Domingo XVI del tiempo ordinario

Primera Lectura: Jr 23, 1-6: Reuniré el resto de mis ovejas y les pon­dré pastores.

A Jeremías le ha tocado anunciar el derrumbamiento de su pueblo: la ruina de Jerusalén, altura hermosa; la destrucción del templo, morada de Dios; la deportación del pueblo, nación santa; la caída de la monarquía, un­gidos del Señor. También le ha tocado verlo. El corazón de Jeremías sangra. Pobre nación, pobre pueblo, pobre casa de David. ¿Dónde están tus guías? ¿Dónde tus jefes? ¿Qué han hecho? El pueblo abandonado, disperdigado, des­terrado, parece morir de pena.

Jeremías pronuncia en nombre del Señor palabras terribles. Los «pastores» han disperdigado el rebaño, lo han ahuyentado, lo han descuidado y abandonado. ¡Ay de vosotros, malos pastores! Dios os va a exigiros cuen­tas. El juicio va a ser terrible. Y ¿Qué va a ser del rebaño? También el pue­blo ha merecido , si bien menos que sus jefes, la ira de Dios. Pero Dios es rico en misericordia. Dios va a desandar el camino andado por los falsos guías. Los reunirá, lo cuidará, los hará crecer, los multiplicará, les dará auténticos pastores. No temerán, no se perderán más. Del viejo tronco de David, po­drido y maltrecho, Dios va hacer surgir un Guía, un Pastor, un Rey sabio. Justicia y Derecho en su mano. Volverá el pueblo a ser uno. El nombre del Rey: «El Señor es nuestra justicia». El los salvará.

Salmo responsorial: Sal 22, 1-6: El Señor es mi pastor, nada me falta.

Para la mejor inteligencia del salmo, conviene distinguir dos partes: 1-4/ 5-6. En la primera domina la imagen del pastor. La segunda nos transporta al templo, lugar donde el salmista experimenta la presencia de Dios.

Salmo de confianza. No hay que perder de vista la relación con la «acción de gracias», recordada aquí, quizás, por la mesa, la copa, la unción (sacrificios de comunión) y por la mención de los enemigos. La experiencia religiosa culmina en el templo. El estado de ánimo viene expresado en la primera parte. La imagen es rica y sugestiva.

Conviene recordar en el versillo 2 el alcance, por contraposición de los términos «verde» (opuesto a hierbas secas y rastrojos poco jugosos) y «tranquilas» (donde se bebe con sosiego y sin ningún peligro). Jugosidad y abundancia. Merece la pena entrever en el versillo 3 el alcance de «recto»: justicia salvífica de Dios para con el fiel. En el versillo 4 es de notar, además del valle de tinieblas (peligro para el fiel- enemigo del versillo 5), el término «cayado»: con punta de hierro para defender a las ovejas de cualquier ene­migo y para reunir y conducir el rebaño. El versillo 5 es denso: Dios de anfi­trión: sacrificio de comunión, de acción de gracias. No es un idilio sin sustan­cia. La presencia de los «enemigos» da al canto un carácter real, enraizado en la vida del salmista. El versillo 6 es la expresión de una esperanza serena y segura: «Habitaré en la casa del Señor por años sin término». Así espera­mos. El salmo recibe su plenitud en Cristo, el «Buen Pastor».

Segunda Lectura: Ef 2, 13-18: El es nuestra paz y ha hecho de dos una sola cosa.

Los fieles de Efeso, ahora cristianos, vivieron un tiempo, cuando paganos, en una situación desesperada, viene diciendo San Pablo. Estaban sin Cristo, no pertenecían al pueblo de Dios, vivían al margen de la Alianza que asegu­raba las promesas de salvación y de bendición. Su existencia corría, por tanto, sin esperanza. Como remate de desgracias estaban sin Dios en el mundo. ¿Cabe mayor tragedia? ¡Vivir sin Dios! Así vivían y así eran. Pero ahora ¡ahora! no. Antes separados del pueblo de Dios, ahora pueblo de Dios único. De ello habla el texto leído.

Ahora todo ha cambiado en Cristo Jesús. Jesús ha traído la paz. El es la Paz en persona. Destrozados y quebrados, antes, en sus pecados y pasiones, alucinados en promesas humanas y cultos ilusorios, han encontrado, ahora, en Cristo a Dios, Origen y Meta de todo lo creado. La Sangre de Cristo, muerto por los pecados, los ha reconciliado con Dios. El don del Espíritu que han recibido los preserva del desastre como individuos y como sociedad. Cristo ha roto la barrera que separaba a los pueblos pagano y judío. El or­gullo, el desprecio, el odio recíproco que se guardaban, ha quedado abolido y convertido en un lazo de unión: el amor fraterno. Ya no hay pueblos, sino un sólo pueblo, el pueblo de Dios. La ley que establecía la separación, ha que­dado sin fuerza por la sangre del Señor. La ley es ahora Cristo. San Pablo habla de la Ley del Espíritu grabada en nuestros corazones. Ley que nos transforma, Ley viva, Ley divina. La Ley, así entendida, hermana a todos en un mismo cuerpo, en una misma Iglesia, en un mismo Pueblo. No hay ni lejos ni cerca, ni más ni menos, todos hermanos en Cristo. Cristo lo ha hecho. Unos y otros podemos acercarnos al Padre en un mismo Espíritu. Esa es nuestra vocación, esa nuestra vida.

Tercera Lectura: Mc: 6,30-3: Jesús vio a la multitud y le dio lástima, porque andaban como ovejas sin pastor.

Estos versillos enlazan temáticamente con el v.13. Los discípulos han sido enviados por Jesús a anunciar el Evangelio (domingo anterior). Ahora vuel­ven de sus correrías. De todo dan cuenta al Maestro. Jesús se retira con ellos a descansar a un lugar apartado.

Si es verdad lo que algunos autores sugieren, la retirada de Jesús con los suyos a un lugar apartado, señalaría una comunicación más íntima a éstos, tendríamos aquí una indicación altamente sugestiva. De todos modos es ya de por sí significativo que Jesús se aparte con los suyos del tumulto de las gentes. Dejaba por un momento la labor de predicar. ¿La dejaba en reali­dad? La labor seguía con sus discípulos más intensa. Palabras, gestos, ac­ciones del Maestro eran medio de comunicación y por tanto de predicación de Evangelio. Los suyos lo tienen a él. ¿Y la muchedumbre?. Anda como re­baño sin pastor. A Jesús le dan lástima. Jesús es el Buen Pastor. Jesús en­seña con calma.

Consideraciones.

Las lecturas nos obligan de nuevo a reflexionar sobre el misterio de Cristo. Si atendemos a la primera lectura, al salmo responsorial y al evan­gelio, podríamos representarnos a Jesús bajo la figura del Pastor. La pri­mera lo anuncia, el segundo lo canta, el tercero lo constata. Jesús, el Pastor de Dios.

Efectivamente, las ovejas que andan descarriadas encuentran en Jesús su auténtico Pastor. Como Pastor tiene lástima de ellas, las reúne en torno a sí, les enseña con calma. El las hace recostar en verdes y jugosas praderas, las abreva en arroyos tranquilos y claros, las conduce con seguridad y aplomo. No espantan las cañadas oscuras, él va delante de ellas; su «cayado» - la Cruz - es cobijo y orientación, poor una parte, y por otra, arma terrible contra los enemigos. La mesa, la copa, el perfume de acción de gra­cias pueden recordarnos la Eucaristía, alimento de las ovejas. Sin temor a errar caminan hacia la Casa del Padre. El Espíritu del Señor va con ellas.

Las ovejas forman un rebaño, uno solo, por más que por un tiempo estu­vieran disperdigadas. Dos pueblos separados forman uno. No hay judío ni griego, ni señor ni esclavo. Todos hermanos en el Señor. Urge, hoy día, fo­mentar el sentimiento de hermandad que debe caracterizar al rebaño del Pastor. Las separaciones impuestas por la historia, por la raza, por intere­ses personales o nacionales, no tiene ya sentido. Jesús nos ha hermanado a todos en su sangre de una vez para siempre. ¿No suspira hoy el mundo en­tero por la unidad y la comprensión? ¿Dónde quiere encontrarlo? Ahí está el Pastor de la humanidad, no hay otro. El rebaño debe dar señales de ello.

Jesús, Pastor, trae la Paz. ¿Que más desea el mundo que la paz?. Jesús es la Paz. Paz con Dios, paz de unos con otros. El da la vida por sus ovejas. El Pastor de la casa de David, el Mesías. Jesús nos lleva a Dios. ¿Qué más puede desear el hombre que alcanzar a Dios? Jesús nos conduce a él.

¿Qué decir de los malos pastores? ¡Ay de ellos! ¿Somos buenos pastores? ¿Qué buscamos en el ejercicio de nuestra pastoral? ¿A nosotros mismos? ¿Ahuyentamos, disperdigamos, abandonamos el rebaño? ¡Ay de nosotros! ¿Somos la paz? ¿Creamos la paz? ¿Vivimos la hermandad? ¿Nos dejamos llevar por el Espíritu de Cristo en ver los demás hermanos en Cristo? ¿Qué papel desempeña en nuestra vida nuestra nación, nuestra provincia, nuestro pueblo? ¿Separa, disgrega, destroza? Hay un solo pueblo, un solo rebaño. Por ello murió Cristo. ¿Somos buenas ovejas? ¿Nos dejamos conducir? ¿Sabemos derribar con nuestra vida el odio, la envidia, el rencor de siglos que tiene separada la humanidad? ¿Confiamos en el Señor? ¿Es en realidad nuestro Pastor? ¿O son quizás los líderes políticos los que nos apasionan más que Cristo? Pensemos, meditemos y actuemos en consecuencia.


Domingo XVI del tiempo ordinario

Primera Lectura: Jr 23, 1-6: Reuniré el resto de mis ovejas y les pon­dré pastores.

A Jeremías le ha tocado anunciar el derrumbamiento de su pueblo: la ruina de Jerusalén, altura hermosa; la destrucción del templo, morada de Dios; la deportación del pueblo, nación santa; la caída de la monarquía, un­gidos del Señor. También le ha tocado verlo. El corazón de Jeremías sangra. Pobre nación, pobre pueblo, pobre casa de David. ¿Dónde están tus guías? ¿Dónde tus jefes? ¿Qué han hecho? El pueblo abandonado, disperdigado, des­terrado, parece morir de pena.

Jeremías pronuncia en nombre del Señor palabras terribles. Los «pastores» han disperdigado el rebaño, lo han ahuyentado, lo han descuidado y abandonado. ¡Ay de vosotros, malos pastores! Dios os va a exigiros cuen­tas. El juicio va a ser terrible. Y ¿Qué va a ser del rebaño? También el pue­blo ha merecido , si bien menos que sus jefes, la ira de Dios. Pero Dios es rico en misericordia. Dios va a desandar el camino andado por los falsos guías. Los reunirá, lo cuidará, los hará crecer, los multiplicará, les dará auténticos pastores. No temerán, no se perderán más. Del viejo tronco de David, po­drido y maltrecho, Dios va hacer surgir un Guía, un Pastor, un Rey sabio. Justicia y Derecho en su mano. Volverá el pueblo a ser uno. El nombre del Rey: «El Señor es nuestra justicia». El los salvará.

Salmo responsorial: Sal 22, 1-6: El Señor es mi pastor, nada me falta.

Para la mejor inteligencia del salmo, conviene distinguir dos partes: 1-4/ 5-6. En la primera domina la imagen del pastor. La segunda nos transporta al templo, lugar donde el salmista experimenta la presencia de Dios.

Salmo de confianza. No hay que perder de vista la relación con la «acción de gracias», recordada aquí, quizás, por la mesa, la copa, la unción (sacrificios de comunión) y por la mención de los enemigos. La experiencia religiosa culmina en el templo. El estado de ánimo viene expresado en la primera parte. La imagen es rica y sugestiva.

Conviene recordar en el versillo 2 el alcance, por contraposición de los términos «verde» (opuesto a hierbas secas y rastrojos poco jugosos) y «tranquilas» (donde se bebe con sosiego y sin ningún peligro). Jugosidad y abundancia. Merece la pena entrever en el versillo 3 el alcance de «recto»: justicia salvífica de Dios para con el fiel. En el versillo 4 es de notar, además del valle de tinieblas (peligro para el fiel- enemigo del versillo 5), el término «cayado»: con punta de hierro para defender a las ovejas de cualquier ene­migo y para reunir y conducir el rebaño. El versillo 5 es denso: Dios de anfi­trión: sacrificio de comunión, de acción de gracias. No es un idilio sin sustan­cia. La presencia de los «enemigos» da al canto un carácter real, enraizado en la vida del salmista. El versillo 6 es la expresión de una esperanza serena y segura: «Habitaré en la casa del Señor por años sin término». Así espera­mos. El salmo recibe su plenitud en Cristo, el «Buen Pastor».

Segunda Lectura: Ef 2, 13-18: El es nuestra paz y ha hecho de dos una sola cosa.

Los fieles de Efeso, ahora cristianos, vivieron un tiempo, cuando paganos, en una situación desesperada, viene diciendo San Pablo. Estaban sin Cristo, no pertenecían al pueblo de Dios, vivían al margen de la Alianza que asegu­raba las promesas de salvación y de bendición. Su existencia corría, por tanto, sin esperanza. Como remate de desgracias estaban sin Dios en el mundo. ¿Cabe mayor tragedia? ¡Vivir sin Dios! Así vivían y así eran. Pero ahora ¡ahora! no. Antes separados del pueblo de Dios, ahora pueblo de Dios único. De ello habla el texto leído.

Ahora todo ha cambiado en Cristo Jesús. Jesús ha traído la paz. El es la Paz en persona. Destrozados y quebrados, antes, en sus pecados y pasiones, alucinados en promesas humanas y cultos ilusorios, han encontrado, ahora, en Cristo a Dios, Origen y Meta de todo lo creado. La Sangre de Cristo, muerto por los pecados, los ha reconciliado con Dios. El don del Espíritu que han recibido los preserva del desastre como individuos y como sociedad. Cristo ha roto la barrera que separaba a los pueblos pagano y judío. El or­gullo, el desprecio, el odio recíproco que se guardaban, ha quedado abolido y convertido en un lazo de unión: el amor fraterno. Ya no hay pueblos, sino un sólo pueblo, el pueblo de Dios. La ley que establecía la separación, ha que­dado sin fuerza por la sangre del Señor. La ley es ahora Cristo. San Pablo habla de la Ley del Espíritu grabada en nuestros corazones. Ley que nos transforma, Ley viva, Ley divina. La Ley, así entendida, hermana a todos en un mismo cuerpo, en una misma Iglesia, en un mismo Pueblo. No hay ni lejos ni cerca, ni más ni menos, todos hermanos en Cristo. Cristo lo ha hecho. Unos y otros podemos acercarnos al Padre en un mismo Espíritu. Esa es nuestra vocación, esa nuestra vida.

Tercera Lectura: Mc: 6,30-3: Jesús vio a la multitud y le dio lástima, porque andaban como ovejas sin pastor.

Estos versillos enlazan temáticamente con el v.13. Los discípulos han sido enviados por Jesús a anunciar el Evangelio (domingo anterior). Ahora vuel­ven de sus correrías. De todo dan cuenta al Maestro. Jesús se retira con ellos a descansar a un lugar apartado.

Si es verdad lo que algunos autores sugieren, la retirada de Jesús con los suyos a un lugar apartado, señalaría una comunicación más íntima a éstos, tendríamos aquí una indicación altamente sugestiva. De todos modos es ya de por sí significativo que Jesús se aparte con los suyos del tumulto de las gentes. Dejaba por un momento la labor de predicar. ¿La dejaba en reali­dad? La labor seguía con sus discípulos más intensa. Palabras, gestos, ac­ciones del Maestro eran medio de comunicación y por tanto de predicación de Evangelio. Los suyos lo tienen a él. ¿Y la muchedumbre?. Anda como re­baño sin pastor. A Jesús le dan lástima. Jesús es el Buen Pastor. Jesús en­seña con calma.

Consideraciones.

Las lecturas nos obligan de nuevo a reflexionar sobre el misterio de Cristo. Si atendemos a la primera lectura, al salmo responsorial y al evan­gelio, podríamos representarnos a Jesús bajo la figura del Pastor. La pri­mera lo anuncia, el segundo lo canta, el tercero lo constata. Jesús, el Pastor de Dios.

Efectivamente, las ovejas que andan descarriadas encuentran en Jesús su auténtico Pastor. Como Pastor tiene lástima de ellas, las reúne en torno a sí, les enseña con calma. El las hace recostar en verdes y jugosas praderas, las abreva en arroyos tranquilos y claros, las conduce con seguridad y aplomo. No espantan las cañadas oscuras, él va delante de ellas; su «cayado» - la Cruz - es cobijo y orientación, poor una parte, y por otra, arma terrible contra los enemigos. La mesa, la copa, el perfume de acción de gra­cias pueden recordarnos la Eucaristía, alimento de las ovejas. Sin temor a errar caminan hacia la Casa del Padre. El Espíritu del Señor va con ellas.

Las ovejas forman un rebaño, uno solo, por más que por un tiempo estu­vieran disperdigadas. Dos pueblos separados forman uno. No hay judío ni griego, ni señor ni esclavo. Todos hermanos en el Señor. Urge, hoy día, fo­mentar el sentimiento de hermandad que debe caracterizar al rebaño del Pastor. Las separaciones impuestas por la historia, por la raza, por intere­ses personales o nacionales, no tiene ya sentido. Jesús nos ha hermanado a todos en su sangre de una vez para siempre. ¿No suspira hoy el mundo en­tero por la unidad y la comprensión? ¿Dónde quiere encontrarlo? Ahí está el Pastor de la humanidad, no hay otro. El rebaño debe dar señales de ello.

Jesús, Pastor, trae la Paz. ¿Que más desea el mundo que la paz?. Jesús es la Paz. Paz con Dios, paz de unos con otros. El da la vida por sus ovejas. El Pastor de la casa de David, el Mesías. Jesús nos lleva a Dios. ¿Qué más puede desear el hombre que alcanzar a Dios? Jesús nos conduce a él.

¿Qué decir de los malos pastores? ¡Ay de ellos! ¿Somos buenos pastores? ¿Qué buscamos en el ejercicio de nuestra pastoral? ¿A nosotros mismos? ¿Ahuyentamos, disperdigamos, abandonamos el rebaño? ¡Ay de nosotros! ¿Somos la paz? ¿Creamos la paz? ¿Vivimos la hermandad? ¿Nos dejamos llevar por el Espíritu de Cristo en ver los demás hermanos en Cristo? ¿Qué papel desempeña en nuestra vida nuestra nación, nuestra provincia, nuestro pueblo? ¿Separa, disgrega, destroza? Hay un solo pueblo, un solo rebaño. Por ello murió Cristo. ¿Somos buenas ovejas? ¿Nos dejamos conducir? ¿Sabemos derribar con nuestra vida el odio, la envidia, el rencor de siglos que tiene separada la humanidad? ¿Confiamos en el Señor? ¿Es en realidad nuestro Pastor? ¿O son quizás los líderes políticos los que nos apasionan más que Cristo? Pensemos, meditemos y actuemos en consecuencia.