Domingo XV del tiempo ordinario

Primera lectura: Is 55, 10-11.

Aquí termina prácticamente el libro del Segundo Isaías. Libro de consolación y promesa. Libro de perdón y de gracia. Libro de misericordia y de amor a Israel. Libro que levanta los ánimos decaídos. Libro que anuncia como próxima la vuelta del destierro. Libro que declara vigente la eterna Alianza de Dios con su pueblo. Es la voz que clama: Consolad a mi pueblo (40, 1). Es la voz de Dios creadora y recreadora: que reúne al esparcido rebaño, que recupera la oveja descarriada, que atiende a la débil, que cura a la enferma. Voz que convierte los ríos en desierto, las peñas en fuentes. Voz que, a su paso, levanta de los pedregales y sedientas arenas cipreses, mirtos, álamos y fronda. Voz de Dios, voz de poder, voz de amor misericordioso. Es Dios mismo que habla.

La palabra del profeta -es el texto- declara la acción recreadora de Dios en curso. Es eficiente desde que sale de su boca. Nada más pronunciarla comienza a operar. El tiempo y el espacio sentirán su fuerza. Dios «ha hablado» la salvación. Y la salvación comienza. Como la lluvia y la nieve comienzan a operar en el momento que caen, y llenan de sentido el tiempo y el espacio del hombre que vive del campo, así la palabra de Dios. No volverá vacía a su Señor. El tiempo y el espacio quedarán, en su debido momento y lugar, henchidos de su vigor.

La palabra de Dios describe una gigantesca parábola: desciende poderosa de Dios y arranca, pasando por este mundo, a la humanidad hacia Dios. La Palabra de Dios es Cristo, el Verbo Encarnado. Vino de Dios y, con su poder divino, nos arrastra hacia Dios ¡Bendito el que se deje llevar! ¡Ay del que se quede atrás! La palabra de Dios es eficaz, como es eficaz Dios mismo que la pronuncia. La Eficiencia de Dios, Cristo.

Salmo Responsorial: Sal 64.

Aire de himno. Alabanza. La liturgia recoge la segunda mitad. Alabanza a Dios salvador, dispensador de la vida: en las siembras y cosechas, en la fecundidad de los campos.Él es quien llueve y nieva; él es quien hace correr las aguas del arroyuelo, quien esponja los terrones, quien enriquece y fecunda la tierra. De él viven el hombre y los ganados. Dios es bueno. El Dios de los campos de que vivimos y nos alimentamos. El hombre de la ciudad, especialmente, lo va olvidando. ¡Bendito sea Dios que bendice los campos!

Segunda lectura: Rm 8, 18-23.

La vida toda de Pablo -su actividad y movimiento- transcurre bajo el signo de la Resurrección de Cristo. Cristo -Jesús de Nazaret- ha resucitado de entre los muertos. Y este magno acontecimiento revela el sentido de todas las cosas. También da sentido a la vida de Pablo, y a la vida de la Iglesia, y a la historia del hombre, y al universo entero. Dios ha comenzado su Obra. Y su Obra es la glorificación, en el Hijo, de toda la creación. La ha revelado Dios en la Resurrección de su Hijo. Y revelar significa, en este caso, dejar ver, comunicar, asociar a. En la glorificación de Cristo ha comenzado ya nuestra glorificación como en el primero y cabeza de todos.

Dios nos ha concedido su Espíritu: el que resucitó a Jesús de entre los muertos. En él le llamanos ¡Padre! Dios nos ha revelado hijos. So hijos, herederos; coherederos, con Cristo y en Cristo, de la glorificación que ya le ha otorgado. Es algo que ya ha comenzado, algo que está ya en marcha, algo que toca ya lo más profundo de nuestro ser: somos en realidad hijos, poseemos el Espíritu. Nuestra condición, no obstante, temporal -en este siglo- dentro de los límites del tiempo y del espacio, nos coloca en actitud de espera. Este siglo -espacio y tiempo, corrupción y desorden- opone resistencia al empeño de Dios. Pero Dios ha iniciado ya la transformación. La oposición que ofrece la actual condición de las cosas, dolorosa y amarga, nos resulta simplemente insignificante, si la referimos a la glorificación inefable que nos espera. La situación ahora vigente ha de pasar pronto. Prueba de ello es el gemido universal, de agobio y compasión, que se levanta de la creación entera hasta Dios creador y recreador de la naturaleza. La creación -orden y equilibrio- sufre violencia. La vanidad del hombre -corrupción y desobediencia- la violentan agriamente. El hombre resiste a la voluntad de Dios. La creación se ve obligada, contra su instinto primario, a caminar fuera del destino que le señaló su Creador. El hombre, a quien se le entregó su gobierno, se ha revelado contra Dios, y sus manos, pringadas de pecado, afean la hermosura de la creación. Y tal violencia y torcedura arrancan un angustioso gemido por la liberación. Piénsese en todos los abusos que comete el hombre al margen de la voluntad de Dios: guerras, matanzas, odios, usos innobles… El cristiano, que posee el Espíritu, oye gemir a la creación.

También nosotros gemimos con ella. Nosotros que poseemos las primicias del Espíritu. Dios gime en nosotros, pues en nuestro espíritu gime el Espíritu de Dios. Todo lo que va en contra de la voluntad de Dios nos hace llorar y gemir, suspirar y esperar. El gemido universal es prueba de la disposición de Dios de ordenarlo todo: Dios va a recrear las cosas. Vivimos de la esperanza. El cristiano es, por definición, esperanza. Dios actuará, porque Dios ya ha actuado: esperamos la redención de nuestro cuerpo, libre ya de pecado y de muerte, en el acontecimiento soberano de la Resurrección de su Hijo de entre los muertos. Suspiramos, esperamos, gemimos, llevados de la mano por Dios Todopoderoso. Algo grande, muy grande, se avecina: la hora de ser hijos, la redención de nuestro cuerpo, la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

Tercera lectura: Mt 13, 1-23.

El capítulo 13 de San Mateo es uno de los cinco pilares sobre los que se asienta la obra. Es el discurso en parábolas: los misterios del Reino. Lo inicia la lectura de hoy. Lo continuarán los domingos que siguen.

Podemos distinguir en la lectura de hoy tres partes mayores: la parábola del Sembrador, la cuestión presentada por los discípulos, la explicación de la parábola en boca de Jesús. Vamos a detenernos preferentemente en la primera y en la última, dejando un tanto en la sombra, no olvidando, la segunda. La cita de Isaías, traída por Jesús, interesante por cierto, nos llevaría mucho tiempo.

Jesús habla en parábolas. Jesús usa comparaciones. Jesús presenta en imágenes plásticas las verdades -misterios- del Reino. Jesús se acomoda a la inteligencia de las gentes que le escuchan. Parece que las parábolas surgen espontáneas en Jesús. Jesús vive intensamente su misión. Con suma agilidad pasa de las realidades terrenas y humanas a las verdades de Dios. Los usos y costumbres humanos le sirven de arranque para hablar de Dios. Jesús ve en las realidades humanas las realidades de Dios.

La parábola, tal cual la refiere Jesús, parece poner de relieve este pensamiento: la palabra de Dios -el Reino- crece y prospera, a pesar de las dificultades y obstáculos que encuentra a su paso. Serviría para calmar la impaciencia escatológica de algunos. El sembrador pierde parte de su semilla, cuando lanza al viento su grano. El terreno, apelmazado en tiempo de la cosecha por los segadores o en verano por los transeúntes, ofrece resistencia al grano que cae. Queda a flor de tierra. No es extraño que lo arrebaten los pájaros del cielo. Tampoco es raro encontrar en los campos de Palestina terrenos poco profundos, con la roca casi a flor de tierra. El grano queda entonces muy somero; no puede echar raíz; pronto se seca. También hay cardos en los campos. Más vigorosos que el trigo, lo sofocan. Grano que también se pierde. Sucede así, con sus más y sus menos, en toda siembra. No es impericia del sembrador: los campos son así.Él cuenta con ello. El terreno fértil tampoco es en toda su extensión igualmente fértil. También sabe esto el agricultor. Hay terrenos buenos, menos buenos y malos. La semilla, con todo, asegura la cosecha del año. A pesar de las dificultades y pérdidas, el Reino, como en el sembrado, crece y se multiplica. Esta es la verdad primaria de la parábola. La semilla -la palabra- tiene tal vigor y energía vital que, a pesar de las pérdidas, se expande, crece y multiplica.

La explicación de la parábola, sin embargo (es la tercera parte), desplaza un tanto el acento y, sin olvidar la verdad primaria, todavía al fondo, se detiene en presentar, con auténtico interés parenético, las verdaderas condiciones del terreno que obstaculizan la fructificación de la semilla. Más que del sembrador es la parábola de los distintos terrenos. Hay una casi completa alegorización de la parábola. Ya no interesa tanto, en primer plano, si se asegura o no la cosecha. Interesa saber, más bien, cuáles son los verdaderos obstáculos que impiden el crecimiento. La palabra de Dios posee la fuerza suficiente para producir el ciento por uno. Pero es el terreno el que condiciona la expansión y el fruto. Conviene conocer los impedimentos. Ahí tenemos, por ejemplo, la indiferencia, el poco aprecio. La palabra no cala; se la lleva el maligno. Ahí están las dificultades y sinsabores que ocasiona el evangelio: tribulaciones, persecuciones, vejaciones, postergaciones, aislamiento… El que se deja impresionar y presionar por ellas seca pronto la semilla y se olvida de ella. Para ser cristiano hay que tener hombría y valentía. Los que se entregan, por otra parte, a los cuidados de esta vida -riquezas, sensualidad, prestigio, poder, comodidad- sofocan los buenos comienzos de la gracia: muere la semilla. Otros, por último, acogen con verdadero afán la semilla que viene del cielo.Ésta brota con pujanza y produce fruto abundante según el cuidado que se le prodigue: unos treinta, otros sesenta, otros ciento por uno. La advertencia final de Jesús el que tenga oídos para oír que oiga da seriedad al asunto. Urge escuchar atentamente la palabra de Jesús: nos va en ello la vida eterna.

El público que escuchaba a Jesús no parece que se dejara impresionar lo suficiente por su predicación. La mayoría no captó la importancia del momento. Lo dejó pasar inadvertidamente. Es el constante lamento de Jesús. No pasaron algunos de mostrar cierta admiración. El grueso del pueblo no se decidió, no cambió, no se convirtió. La cita de Isaías subraya con amargura semejante actitud del pueblo. Un pueblo preparado desde siglos atrás por profetas y sabios para este magno acontecimiento, y dejan pasar la ocasión. Se cierran a las palabras de Jesús. Sin embargo, a pesar de este contratiempo, grave por cierto, la semilla ha de fructificar a su debido tiempo. El Reino es así, lleno de misterio. La semilla hay que cuidarla, hay que mimarla, hay que protegerla contra todo elemento que pueda ponerla en peligro. La advertencia de Jesús va para todos los tiempos.

Jesús confía a los suyos los misterios del Reino. La entrega expresa confianza, y la confianza exige fe. Sólo a los que tienen fe confía Jesús sus misterios. Es una nota interesante.

Consideraciones:

El evangelio nos ofrece el tema principal:

a) La palabra de Dios es eficiente.

1) Nótese, por tanto, en primer lugar la fuerza y eficacia de la palabra de Dios. La parábola del Sembrador la compara con la semilla. Es un ser vivo, capaz de crecer y multiplicarse al ciento por uno. No solamente es capaz de producir, produce de hecho: es eficaz. La semilla, sean cuales sean los obstáculos que se le opongan aquí en este mundo, ha de producir, ha de prosperar, pues es semilla de Dios, palabra de Dios: Dios hablando, Dios haciendo. Y Dios haciendo hace por encima de todo. Lo declara la parábola de forma natural. Es para dar gracias a Dios. Es para alegrarse y confiar: Dios supera todas las dificultades. El Reino de Dios ha de progresar. La primera lectura confirma esta afirmación fundamental. La imagen de la lluvia y de la nieve es sugestiva: la palabra de Dios torna a él cargada de fruto. La palabra, que anunciaba la vuelta del destierro, operó la maravilla: el pueblo de Dios surgió de nuevo. La expansión del cristianismo da también testimonio de ello.

La segunda lectura corre en otra dirección. Con todo podría traérsela a esta consideración presentándola como fruto de la semilla: somos hijos, somos herederos, coherederos con Cristo; poseemos las primicias del Espíritu. Esa es la maravilla que produce en nosotros la semilla de Dios acogida con fe. Fiados de su palabra, pues, eficaz y hacedora, esperamos, como fruto, la vida eterna, la liberación perfecta.- El salmo nos serviría para embellecer la imagen de la parábola. Así de hermosa y grande es la palabra de Dios, como espada de dos filos.

2) El segundo punto podría versar sobre la cooperación humana a esta bendita palabra de Dios. El evangelio lo pone de manifiesto al explicar la parábola. Es esta precisamente su intención: distintos terrenos, diferente fruto. Unos nada, otros algo, otros más. La condición del terreno juega, pues, un papel importante, principal. Dios exige la cooperación humana. Su palabra viene de arriba, como el agua y la nieve. La eficiencia está, pues, en Dios. Pero el agua, la gracia, requiere un terreno abonado y preparado. El desinterés, la falta de intrepidez y decisión, la falta de entrega, hacen de la siembra un trabajo inútil. Más aún, pernicioso: Hb 6, 7-8. Aquí debiera detenerse uno para ponderar, con seriedad y reposo, los obstáculos que suelen impedir el éxito de la siembra: riquezas, placeres, cuidados de este mundo, miedo, temor… Sería todo un tratado.- La segunda lectura nos asegura que los trabajos de este mundo no son nada en comparación con lo que Dios nos tiene preparado. ¿Qué es, pues, todo trabajo o pena en relación con el fruto que esperamos de Dios? ¿Qué podría apartarnos de una dedicación plena a la semilla de Dios?

3) En torno a estos temas capitales podrían traerse también: Cristo es la Palabra del Padre, Verdad y Eficiencia de Dios. Dios la ha enviado a la tierra para producir fruto. ¿Qué actitud tomamos nosotros frente a ella? La palabra de Dios en cuanto promesa: se cumplirá lo que Dios ha prometido. La promesa está ya en marcha. De esa promesa, hecha en parte realidad, de esa esperanza y de ese destino, habla abundantemente la segunda lectura. La urgencia a trabajar y a decidirse viene subrayada por las palabras de Jesús: El que tenga oídos para oír que oiga. Lo mismo el texto de Isaías. Es asunto de capital importancia. ¿Lo dejaremos pasar inadvertidos por los cuidados y trabajos de este mundo? Sería fatal.

b) La segunda lectura es tan rica y sustanciosa que constituye de por sí una serie de temas aparte. Están apuntados en el comentario:

• aguardamos la revelación de los hijos de Dios,

• la liberación perfecta,

• el gemido de toda la creación,

• los trabajos de este mundo,

• nuestra condición de hijos de Dios…

El tema de dispensadores de los misterios de Dios es también sugestivo e interesante.