Domingo XIX del tiempo ordinario

Primera lectura: 1 R 19, 9a.11-13a.

Elías busca en el Sinaí -Horeb- la comunicación con Dios. La necesita. Ha escapado de Israel, perseguido de muerte. Ha deseado morir en el camino. Una voz, un vaso de agua y un trozo de pan lo han traído hasta aquí. Aquí estuvo también Moisés. Y aquí oyó la voz de Dios y sintió el peso de su presencia. Pasó delante de él. Elías recibe una experiencia semejante: Dios se digna pasar ante él. Pero la teofanía, en este caso, reviste modales especiales un tanto sorprendentes. No son ni el huracán ni el terremoto ni la tormenta, ni el rayo ni el temblor ni el trueno los que acompañan a Dios. Dios pasa en susurro tenue y suave. Elías se cubre el rostro. ¿Quién puede soportar la presencia del Señor sin morir?

¿Qué valor religioso tiene todo esto? ¿Qué quiere significar? ¿Quiere Dios reprochar al fogoso Elías su excesivo e intempestivo celo? Así piensan no pocos. ¿Querrá Dios darnos una enseñanza sobre la espiritualidad y suavidad del Dios de Israel? Algunos piensan así también. Otros, entroncando con la tradición bíblica de la llamada profética, ven aquí la profunda, sutil y penetrante comunicación de Dios a sus siervos. Otros, por último, recuerdan la necesidad de consuelo en que se encontraba el profeta y ven en ello, por consiguiente, una delicada acción de Dios consolando a Elías. A Elías no le convenía en aquel momento la teofanía terrorífica del tiempo de Moisés. Sería una condescendencia divina al hombre, humana y llena de ternura.

Todas estas apreciaciones pueden sernos útiles. Tenemos, pues, en todo caso, a un Dios que se muestra no imponente ni terrible a sangre y fuego: un Dios penetrante, como suave brisa, acariciador, asequible, humano. Con todo hay que taparse la cara a su paso. Es en verdad un Dios cercano, pero siempre transcendente. So pensamos en Cristo, Dios hecho hombre, podemos entenderlo mejor: Cristo es la clave.

Salmo Responsorial: Sal 84.

El salmo, como unidad, es un salmo de súplica. A la súplica que presenta el pueblo responde Dios -en el profeta o sacerdote- con la bendición y la paz. Es un oráculo de salvación. La liturgia ha tomado esto último. El estribillo refleja la primera. Por ahí ha de correr nuestro espíritu. Hay un gemido, acuciado por la necesidad: Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación. ¿Quién no las necesita? Dios nos las promete; en Cristo de forma perfecta. Desde el alimento cotidiano -que no siempre sabemos agradecer- hasta la paz eterna. Aquí, como signo de aquélla. Allí, como consumación de ésta. Vivimos entre súplicas y esperanzas. La promesa es segura: la bendición de ahora es ya comienzo de la vida eterna. El Misterio de Cristo lo garantiza: nuestra Paz y nuestra Justicia.

Segunda lectura: Rm 9, 1-5.

El corazón de Pablo sangra. Sangra de dolor. El pueblo judío -¡su pueblo!- queda al margen del evangelio, al margen de la salvación. ¿Cabe mayor tragedia? El pueblo, preparado desde tiempo inmemorial para recibir el Reino, desatiende engreído la oferta. Todas las maravillas de antaño, todas las llamadas de los profetas, todos los pensamientos y cantos de los sabios, quedan sin efecto. El pueblo hebreo reniega de Cristo, maldice al Señor. El pueblo, llamado a ver la Luz, queda en las tinieblas; el pueblo, llamado a la Libertad, elige la esclavitud; el pueblo, llamado hijo de Dios, se aleja de la Casa; el pueblo, llamado al Reino, se queda fuera de la Ciudad. ¿No es terrible? Y esto le acontece a su pueblo, llamado con razón pueblo de Dios. Pablo inclina respetuoso la cabeza ante el misterio de Dios y sufre, sufre de veras. Lo confiesa solemnemente. Y tan sincero es su dolor que desea ser, si esto valiera, condenación -anatema- por la salvación de su pueblo. Algo semejante deseó Moisés en su tiempo. ¿Por qué los grandes hombres de Dios desearon morir por su pueblo? Jesús murió condenado, hecho pecado por salvar a su pueblo. Las prerrogativas del pueblo de Dios pasan al pueblo nacido en Cristo. La sombra pasa a ser luz y la luz es ahora el pueblo de Cristo. Una doxología al final (para unos, los más, dirigida a Cristo Dios, para otros a Dios Padre) con un solemne amén nos mantiene en el respetuoso silencio y en el temor de Dios. Con sencillez y reverencia alabamos la decisión salvadora de Dios.

Tercera lectura: Mt 14, 22-33.

La lectura comienza con un apremio de Jesús a su discípulos a que suban a las barcas y se alejen de allí. Esta prisa de Jesús por desaparecer de aquel lugar puede probablemente responder al comentario de Juan: Quisieron hacerle Rey. Jesús había multiplicado los panes (domingo anterior). Jesús deshace así un mal entendido sobre su persona: Jesús no ha venido a eso.

Jesús se recoge a orar. A solas. En la noche. Lucas hará de esta oración de Jesús uno de sus temas preferidos. Por su parte, Marcos notará las retiradas de Jesús. Da la impresión, según Marcos, de que Jesús se recoge siempre que se apunta un éxito. ¿No le agradaban los éxitos? Quizás no fueran verdaderos éxitos.

Tenemos a continuación un milagro. Por el remate se echa de ver su carácter cristológico. Para los apóstoles es como una manifestación de la naturaleza y poder superiores de Jesús. Jesús domina las fuerzas de la naturaleza. Jesús es el Señor, el Hijo de Dios. Hay una adoración de su persona. ¿Podríamos pensar en una epifanía de Jesús? Aparece también Jesús salvador: Sálvame, Señor,… grita Pedro. El texto está lleno de sugerencias y alusiones: No temáis

El texto es además eclesiástico, como todo el evangelio de Mateo. Nótese, por ejemplo, la figura de Pedro. Pedro -el primero, el primado- aparece, como figura más relevante, junto y después de Jesús. Pedro puede caminar sobre las aguas siguiendo la voz de Jesús: ¡está a la altura de Jesús! La poca fe le hace tambalear y hundirse. Pedro sin fe -lo mismo cualquier discípulo de Cristo- está a merced del viento y de las olas, a merced del maligno. El viento tempestuoso, el mar alborotado, recuerdan los poderes hostiles y malignos. Jesús está sobre ellos. También lo están sus discípulos, si se mantienen firmes en la fe. La debilidad y "audacia" de Pedro son una enseñanza para todos. Somos con frecuencia atrevidos hombres de poca fe.

También la barca está cargada de simbolismo. Pensemos en la Iglesia, azotada y zarandeada con frecuencia por los vientos. Los poderes hostiles la acometen con fuerza. Amenazan destrozarla, hundirla. Jesús vela por los suyos. Jesús aquieta las tempestades. Jesús salva a su Iglesia, la Barca de los Doce. El discípulo grita: Sálvame, Señor. Jesús reprocha: Hombre de poca fe. Jesús impone la calma. Los Doce le adoran. Es el retrato de la Iglesia. Es su historia. No hay por qué temer: Jesús está en ella.

Consideraciones:

La revelación cristiana es teocéntrica y cristológica: tiene a Dios como fin y principio, y a Cristo como centro. Lo declaran muy bien las lecturas de hoy. Jesús revela su naturaleza y así revela la de Dios; pues, en realidad, él y Dios son una misma cosa.

a) Jesús, Hijo de Dios, Salvador. Jesús domina la naturaleza. La naturaleza le obedece como a su Señor. Jesús camina sobre las aguas. ¿Quién no recuerda toda aquella serie de aclamaciones en los salmos, que describen y celebran a Dios sobre las aguas? Jesús está por encima de los poderes adversos, que crean el desorden, la ruina, el caos. Jesús está por encima de todo poder humano. Jesús es el Señor, que siembra la calma y trae la paz.Él es la Justicia, él es nuestra Paz.Él, la Fidelidad de Dios; él, su Misericordia. Jesús infunde seguridad y confianza. Con él y en él no hay motivo alguno para sentir miedo. Lo anuncia con toda fuerza y claridad el evangelio. Lo canta el salmo. Lo simboliza la primera lectura: Dios es susurro, suave brisa. Así Jesús para los suyos.

Jesús es Salvador: salva de la ruina y de la perdición. Así su actitud con Pedro. Nótense las dos aclamaciones: «Señor», «Hijo de Dios». Jesús pertenece a la esfera divina: adoración, respeto, veneración, seguridad y confianza. La actitud reverente, de santo temor, de los discípulos nos recuerda el gesto de Elías de cubrirse el rostro. También la doxología de Pablo. Estamos ante un ser divino: adoremos reverentes al Señor. Jesús, con todo, no infunde miedo: No temáis, soy yo. El Aura suave que acarició y fortaleció a Elías.

b) El cristiano, representado por Pedro, goza de inmunidad, si permanece unido a Cristo por la fe. El cristiano puede caminar sobre las aguas -poderes adversos-, asido de la mano de Jesús: la omnipotencia de la fe contra los poderes hostiles a la salvación. La arrogancia, no obstante, puede perderlo.

La oración se acredita necesaria. Jesús se retira al descampado y ora. La figura de Pedro, hundiéndose y clamando: Señor, sálvame, es sugestiva. Es la oración angustiosa del cristiano que siente perder terreno o se ve a punto de ser arrollado por el mal. Jesús está siempre a punto, aunque no se le vea. Jesús salva siempre que se le invoca. Jesús alarga siempre la mano a quien la solicita. Es la gran verdad y la gran revelación de Dios Salvador en Cristo. La Iglesia está plenamente segura de ello. La poquedad de fe guarda relación con el peligro de hundimiento.

Lo que se dice de Pedro, podemos alargarlo a la Iglesia entera, simbolizada en la barca. Jesús aparece, cuando menos se espera y de la forma más impensada, triunfante y Señor de la historia. El Señor serena las tempestades que amenazan hundir la Barca. La Iglesia debe tener confianza: tiene por Señor al Señor de la naturaleza y de la historia. La Iglesia y nosotros en ella aclamamos y adoramos a Cristo como Señor, como Dios. También suplicamos: Sálvanos, que perecemos. Seguridad y súplica. El salmo -el estribillo- refuerza esta última. No podemos olvidar proferirla. ¿Quién no se siente en peligro? En Jesús está la salvación.