Domingo XVII del tiempo ordinario

Primera lectura: 1 R 3, 5.7-12

Estamos en los mismísimos comienzos del reinado de Salomón. Salomón es todavía joven; le falta experiencia. El reino que ha heredado es relativamente de cierta extensión. El pueblo, un pueblo no fácil de gobernar. No es un pueblo cualquiera. Aquel pueblo guarda especial relación con Dios Yahvé. Dios puede intervenir en cualquier momento de su vida y echarle en cara sus errores o caprichos, como lo hizo con su padre David. Todo rey, en oriente, pide a la divinidad largo reinado, seguridad absoluta, dominio de los enemigos, esplendor, fuerza y poder. ¿Cuáles son los pensamientos que entretienen al joven rey? El sueño de Gabaón, adonde se ha dirigido el monarca para celebrar al frente de todas las tribus de Israel el ascenso al trono, nos lo declara. Salomón desea sabiduría, conocimiento, juicio, discernimiento del bien y del mal: acierto en el gobierno. Una petición digna del sabio Salomón. No piensa en riquezas, ni en esplendor, ni en dominio, ni en la extensión de su reino, ni en venganzas… Su deseo es más sencillo y más atinado: sabiduría, un buen gobierno, discernir el bien del mal. Hermosa petición. El esplendor y las riquezas, quizás, vendrán con la sabiduría deseada. La petición fue escuchada. Dios le concedió sabiduría, y tras ella largo reinado, brillante y pacífico. Las palabras de Salomón son la oración de un sabio. Dignas de imitación.

Salmo Responsorial: Sal 118.

Salmo interesante, aunque poco poético. De tono sapiencial. El autor canta de forma un tanto original las excelencias de la Ley. Canta y medita. Medita y suplica. Dedica ocho versillos a cada una de las letras del alfabeto. Es alfabético. Hasta la forma externa de la composición anuncia y canta la perfección de la Ley. Los versos, aunque un poco artificiales, son sugestivos. Presentan una vasta gama de afectos. La Ley bendita hace bendito al hombre que la cumple. Sustituyamos la Ley por Cristo y tendremos así un sentido más hondo y pleno.

Segunda lectura: Rm 8, 28-30.

San Pablo ha declarado, unas líneas antes, que son hijos aquéllos que son llevados por el Espíritu. Ha vuelto a recordar que el Espíritu de filiación habita en el cristiano y que éste es sostenido y alentado por aquél en sus relaciones de hijo: nos hace clamar a Dios ¡Padre! Estos son los que aman a Dios. Dios por su parte responde con una actitud paternal, de amor, hacia ellos: conduce todas las cosas para su bien. ¿Qué menos, si es Padre amante y todopoderoso? Dios ha comenzado la obra: nos ha elegido. Signo de amor y predilección. No es el hombre quien toma la iniciativa, sino Dios. Dios nos ha elevado, movido por su amor. San Pablo emplea el término predestinó. ¿Qué significa ese pre? ¿Querrá, quizás, insistir en nuestra condición de amados, elegidos, llamados antes, es decir, al margen de los méritos propios, y, por tanto, por encima del tiempo y del espacio? El hombre se encuentra con una llamada gratuita, con un don que no ha merecido, con el Espíritu de lo alto, que precede a toda decisión personal. Naturalmente que habrá de tomar una decisión ante tamaño Regalo. Pero no es el Regalo fruto de su decisión. Quizás vaya por ahí su pensamiento. La gratuidad del don de Dios que trasciende la condición temporal del hombre.

El hombre, llamado por Dios hijo, camina a la conformación plena del Hijo, resucitado de entre los muertos. Dios recrea al hombre en una condición nueva, en la Imagen perfecta de su Hijo. En Cristo, por la fe, por la adhesión, adquiere el cristiano el Espíritu que lo modela y lo conforma a su Señor: cuando clama (¡Padre!), cuando gime (de forma inenarrable), cuando obra (ama), cuando un día lo eleve de los muertos y lo transforme (Si habita en nosotros el Espíritu que resucitó a Cristo de entre los muertos, resucitará nuestros cuerpos mortales). Es nuestra condición de hijos. Nosotros, empero, podemos anular la acción de Dios. Ser imagen de su Hijo, ser hijos de Dios, ser como Dios. Esa es nuestra meta ofrecida por Dios. Ya no es tentación ser como Dios; es una oferta y un destino. Lo alcanzaremos tan sólo en Cristo obediente, Imagen perfecta de su amor.

Tercera lectura: Mt 13, 44-52.

Continúa la enseñanza en parábolas. Las dos expresan la misma doctrina. La tercera podemos relacionarla con la de la cizaña.

No era extraño en aquellos tiempos encontrar verdaderos tesoros, enterrados, en los lugares más impensados. Ladrones, ocupaciones militares, cambios políticos, inseguridad en general, inducían a más de uno a ocultar, en tierra, dentro de vasijas de barro sus dineros y sus joyas. Acontecía con frecuencia que uno moría después, sin habérselo comunicado a nadie. El tesoro quedaba, para el más afortunado.

Nuestro amigo de la parábola topó impensadamente con uno de esos tesoros. Su alegría fue naturalmente grande. También lo fue su sorpresa. Lo encontró donde y cuando menos lo pensaba. Una fortuna le venía a las manos sin haber contado con ella. Nadie deja escapar una ocasión como ésta. Puede que no vuelva más. Tampoco nuestro hombre la dejó pasar. Aquel tesoro le iba a proporcionar bienestar y holgura. Se hizo con él. Vendió todo lo que tenía, compró aquel terreno y el tesoro pasó a su poder. Algo semejante le aconteció a un buen mercader de perlas y piedras preciosas. Cayó en sus manos una perla de extraordinaria belleza y valor. Dejó a un lado todo lo que poseía y se hizo con ella. Así el Reino de los Cielos.

¿Dónde está el énfasis de la parábola? Tanto el labrador como el mercader vendieron todo para hacerse con aquella riqueza, tesoro y perla. No dejaron pasar, en balde, la ocasión de conseguir algo de extraordinario valor. La aprovecharon llenos de alegría y contento. No se subraya, al parecer, la dificultad de la adquisición. No les resultó costosa la decisión de venderlo todo con esa finalidad, pues lo que adquirían en cambio era un tesoro y una joya de gran valor. Todos hubieran tomado una decisión semejante. Se trataba de un verdadero tesoro.

El Reino de Dios es un Tesoro, un Joya de incalculable valor. Los oyentes de Jesús parece que no se dan cuenta de la importancia del momento y de la necesidad de tomar una pronta y decisiva determinación de entrar en el Reino. Es de idiotas e insensatos dejar pasar la ocasión. De repente aparece ante sus ojos el gran Tesoro del Reino de Dios y ¿qué hacen? La parábola obliga, por su peso y claridad, a tomar una decisión rápida y tajante. El Reino de los Cielos es la Cosa más grande que existe. Su posesión nos llenará de alegría y júbilo. Y ningún trabajo o molestia, renuncia o abandono, podrá equipararse con la adquisición de tan notable gracia.