Domingo XVII del tiempo ordinario

Primera Lectura: 2 R 4, 42-44: Dice el Señor: “Comerán y sobrará”.

Difícilmente se podrán entender los libros de la Biblia, si no se posee un elemental sentido religioso, o si no se percata uno, al menos, del sentido reli­gioso que los anima. Si esto es válido, en general, para cada uno de ellos, lo es de modo especial para aquellos que por su forma literaria externa po­drían sugerir algo diverso. Me refiero a los libros que relatan con más dedi­cación y minuciosidad la historia de Israel. Podrían pasar, a ojos poco aper­cibidos, por trabajos de historia profana. Pero también a ellos los anima un profundo sentido religioso. Ejemplo típico los Libros de los Reyes.

Uno tras otro van desfilando por sus páginas los monarcas del pueblo de Dios. Con sus más y sus menos. Su presentación es eminentemente teológica. Por una parte la gran promesa de Dios a David sobre la monarquía y los «ungidos». Por otra, la conducta de los mismos y el juicio de Dios sobre sus obras. Y aquí y allá, entre reflexiones religiosas del autor, figuras de emi­nente valor religioso: los profetas. Hombres de Dios que son la luz entre tanta sombra y espíritu vivificador en un pueblo que amenaza morirse. Son figuras señeras que evidencian la presencia del Dios de los padres. Son los grandes carismáticos de aquel tiempo. La voz viva de Dios que amenaza, castiga, anima o consuela según los casos. Descuellan como más famosos Elías y Eliseo. Grandes predicadores y grandes milagreros.

El texto elegido pertenece al ciclo de Eliseo. Eliseo da de comer con veinte panes de cebada y grano reciente a cien hombres. Dios obró por sus manos una maravilla. Dios salió al paso de la necesidad de aquellos hombres con una cantidad a todas luces de por sí insuficiente. Aquella cantidad bastó para satisfacer el hambre de aquellas personas y aun sobró. ¿Una multipli­cación de los panes? Habrá que pensar, a los ojos del autor, en algo seme­jante. Dios bastó con poco una necesidad grande. ¿Cómo? El texto nos lo ex­plica. El autor ha visto una maravilla en el hombre de Dios, y nos invita a considerarlo. Añadamos a ello la maravilla de espíritu: el profeta distribuye su propiedad particular en favor de los hambrientos. Dios actúa en el pro­feta.

Salmo responsorial: Sal 144, 10-11.15-18: Abres tú la mano, Señor, y sacias de favores a todo viviente.

Podemos colocarlo entre los salmos de alabanza. No es la primera vez que nos encontramos con él en la liturgia de la misa. Esta condiciona la elección de los versillos, en especial del estribillo, y éstos orientan así el sentido del salmo en el nuevo contexto de la liturgia.

La mano del Señor se abre, y todos los vivientes acuden a tomar de ella su alimento. En todos piensa el Señor. Es un Señor cariñoso que ha sem­brado el mundo de mil criaturas y las mantiene a todas con esplendidez. El salmo lo canta alborozado. También los hombres son objeto de su providen­cia. Más aún, son especial objeto de su gobierno. El Señor es justo en sus caminos, bueno , está cerca de los que lo invocan. Israel lo ha constatado y lo canta agradecido.

Dios se manifiesta en Cristo más admirable todavía. Dios atiende, en él, nuestras súplicas. Dios está con nosotros. Dios nos favorece con sus bienes. Debemos cantarlo y agradecerlo. Por los bienes materiales y sobrenatura­les. El hombre de hoy se olvida de ello. La luz, el aire, la comida y la bebida. Si nos quejamos no es porque nos falte lo necesario. Nos hemos convertido en hombres de consumo. Con ellos no cuenta el salmo. Hay que volver a la sen­cillez y a ver, pues está a nuestro lado, al Dios bueno y cariñoso.

Segunda Lectura: Ef 4, 1-6: Un solo cuerpo , un Señor, una fe, un bau­tismo.

Si el hombre quiere llegar a tener una inteligencia, aunque sea elemental, de sí mismo, de sus semejantes y del mundo que le rodea, debe admitir o contar con la presencia activa de un Dios de todo, que lo transciende todo, que lo penetra todo y lo invade todo. Hasta su propio «yo» ha de encontrar un «tu», que venga de lo alto, que lo personalice. De lo contrario corre el gra­vísimo peligro de caer en el caos personal y cósmico. Acabaría haciéndose a sí mismo un «dios» y a los otros esclavos, o al revés, de sí mismo un esclavo y de cualquier otro un «dios». Su puesto justo está, como hombre, en una rela­ción esencial a Dios, como Señor supremo, de quien depende y a quien tiende, para encontrarse a sí mismo y con una creación y humanidad de la que es miembro responsable personal. Ese hombre que acierta a verlo con claridad es el hombre religioso.

Los hombres han puesto entre sí fronteras, límites; han establecido car­tas y separaciones; y, de diferencias de color y nacimiento, han levantado barreras insalvables. La humanidad no se encuentra a sí misma, si no ad­mite una vocación común que sin destruir las diferencias personales, los hermane a todos. Pablo lo ha descubierto en Cristo. Cristo es la realización concreta, en virtud y fuerza, de ese destino del hombre según la voluntad de Dios. Lo que el hombre con sus solas fuerzas no puede alcanzar, lo alcanza en Cristo.

La humanidad, la creación, tienen un solo Señor. No es déspota, un ti­rano. Es un verdadero Señor que ama a sus criaturas de forma entrañable. Hecho hombre, murió por todos para que todos en él consigan su destino. Y no son necesarios, para acercarse a él, grandes esfuerzos o fatigosos viajes o extraordinarias dotes. Basta la fe. La fe está al alcance de todos. La fe acepta la mano benéfica de Dios que se alarga a nosotros en Cristo. Es la mano amiga, la mano compañera, la mano que no destruye la tuya, más aún la mano que la hace consciente de ser mano humana responsable. Es la mano que te la hace mano. La fe tiene una expresión concreta en el sacra­mento del Bautismo. Un solo Bautismo. Morimos en Cristo y resucitamos en él. Es todo un mundo nuevo el que se abre ante nuestros ojos. Le pertenece­mos, somos sus miembros, vivimos en él y él en nosotros. El Señor opera en nosotros y nosotros obramos «en él». Su presencia en nosotros refuerza y en­sancha la capacidad de obrar como personas, con libertad y responsabili­dad. No se recorta la personalidad, más bien se intensifica.

La humanidad, dividida y destrozada, se encuentra de nuevo a sí misma, hermanada, en Cristo. Una sola meta, un solo Cuerpo, un solo Espíritu que fluye de Cristo puede realizar tal maravilla. Una esperanza viva una crea­ción nueva.

El hombre nuevo, en Cristo, funda así una sociedad nueva, unas relacio­nes nuevas. No domina, sirve. No busca el propio provecho, más bien el pro­vecho de los demás. No se afana por los puestos más relevantes, desempeña, por el contrario, aquellos que le sugiere un servicio amoroso. No es más el que más ostenta, sino el que más sirve y ama. Trata de ser comprensivo para entender y perdonar, para salvar lo que queda, para crear el bien. No hay intereses particulares, egoísmos estrechos, encumbramientos sin sen­tido, avaricia desoladora, odio podrido. Todo lo contrario, un amor en Cristo que nos hermana a todos.

Esa es nuestra vocación cristiana. Es lo más grande que existe. Para Pa­blo no hay otro vínculo eficaz de unión entre los hombres, perenne y trans­cendente, que Cristo. Y como tal lo anuncia. A nosotros los cristianos nos toca vivirlo y llevarlo a la práctica. Conviene recordarlo; podemos desfigu­rar el cristianismo y por tanto, ser un antitestimonio. Hay urgente necesi­dad dentro de la Comunidad cristiana. Un esfuerzo por la unidad, en humil­dad y servicio, como el Señor en quien creemos y en quien hemos sido bauti­zados. Pablo es ya un ejemplo: prisionero por Cristo, pero pregonero y hace­dor, con y en Cristo, del mundo nuevo, libre, responsable, creador y señor. (Texto trinitario: Padre, Señor, Espíritu).

La alabanza surge espontánea: la maravilla de la obra de Cristo, la ma­ravilla de la acción del Espíritu, la maravilla del mismo sentir cristiano, no obstante tanta diversidad de razas y gentes. Hasta la misma prisión de Pa­blo tiene sentido dentro de ella. Todo acto humano, toda condición humana, toda situación del hombre, todo cuenta, todo tiene sentido y todo es una res­puesta responsable del hombre a su vocación divina. Una ciudad más justa y más fraterna en el mundo. He ahí nuestro empeño.

Tercera Lectura: Jn 6, 1-15: Repartió los panes a los que estaban sentados todo lo que quisieron.

El milagro de la multiplicación de los panes. También lo traen los sinópti­cos. Parece ser que tuvo gran resonancia y sentido en la primitiva comuni­dad de la Iglesia. Guarda cierto aire litúrgico. Nos evoca, casi espontánea­mente la Eucaristía.

Juan lo llama «signo». Es un término de gran valor teológico en S. Juan. Indica algo portentoso, sin duda. Pero no es lo portentoso en sí lo que inte­resa. Detrás del portento aparece la majestad del taumaturgo, en este caso en unión con el discurso que sigue: Jesús Pan de Vida. Jesús, en efecto, da de comer a unos hombres: Jesús da de Comer (sentido sobrenatural) a los hombres. Es, pues, un portento que revela algo más allá, algo referente a esa persona misteriosa que lo realiza. El milagro no solamente está reali­zado por Cristo sino que tiende hacia él: revela lo que Cristo es. Es este caso Pan de Vida del mundo. Algo de eso parece han entrevisto los presentes. «Es profeta» dicen; quieren hacerlo Rey. El discurso a continuación pondrá de manifiesto, además del sentido del «signo», el alcance del entusiasmo popu­lar.

En esta dirección hay que interpretarlo: como «signo». Jesús es el Ali­mento de los hombres. Es el Gran Profeta, es el Rey. La Pascua lo pondrá de manifiesto, cuando muera y resucite. Jesús Resucitado se ha convertido a través de su muerte en Pan de Vida del mundo.

Consideraciones

La segunda lectura termina con una doxología: «Bendito sea (Dios) por los siglos de los siglos. Amén». Comencemos por ahí: Dios.

 El Dios que predica Pablo, después de conocido el misterio de salvación en Cristo, es un Dios, Padre de todo, que lo transciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. En él, naturalmente, nos movemos y somos. El es la causa de nuestro ser. Es un Dios bueno, cariñoso. Abre la mano y sacia de favores a todo viviente. Está cerca de los que lo invocan. El da la comida a todos a su tiempo. Es, pues, un Padre bondadoso y atento. Y la atención aparece aún en los casos extremos. Hace maravillas para sacar de la nece­sidad al afligido. La primera lectura nos lo recuerda. Multiplicó en manos del profeta, el alimento para dar de comer a un centenar de hombres. El evangelio presenta un acontecimiento semejante, aunque con sentido más profundo. La historia de Israel lo confiesa, el salmo lo canta, el evangelio lo proclama y Pablo lo predica. Dios es un Padre cariñoso. Pero sólo el hombre religioso ve en los acontecimientos de la vida diaria, en el vivir cotidiano, la mano bondadosa del Padre que nos ama. Hay que despertar el sentido reli­gioso que se está apagando. Estamos, se suele decir, en una sociedad de con­sumo, de máquinas y de ruido. No sabemos apreciar los dones del Señor. Tenemos lo necesario y nos turba sobre manera la falta de lo superfluo. De­bemos acostumbrarnos a dar gracias a Dios por los bienes que nos concede: pan, agua, aire; vestido, salud, vida…y estar contentos.

Pero la bondad de Dios, Padre de todo, no se queda ahí. Va mucho más le­jos. Su mano nos recoge y nos introduce en su mismo seno. Nos transporta a un mundo transcendente. Nos hace hijos suyos y partícipes de su propia feli­cidad. El evangelio lo proclama: Jesús Pan de Vida eterna. Ese es el pro­fundo sentido del «signo» operado por Cristo. Cristo otorga al hombre la po­sibilidad de vivir para siempre. La bondad del Dios, Padre de todo, se mani­fiesta inefable en Jesús. Lleno de misericordia, de compasión, de cariño y afecto. Cristo es la expresión perfecto de un Dios que nos ama de forma in­descriptible. Nuestro destino es la vida eterna.

El alcance, aun es este mundo, de la vida comunicada en Cristo aparece diseñado en la segunda lectura. Somos un solo Cuerpo y vivimos de un solo Espíritu. Tenemos un solo Señor, a quien nos une una sola fe y en quien en un solo bautismo hemos sido bautizados. Una sola meta, una sola vocación ¿Puede haber algo más grande? Se inculca y garantiza la unidad, la paz, el amor, la comprensión….Conviene insistir en ello. La vocación se expresa en una vida, y la vida en una práctica. Teología y parenesis. No nos damos cuenta, con frecuencia, de la misión tan importante que debemos desempe­ñar.

Cristo es la figura clave. No llegamos al Dios bondadoso y transcendente sino por Cristo. Cristo realiza las obras del Padre bueno. Cristo nos da de comer su propia carne (Eucaristía). Cristo ha muerto por nosotros y ha re­sucitado también por nosotros: bautizados en él, morimos y resucitamos en él. La fe en él nos salva.

El canto, la bendición, la acción de gracias ha de surgir espontánea des­pués de considerar tales maravillas de amor del Dios, Padre de todo, y de Jesús, su Hijo bendito, en el Espíritu Santo.