Domingo XV del tiempo ordinario

Primera Lectura: Am 7, 12-15: Ve y profetiza a mi pueblo.

Amós abre la serie de los profetas escritores; son los llamados clásicos. Es, al parecer, el primero en antigüedad. Por su extensión ha sido colocado en el grupo de los doce «menores». Es breve, pero no superficial o desatendi­ble. Amós es vigoroso. Oriundo del reino de Judá, Tecoa, desempeña su fun­ción profética en el reino del norte, Israel.

Mal iban las cosas en aquel reino, muy mal. La relativa libertad e inde­pendencia de que venían gozando desde hacía algunos años los habitantes del país, los habían ensoberbecido un tanto. Mucha prosperidad, mucha hol­gura; riquezas, lujo, reconocimiento, mediante pactos y alianzas, de los pue­blos limítrofes; culto espléndido en los santuarios; seguridad, alegría… Mu­cho de eso, sí, pero el país estaba podrido. Todo parecía hermoso y en orden. Pero era una ilusión. Era sólo la superficie. dentro se devoraban unos a otros. El rico oprimía al pobre; el poderoso explotaba al humilde; el adine­rado se enriquecía con extorsiones; medidas injustas, usuras despiadadas. Suntuosas casas de campo, lechos de marfil; vino aromático, manjares sucu­lentos; embriagados por el lujo y la lujuria; culto de mucho ruido e incienso, pero execrables; prostitución sagrada, costumbres paganas, abandono de la fe yavista. El pueblo de Dios estaba podrido. ¿Qué hacer? ¿Habrá cura? El mal era que todo parecía justificarse por el culto suntuoso y desorbitado. El pueblo no se daba cuenta y los «profetas» habían dejado de levantar su voz.

Amós es enviado a recriminar la situación. El mejor lugar, el santuario, y el momento más oportuno, la celebración cultual: Betel. Betel gozaba de la protección real. Era el santuario oficial del reino y, desde los tiempos de Je­roboam I, dotado de privilegios especiales y frecuentado por multitudes. Su mantenimiento y culto garantizaban la protección de Yavé. ¡Que engaño! Aquello no tiene que ver nada con el auténtico culto a Yavé. Amós condena todo aquello; no respeta ni la afluencia de gentes ni el carácter real del lu­gar. Amós habla con autoridad. El sacerdote custodio del santuario lo ha confundo con un «profeta» de «profesión», un carismático «empobrecido» e in­digente, envidioso y extravagante, extraño, además, al país. «Vete de aquí» es la réplica.

Pero el encargo de Amós no es cosa humana. No es su oficio ganarse el pan, gesticulando de aquí para allá con ademanes extraños, vestido con ra­reza, como uno de aquellos «hijos de profetas». Amós viene arrastrado por el «soplo» de Dios. Y el «soplo» de Dios es irresistible. Es un profeta de vocación particular. Y ahora su oficio es ese: condenar aquello. Es la «voz de Dios».

Salmo responsorial: Sal 84, 9-14: Muéstranos, Señor, tu misericor­dia y danos tu salvación.

El salmo es una súplica en su parte primera, un oráculo de salvación en la segunda. Los versillos leídos están tomados exclusivamente de la segunda parte. Solamente el estribillo nos recuerda la súplica.

Los hombres estamos siempre necesitados de misericordia. Somos cons­cientes del estrecho límite en que nos movemos - espacio y tiempo -y senti­mos pesadamente sobre nosotros la dura carga de la necesidad, ya corporal, ya espiritual. Apenas hemos salido de una, cuando ya se avecina otra. Surge, pues, espontáneo, el hombre de fe, el clamor a Dios: «Muéstranos tu misericordia y danos tu salvación». Dios nos ha prometido audiencia. Somos su pueblo y sus amigos. Desde que Dios selló en Cristo su amistad, para siempre, está su salvación abierta a nuestras necesidades. La salvación aquí, con todo, no es definitiva. Son rayos de luz el sol que se avecina, peda­citos de un alimento que nos saciará para siempre. Paz, justicia, misericor­dia y salvación que presagian la paz, justicia y la salvación que nunca se acaba. Necesitamos muchas cosas; en realidad necesitamos a Dios. Tras él corremos, por él suspiramos. En Cristo tenemos la garantía. Pidamos y es­peremos. Dios nos lo concederá. Sobre todo sintamos su necesidad, deseé­moslo.

Segunda Lectura: Ef 1,3-14: Nos eligió él, antes de crear el mundo.

Un himno. Una preciosa pieza de sabor litúrgico. Una sola frase ancha y densa. Un majestuoso manto de amplios pliegues. Un canto de alabanza.

Pablo celebra la obra de Dios, que se proyecta desde el fondo de lo eterno en la escena de la historia humana, para recogerse de nuevo heredad eterna. Se delinean, vigorosos, rasgos trinitarios, gloria al Padre, mediante el Hijo, en el Espíritu Santo. El Dios uno se revela trino en su obra. La Ver­dad divina se manifiesta amorosa y salvífica. El Padre nos comunica, por el Hijo, en el Espíritu Santo, su naturaleza. Es un canto, un himno, una ala­banza gozosa; una profesión de fe jubilosa, cargada de esperanza. Allí el amor del Padre - nos ha bendecido - la obra del Hijo - «plenitud de los tiem­pos» - el don del Espíritu - sello, prenda, anticipo. ¡Gloria a Dios!

La alabanza a Dios es el eco del favor divino: bendecimos y glorificamos a Dios que nos ha bendecido plenamente y nos ha hecho partícipes de su glo­ria. El punto de encuentro es Cristo. En él, que ha bendecido nuestra natura­leza, reflejamos limpia y tersa la luz recibida. Santo, e inmaculados delante de Dios. Todo parte de un acto de amor de Dios a nosotros. Un amor comuni­cativo y transformante, un amor creador: hijos en su Hijo Unigénito. La obra lleva el nombre - entre otros - de redención. Jesús, en su muerte, nos ha librado de las tinieblas y de la ignorancia. Ahora vivimos en la luz. Vemos la cosas con luz divina. Sabemos apreciar las cosas en su debido valor y cami­namos al impulso de una fuerza superior. La creación vuelve a cobrar su sentido primero en Cristo. Y nosotros, con él, somos herederos de los bienes eternos. El Espíritu que se nos comunicó el aceptar la Buena Nueva es «garantía» de él. Es más, estamos sellados por él. Es el «sello» de la Alianza en Cristo. Ya participamos aquí - «prenda» de lo que hemos de recibir des­pués. Esperamos la revelación plena. Gozamos del «anticipo». Gloria a Dios.

Tercera Lectura: Mc 6, 7-13: Los fue enviando de dos en dos.

Unos capítulos antes nos ha relatado Marcos la elección de los «doce». Je­sús había atraído sobre sí la atención del pueblo de Palestina. Unos le ha­bían seguido de lejos; otros de cerca. Unos con simpatía y entusiasmo; otros con recelo. Unos cuanto admiradores se habían convertido en sus «seguidores». De ellos Jesús había elegido «doce». Les había llamado «apóstoles». Los había convertido en «pescadores de hombres». Le acompa­ñan a todas partes, oyen sus predicaciones y viven con él. Jesús los envía ahora a anunciar el Reino. Para ello precisamente los había elegido. Jesús quiere que comiencen; son sus colaboradores.

Los envía de dos en dos. Así será más seguro su testimonio. Los envía por tierras de Galilea, sin salir de los términos del pueblo elegido. Les hace par­tícipes de su misión y poder: lanzar demonios. Es el signo evidente de la lle­gada del Reino. Han de predicar la «conversión». Sin«conversión» no puede implantarse el Reino. Así predicaba él y así también el Bautista. Y las ma­ravillas que han visto realizar al Maestro brotan de sus manos: lanzan de­monios, curan enfermos, limpian leprosos. Expresión plástica de la venida del Reino. Los «doce» continúan la obra de Cristo.

Esa es su «Misión» y no otra. No tienen otra razón de ser que esa. Todo lo demás sobra. Han de observar una conducta sencilla: «la sencillez apostó­lica». Nada que impida su «Misión» o la desvíe. Sobriedad al máximo. Su «Misión» es su riqueza. Sólo el bastón y las sandalias - un par - para cami­nar ligeros. Corre prisa. La hospitalidad de las gentes - proverbial en aque­llas tierras - les abrirá las puertas. Sus pocas pretensiones infundirán con­fianza; no se verán obligados de ir de aquí para allá. Son los mensajeros de la luz y de la paz. Pero ¡ay de aquellos que se cierren a su voz! La paz pa­sará con ellos de largo y puede que no vuelva más. Les espera un juicio te­rrible. Los apóstoles son el Maestro. Algo que hace temblar.

Consideraciones

La primera y tercera lectura coinciden en un punto importante: la «misión». El pastor Amós es enviado a profetizar. Nadie impedírselo. La voz del Señor lo ha constituido «profeta» y «apóstol». Lo ha investido de su poder y autoridad. Cualquier clase de oposición, venga de donde venga, es desca­bellada. Ni el rey ni el sacerdote pueden nada en él. Los«doce» fueron crea­dos «Apóstoles», enviados a proclamar el mensaje del Señor. Están investi­dos de poder. Toda oposición o desacato son condenados irremisiblemente. Quien desprecia al apóstol desprecia a Dios. «Seriedad» tanto para el «enviado» como para los destinatarios.

La «misión» de Cristo es salvadora. Sus enviados son «salvadores». Lan­zan demonios, curan enfermos, anuncian la Buena Nueva. Lo son por voca­ción y oficio. Para ello sus poderes. La Iglesia continúa esa función, en espe­cial en los miembros cualificados: obispos, presbíteros… ¿Cómo cumplimos nuestra «misión»? ¿Salvamos? ¿Evangelizamos? ¿Cuál es nuestro primer in­terés? ¿Operan maravillas nuestras manos: atención, desinterés, amor fra­terno? ¿Lanzamos los demonios de la ira, de la envidia, del odio? ¿Acudimos con nuestra solicitud al lado de los pobres, de los enfermos, de los desgracia­dos?

Para realizar expeditamente esa «misión» el apóstol debe dejar de lado muchas cosas. en realidad todo. Sólo lo necesario e indispensable. Sencillez apostólica. Sólo nos ha de bastar Cristo. ¿Cómo andamos en este punto? ¡Cuánto bagaje llevamos acuestas! Intereses personales, negocios, asuntos financieros, preocupaciones no evangélicas…. No debe sorprendernos la des­confianza de los oyentes. Sin una independencia radical no tendremos fuerza para anunciar en toda su amplitud el Evangelio. En este punto nos encon­tramos muy lejos del ideal. Convendría pensarlo.