fidelidad del Señor.

La acción liberadora de Dios sorprende por la maestría del desarrollo. Una sola acción con doble vertiente. Una espada de doble filo. Salva a unos y castiga a otros. Acerca a unos, mientras aparta a otros. Las plagas que «señalan» a los amigos, merman a los enemigos. El mar, que desnuda su entraña para dar paso a las columnas de Israel, engulle a las huestes del Nilo. El Ángel exterminador, que se inclina respetuoso ante las jambas del pueblo de Dios, siembra el terror en las casas de los egipcios. ¿No es esto una maravilla? ¿No es algo grande? Grande y estupenda la «sabia» salvación de Dios. Los esclavos entonan himnos; los «señores» gimen destrozados. Se unen los «dispersos»; las unidades del Faraón se disuelven aterradas. Los «siervos» hablan de libertad; los opresores son oprimidos. La Sabiduría es orden y acierto. Ordenados y unidos para siempre salieron los israelitas de Egipto. La Sabiduría de Dios se encarnará en Cristo. En Cristo nos reserva nuevas sorpresas y esperanzas, nueva Salvación.

Salmo Responsorial: Sal 32

Salmo de alabanza. La liturgia de hoy ha elegido algunos versillos. El estribillo le da cierto aire sapiencial: Dichoso. La consideración rompe en una alabanza Aclamad al Señor... y se despide con una confiada súplica que tu misericordia...

Dichoso es aquél que tiene la dicha, aquél que ha alcanzado la dicha. Dicha es poseer un bien. La dicha suprema es poseer el bien supremo. El bien supremo es Dios. Poseer a Dios, pertenecer a Dios, es la dicha suprema:... libra las vidas de la muerte. Somos de Dios y le pertenecemos. La dicha infunde júbilo. El júbilo, canto. La canción del júbilo es la alabanza. Pero como no es aquí, en cierto aspecto, definitiva, la alabanza lleva el gemido. Al gemido le acompaña la esperanza. Y la esperanza se apoya en la promesa de Dios. A Dios alabamos, en Dios esperamos y a Dios pedimos, gimiendo. La elección ha sido realizada en Cristo. En Cristo alabamos, en Cristo gemimos, en Cristo esperamos. Pues la Promesa de Dios se ha verificado en Cristo.

Segunda Lectura: Hb 11, 1-2. 8-19

El capítulo 11 de la carta a los Hebreos es una joya. Y lo es teológica y literariamente. Todos admiran el arte con que está escrito y señalan la importancia de algunas de sus expresiones. El capítulo es, según el género, una «alabanza de la fe mediante ejemplos bíblicos». El tono es exhortativo, parenético. Es la alabanza que insta al seguimiento. Las palabras mueven, decimos; los ejemplos arrastran. Eso es, más o menos, lo que pretende el autor. La fe de los grandes hombres de Israel. Hombres que alcanzaron por su fe la aceptación de Dios. Sigámosles.

La sección se abre con la definición, ya clásica en teología, de la fe. Es una definición general que conviene a todo tipo de fe: humana, religiosa, cristiana. La fe, viene a decir el autor, es garantía de las cosas que se esperan. En otras palabras, la fe es posesión, en parte, de las cosas que se esperan, comienzo de posesión. Dios ha prometido. Lo proclama toda la «historia de la salvación». Lo prometido se espera. Por la fe entramos en contacto con lo prometido y esperado, al unirnos estrechamente al que lo ha prometido. Por la fe poseemos ya de forma misteriosa. La fe, pues, nos pone en contacto con las cosas esperadas. La fe es garantía y es prenda. La fe es también prueba de las cosas que no se ven. La fe es el único medio de llegar al conocimiento de cosas que se escapan a la vista, sentidos y captación inmediata personal del hombre. Sabemos aunque no vemos. De otro modo, por la fe sabemos y vemos cosas que no se ven. Maravillosos efectos los de la fe. Por la fe estamos ya en la línea de la posesión y de la visión.

De la larga lista de ejemplos que trae el capítulo 11, la liturgia ha elegido uno fundamentalmente. El más preclaro y significativo. El autor lo saborea detenidamente. Es el ejemplo de Abraham. Abraham, el padre del pueblo hebreo, el padre de los creyentes, el hombre de la fe. (El Nuevo Testamento lo recordará repetidas veces).

Abraham dio grandes muestras de fe. Abraham dio preclaras muestras de fe al dejar su tierra y al dirigirse, de la mano de Dios, a la tierra que se le había prometido. No sabía adónde iba. Pero sabía que iba de la mano de Dios. También dio hermosa prueba de fe al aceptar, ya en sus sueños, la promesa de un hijo. Mostró sobre todo su fe en Dios -fe contra toda esperanza- en la disposición a sacrificar a su hijo, de quien se había dicho que iban a surgir numerosas generaciones. Mostró en tal actitud la fe en un Dios que puede resucitar. Pues a pesar de ser destinado a morir, creyó y esperó que de él habían de venir las generaciones. Fe grande la de Abraham. La fe le hizo partícipe de la ciudad que buscaba (caminaba hacia ella, dejando la propia de este mundo), de la herencia futura (el don del hijo) y de la promesa venidera (la resurrección gloriosa). La unión, por la fe viva, con un Dios Creador de un mundo nuevo le hizo ya aquí partícipe de esa maravillosa creación. Y así, fiado de él, llegó a entrever -en su conducta- algo muy grande, que sus ojos, de lejos, no podían precisar. Como Abraham, los otros patriarcas. Todos ellos apuntaban al Acontecimiento, Cristo. Por la fe participaron ya de esa Maravilla y «supieron» de su existencia.

Tercera Lectura: Lc 12, 32-48

Una perícopa heterogénea y un tanto compleja. Aglomerado de parangones, residuo quizás de parábolas, que se enlazan unos con otros por reclamo de palabras. Tentemos de establecer una línea de pensamiento más o menos lógica.

El grupo que sigue a Jesús es pequeño. Y lo es en número, en valor y en fuerza. Son pocos, pobres e insignificantes. No sería un auténtico complejo sentirse pequeño. El rebaño de Jesús es en realidad pequeño, pero Dios ha hecho grande aquella pequeñez. Dios los ha elegido para sí, los ha tomado bajo su protección y les ha concedido el Reino. Son su Rebaño. La grandeza no radica en su propio valor, sino en la mano de Dios que los sostiene. Su fuerza es la fuerza de Dios y su misión la de Dios mismo. No hay por qué temer. Sería ridículo temer a los hombres. En este sentido sería lamentable sentirse abrumado por el complejo de pequeñez. Puede que los hombres vean muy pequeño aquel rebaño. Dios no. Desde el momento en que Dios se ha complacido en ellos, las letras han pasado de minúsculas a mayúsculas. Son el REBAÑO de Dios Son su OBRA magnífica. El cristiano como tal no entiende de complejos. No es para temer; es para alabar.

La dedicación al Reino es una dedicación entera. De cuerpo y alma. La pequeñez es la expresión de la grandeza. Los bienes materiales, los afanes de este mundo, el amontonamiento de haberes, que constituye la «grandeza» de los hombres, es obstáculo para la auténtica grandeza. Hay que ser pequeño para ser grande. Hay que renunciar para poseer. Hay que ser pobre para ser rico. Hay que vender las joyas de este mundo para colocar un tesoro en el cielo. Hay que distribuir para cosechar, dar para recoger. La limosna, la asistencia cordial al necesitado, está engrosando el caudal en el cielo. En Dios se encuentra el auténtico Tesoro. Allí están los bienes que no pasan, que no se apolillan, que no desaparecen. Son los bienes que valen. ¿Dónde está nuestro corazón? ¿Dónde nuestro tesoro? Pobre de aquél que entierra aquí su corazón. Se ha convertido en tierra; se pudrirá con ella. El discípulo, el cristiano, no debe cifrar su felicidad, su tesoro, en las cosas de este mundo. Seguro de poseer algo más grande, inmensamente más grande, coloca su corazón, su tesoro, en Dios.

El cristiano está en espera de la gran revelación. De la revelación del tesoro, donde ha puesto su corazón. La revelación puede acaecer en cualquier momento. Sus ojos no deben, por eso, dejar de estar mirando; su postura, de aguardarlo y sus manos, de trabajarlo. Vigilancia y laboriosidad. El Señor va a venir, y no sabemos cuándo. Somos siervos; sirvamos. Los «haberes», que se nos han encomendado, no deben robarnos el afecto hacia el Señor. ¡Cuidado con dormirse! ¡Cuidado con despistarse! Sería fatal. El Señor que esperamos no es un señor cualquiera. Es el Señor. Es nuestro SEÑOR. Un Señor que fue constituido Señor por su servicio a los hombres. Ese Señor viene a servirnos la vida y a galardonar nuestro servicio. Santo temor y santo gozo.

La vigilancia se hace más urgente y necesaria, cuando sabemos que su venida, dentro de la seguridad -¡vendrá!-, se presenta incierta en la hora. Es ya clásica en el Nuevo Testamento la comparación con el ladrón. Inesperada y sorprendente. El Hijo del hombre -el Juez- va a venir. Su presencia nos va a arrebatar irremisiblemente los «bienes» en que quizás hemos confiado. No será ladrón, para el que le espera. Antes encontrará la puerta abierta y unos brazos que le saludan. Pero nosotros, que nos entretenemos tanto con las cosas de este mundo, corremos el peligro de encontrarnos de sopetón con el que debió haber sido esperado y no lo ha sido, con el que debió entrar como Señor suspirado y se presenta como ladrón temido. Preparación y vigilancia.

Requieren mayor vigilancia y, por tanto, mayor cuidado los que están al frente de la comunidad. La parábola parece ir por ahí. Puede que Jesús la dirigiera en su tiempo a los principales de Israel. Ahora va dirigida a los guías del nuevo Israel. Pero a todos nos dice algo. Todos somos administradores de los bienes del Señor y siervos unos de los otros y todos, de una forma o de otra, hemos de dar cuenta de nuestra administración. Los que están, también como siervos, al frente de la Casa del Señor han de dar estrecha cuenta de su trabajo. Jerarquía, pastores de almas; padres, maestros, etc. La ignorancia aminora la responsabilidad, pero no aleja de sí todo castigo. Hay ignorancias muy culpables. Atención y vigilancia.

Consideraciones

Vayamos por puntos.

1) Dios se complace en su pequeño rebaño. Tema de gran tradición bíblica: Dios elige lo pequeño e insignificante para llevar a cabo sus designios. Es un punto que hay que considerar. También el tema del rebaño de Dios goza de gran ascendencia bíblica. Recordemos a Dios, Pastor de Israel, y la alegoría del Buen Pastor. Es otro punto de consideración.

El rebaño -pueblo de Dios unido- no tiene por qué temer. Es objeto de la predilección divina. Es pequeño sí, pero grande en la elección, en el destino y en la encomienda. Dios -el Dios Todopoderoso- está tras él. Ningún complejo, pues, y mucha confianza. No nos apoyamos en nuestras propias fuerzas, sino en Dios. Dios está con nosotros. ¿Cabe mayor dicha? El salmo puede acompañar nuestro gozo: Dichoso el pueblo a quien Dios se escogió. El tema del pueblo solidario -rebaño de Dios- aflora en la primera lectura. Pero avanza con más relieve todavía la acción liberadora de Dios sobre el pueblo humilde. Dios sacó a su rebaño de Egipto, lo libró de las fauces del león. El salmo canta la providencia de Dios, su presencia actuosa y salvífica en medio del pueblo. Nunca le faltó al rebaño la mano poderosa de su Pastor. La vida de los Patriarcas está proclamando lo mismo. Pensemos tan sólo en Abraham. Confianza, pues, fe y paciencia; alabanza y oración.

2) El desapego de los bienes terrenos empalma con el tema del domingo anterior. No está de más insistir. Se trata de un peligro grave. Lucas lo ha subrayado. Se inculca el desprendimiento. El desprendimiento caritativo. La limosna. Bonito tema. No son las cosas un tesoro. Lo son cuando saben enjugar lágrimas, cubrir necesidades, apagar la sed, saciar el hambre. Son bienes, cuando hacen el bien, y son tesoro, cuando son expresión de la caridad fraterna. El digno empleo de las llamadas riquezas. Esto va para todos. Para el discípulo de manera especial. Nuestro Tesoro es el Reino, y el Reino se consuma en el Cielo. Allí ha de estar nuestro corazón. ¿Dónde está en realidad nuestro tesoro? ¿Dónde nuestro corazón? ¿Tenemos un corazón de tierra o un corazón de Dios? ¿Dónde colocamos nuestra ilusión, nuestro interés, nuestro afán y vida? ¿En cosas caducas que pasan? ¿En bienes eternos? Nosotros, los cristianos, sabemos dónde se encuentran. Las talegas son la caridad. La caridad no pasa nunca. Recordemos al buen Samaritano que empleó sus bienes para salvar al prójimo.

3) El Señor viene. ¿Cómo nos encontrará? He aquí algunos temas:

a) El Señor viene a premiar al siervo fiel, al que le aguarda. Vigilancia, pues, y disponibilidad. Actitud solícita, atenta, afectuosa y cordial. La espera ha de ser de corazón. El corazón ha puesto en él su anhelo, su Tesoro. El corazón no debe entretenerse con las cosas que pasan. Debe esperar atento a su Señor. Dichoso él, cuando llegue su Amo. Le hará sentar a la mesa y le regalará con el gozo de la vida eterna.

También el salmo parece recoger ese dichoso. Dichosos fueron los israelitas que esperaban la venida salvadora de su Dios. Y dichosos los patriarcas, a quienes Dios preparaba una celeste Ciudad. Unos y otros salieron de su medio ambiente y, guiados por la mano de Dios, se dirigieron, libres, en busca de un descanso adecuado. Los patriarcas se confesaron peregrinos, caminantes. Eso somos nosotros precisamente: peregrinos. No debe entretenernos el mundo que nos rodea. Debemos actuar la fe y excitar la esperanza. Abraham es un buen ejemplo. Con su conducta testificó la fe en un Dios que puede resucitar. Dios ha confirmado esa fe en Cristo. La resurrección es la promesa que nos espera. Ya la fe nos hace partícipes de ella. Vigilancia, fe, vida desprendida, esperanza firme. El Señor viene.

b) La venida del Señor es segura. Lo sabemos por la fe. El momento, con todo, es incierto. No sabemos la hora. Más razón, por tanto, para vigilar y esperar. Debemos vivir cristianamente. Sabemos que hemos de morir, y no sabemos cuándo. ¿Nos encontrará preparados y alerta aquella hora? La muerte puede estar en cualquier recodo del camino. ¿Se presentará como ladrón? ¿Seremos tan locos de amontonar cosas que después se nos han de arrebatar? Hay que pensar en ello.

c) El Juicio. El Señor viene a pedir cuentas. Hemos de rendir cuentas de la administración de los bienes. Desigual el reparto, desigual el juicio. La caridad -la limosna- hará del juicio Corona y de los bienes terrenos Tesoro eterno