Domingo XVIII del tiempo ordinario

Primera Lectura: Qo 1, 2; 2, 21-23

Libro singular. Género sapiencial. No sabemos quién es el Predicador. Es, con toda seguridad, un sabio. Un hombre, maduro en reflexión y rico en expe­riencias. La lectura de este libro nos sobre­salta. Es conocido su pesimismo. ¿Pesimismo o crudo realismo? Da la impresión, a veces, de que topamos con ateo práctico, o con un epicúreo, o con un estoico. Pero no pasa de ser una im­presión super­ficial. Ahí, en el libro, está Dios. Dios que todo lo rige, que todo lo abarca. El libro pertenece a la li­teratura religiosa de Israel. Y en ese sentido nos enseña algo.

El Predicador se pregunta por el sentido de la vida humana, por el sentido de todo el ajetreo que caracteriza a la vida del hombre. Sus apreciacio­nes de­jan un sabor amargo. Alguien las tacharía de negativas. Queda siempre en el aire un ¿qué? y un ¿para qué? que desaniman. ¿Desaniman o advier­ten? Qui­zás sean esas preguntas la esencia del li­bro. Ese para qué que invita al hom­bre a reflexio­nar por su cuanta y a moderar y medir sus acciones. Quizás. El libro es, pues, un ¿qué es esta vida? se­ñalando, con crudo realismo, lo vacío y amargo que llevan las vidas humanas. ¿A todo esto se reduce la vida humana? Quizás sea ese interrogante el acierto de la obra, provocar una respuesta: no puede ser, hay algo más.

El texto de hoy conviene entenderlo en esa di­rección. La vida del hombre está cargada de afa­nes y trabajos. De noche y de día trabaja la mente hu­mana por hacer realidad sus planes. Cuando parece que ya hemos conseguido algo, surge aquí y allá otra necesidad y otro reclamo. Y volvemos de nuevo a rodar nuestro espíritu y nuestro esfuerzo. ¿De qué sirve tanta labor? Si lo limi­tamos todo a este mundo, el Predicador nos ofrece la palabra ya gastada por los siglos: vaciedad. Todo pasa y todo acaba. Es una gran verdad. Pero ¿es verdad que todo termina y acaba aquí? A pesar de vernos obli­gados a admitir la vaciedad de las cosas huma­nas, el hombre se resiste a concluir así la cosa. ¿Qué hay detrás de todo esto? Es la gran pregunta. Es la pregunta del Predi­cador, cuando señala con crudeza la vanidad de las cosas. La vaciedad de la vida humana nos obliga a mirar en otra direc­ción. El cristiano conoce la res­puesta. El evangelio nos hablará de ella.

Salmo Responsorial: Sal 94

Algunos catalogan este salmo entre los «cultuales» o «litúrgicos». En efecto, el salmo pa­rece reflejar un acto litúrgico: adoración, bendición del Señor, acla­mación, oráculo. Distinguimos, en la parte primera, la alabanza de un himno y, en la segunda, la amonestación de un oráculo. La adora­ción, la bendición y la aclamación reverente y en­tusiasta del Señor Creador nuestro se resuelve en un escuchar su voz (estribillo) de la segunda parte. El hoy del salmo es el Hoy de la acción salvadora de Dios que se ha pronunciado en Cristo y cuyos ecos se extienden hasta el confín de los siglos. Dios opera la salvación. Dios continúa operando la sal­vación. Pero la salvación de Dios desciende sobre los que escu­chan su voz, y su Voz es Cristo. El Dios Creador ha hablado en el Hijo, y su Voz continúa Hoy sonando. Es la Voz que salva. versillos los en­durecidos y re­beldes quedan tendidos en el camino. La Tentación (Masá) y la Querella (Meribá) los ha despojado de la Tierra Prometida. Los que escu­chan la Voz y la siguen dócilmente alcanzarán la Ciudad celeste. Alabamos a Dios por la nueva cre­ación y escuchamos su Voz para seguirle. La carta a los Hebreos se detiene parenéticamente en ese hoy (Véase 3, 13-14 y 4, 7-9).

Segunda Lectura: Col 3, 1-5. 9-11

Cristo, centro de la creación, es también norma de vida. Es la Norma de Vida. No solamente pro­cede de él la vida; es que la vida es una conforma­ción con él. Cristo es el ejemplar de la vida cris­tiana. Por algo llamamos a la vida en Cristo cris­tiana.

Cristo ha resucitado. Cristo ha sido exaltado. Cristo está sentado a la dere­cha de Dios en las al­turas. A Cristo lo envuelve la misma Gloria de Dios. Es­plendor de su Gloria lo llama la carta a los Hebreos. Cristo, triunfador y sal­vador, está es­condido en Dios. Su vida es la misma vida de Dios. Cristo es Dios.

Nosotros, por el bautismo, hemos muerto con él al pecado. Hemos también resucitado a una vida nueva. En otras palabras, la vida divina de Cristo exal­tado nos toca en lo más profundo del alma y nos transforma. Cristo es nuestra vida. Más no se puede decir. Vivimos su vida, vivimos en él y vi­vimos por él. Somos partícipes de una vocación ce­leste afirma Hebreos. Nuestra vida, nues­tra meta, nuestro destino están allí en Cristo. Y no es mera metáfora. Esta­mos ya allí en cierta manera. Parti­cipamos ya de aquellos bienes. Pero espe­ramos la revelación de Cristo Glorioso para aparecer como él, envueltos en la Gloria de Dios. Para ser, como él, luz de Luz.

Allí están, pues, nuestros bienes, donde nuestra vida. Allí nuestras miras, nuestros deseos y aspi­raciones. Por eso, nuestra vida aquí en la tierra debe re­flejar la gloria de que ya somos partícipes. Y esa gloria es un comportamiento a lo divino, a lo Cristo; lejos de todo pecado, lejos de todo aquello que puede desdecir de nuestra vocación. (Una reno­vación paulatina y progresiva). Pablo enumera en concreto una serie de actos y actitudes, muy fre­cuentes en el pa­ganismo, -exponentes de una «cultura» y «civilización» mundana- que son ex­presión de la disolución y de la muerte: Fornica­ción -va del acto externo al in­terno- impureza, pa­sión, por una parte; por otra, codicia y avaricia, males ca­pitales. Estos últimos son una «adoración» a las riquezas -a la Mammona-, una idolatría. Es menester renovarse. La renovación ha de ser paulatina y progresiva. Hay en nosotros una serie de tendencias, de afectos, de inclinacio­nes, de apreciaciones y pasiones que no se ajustan a nuestra vocación celeste, que nos atan y esclavizan. Hay que liberarse de ellas. Y de ellas podemos li­be­rarnos por la gracia de Dios en Cristo.

Es un orden nuevo en el que nada tienen que ver la raza, el color, la educa­ción, la posición social. Todos HERMANOS. Nos llamamos y somos her­manos. Común es la meta, común el destino, común la vida divina participada; común el Padre, co­mún el Hermano, Cristo Jesús. Somos hermanos y debemos com­portarnos como tales. Esa es la «civilización» cristiana. Uno es Cristo, como uno es el Pueblo reunido en torno a él. Cristo en todos y todos en Cristo. Una la vida que se expresa en un amor fraterno sincero y jovial. Obstan a ese amor los pecados -idolatría de este mundo- arriba cita­dos. Vivamos los bienes de arriba, la vida escon­dida en Cristo. ¡Somos la nueva CIVILIZACIÓN!

Tercera Lectura: Lc 12, 13-21

Jesús no es un «rabí» como los demás. Jesús no habla ni obra como los otros «maestros» de Israel. Jesús causa siempre sensación. Es maestro y pro­feta Es el Maestro y el Profeta. Jesús predica el Reino de Dios y opera maravi­llas en su anuncio. Jesús no busca los honores ni los primeros puestos en los con­vites, no muestra afán de lucro, no administra jus­ticia. Vive en total des­prendimiento, habla con sencillez, exige con valentía y audacia. Nadie se com­porta así. Jesús es único.

Aquí nos encontramos con un caso semejante. Je­sús no enjuicia causas, no ejerce el derecho o declara con autoridad según derecho en cuestiones religio­sas. Los maestros ejercían esa función. Jesús no. La «misión» de Jesús no es esa. Jesús no ha venido a restablecer o declarar derechos sobre cosas de este mundo. Su «misión» es el Reino de Dios. Y todo lo que no entre en relación con ese Reino no es misión de Cristo. Cristo rechaza la solicitud a intervenir en ta­les casos como una tentación, bruscamente. La misión de Jesús viene de arriba, no es cosa de hom­bres. Nadie le ha constituido juez o árbitro en cues­tiones de herencias y legados. El episodio ha que­dado como paradigma en la primitiva comunidad. El discípulo, el evangelizador, debe escabullirse de todo enredo «litigioso» que pueda impedir el cumplimiento de su misión: anunciar el Reino. Algo notable.

No sabemos si el recurso al Maestro se debió a una necesidad o a un afán de amontonar riquezas. No lo sabemos a ciencia cierta. Con todo, Jesús apro­vecha la ocasión para hablar del peligro que ofrecen las riquezas para alcan­zar la salvación. Es un tema muy querido a Lucas. Las riquezas, además de no garantizar por sí mismas la vida humana, no son en modo alguno el sen­tido de la vida. La vida humana no tiene como fin y meta enriquecerse y go­zar sin límites de los bienes acumulados. La codi­cia es la polilla de la vida hu­mana, tanto perso­nal como social. Es un pecado grave, un desorden serio por tanto, que lleva consigo un sin fin de atro­cidades. Es un pecado capital, padre de muchas maldades: injusticia, crueldad, deslealtad, so­borno, envidia y hasta lujuria quizás. La parábola viene a ilustrar un tanto el contenido doc­trinal de la sentencia del Señor.

¿De qué le sirvió a aquel hacendado toda su buena cosecha? ¿De qué sus graneros llenos, sus trujales y lagares? Todo lo tuvo que dejar a otros. Nada se llevó consigo. Ni aun aquí pudo disfru­tarlo. La parábola lo llama necio, idiota. Para aquel hombre no tenía otro fin práctico la vida que el disfrute de las amontonadas riquezas. Vino la muerte y ¿qué? Todo se le escapó de la mano. El término «necio» denota la condena de su actitud y conducta. Oímos, al fondo, una condenación en sen­tido religioso. ¿No es «necio» el que niega a Dios? ¿No lo negó este rico «necio» de forma práctica?

El versillo que concluye, un tanto al margen de la parábola, viene a explici­tar ese sentido. Necio y pobre aquél que amontona bienes para sí y cree ver en ello el sentido de su vida. Ante Dios está vacío. ¿Qué hará, cuando le llegue la hora de de­jarlo todo y de rendir cuentas? ¡Pobre del que no es rico ante Dios! Ha errado lastimosamente. Las ri­quezas son un peligro. ¡Qué pocos piensan así!

Consideraciones

Podemos comenzar por la amonestación de Je­sús: Cuidaos de... La codicia en sus mil formas.

La codicia es un pecado, un desorden. Un pe­cado que tiene mucho de satá­nico. Un pecado tí­pico de «este mundo». El Nuevo Testamento vuelve una y otra vez sobre él. Es un pecado que perturba la mente humana. Un pecado que tras­torna la vida y su sentido, pues hace de ella -amontonar bienes- su único fin. Es la materializa­ción del hombre. Es quemar el espíritu humano en­tre barrotes de metal que brilla. El Nuevo Testa­mento ve en este pecado una idolatría -tercera ten­tación de Jesús-. Es una adoración a las riquezas, a Mammona. Quien se deja dominar por él cae en el paganismo y, como pagano, se hace idólatra y, como idólatra, servidor del demonio. Este pecado -es ya una actitud más que una acción- es con la soberbia, que incluye, y la envidia, que le acom­paña, el más anticristiano que existe en el mundo. Es un desorden grave.

Es pecado capital. Es una actitud, fuente de de­sórdenes. En primer lugar, olvida el fin principal del hombre: el Reino de Dios y su justicia. El codicioso es injusto, inquieto, sembrador de disensiones, falto de compasión y misericordia, avaro. No per­dona medio ni ocasión para alcanzar su meta; es insaciable; em­pobrece y maltrata al pobre. no sabe amar, no sabe comprender al que sufre; es duro, cruel y hasta envidioso. El codicioso, el disfru­tador de este mundo, destruye, por tanto, la ar­monía cristiana y se opone a la fraternidad en el Se­ñor. Le acompaña el soborno, la maledicencia, el orgullo, la crueldad, el afán de poder, el odio y hasta la lujuria. El codicioso tiene un corazón duro y vacío. En realidad no tiene corazón. Es insaciable. Es el pecado del pagano. Un codi­cioso no puede ser cristiano. Ni un cristiano puede ser esclavo de la codicia.

Se ve, por la frecuencia del término y por la se­riedad de las amonestacio­nes, que la Iglesia primi­tiva tuvo que habérselas con él. ¿Y la Iglesia de hoy? No creo que, en este punto, se diferencie mucho de la antigua. El materialismo reinante, con patológico afán de lucro y de placeres, amenaza seriamente con destruir la esperanza cristiana. Es también hoy día un mal grave, un mal gra­vísimo. La actitud codiciosa y materialista de muchos cristianos -ricos y po­bres- se presenta como un culto a los ídolos. Es la presencia del paganismo. Estos se­ñores han dejado de ser cristianos. Ya no opera en ellos la fe, ni in­fluye la esperanza, ni informa la cari­dad. A esos no les dice nada Cristo, ni la Iglesia, ni nadie que intente mirar más alto. La codicia sigue siendo la lacra de nuestra sociedad. Para ellos no hay hermanos ni compañeros. Hay sólo es­clavos. Ellos quieren ser los «señores». Los paganos vi­vieron así. Actitud esta que puede ser vivida con más o menos intensidad, con más o menos viru­lencia. No hace falta ser «rico» para vivirla y acari­ciarla en el corazón. La amonesta­ción, pues, del evangelio es oportuna.

A) Fugacidad de los bienes que llamamos ri­quezas. No son bienes, son co­sas. Y las cosas en tanto son bienes para nosotros, en cuanto nos ha­cen mejo­res. Y seremos mejores, cuando nos asemejemos a Cristo. Y nos asemejaremos a Cristo, cuando expresemos en nuestras acciones el amor fraterno en todas sus formas.

Son bienes fugaces. Pasan y se acaban, ¿Y después? El codicioso y avaro, el disfrutador de este mundo, es un perfecto idiota, un impío, un vulgar pagano. La parábola lo señala con toda cla­ridad. Ni siquiera pueden estos bienes ase­gurar la vida presente. Menos aún la otra. Les aguarda, al fin de la carrera, el Juicio y terrible por cierto. ¿Qué responderemos al Dios que nos exija cuen­tas? La primera lectura, en su crudo realismo, ofrece una serie de reflexiones a este respecto. Vanidad y vaciedad; cansancio y contrasentido; asco y dolor; endure­cimiento de corazón y cruel­dad. Conviene extenderse en ello, pues el asunto lo requiere.

B) Como pecado capital es fuente de muchos males para la persona, para la familia y para la so­ciedad. Sobre todo para ésta última. Incompatibi­lidad con el cristianismo. Es la llamada «civilización» pagana: cruel, sin misericor­dia, dura... Nosotros queremos ser otra cosa. Somos la «civilización» moderna. Somos la CIVILIZACIÓN. Queremos y tenemos que vivirla. Es nuestra salva­ción y el arre­glo de muchos males sociales. ¿A qué se deben si no tantas injus­ticias? Debemos pensar hasta qué punto somos esclavos del materialismo cir­cundante y de la sociedad de consumo. El cristiano es mucho más libre e inde­pendiente. Demos ejemplo.

C) Comportamiento cristiano. Los bienes cris­tianos -segunda lectura-, los auténticos, están en Dios, en Cristo. Son nuestra esperanza. Nuestra vida está allí, no aquí. Se consuma allí, no en este mundo. Somos transcendentes. Así también nues­tra conducta. ¿No nos preocupamos demasiado de los bienes de aquí, como si lo fueran todo? ¿Qué postura guardamos con ellos? ¿Codiciamos? ¿Deseamos tan sólo disfrutar? ¿Atendemos a los demás? ¿Cómo? ¿Cuándo?

Los bienes tienen un sentido. Sólo serán bie­nes auténticos, si nuestra con­ducta los hace trans­cender. En otras palabras, si los bienes en nues­tras ma­nos son expresión del amor fraterno; si por nuestras manos llegan a su des­tino, al hermano ne­cesitado. Así contestamos al interrogante formu­lado en la primera lectura: ¿Para qué todo esto? Para expresar nuestro amor y nuestro respeto y consideración al hermano con quien tengo la gracia de compartir una vocación celeste. ¿Pensamos así? Sólo así seremos ricos en Dios, obradores de la justicia que hermana y salva. Nuestro comporta­miento ha de transparentar nuestra vocación. De lo contrario sería como haber renunciado a ella y ha­berse pasado al paganismo, al mismo campo del adversario, al dios de este mundo. Seríamos unos miserables esclavos. En nuestras manos está crear un mundo nuevo. Comencemos de nuevo.

La celebración de la Eucaristía - que se entrega por nosotros, la fracción del pan- nos obliga a re­hacer nuestra actitud cristiana. Sepamos dar como Dios nos da; sepamos amar como Dios nos ama; sepamos esperar en los bienes que un día se nos darán.