Domingo XVI del tiempo ordinario

Primera lectura: Sb 12, 13.16-19.

Es un sabio el que habla. Y habla con Dios. Es una oración. Es un sabio que ora. El sabio ha reflexionado sobre los datos que le ofrece la historia de su pueblo. Historia eminentemente religiosa, pues los acontecimientos de su nación han sido dirigidos por Dios. A la luz de la intervención divina, puede ver un sentido, una dirección en la historia del pueblo. Pero lo que ve el sa­bio, sobre todo, y de ahí arranca su oración, es la revelación que Dios hace de sí mismo. Un Dios providente, un Dios que juzga, aunque de forma miste­riosa, justamente. Un Dios lleno de misericordia, lleno de compasión, un Dios lleno de ternura a veces. Un Dios que ama. Un Dios a quien le duele casti­gar, y que, al castigar, busca la corrección del malvado más que su destruc­ción. Un Dios que perdona, que perdona gustosamente. Un Dios que espera pacientemente, que da lugar y tiempo al arrepentimiento. Una estampa así debe inclinar y obligar al pueblo fiel a imitarle, a ser generoso y compren­sivo como es él. El justo ha de ser humano, pronto a perdonar; pronto a co­rregir y a juzgar como Dios juzga y corrige, con amor, con paciencia y mise­ricordia. Vista así, la historia sagrada nos enseña a ser humildes y huma­nos. Es el sabio quien lo dice. Es el sabio que ora. Reflexionemos, medite­mos y oremos para hacer nuestra esa preciosa y valiosa enseñanza.

Salmo Responsorial: Sal 85.

El salmo 85 es un salmo de súplica individual. El texto elegido por la li­turgia la ha conservado en la primera y en la última estrofa. Hay una serie de aclamaciones, de aire hímnico, que la acompañan y la hacen más fervo­rosa y confiada: la bondad del Señor que supera todo encomio. El estribillo lo condensa y canta: Tú, Señor, eres bueno y clemente. Esa es la afirmación del salmista; esa, la fe de Israel; esa, la aclamación de la Iglesia. La Iglesia puede cantarlo con más énfasis, al recordar la misericordia de Dios sin lími­tes manifestada en su Hijo. La oración del cristiano corre confiada y surge espontánea, como surge espontánea la alabanza. Oración al Dios clemente y misericordioso.

Segunda lectura: Rm 8, 26-27.

Texto breve, pero sustancioso. En realidad no necesita de comentario al­guno. Necesita, eso sí, ser meditado, gustado, saboreado. Pablo nos invita a eso precisamente: a penetrarnos íntimamente de esa verdad sublime que es ser hijos de Dios, y poseer su mismo Espíritu. Ese Espíritu -realidad divina, Dios- está en nosotros. Somos su templo santo y vivo. Y en él despliega, aun­que misteriosamente, su poder y su fuerza.Él viene en nuestra ayuda. ¿Quién no se siente débil? ¿Quién no se siente ciego? ¿Quién no se siente im­potente ante el plan divino? Nosotros no podemos, nosotros no sabemos ni si­quiera pedir lo que nos conviene.Él alimenta nuestros sentimientos; él da fuerza a nuestra voz, para que llegue al Padre; él endereza nuestros pasos; él mismo ora en nosotros y por nosotros, ya que, a Dios gracias, ha tenido a bien ser una cosa con nosotros. Dios Padre recoge y acoge complacido el ge­mido que parte de nuestro interior. Es la misma voz que él mismo ha colo­cado en nosotros. Es su propia voz en nosotros. Sólo nos falta dejarnos llevar por él, pues, como ha dicho Pablo unas líneas más arriba, son hijos aquéllos que son llevados por el Espíritu. Nuestra oración tiene así segura y cierta acogida. ¿No es grande y maravilloso estar seguros de que nuestra voz, re­forzada por el Espíritu, llega hasta Dios? ¿De que nuestra voz, por la mara­villa de la presencia del Espíritu en nosotros, es su propia voz? La oración del cristiano llega a Dios: su voz se ha hecho divina, es hijo de Dios. Bendito sea Dios.

Tercera lectura: Mt 13, 24-43.

Continuamos en el capítulo de las parábolas. La primera parábola de hoy enlaza con la anterior. Las dos hablan de un tema, en cierto sentido, seme­jante: semilla, siembra, cosecha, sembrador… Hay un elemento nuevo al que ya apuntaba la parábola anterior: el enemigo que siembra cizaña. Los di­versos terrenos de la primera se reducen a uno. Y el fruto de éste ya no se relaciona con la buena o mala disposición, sino con la intervención del ene­migo. El enemigo ha cometido una mala acción (el diablo de la parábola an­terior): ha sembrado cizaña, la presencia de un fruto malo en el campo del Señor. La parábola tiene, como la primera, una explicación posterior. Tam­bién aquí podemos distinguir entre el relato de la parábola y su explica­ción.(Entre el tiempo de Cristo y el tiempo de su Iglesia). Parece que ambas tienden a responder, en el tiempo de Cristo, a una cierta impaciencia escato­lógica. El Reino de Dios -estaba anunciado- había de venir, lleno de brillo y esplendor. Habría de imponerse por su propia fuerza. Su implantación en este mundo había de ser fulminante. Más aún, iba a haber un juicio, una se­paración: los justos por una parte, los impíos por otra. Los primeros serían el Reino de Dios; los segundos, aniquilados. Esto se esperaba, esto se apete­cía, esto se fomentaba. Así estaban las cosas.

Pero Cristo se presenta de forma diversa. No vocifera, no juzga, no trae rayo y trueno en su mano. Aparentemente no sucede nada. Allí los romanos, allí los infieles; allí también los justos oprimidos. ¡Y Jesús dice que anuncia el Reino! Jesús trata, pues, de revelar en parábolas la naturaleza de este Reino.

La parábola revela la coexistencia de justos y pecadores en el campo del Señor. El juicio, que se anuncia en toda la tradición bíblica, tendrá lugar al fin, en el momento de la cosecha. Allí vendrá la separación y el destino. ¡Antes no! Al hombre -siervos- no le es dado separar y delimitar los campos (hay sólo un campo), arrancar la cizaña y declarar solamente a los justos Reino de Dios. No tiene autoridad ni capacidad para ello. Cometería además muchos desperfectos. Dios lo ha dispuesto así.

Esa misma impaciencia y ese mal entendido celo continúan vivos en la iglesia a la que escribe Mateo. También en nuestros días. Pero La Iglesia, verificación en la tierra del Reino de Dios, debe mantenerse en la línea seña­lada por Jesús. La palabra de Jesús sale al paso de una mala interpretación de la Disposición de Dios.

Está claro el tema del juicio. El Juicio vendrá. Es una verdad de fe fun­damental. Recordemos para ello la descripción que presenta Jesús del Juicio Final: unos, condenados; otros, salvados. La Suprema y Decisiva Separa­ción vendrá al final de los tiempos. Lo enseña la parábola. La cizaña será quemada, como era quemada en aquellos tiempos en Palestina, lugar pobre en combustibles.

Existe el mal en la Iglesia, en el Reino. El mal, con todo, no se debe a su Señor (sembró una buena semilla). Se debe al enemigo. El maligno trata de impedir la buena cosecha, el fruto, en el campo del Señor. El que obra el mal pertenece a la raza del diablo. Es como el operador del mal. Como él, está destinado, si no cambia, al fuego eterno. Es su lugar. Como la cizaña.

Las otras dos parábolas ofrecen una enseñanza diversa, pero común a ambas. La primera, la de la mostaza, pone de relieve la desproporción que existe entre los comienzos -la más pequeña e insignificante de las semillas- y el resultado del Reino -la más grande y alta de las hortalizas. Así fueron los comienzos del Reino en tiempos de Jesús. Su predicación, sus Doce, su gru­pito, su menguado éxito no prometían mucho. En realidad, empero, la cosa iba a ser muy diferente. El resultado iba a causar admiración. El Reino iba a tener un desarrollo extraordinario. Hay que pensar, sin lugar a dudas, en la fuerza interna que lo anima. Si añadimos a esto, como probable, la refe­rencia a Dn 4, 10-12 y a Ez 31, 3.6 y 17, 23, cuando hablan del árbol y de los pájaros que anidan, tendríamos en la parábola un matiz apocalíptico-me­siánico. Silos paganos, cosa no segura pero probable, están simbolizados por los pájaros, completaríamos el cuadro dando a la imagen un aire de paz y seguridad mesiánicas. Algo semejante viene a decir la parábola de la leva­dura. Una minucia de levadura fermenta una gran masa. La fuerza interna del Reino tiene capacidad -y lo realiza, es la enseñanza de la parábola- de transformar el mundo. Así es el Reino que inicia Jesús. Y así ha de conti­nuar: pequeño y pobre en los comienzos y medios, extenso y profundo en el resultado. Dios está dentro.

Consideraciones:

El evangelio del domingo pasado hablaba de los misterios del Reino. No perdamos de vista este detalle. Queremos meditar -y ahondar- sobre los mis­terios del Reino o sobre el Reino que tiene misterios. Esto nos coloca delante de una realidad divina, superior, que, por serlo, se nos presenta misteriosa. Actitud de respeto, de humildad, de abertura y búsqueda.

a) Parábola de la cizaña.- La Iglesia se compone de buenos y de malos, de individuos que obran el bien y de individuos que obran el mal. Es un mis­terio del Reino. No hay que escandalizarse. La cosa es así. Jesús lo anunció claramente.(Con todo ¡Ay del que escandalice! Los evangelistas, Mateo en concreto, condenan de forma imponente el escándalo). Toda tentativa de re­ducir la Iglesia a un grupo de perfectos, de justos, de santos, es herética y, por tanto, desastrosa. Piénsese en los Cátaros, Donatistas, y, según parece, en los Testigos de Jehová. El hombre ni sabe ni puede separar los campos. El tema goza de gran actualidad. Tengamos paciencia, como Dios la tiene, y sepamos esperar. La primera lectura -son palabras del sabio- nos invita a ser humanos, misericordiosos, y no jueces. El juicio está en las manos de Dios, único capaz de separar sin herir a nadie. El se comporta con paciencia, amor y misericordia. El Juicio tendrá lugar al final de los tiempos, en la siega. Vendrá con toda seguridad. Es también la enseñanza de la parábola. El Juicio será drástico y decisivo. Sin lugar a apelación. Irá cada uno a su lugar. Unos, como el grano bueno, a la vida eterna; otros, como cizaña y po­dredumbre, a la perdición eterna. Mientras tanto se impone la paciencia y la espera: santo temor.

El mal en la Iglesia no viene de Cristo. Viene del Maligno. El Maligno no descansa. Siembra y siembra cizaña, siempre y siempre que puede. Quien obra mal se hace cizaña; obra las obras del Diablo, es su aliado. Y esto puede suceder en la Iglesia. En un sentido más amplio, todos tenemos algo de cizaña.Ésta sí que podemos arrancarla de nuestra vida sin herir a nadie. Todo lo contrario, será mantener el terreno en condiciones para que pro­duzca el ciento por uno.

b) También las otras dos parábolas dicen algo del misterio. Se trata del tema, precioso por cierto, de la pequeñez e insignificancia de los medios que usa Dios para imponer su voluntad y establecer su Reino. Es la espina dor­sal de toda la Historia de la Salvación. La misma historia de la Iglesia -Historia también de la Salvación- ofrece claros ejemplos de ello: santos hu­mildes, pequeños, insignificantes… Todo porque al fondo está la Fuerza de Dios. Es un tema que olvidamos con suma frecuencia.

Otro tema podría ser: la Iglesia, cobijo y casa de todos (los pájaros que anidan). En ella quietud, paz, salvación. A todos nos toca ser árbol y leva­dura. ¿Lo somos en verdad? ¿Hasta qué punto somos fermento y sal de la tierra? Podemos pensar en ello.

c) La segunda lectura ofrece también un tema precioso y consolador: el gemido del Espíritu. Dios escucha siempre nuestra oración. No puede menos de hacerlo. Clama en nosotros su propia voz. Me remito al comentario.