Domingo XVIII del tiempo ordinario

Primera lectura: Is 55, 1-3.

Segundo Isaías.Último capítulo (con 56, 1-8: Domingo XX).Última profe­cía. Canto último. La voz del profeta consolador reitera y concluye su pro­mesa: Venid, sedientos todos… Dios invita por medio del profeta a recibir la plenitud de vida y a vivir con él en Alianza Eterna. Son ocho invitaciones en imperativo y cinco futuros de seguridad absoluta. Las interrogantes inter­medias suenan a reproche y a regaño: ¿Qué hacen ahí todavía sin dar el paso? Los destinatarios se encuentran en el destierro. En el destierro, por más abundancia que haya, campean el hambre y la sed. Hambre y sed que sólo Dios puede saciar. La mano de Dios se extiende de nuevo generosa, para llevarlos consigo en eterna compañía. Urge dar el paso. Salir de aque­llas tierras mundanas y encaminarse a la tierra de Dios. Dios asegura abundancia y descanso para siempre: Venid, sedientos todos… Dios es la fuente de vida. Jesús repetirá la invitación y se presentará él mismo como la Fuente de Vida. Leamos en las palabras del profeta la invitación de Dios en Jesús.

Salmo Responsorial: Sal 144.

Salmo de alabanza. Dios misericordioso, fuente de vida. Dios se preocupa de todas sus creaturas. Es cariñoso con todas. A todas atiende, a todas ali­menta. Dios se acerca presto a todo el que le invoca, sin distinción de pueblo o raza. Es un Dios de todos y para todos. El hombre religioso lo siente y lo palpa. Es consolador saber y sentir su proximidad siempre que se le invoca. Loado sea.

Segunda lectura: Rm 8, 37-39.

Estos versillos acaban el capítulo. Con ellos también, según muchos, la parte dogmática de la carta. Llevan cierto ritmo. Son un reto y un grito de júbilo. ¡El que ama a Cristo está seguro! Nadie ni nada podrá arrancarlo del amor que el Padre y Cristo le profesan. Somos hijos, ha dicho antes Pablo. Poseemos el Espíritu de lo alto. Poseemos a Dios. Dios nos ama, Dios nos guía. ¡Dios no nos abandonará jamás! ¿Quién puede arrebatarnos de su mano amiga todopoderosa? ¿Las calamidades quizás? Puede que entre los hombres rompan el infortunio y la desgracia los lazos más estrechos del amor y de la amistad. ¡En Dios, no! Más aún, las calamidades que uno pa­dece, en especial, aquéllas que nos llueven por llevar su nombre, no son ex­presión del abandono de Dios; todo lo contrario, son muestra palpable de su benevolencia y cariño, pues, como herederos de Cristo, llevamos, ya en este mundo, estampada la imagen doliente de su Hijo. Así se expresan la carta a los Hebreos (12, 4ss) y Pedro en su primer escrito. El infortunio, lejos de ser una derrota, es, bien llevado, un triunfo brillante en Cristo, una gracia de Dios. ¿No proclamó Jesús dichosos a los perseguidos por la justicia? Nada ni nadie nos va a separar del amor que nos profesa. Ni la horrible muerte, pues la venció Cristo; ni los poderes humanos o sobrehumanos, pues están some­tidos a sus pies; ni la vida con sus halagos; ni lo profundo, ni lo alto, ni lo oculto… ni nada. Dios está por encima de todo y su amor a nosotros tam­bién. Y nadie va a impedir que Dios nos ame. Precioso canto; preciosa con­fianza; preciosa verdad y seguridad la que posee el cristiano. Se basa en algo indestructible e inaccesible como es el amor de Dios y de Cristo que venció a la muerte. Digno remate del capítulo. Digno remate de la carta. No nos basamos en nosotros mismos ni en criatura alguna, sino en sólo Dios. Esto da seguridad a nuestra vida. Dios no es caprichoso, sino fiel.

Tercera lectura: Mt 14, 13-21.

Hemos dejado atrás las parábolas del Reino, sus secretos y sus misterios. Pero el Reino es, en cierto modo, Jesús. Jesús habla y ora. Jesús revela el Reino de Dios en sus dichos y en sus hechos. Toda la vida de Jesús es una revelación. Alguien la llamaría epifanía, manifestación de Dios. Así, más o menos, lo entendió la primitiva comunidad cristiana. Todo lo que se conserva en los evangelios es palabra y obra de Dios en Cristo. En esa línea nos colo­camos nosotros.

Jesús se retira a Galilea. Jesús va y viene. La muerte del Bautista, a manos del impío Herodes, determina este viraje de Jesús. Jesús se aleja de su territorio. Todavía no ha llegado su hora.

Jesús siente lástima del pueblo. No solamente de los enfermos, sino de todo el pueblo necesitado. Todos le dan lástima, porque, como comentará Marcos, andaban como ovejas sin pastor. El pueblo de Israel se encuentra sin pastor.

Jesús da de comer a una gran multitud: cinco mil, sin contar mujeres y niños. Jesús obra un milagro, movido por compasión. Juan, especialmente, notará la maravilla de la gente. Ahí está la obra de Jesús, ahí su manifesta­ción. Jesús alimenta, en descampado, a una hambrienta multitud. He ahí al buen Pastor. El Pastor que anunciaron los profetas; el Pastor de Israel espe­rado: el Mesías de Dios. Según Juan, los presentes quisieron proclamarle Rey. He ahí, pues, un Pastor que alimenta y sacia, un Pastor que sale al paso de la necesidad. El detalle de la hierba puede que refuerce esta inter­pretación. Puede que también se halle presente en el pasaje una orientación eucarística. Nótense, por ejemplo, los gestos: alzó la mirada, pronunció la bendición, partió los panes, se los dio… Son expresiones eucarísticas. Nada se dice de los peces a este respecto. El discurso de la Eucaristía sigue, en Juan, al relato de la multiplicación de los panes.

He ahí, pues, a nuestro Señor como Señor que pastorea a su pueblo. El milagro, así considerado, evocaría en la mente del oyente la figura de Jesús, Pastor y Mesías, que reproduce el milagro del maná. Juan desarrollará este pensamiento. Jesús es el Salvador. Jesús da de comer (Eucaristía) y sacia (Fuente de Salvación).

Consideraciones:

Podemos tomar como punto de partida el milagro que presenta el evange­lio: La multiplicación de los panes y de los peces. El milagro, sin ser un sím­bolo, está cargado de simbolismo. En otras palabras, el acontecimiento mi­lagroso está cargado de resonancias y ecos teológicos.

a) Jesús se manifiesta Pastor, Pastor mesiánico. Jesús alimenta en el desierto a una multitud hambrienta. El Pastor no deja perecer a las ovejas. El Pastor siente lástima de su pueblo. Jesús, que cura enfermos y sacia a los hambrientos, es el Jesús que da la Vida eterna. Juan lo declara abierta­mente. Jesús es nuestro Salvador. Nosotros somos sus ovejas. Nosotros es­tamos enfermos, hambrientos, vagando sin ton ni son por el desierto. Jesús nos reúne, nos apacienta y nos sana.(No podemos eludir, como ya notábamos en el comentario, una alusión a la Eucaristía). Jesús, pues, en el centro. En torno a él el pueblo necesitado: hombres, mujeres, niños. Junto a él, más próximos, como dispensadores de los misterios, los Doce. Jesús es nuestro Pastor, Jesús es nuestro Rey, Jesús es nuestro Señor. Actitud de fe, de re­verencia y amor.

La primera lectura presenta el misterio en forma de invitación apre­miante. Dios Salvador en Cristo nos empuja a ir a beber y a comer en abun­dancia y saciedad: a una convivencia en intimidad con él. Esa es la verda­dera Vida y Saciedad. Jesús es la revelación perfecta. Jesús nos invita, nos empuja, a ir a él, pues en él está la fuente de vida eterna. El venid a mí todos los que estáis cansados… y El que tenga sed que venga a mí… de los sinópti­cos y Juan respectivamente son la verdadera invitación de Dios cuyos ecos, anticipados, hacía sonar ya el profeta del destierro. Hay que dar el paso. Los bienes de este mundo no sacian el hambre ni calman la sed. Cristo es la Salvación del hombre. Huyamos de Babilonia y aferrémonos a la Ciudad Ce­leste.

b) El apremio de la primera lectura revela amor y preocupación por noso­tros. El evangelio lo declara abiertamente: tuvo lástima. Tener misericordia, sentir compasión y actuar en consecuencia, es lo mismo que amar efectiva­mente. Todo nace, pues, de una actitud de benevolencia y amor hacia noso­tros, que se pierde en el misterio de Dios. ¡Dios nos ama! Y nos ama tierna­mente. El salmo lo canta alborozado. En Cristo, la expresión perfecta de ese amor. La lectura segunda abunda en este sentido: ¿Quién nos separará del amor que Dios nos profesa? A nada ni a nadie hay que temer. Quien ama a Dios vive seguro de que Dios habita en él. Más aún, nadie, justo o pecador, puede nunca jamás dudar de que Dios le ama. A uno puede odiarle o aban­donarle el padre o la madre: ¡Nunca Dios! ¿No es esto grande? Conviene en­tretenerse en actos de fe, de confianza, de amor y agradecimiento. El canto y la alabanza surgen así espontáneos.