Domingo XVII del tiempo ordinario

Primera Lectura: Gn 18, 20-32

Este pasaje forma con 18, 1-19 (domingo pasado) un díptico interesante. La piedad y hospitalidad de Abraham, por una parte, y la impiedad y falta de hospitalidad de Sodoma, por otra. La bendición, por una; la maldición, por otra. La vida en la primera -un hijo-, la catástrofe en la segunda. Hay otros motivos implicados. En este domingo, por ejemplo, la fuerza de intercesión del justo o la inocencia del justo en la justicia de Dios desempeña un papel importante. Mientras, según una concepción antigua (Jos 7, 24ss), la culpa de uno acarrea la ira de Dios sobre todo el pueblo, se muestra aquí, en dirección contraria, la concepción, también antigua, de que la justicia del justo puede salvar de la ruina al pueblo entero. Esta segunda concepción irá ganando terreno para desembocar en el anuncio de Isaías sobre el Siervo de Yahé.

La actitud de Abraham es conmovedora. Abraham intercede por la ciudad pecadora. Tiene en la mente, naturalmente, el grupo de inocentes -sus familiares- que corren el peligro de ser arrollados por el furor divino. Está claro, por el pasaje, que la intercesión del justo vale ante Dios en favor de la multitud. Pero ¿dónde está el límite del poder intercesor del bueno? ¿Hasta qué punto puede retardar o anular el merecido castigo divino la presencia del justo? Hay que salvar, por una parte, la justicia de Dios, y, por otra, su misericordia. Por cierto que la misericordia supera al juicio. Con todo, queda el misterio. La tensión subsiste Cristo iluminará el problema: uno que muere por todos, hecho pecado por nosotros, justo por injustos, castigado por nuestras culpas, hecho justicia de Dios que salva. La mano de Dios queda, con todo, en alto. ¡Ay del que no escuche a Cristo!

Salmo Responsorial: Sal 137

Salmo de acción de gracias. Comienza con un Te doy gracias, Señor, de todo corazón y acaba con el no abandones la obra de tus manos. La acción de gracias se eleva cordial, sincera, entusiasta. Dios ha salido al paso de la necesidad. El salmista puede cantar y alabar. Pero la radical necesidad del hombre queda todavía al descubierto. La indigencia es connatural al hombre en este mundo. Necesita ser cubierta la herida y protegida. La acción de gracias se resuelve en súplica. Tras una necesidad viene otra, tras un problema otro. La súplica no puede apartarse de nuestros labios. Con ella, como compañera, la alabanza, la confianza, el voto, tañeré... Afectos que conviene recorrer en la celebración eucarística, Acción de Gracias y Plegaria por antonomasia.

Segunda Lectura: Col 2, 12-14

No es la primera vez que Pablo habla del misterio del bautismo y de sus admirables efectos. Ya lo hizo antes en su carta a los romanos, usando las mismas imágenes. Hay una relación esencial del bautismo cristiano a la muerte y resurrección del Señor. El bautismo nos incorpora misteriosamente a Cristo. Por él morimos, por él somos sepultados, por él resucitamos en Cristo. Ha habido todo un proceso maravilloso y transcendental. Hemos muerto al pecado; el pecado ha sido borrado de nosotros. Hemos pasado de la muerte que nos daban nuestros propios delitos a la posesión de una nueva vida. ¡Hemos resucitado! ¡Dios nos ha perdonado en Cristo! Somos hombres de perdón, de misericordia, de complacencia divina. ¡Somos sus hijos queridos! La deuda de nuestros crímenes ha sido clavada para siempre -hermosa y atrevida imagen- en el Árbol de la Cruz, cuando Cristo fue allí clavado por nuestra salvación. Cristo se hizo pecado por nosotros; víctima y sacrificio expiatorio. Cristo ha expiado con su muerte nuestros pecados y nos ha asociado a sí. El bautismo lo realiza en el misterio, sacramentalmente. La sangre de Cristo ha jugado un papel importante. La carta a los Hebreos lo pondrá de relieve. La fe es el acto humano-divino requerido para que la fuerza de Dios actúe en nosotros. Fuerza que dimana de la (muerte y) resurrección de Cristo. Son inseparables la fe y el bautismo.

Tercera Lectura: Lc 11, 1-13

El pasaje de hoy está dominado por el tema de la oración.

Jesús oraba. Y oraba con frecuencia. Jesús dedicaba noches enteras a la oración. Lo vemos orando en los momentos más importantes de su vida. Lucas lo señala atentamente. Es el evangelista de la oración.

Los discípulos quieren orar como ora el Maestro. ¿Quién mejor que él podía enseñarles? También Juan había enseñado a los suyos. Entre el maestro y los discípulos debe existir una corriente de afinidad. Más aún entre Jesús y los suyos. Los discípulos del Señor han de ser enviados a dar testimonio de su persona y a continuar su obra. Si Jesús oraba, deben también orar los discípulos. Los discípulos deben orar, como oraba Jesús. Por eso, Señor enséñanos a orar. La oración distingue al hombre de Dios.

Lucas coloca aquí, por analogía del tema, la oración del Padrenuestro. Es la oración por excelencia, la oración que nos enseñó el Señor. Todo cristiano debe saberla rezar. Las peticiones son modélicas hasta en el orden. No hay lugar para un comentario detenido de cada una de ellas. Son sencillas y claras. Basta rezarlas. Lucas las presenta en forma más breve que Mateo. La oración, con todo, queda la misma. Ahí están los temas de la oración cristiana.

La parábola a continuación asegura la audiencia de la súplica. Dios escucha la oración. Debemos estar seguros de ello. ¿Quién se negará a atender, aun en el peor de los casos, de noche y todo cerrado, a un amigo necesitado? Nadie. Nadie, al menos según la hospitalidad oriental. ¡Cuánto menos Dios! Dios dará con toda seguridad lo que se le pide. Lo mismo vienen a expresar las frases siguientes, esas frases de imperativo y de exhortación: Pedid y se os dará; buscad y... El modo del verbo (imperativo) y la repetición expresan insistencia, urgencia y necesidad. Debemos pedir; urge buscar; lo necesitamos. Debemos también insistir. Quizás quiera insinuarlo la parábola anterior. Dios oirá nuestra oración; Dios atenderá nuestra súplica; Dios actuará en nuestro favor. ¿Qué padre no lo haría en favor de su hijo? ¡Cuánto menos Dios!

La última frase delata la mano de Lucas. Si comparamos el texto con Mateo, observaremos un cambio verbal significativo. En lugar de las cosas buenas de Mateo, surge aquí inesperado el Espíritu Santo. Lucas substituye el ¿... No os dará cosas buenas? con ¿... No os dará el Espíritu Santo...? ¡Las cosas buenas son, en Lucas, el Espíritu Santo! ¿Cabe mayor y mejor don? ¡Eso es lo que debemos pedir! ¡Dios está ansioso por dárnoslo! ¡Es el gran don! Es el Don por excelencia. El Espíritu Santo nos dirigirá, nos orientará, nos enseñará, nos animará, nos hará cumplir la voluntad de Dios. De él el consuelo, de él la luz, de él la fuerza, de él la salvación. Pidamos el Don del Espíritu Santo. Es el Gran Don que Dios nos quiere dar.

Consideraciones

La oración es el tema obligado. Vamos a ir por partes.

A) Jesús es el comienzo y la base, el gran imitando. Jesús ora. Y ora frecuentemente. Y ora largamente. Y ora en los momentos más importantes de su vida. Así lo presenta Lucas. Jesús ora en el bautismo; ora antes de la confesión de Pedro; ora en la elección de los Doce; ora en la Transfiguración; ora al comienzo de la Pasión, en el Huerto de los Olivos; ora en la Cruz. ¡Jesús ORA! Tanto el evangelio como el libro de los Hechos rezuman oración. Jesús ora por necesidad, por impulso interno. ¿Qué hijo no habla con el Padre? Jesús Hijo habla con el Padre; Jesús Siervo habla con Yahé; Jesús Mesías habla con Dios.

Si Jesús ora, deben orar los discípulos también. No serán discípulos, si no saben orar. Y no sabrán orar, si no oran como él. La oración no puede descartarse de la vida cristiana. Es la apertura a Dios, la comunicación con el Padre, la relación con el Señor. Nuestra condición de hijos la reclama con necesidad. Nuestra condición de necesitados la urge con imperiosidad. Necesitamos orar bajo todo concepto. El evangelio lo pone hoy en primer plano. El salmo nos lo está cantando. La primera lectura nos ofrece un bello ejemplo. El tema de la oración es siempre actual. Más quizás en nuestros tiempos. Sin oración no podemos cumplir nuestra vocación de cristianos, de hijos de Dios.

B) Oración del Padrenuestro. Oración por excelencia. Un precioso modelo de afectuosa comunicación con Dios. Es la oración del Señor. Nos dirigimos al Padre. ¿No es grandeza del hombre poder comunicarse con Dios? ¿Con Dios como Padre? Las peticiones del Padrenuestro, desgranadas una por una, darían lugar a un sin fin de voluminosos comentarios. Basten algunas consideraciones. ¿Cómo oramos? ¿Qué pedimos? ¿Por qué nos interesamos? Las peticiones del Padrenuestro han de ser nuestro modelo de oración. ¿Lo son en verdad? ¿Deseamos la venida del Reino? ¿La suplicamos con ardor? Así sucesivamente. La oración de Abraham, su familiaridad con Dios, es aleccionadora. Nuestra oración es intercesora. Aquí se abre un campo inmenso. Nosotros, que pedimos en Jesús, seremos siempre escuchados.

C) La oración es siempre escuchada. De ello debemos estar seguros. La parábola del amigo inoportuno lo declara sin rodeos. Hay que insistir en ello. Dios nos oye. Más aún, Cristo está delante de Dios para interceder siempre por nosotros. Es un consuelo. Dios que nos ha dado lo más -el perdón de los pecados- ¿no nos dará lo menos? Somos sus amigos, somos sus hijos, somos sus predilectos. ¿No nos va a escuchar?

D) El Don del Espíritu Santo. Es el Don por excelencia. El Espíritu Santo dirigió a Jesús durante toda su vida. De eso necesitamos nosotros, de una dirección vital interna que nos conforme con Cristo y nos haga vivir su vida: el Reino de Dios, la voluntad del Padre. Como reza el Padrenuestro. Más aún, nos enseñará a orar. Él pide, con gemidos inenarrables, aun cuando nosotros no sabemos qué pedir. Es la Voz de Dios en nuestros labios. Pidamos que nos conceda el Espíritu Santo. Es el Gran Don.

(El tema de la segunda lectura queda expuesto en el comentario)