Domingo XV del tiempo ordinario

 

 

Primera Lectura: .Dt: 30, 10-14

El anciano Moisés dirige al Pueblo de Israel sus últimas exhortaciones. Parecen ser de composición tardía. El acontecimiento destierro han dejado en ellas su impronta. Ha habido un proceso de interiorización.

El autor deuteronomista cuenta con la posibilidad de un castigo semejante. El incumplimiento del pacto puede acarrear al pueblo daños mayores (maldiciones). Dios, por su parte, fiel y misericordioso, está siempre pronto a retirar su mano airada y a curar las heridas ocasionadas por el golpe. Dios cura con las heridas. Las heridas tienen una finalidad medicinal. Hay que reconocer en ellas la mano de Dios y aceptarla.

El autor del libro es un predicador. Como predicador exhorta, anima, advierte. La exhortación va dirigida a escuchar la voz de Dios, a guardar sus preceptos. En el cumplimiento de la Ley está la vida. El autor inculca la observancia de la Ley. Una conversión de corazón (y de alma). Es menester volver a Dios en el pensar, en el querer y en el sentir. El pueblo debe conformar su corazón y su mente al bello espejo de la Ley de Dios. Ahí está, grabada en piedra, perenne, la voluntad de Dios. No hace falta recorrer mundos para encontrarla. La tienen ahí, a mano. Debe llegar a lo más hondo del corazón. La confesión de los labios acompañará el sentir del corazón. Basta cumplirla para que lluevan sobre cada uno de los miembros del pueblo las más abundantes bendiciones. No basta la circuncisión del cuerpo; urge la circuncisión del corazón. Es la predicación del deuteronomista.

Pero el deuteronomista es consciente de la enfermedad del corazón humano. La amarga experiencia de los siglos le ha revelado que es Dios quien tiene que circuncidar el corazón de los hombres (30, 6). Quedan, pues, dos admirables enseñanzas: a) la Ley, la norma moral, está cerca como Dios mismo; b) que sin la ayuda de Dios el hombre no llega a cumplirla. Esta segunda enseñanza deja al descubierto la caducidad de la alianza antigua y anuncia, a su vez, la implantación de otra. El Nuevo Testamento dará la respuesta.

 

Salmo Responsorial: ..Sal : 68

Para unos, salmo de súplica con elementos de acción de gracias. Para otros, un salmo de acción de gracias donde se recoge la súplica del agraciado en el momento de la tribulación. La misma realidad considerada bajo distintos puntos de vista: súplica, acción de gracias. Ambos elementos quedan bien representados en la selección de versillos que ha realizado la liturgia.

El estribillo puede darnos la pauta: Buscad al Señor, y vivirá vuestro corazón.  Lleva el aire de una exhortación apremiante (como apremiante es la vida): Buscad. La exhortación se eleva a sentencia sapiencial, a verdad universal, y refleja la experiencia personal (y colectiva) del agraciado: Todo el que busca al Señor, vivirá. La búsqueda aparece en el salmo en forma de petición y súplica. La oración alcanza a Dios y, por tanto, la vida. La oración es expresión de la búsqueda. La búsqueda, por otra parte, delata una conciencia de necesidad, aquí vital -vivirá vuestro corazón-. El salmista lo declara al confesar humildemente su radical indigencia: pobre malherido. El hombre no posee por sí mismo el don de la vida. La vida está en Dios. Por eso, Buscad a Dios, y vivirá vuestro corazón. El salmista lo ha experimentado en propia carne. Su agradecimiento se convierte en alabanza. Y la alabanza se ensancha al pueblo fiel, haciéndose comunitaria. Es todo el pueblo en fe y confianza el que proclama la salvación de Dios. Sión, Judá, Israel vivirá si busca a Dios. También nosotros.

 

Segunda Lectura: .Col: 1, 15-20

Comienza la carta a los Colosenses. Carta escrita por Pablo en la cautividad. Vértice, según algunos, de la cristología paulina.

Pablo no ha quedado satisfecho del todo con las noticias llegadas de Colosas. Aunque la comunidad parece andar cristianamente, hay una serie de posturas y concepciones que alarman a Pablo. No es algo definido y claro. Son concepciones y tendencias que no se acoplan bien con la verdadera doctrina cristiana. El influjo de ciertas prácticas paganas, de ciertas concepciones gentiles y la presencia de tendencias judías amenazaban, como sombras de nubes tormentosas, la radiante figura de Cristo. En particular las concepciones referentes a los ángeles y espíritus ofrecían serio peligro a la verdadera enseñanza. Ese grupo intermedio de seres celestes, de semidioses, de ángeles, podía absorber a Cristo. Cristo podía ser concebido como uno del grupo. Grave peligro. Pablo coloca a Jesús en su debido puesto. La lectura de hoy lo canta en forma de himno. Cristo, contemplado en todo su esplendor y magnitud.

Quizás se encuentre, al fondo, un himno cristiano primitivo. Pablo lo habría retocado. La cristología que aquí se expresa es tan antigua, en raíz, como la misma Iglesia. Nos movemos en un ambiente litúrgico. La postura adecuada es la contemplación. Contemplación de la obra de Cristo, de su intervención y de la situación religiosa resultante.

Cristo en el orden de la creación: imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura, creador de todas las cosas... Las potencias -del tipo que sean- tienen en él la razón de su existencia. Es su creador y sustentador. La figura de Cristo queda así bien perfilada como Soberana de todo lo creado. La primacía en la creación prepara la primacía en el orden de la salvación. Jesús es el primero en todo y en todos los órdenes. Con su cruz y resurrección ha puesto las cosas en orden en todos los órdenes, Por la sangre de su cruz ha reconciliado al mundo gentil con el judío, echando abajo el muro que los separaba. Ha reconciliado al hombre con Dios, su creador. Y hasta el cielo se ha abrazado a la tierra en señal de reconciliación y de paz. Es el primero de los resucitados y causa de la resurrección de los que, desde su muerte, han sido constituidos hermanos suyos. Él es la cabeza de la nueva Creación, Cabeza de la Iglesia. Todo por él y para él. Ha recibido el nombre que supera todo nombre. Es el SEÑOR universal. No es una criatura más, con más o menos privilegios y prerrogativas. Pertenece a la esfera divina. En otras palabras, es el mismo Hijo de Dios. No deja de ser actual este mensaje. Corren todavía vientos un tanto heterodoxos.

 

Tercera Lectura: .Lc: 10, 25-37

Apuntemos lo más notable de esta lectura.

No extraña mucho que un escriba tiente a Jesús Maestro. Los evangelios relatan algunos casos. Lo que sí extraña es que le tiente con una pregunta así. ¿Ignoraba la respuesta a su propia pregunta? Sin duda que no. ¿Dónde está aquí la tentación? ¿Enseñaba Jesús otra cosa? ¿O es que las exigencias de Jesús a seguirle obscurecían un tanto el gran mandamiento? Todo el mundo sabía -un escriba, más todavía- que era necesario observar los mandamientos para entrar en la vida. ¿Es que Jesús en sus predicaciones añadía algo más? La necesidad urgente de seguirle (joven rico) ¿qué relación guardaba con los mandamientos? ¿Era esto lo que se escondía detrás de la pregunta del escriba? El texto no da lugar más que a conjeturas. El pasaje del joven rico puede quizás sugerirnos algo.

La pregunta del escriba es de importancia vital. ¿Qué hacer para conseguir la vida eterna? Se trata de la salvación, de la salud escatológica. Jesús le señala, como camino para conseguirla, el cumplimiento de la Ley. La misma respuesta dará al joven rico. Quien cumple los mandamientos alcanza la vida. Es la pregunta más importante que debe formular el hombre. En realidad, es la única importante.

Extraña ver unidos, en boca del escriba, los preceptos del amor a Dios y del amor al prójimo. Según esto no hubiera sido Jesús el primero en unirlos de forma inseparable. Es de notar, sin embargo, que todo lo que nos queda de los rabinos antiguos es que el amor al prójimo, por muy ensalzado y encumbrado que parezca, nunca lo colocan a la altura del primero, como lo hace Jesús. ¿Ha habido aquí un influjo de la primitiva comunidad, al colocarlos juntos en boca del escriba?

La siguiente pregunta del escriba tiene su justificación: ¿Quién es mi prójimo? ¿Quién es en realidad mi prójimo, nuestro prójimo? ¿Quién era para el escriba el prójimo? Las escuelas rabínicas no habían decidido con claridad el asunto. Puede que el fariseo señalara al fariseo como prójimo; el escriba al escriba. Los de la secta de Qumran, que maldecían y odiaban el culto adulterado de Jerusalén, no lo alargaban más allá de los propios miembros. Se profesaba odio al enemigo. Otros, más generosos, lo ensancharían a los miembros del pueblo, a los fieles, a los piadosos. De ahí no se pasaría. Basta leer los salmos. Puede que se escaparan al término los pecadores, dentro del pueblo. ¿Quién es, pues, mi prójimo?

Jesús ilustra la respuesta al escriba con una parábola. Era un hombre el que bajaba de Jerusalén a Jericó. Un judío probablemente. Y bajaba por un camino de pendiente pronunciada (en una distancia de 30 Km., mil metros de desnivel). Era un lugar agreste y desértico, frecuentado por salteadores. Un grupo de éstos cayó sobre el infeliz que se dirigía a Jericó. Le despojaron de todo lo que llevaba encima y lo abandonaron medio muerto en la cuneta del camino. Pasó por allí un sacerdote, y después un levita. Quizás venían de cumplir sus funciones en el templo (Jericó era una ciudad sacerdotal). Probablemente oyeron los ayes de aquel desdichado. Pero ni uno ni otro se molestaron en acercarse. ¿Era la prisa? ¿Era el miedo? ¿Era el temor de tornarse impuros por el contacto de aquel ensangrentado? ¿No sería aquél un pecador, ya que le había acontecido tal desgracia? El sacerdote y el levita pasaron de largo. El relato juega con conductas, no con motivaciones.

Acertó a pasar por allí un samaritano -un odiado y sucio samaritano-. Se llegó al desgraciado y sus entrañas se conmovieron. Le dio lástima aquel pobre hombre que yacía medio muerto, revolcado en sangre. Se acercó a él, aplicó a sus heridas los auxilios más elementales y, cargándolo sobre su bestia, lo condujo a la posada. Allí arregló todo con el posadero para que el malherido fuera restituido a la salud. Todo lo pagaría él. Parece que era conocido en la posada. Quizás fuera un comerciante (oficio poco «piadoso» en aquellos tiempos).

Jesús vuelve a preguntar de forma un tanto desconcertante: ¿Quién se portó como prójimo? ¿Quién se portó con el desgraciado del camino como compañero, como amigo? Parece que al escriba se le hacía difícil pronunciar la palabra samaritano, y contesta: Aquel que usó de misericordia. Anda, haz tú lo mismo replicó Jesús. ¡Haz tú lo mismo, como el samaritano! Es una respuesta de orden práctico, que responde a la pregunta del escriba del mismo orden. El escriba había preguntado, al principio del pasaje, por algo de importancia vital: ¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? Jesús responde en el mismo orden y con la misma seriedad: Haz tú lo mismo. La respuesta primera había sido: Ama a Dios con todo el corazón y con toda tu alma... Y al prójimo como a ti mismo. El segundo precepto, semejante al primero, implica un comportamiento como el del samaritano. Si uno no se comporta así, no cumple el precepto y, por tanto, no hereda la vida eterna. A la pregunta de orden abstracto ¿Quién es mi prójimo? responde Jesús con otra de orden práctico ¿Quién se comportó como prójimo? ¿Quién se acercó, quién se hizo prójimo? Si la primera mira por el sujeto -¿Quién es mi prójimo?-, la segunda va por el objeto -¿Quién se comportó, lo trató, como prójimo? El comportamiento, pues, del samaritano, que usó de misericordia con aquel desdichado, probablemente judío, da la respuesta teórica y práctica a la pregunta del escriba. Prójimo es todo aquél que se encuentra en necesidad y nos tiende la mano. No cuentan ni el color, ni la raza, ni la religión, ni la edad, ni el sexo, ni el tiempo ni el espacio. Magnífica revelación. Pero hay que hacerse prójimo. Notemos el valor de las cosas: tiempo, dinero, vendas... todo al servicio del hombre.

Los Padres de la Iglesia han visto todavía más en este precioso relato. Lo han alegorizado con cierta libertad. Jesús es el Buen Samaritano, el Médico Bueno de la Humanidad enferma. El hombre tendido medio muerto representa a la Humanidad desahuciada. Nadie acudía en su socorro. El sacerdote y el levita simbolizan a la Antigua Economía que no pudo curar al hombre. Algunos Padres continúan la alegoría a más pormenores del relato: los ladrones, el aceite y el vino, las heridas... Estos últimos detalles interesan menos. El cuadro en general es acertado.

 

Consideraciones

Podemos comenzar con la pregunta del escriba: ¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? Esa pregunta la hace la humanidad entera. Todos queremos heredar la vida eterna. Hemos sido creados para ello; es nuestro destino. Es de capital importancia conocer el camino. El camino es, sin duda ,el cumplimiento de la voluntad divina. Las palabras del escriba nos dan el texto: Amar a Dios de todo corazón y al prójimo como a sí mismo. No hay otro camino. El estribillo del salmo lo presenta en forma de exhortación: Buscad a Dios y vivirá vuestro corazón. En Dios está la vida. Y no es otra cosa lo que predica la primera lectura: Convertirse a Dios con todo el corazón y con toda el alma. Basta cumplirlo. No es algo remoto y lejano. Está a la vista de todos. El evangelio se extiende en la descripción del amor al prójimo. Para heredar la vida eterna ha de haber un amor al prójimo tal, cual lo expresa la parábola de Jesús. Hay que amar, como amó el samaritano. Más aún, amar como amó el Buen Samaritano. ¿No son de Jesús aquellas memorables palabras Amaos los unos a los otros, como yo os he amado? Es, por otra parte, el único modo de sanarnos unos a otros las heridas que llevamos encima. Hay que salir al paso de la necesidad del prójimo, sea cual sea su condición, raza o estado. El amor no tiene límite. Sólo ese amor nos abrirá las puertas del cielo. Es una revelación magnífica la que nos hace Jesús. No busquemos malabarismos y componendas. El precepto es claro y transparente. Basta cumplirlo. Por otra parte, la mejor forma de llevar la propia cruz es cargar con la del prójimo.

¿Podemos cumplirlo? La primera lectura habla de una conversión. Unos versillos antes ha intuido el autor la necesidad de la intervención de Dios para circuncidar el corazón del hombre. La conversión es obra de Dios. No predicaron otra cosa los grandes profetas, Jeremías y Ezequiel, al anunciar una alianza nueva, el primero, y un corazón nuevo y espíritu nuevo en el hombre, el segundo. La humanidad arrojada a la vera del camino, sin poder valerse por sí misma, es la imagen de la impotencia para acercarse a Dios. El mismo concepto restringido de prójimo, que encontramos en el pueblo de Israel, delata su dureza de corazón. Pero Jesús es el Médico. Jesús está ahí. Él nos cura, él nos sana, él nos capacita para amar como él ama. Él es el Señor.

La lectura segunda presenta a Jesús en toda su grandeza. Señor de todo. Salvador y pacificador de todo: de pueblos entre sí y de hombre con Dios. Un solo pueblo, la Iglesia. Jesús hijo de Dios. Hay tendencias modernas que tienden a rebajarlo. Son heterodoxas. Jesús es el Señor, Jesús es el Salvador. Su sangre nos ha salvado. Contemplémoslo en su grandeza.

(Aquí, convendría hablar del peligro de las sectas).