Domingo XVI del tiempo ordinario

Primera Lectura: Gn 18, 1-10a

Estos relatos antiguos tienen un sabor especial. Son arcaicos. Huelen a noches estrelladas, a tardes tranquilas, a tiendas de campaña. Surgieron en un pueblo nómada y las gentes las han transmitido, de unos a otros, como memorias de familia. No son cuentos. Son momentos clave que, al estilo oriental, lleno de luz y colorido, definen en su sencillez la vida y su sentido de los grandes patriarcas. Dios pasó a su lado y ellos sintieron su presencia. Como expresión popular de aquellas experiencias, vinculadas al tiempo y al espacio, quedaron estos relatos.

El paso de Dios por la tienda de Abraham. La hospitalidad del gran Patriarca. La bendición de la familia con una descendencia. La escena queda en cierto misterio. ¿Cómo se formó esta historieta? ¿Qué vio Abraham? ¿Qué aspecto tenían los tres personajes? ¿Qué comían? Todo esto, que podría interesar a un crítico o a un periodista, queda sin respuesta. ¡Dios habló a Abraham! Quedan en el recuerdo la visita de tres figuras, un agasajo, una bendición, la sombra de un árbol y el calor ardiente del día. Llegan hasta nosotros, lozanas, con olor a estepa y a rebaños, la hospitalidad de Abraham y la bendición de Dios.

Salmo Responsorial: Sal 14

El salmo es una especie de examen de conciencia que el sacerdote -en su origen quizás- presenta al fiel que desea tomar parte en el culto. La Tienda del Señor, el Templo, ofrece cobijo y hospedaje a todos. Pero el Señor, el Dios de Israel, es el Santo, el Señor de los ejércitos, y no hay maldad en él. El recinto ha de albergar tan sólo a los dignos. Hay unas condiciones elementales de santidad y dignidad, que deben ser cumplidas, so pena de no caer acepto al Señor por haber profanado la santidad de su Morada, por posturas inconvenientes. La ira de Dios podría encenderse y abrasar a los atrevidos.

El Decálogo refiere las cláusulas en forma lapidaria. Quien rompe cualquiera de ellas, rompe el pacto, rompe con el Dios de la Alianza, con Yavé, el Señor de los Ejércitos. ¿Cómo presentarse así en su Casa? ¿Cómo participar en tal estado en la liturgia, homenaje sincero a Dios y comunión con él? La moral no es una mera ética, es religión y culto. Es expresión de la amistad con Dios. El salmo camina en esa dirección.

La actualidad cristiana del salmo es admirable. La comunión con Dios (Eucaristía) exige una actitud digna, una moral religiosa conveniente. Lo contrario sería una ofensa punible. Conviene insistir en ello.

Segunda Lectura: Col 1, 24-28

Dios ha nombrado a Pablo ministro de la Iglesia. Ministro para anunciar el mensaje, y éste, completo. Y el mensaje completo no es otra cosa que el misterio escondido desde siglos y generaciones. Dios lo ha revelado ahora, en los últimos tiempos, de forma magnífica. La revelación de Dios es: Cristo, esperanza de la gloria para todos los hombres. Dios ha determinado hacer a los hombres partícipes de su gloria, de su propia vida. Cristo es la realización concreta y completa del plan divino. Cristo es nuestra esperanza, es decir, participación incoada de los bienes eternos. En él bebemos ya la gloria de Dios.

Pablo es ministro de la Iglesia. Y la Iglesia es el Pueblo Santo de Dios. La Iglesia acoge el mensaje, recibe el misterio y se confunde con él. La Iglesia se envuelve de gloria. Es el Cuerpo de Cristo y Cristo la Cabeza. Es la destinataria del mensaje y del misterio de Cristo viviente. La Iglesia, que recibe el misterio, se torna misterio; al recibir a Cristo, se torna Cristo: su Cuerpo. Y como Cuerpo, porta ya aquí las señales de la gloria que embellece a la Cabeza, aunque, por estar en este mundo todavía, lleve las marcas de su pasión (parte del misterio). También ella es la esperanza de los hombres, instrumento -sacramento- de salvación. Es el Cristo en la tierra.

Pablo es ministro de la Iglesia, servidor del misterio. Pablo está al servicio de la revelación de Dios. Su oficio es anunciar la Buena Nueva: enseñar, exhortar, corregir, animar, para que todos lleguen a la madurez de vida cristiana. Todos deben vivir en Cristo. Cristo debe vivir en todos. Todos deben reflejar por completo, como Iglesia, el misterio de Cristo, esperanza de la gloria. La misma vida cristiana es ya participación de la gloria y, por tanto, su esperanza.

Pablo habla, como ministro, de tribulaciones. Tribulaciones que se encuadran en las de Cristo, que son de Cristo. Las tribulaciones de Pablo son también parte del misterio. Pablo es miembro de Cristo y sus sufrimientos, como tal, son los de Cristo, son de Cristo. Si Pablo vive en Cristo y Cristo en él, las tribulaciones de Pablo son las tribulaciones de Cristo. Y como las de Cristo, también las de Pablo tienen un valor salvífico. Y como las de Pablo, las de todo cristiano. Más aún, Pablo completa, como ministro del misterio, las Tribulaciones de Cristo. Pablo es continuador de la obra de Cristo. Cristo ha realizado su obra de salvación -de Revelador del misterio- en tribulación y persecución. Recordemos su muerte en la cruz por nosotros. La obra de Cristo continúa en los apóstoles. Ellos sufren las mismas tribulaciones que su Señor. De esta forma completan la Tribulación de Cristo, Anunciador y Realizador de la salvación a través de los tiempos. El principio del mal opone resistencia a la obra de Dios y es así causa y razón de la pasión de los ministros de Dios. La evangelización de la Iglesia, y a la Iglesia, se realiza en el tiempo dentro de mil tribulaciones. Son el alargamiento de las de Cristo, completan las de Cristo, son las de Cristo. Su gloria se traduce también -ésta es la maravilla- en el soportar las tribulaciones.

Pablo se alegra de sufrir por los suyos, como Cristo por todos. La tribulación cristiana tiene un sentido y un valor. Pablo sufre por el Cuerpo de Cristo. Es el ejercicio de su ministerio. A todos nos toca algo, cuando con nuestra vida continuamos la obra reveladora del Señor, que es la comunicación de su gloria; cuando enseñamos, cuando amonestamos, cuando hacemos vivir y vivimos, con plenitud, la vida cristiana. Es consolador.

Tercera Lectura: Lc 10, 38-42

Una escena que se ha hecho célebre: Marta y María. Una escena casera. Los nombres y la familia nos son conocidos por otras fuentes. El pasaje, sin embargo, es propio de Lucas. Aquí, como en muchos episodios de la vida de Jesús, lo que importa son sus palabras. Hoy las encontramos al final del pasaje.

Jesús declara como necesaria una sola cosa. Y de ella parece estar en posesión María. María ha escogido la parte buena, la mejor. María ha sabido elegir. Y la elección de María nos hace volver la mirada a su hermana, que por su voz quejumbrosa ha motivado la sentencia del Señor.

Marta está ocupada en servir a los huéspedes. Son el Maestro y sus discípulos. Número suficiente para entretener muchas manos. La buena señora parece estar, según la frase de Lucas, sumida en una actividad extraordinaria: va, viene sube, baja, dispone... No para, se desvive por atender a los recién llegados. Entre tanto, su hermana María, dejado a un lado todo cuidado, escucha atenta la conversación del Señor. ¡Como si no hubiera nada que hacer en aquel momento! Marta reprocha la actitud de María y Jesús, a su vez, la de Marta. ¿Qué reprocha Jesús? ¿La actividad de Marta simplemente? ¿Su plena dedicación y continuo movimiento? ¿Qué hay de malo en ello? Quizás nada en sí. Sin embargo, la actividad de Marta en aquel momento merece el reproche de Jesús. Marta no hace bien en moverse tanto estando Jesús allí. Hay algo más importante y oportuno que hacer: escuchar al Maestro. María ha sabido apreciar y aprovechar el momento en su debido valor. Se ha sentado a los pies de Jesús y escucha embebida sus palabras. Es precisamente lo que hay que hacer en aquella ocasión.

Jesús es el Heraldo de Dios, el Profeta, el Mesías. Jesús ha venido a anunciar el Reino. Jesús exige atención y fe. Va en ello la salvación. Marta no ha sabido captar la importancia del momento. La actividad, excesiva quizás, la ha desorientado. Jesús no viene a recibir, viene a dar; no viene a ser agasajado, viene a servir; no a ser atendido y alimentado, sino a alimentar y a salvar. La única exigencia de Jesús, su voluntad, es que se le escuche y crea. Y Marta no le escucha. ¿Cómo puede conocer el don de Dios? Marta está desaprovechando peligrosamente el momento. María, en cambio, ha sabido elegir. Es la postura apropiada, la conveniente, la necesaria. Jesús lo proclama así. Una cosa es necesaria: escuchar la voz de Dios. Jesús es su Palabra Eterna.

Parece estar fuera de lugar aplicar este pasaje sin más a la vida activa (Marta) y a la contemplativa (María). Estrictamente hablando, nunca deben estar separadas la una de la otra. Jesús reprueba la actividad que pone en peligro la única cosa necesaria. La actividad puede impedir la más necesaria: escuchar y seguir a Cristo.

Consideraciones

El evangelio de hoy nos invita a considerar las palabras de Jesús y las posturas de Marta y María respectivamente.

La postura de María, sentada a los pies de Jesús, escuchando sus palabras, aparece aquí proclamada como necesaria. Es la única cosa que importa: escuchar a Jesús. ¿No tiene Jesús palabras de vida eterna? Escuchar a Jesús es escuchar a la Vida. Y escuchar a la Vida es alcanzar la salvación. Aquí pueden y deben llover las consideraciones. ¿Estamos bien convencidos y somos conscientes de la necesidad de escuchar la palabra de Dios? ¿Comprendemos que escucharle y conocerle es lo único importante y necesario? ¿No es éste el primer y único deber? ¿No enseñó Jesús buscad primero el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura? Estas interrogaciones valen para todos, tanto evangelizadores como evangelizados. No se condena la actividad; sólo la excesiva y desorientadora.

El mensaje evangélico es sumamente actual. Nos afanamos sobremanera por muchas cosas, mientras olvidamos el sagrado deber - y privilegio- de atender a la voz de Dios. Esa voz, que desoímos, nos ha de juzgar un día. ¿Sabremos responderle entonces, cuando aquí no lo hicimos? ¿Será atenta con nosotros, cuando nosotros no la atendimos? Es curioso, interesan más las matemáticas -más probabilidad de «ganarse la vida», de «enriquecerse»- que la religión; más la flora y la fauna que el recto conocimiento de Dios y de nuestro destino. Hasta los espectáculos interesan más que la voz de Dios. No hay más que prestar atención a cómo viven nuestros cristianos, para apreciar los intereses vitales en que se mueven: conversaciones materialistas, lujos inmoderados, distracciones y recreos. Embellecer las estancias, amontonar objetos, alcanzar el «coche», amueblar -y ¡cómo!- el piso, lucir trajes, disfrutar de todo, moverse de aquí para allá... ¿Y Dios? ¿No nos sorprenderá la muerte vacíos? Una cosa es necesaria. Y la estamos olvidando. El salmo nos enseña los mandamientos.

Jesús no deseaba ser agasajado. ¿Qué pretendemos nosotros, evangelizadores? ¿Buscamos el agasajo o la salvación de los hombres? No se condena el agasajo, no se prohíbe agasajar. Jesús fue huésped muchas veces. La primera lectura celebra y encomia delicadamente la hospitalidad del gran padre Abraham. Es expresión de respeto y de atención. Pero cada cosa en su lugar. Sin buscar el agasajo, hemos de agasajar a los mensajeros de Dios.

No se condena la actividad; sólo la desordenada, la que descuida prácticamente la única cosa necesaria, la salvación eterna. ¿Qué actividad tenemos? ¿Qué móviles hay al fondo? ¿Olvidamos lo necesario?

María es figura de la vida futura. Así muchos autores. Es la actitud del que goza de Dios. Si ese es nuestro destino, conviene ejercitarse ahora en él (Salmo). De lo contrario, no nos haremos dignos. Marta es figura de la vida presente, envuelta en preocupaciones y quehaceres de esta vida. Se nos advierte del peligro. Pero no se nos exime de ellos. Más aún, se nos prescriben como obligatorios, cuando son expresión de la caridad. San Agustín tiene hermosas palabras a este respecto. Marta representa a la Iglesia en esta vida. Y la Iglesia trabaja y se afana por llegar a todos. Es la gran hospitalidad de Dios a los hombres, la Tienda del Verbo, la Tienda de Abraham. En ella se imparte la Bendición de Dios.

Este último pensamiento nos trae a la memoria la figura de Pablo, el gran trabajador y activo de la obra de Dios. Todo él era evangelio. Tanto es así que sus tribulaciones se entroncan en las de Cristo, Esto abre una gran perspectiva al pensamiento cristiano. Nuestras tribulaciones en Cristo salvan, como salvan las de Cristo. El evangelizador alarga y continúa la obra del Señor.